Algunos cambios en la clase trabajadora local en las últimas décadas

La clase trabajadora local no es la misma que hace 50 años, no vive en el mismo mundo, no enfrenta las mismas diferencias a su interior, no consume lo mismo, no se relaciona con su territorio de la misma manera. Aun así, el peso del estado de bienestar sobre los proyectos políticos actuales es innegable. Incluso a costa de una idealización forzada de las condiciones de aquellos años.

¿Qué es lo que cambió? ¿Lo incorporamos a nuestra mirada del mundo? Algunas cuestiones suelen estar más presentes. Especialmente, la enorme transferencia de recursos de les trabajadores a los empresarios producida por la dictadura, la caída tendencial de los salarios reales desde 1976, y otras más. Pero hay otras cuestiones que podemos darle atención, aunque refiera a temáticas aparentemente laterales a la clase trabajadora como sujeto de lucha: la situación de les mayores, la incorporación de mujeres al mercado laboral, la desocupación en los jóvenes, y otras…

En esta nota queremos rastrear, aunque sean algunas pocas de estas variables menos visibilizadas en los grupos militantes, porque también son relevantes en la configuración de las vidas y conciencias de nuestra clase trabajadora. Hay información en censos y de la Encuesta Permanente de Hogares donde seguir algunas pistas de esas transformaciones, mientras esperamos lo que traiga el nuevo censo en estos meses para continuar este ejercicio.

Aclaraciones previas

-Recién en el censo de este 2022 los datos censales van a incluir una categorización sexo-genérica que no sea dicotómica. En censos anteriores muchas categorías incluían una opción “Sin especificar” o “ignorado”, pero esta diferenciación ni aparecía en la categoría “sexo”. Lamentablemente, un análisis construido en base a datos así de limitados arrastrará la misma limitación binaria.

-Muchas fuentes que refieren a las mismas variables no son comparables ni se pueden empalmar, provienen de diferentes metodologías, cubren áreas geográficas diferentes, se refieren a momentos diferentes del año, etc. En esta nota hay gráficos que las muestran en algunos casos en forma unificada y/o comparada. Es solo para mostrar tendencias de mediano/largo plazo y grandes cambios en los niveles. No son series “confiables” en términos de rigurosidad analítica.

-En algunos gráficos de esta nota hay una periodización que proviene de una caracterización más global de momentos políticos, sociales y económicos. Desarrollarla requeriría de una exposición particular más extensa, aquí solo se ofrece como una herramienta más para ayudar a la comprensión de las series históricas.

¿Qué vas a hacer cuándo te jubiles?

Una tendencia de largo plazo es el creciente peso de las personas mayores en la sociedad, producto de la creciente expectativa de vida. Es una variable clave para las disputas en torno a “lo público”. En el presupuesto estatal el gasto en jubilaciones es la principal partida, constituye el 40% del gasto del Estado Nacional, y también es una parte muy importante de los presupuestos provinciales.

En 2022 este sector social abarcará al 14,1% de la población, según las estimaciones del INDEC[1], mostrando un crecimiento nada desdeñable en comparación con el 8,9% que arrojó el censo de 1970. Este crecimiento de la participación se dio a instancias de la caída de la proporción de personas de 0 a 14 años.

Elaboración propia en base a INDEC, datos censales.

Todas las transformaciones que atañen a esta franja etaria y al régimen jubilatorio son muy relevantes por esa causa, desde las fórmulas usadas para la actualización de los haberes, el nivel de los mismos, las dinámicas de privatización/estatización de la previsión social, la edad de jubilación, el monto aportado por trabajadores formales, etc. Cada modificación en cualquiera de estos puntos abarca a millones de personas y proyecta su impacto sobre el presupuesto estatal por años y décadas.

Ha sido muy importante el efecto de la moratoria previsional de 2006 en la dinámica de las jubilaciones de las últimas décadas. Permitió que se jubilen cerca de 3 millones de personas, especialmente mujeres, con lo que la cobertura del sistema llegó al 93% de les mayores de 65 años en el 2010. Hoy en día el 52% de las jubilaciones y pensiones pagadas por la ANSES son parte del esquema de la moratoria. En esa masa de gente, casi 9 haberes 10 (87%) tienen el valor de la jubilación mínima. Si no se genera un nuevo esquema de moratoria para abarcar a quienes trabajaron sin aportes en las últimas dos décadas, las futuras tandas de jubilades sin aportes recibirán ingresos aún menores, ya que la Pensión Universal por Adulto Mayor solo paga el 80% de la jubilación mínima.

La mínima es una categoría muy relevante en términos presupuestarios y sociales porque el 47% de les beneficiaries de ANSES (5 millones y medio de personas) cobraban una mínima o menos en diciembre de 2021. Son el 63% de los beneficios que paga este organismo (casi 7 millones de jubilaciones y pensiones).

Elaboración propia en base a Min. Economía, SIPA, CIEPP, INDEC e IPC San Luis.

El análisis de una serie larga de los haberes mínimos muestra un descenso sostenido desde el período más alto en el 1974-1975, retrocediendo posiciones hasta un piso en la década de 1990s, que luego de una caída máxima en el 2002 comenzó una recuperación. Esa recuperación de los años 2000s no llegó a recuperar el nivel más alto de la serie que analizamos, quedando el período 2011-2017 en tercer lugar de los siete períodos. A partir de 2018 parece iniciarse un período en un nuevo nivel inferior, similar al de gran parte de los años 1980s.

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Con el pasar de los años y el crecimiento de la porción de la población de mayor edad, para que puedan existir jubilaciones masivas van a hacer falta asignar porciones cada vez mayores de la riqueza social producida. Más aún si consideramos que los actuales son niveles de miseria.

Interpelaciones a les jubilades como sujeto político

¿Qué diálogo se construye políticamente con este sector social creciente? Durante su gobierno, Mauricio Macri buscó construir y soldar su base social con este sector social, al destinar recursos de la amnistía tributaria (el llamado blanqueo de capitales en la jerga racista habitual) a pagar (parcialmente) juicios previsionales atrasados. Con esto contraponían un beneficio segmentado y parcial a quienes habían aportado contra quienes habían requerido una moratoria para acceder a la jubilación. La versión de largo plazo de la meritocracia.

Aspiraban resolver 2.400.000 juicios pendientes, pero un año después solo habían incluido cerca del 35% de esa cifra, que beneficiaron especialmente a quienes cobraban jubilaciones sin moratoria, es decir, personas que completaron la edad y los años de aportes, mayormente varones.

¿La rebaja que implicó la reforma previsional y la aceleración de la inflación de 2018, habrán implicado detonar las adhesiones que cosechó el macrismo? ¿O habrá alcanzado con echar la culpa del deterioro económico al kirchnerismo, o a cuestionar el congelamiento del índice posterior?

La política del gobierno de Alberto Fernández apuntó inicialmente a beneficiar al segmento de la mínima al otorgar bonos de suma fija a ese sector y bonificaciones en la compra de medicamentos. Sin embargo, el congelamiento de la fórmula de actualización y el efecto de la inflación se volvieron como un boomerang contra estas concesiones iniciales. Empeoraron el poder adquisitivo de todes les jubilades (incluso les de la mínima), manteniendo los niveles bajísimos de la devaluación de 2018 y habiendo perjudicado especialmente a quienes cobraban por encima de la mínima (es decir, a trabajadores que habían tenido empleos formales, ese sector al que el gobierno anterior había buscado interpelar).

Adultes mayores jubilades son cerca del 20% del padrón de cada elección, con la mitad de elles aún en condiciones de votar en forma obligatoria (y se trata de una tendencia creciente). Hasta ahora no parece que hayan encontrado alguna vía de participación política más permanente en las organizaciones actuales de jubilades o en los espacios sindicales, a pesar del ajuste que están sufriendo en sus ingresos desde el 2018. Hasta ahora no han ganado masividad los intentos de organizar este sector que, sin mayor expresión callejera y solidaridad de otros sectores sociales, es presa fácil del ajuste, especialmente ahora que el FMI audita las cuentas públicas.

La vida sin trabajo

La falta de aportes para el sistema previsional y la necesidad de la moratoria para una masa importante de trabajadores proviene de varios procesos. Uno de ellos es el aumento del nivel de desempleo, que pasó de ubicarse en torno a 2-4% en los años 1960 y 1970s a alcanzar un promedio de 14,3% durante los 1990s’, con picos en 1995 y 2002, de la mano de las privatizaciones y de un largo proceso de destrucción de la industria mercadointernista local. Los cambios que se produjeron en este período fueron de carácter permanente y las reversiones posteriores no alcanzaron los bajos niveles previos. En especial, al período de recuperación del empleo hasta 2011 le siguió una cierta estabilidad desde ese año, aún en el marco de la crisis del modelo de acumulación. Esa estabilidad comenzó a debilitarse durante el gobierno de Macri, y comenzó un ciclo de destrucción masiva de empleos desde 2018. La pandemia implicó un momento agudo de desempleo por los despidos a trabajadores no registrades centralmente, para luego recuperarse en 2021 y lo que va del 2022, sin que haya aún claridad si el ciclo expansivo continuará.

Elaboración propia en base a INDEC (censos), Min. Economía (series EPH)

En los 1970s comenzó una reforma profunda en el capitalismo argentino, represión militar y otros mecanismos de disciplinamiento mediante. La hiperinflación de fines de los 80s/principios de 1990s dejó sus marcas en la memoria de quiénes atravesaron esos años. El desempleo creciente pasó a ser un nuevo factor de disciplinamiento a les trabajadores ocupades, aunque también a dar inicio a un nuevo movimiento social y político construido por desocupades.

El fin del trabajo en el campo, camino al desempleo en la ciudad

La caída de la población rural es un proceso que venía desarrollándose a lo largo del siglo XX con la búsqueda de mejores condiciones de vida en las ciudades, entre ellas la posibilidad de acceso a estudios en universidades públicas, y la esperanza de mejores condiciones de trabajo. Fue profundizandose de la mano de la reducción del peso y dinamismo de algunas economías regionales (por ejemplo el cierre de ingenios) y el cierre de ferrocarriles en la primera mitad de la década de 1990. Los valores de desempleo que el INDEC registra en la EPH desde 1974 refieren a aglomerados urbanos y son una medida que no es perfecta. El hecho de que los censos indiquen una desocupación menor que la EPH (salvo en 2001) es consecuencia de que el desempleo en el campo es menor (además de que se utilizan preguntas diferentes en las entrevistas).

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Elaboración propia en base a INDEC (censos)

En el país de 1970 una de cada cinco (21%) personas vivía en el campo (o pueblos de menos de 2000 habitantes), y ese porcentaje ya venía en bajada, que continuará cayendo a alta velocidad por 20 años. En 1991 esa proporción ya se encontraba en 12,8% y en el 2010 a pesar de las dos décadas de auge sojero, incremento de hectáreas cultivadas, exportaciones, etc., solo el 9% de la población vivía en el campo.

En la segunda mitad del siglo XX las ciudades aparecían como la ilusión de progreso que llevaba a migrar a cientos de miles de personas. ¿Cuáles son las nuevas ilusiones luego de las décadas de alta inflación, estancamiento económico, creciente desocupación, falta de acceso a la vivienda?

Del trabajo en la casa y del trabajo en el trabajo

¿Qué ideario respecto al empleo sostienen aquelles que vivieron esos momentos de baja desocupación hace décadas? La premisa estigmatizante e insultante “no trabaja el que no quiere”, no tiene ningún asidero en las estadísticas desde hace 30 años. El crecimiento del desempleo y la caída salarial aceleró el proceso de crecimiento de la tasa de actividad, es decir del número de personas que trabajan o buscan trabajo (remunerado), lo que se llama Población Económicamente Activa (PEA).

Elaboración propia en base a INDEC (censos), Min. Economía (series EPH)

Los cambios en la EPH en 2002/2003 hacen incomparables los valores anteriores y posteriores a esa fecha

Entre 1960 y 2010 la población creció un 100%. Pero la PEA lo hizo un 163%. El salto se realiza en la década de 1990, cuando la PEA alcanza el 41,8%, y luego en el 2010 alcanza el 49,4%. De todos modos, en las primeras dos décadas del siglo XXI los valores parecen estabilizarse.

La evolución de este indicador a lo largo del tiempo capta un doble proceso. Por un lado, la salida y entrada a la actividad de quienes buscan trabajo ante los cambios coyunturales de empleo y niveles salariales. Quienes no consigan trabajo en un tiempo dejarán de buscar y dejan de ser captades por este indicador (es lo que se llama el “efecto trabajador adicional”).

Por otro lado, otro proceso de más largo plazo. La incorporación de mujeres al mercado laboral en forma masiva. En los 1960s encontramos un 16% de las mujeres entre la población activa, para alcanzar 33,5% en el 2001. Un crecimiento que se da a través de años tormentosos, de crecimiento del desempleo y de caída del poder adquisitivo hasta 2002. Con la recuperación económica de comienzos de los 2000s se da un estancamiento en ese proceso de incorporación, pero asentándose en un nivel mayor (según el censo del 2010, alcanzaba el 41,8%).

Elaboración propia en base a INDEC (censos y EPH), Min. Economía y Min. de Trabajo, Empleo y Seguridad Social (series EPH)

Ese crecimiento implicó el ingreso de millones al mercado laboral, mayormente en relación de dependencia, que pasan de ser en 1960 el 18% de las personas ocupadas a representar el 30% en el 2010, mayormente en actividades relacionadas con el cuidado (salud, docencia, trabajo doméstico) y en el ámbito estatal.

Las mujeres ocupadas en trabajos por cuenta propia van ganando peso con el correr de los años, pasando del 2% en el censo de 1960 al 8% en el censo de 2010.

Elaboración propia en base a INDEC (censos)

El hecho de que se sostenga el porcentaje total de la participación de “trabajadores con remuneración” sobre la Población Económicamente Activa a lo largo de estas décadas implica que creció el porcentaje de la población asalariada sobre el total de la población. De 11 millones de personas que se agregaron en 50 años a la PEA, 7,5 millones fueron asalariades, que pasaron del 27% al 32% de la población.

La categoría de cuentapropistas continúa en ascenso desde la fecha del censo 2010 hasta hoy, aunque es una categoría que es poco transparente al incluir profesionales autónomes (aproximadamente 500.000 según los registros de la AFIP), vendedores ambulantes o cartoneres bajo la misma etiqueta. De todas maneras, el crecimiento de su peso sobre el total de ocupades no anula la importancia del sector asalariado, ni quita que parte de su crecimiento desde el 2018 (casi 400.000 personas) se deba a estrategias de supervivencia de corto plazo ante la crisis y que puedan volver a ser parte de las filas del trabajo asalariado en cuanto se presente la oportunidad, o vuelvan a la inactividad si se recuperan los salarios reales.

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Elaboración propia en base a Min. de Trabajo (Boletín de Estadísticas Laborales – EPH)

Fuera del trabajo, el trabajo sigue

En los 1960s el censo preguntaba por las ocupaciones de quiénes no trabajaban (ni buscaban trabajo). Además de estudiantes y jubilades, aparecían las tareas del “cuidado del hogar” y “otra” (posiblemente otras tareas de cuidado a personas). Estas dos categorías Involucraban al 78% de les no-económicamente actives (en su gran mayoría -96,8%- mujeres), y en 2010 ese porcentaje se redujo al 30% (lamentablemente la identificación de “cuidado del hogar” se discontinuó en 1991). Esas tareas no dejaron de realizarse sino que alargaron la jornada de trabajo total de las mujeres. como demuestran las recientes encuestas del INDEC del uso del tiempo. En 2013, sólo el 58% de los varones participaba de tareas domésticas, y dedicaban la mitad del tiempo que las mujeres, para quienes se trataba de prácticamente una nueva jornada laboral (6,4hs por día).

Elaboración propia en base a INDEC (censos)

En 1960 esas categorías estaban compuestas en un 97% por mujeres. Es un dato a mencionar que en 1960 la cantidad de varones dedicados al “cuidado del hogar” era… 0 (cero).

Elaboración propia en base a INDEC (censos)

Una constante a lo largo de todo este período es que la desocupación fue mayor (salvo en el 2002) para las mujeres que para los varones. A pesar de haber menos mujeres que varones en el mercado laboral, las mujeres son (con vaivenes coyunturales) la mitad de las personas desempleadas.

Elaboración propia en base a INDEC (censos y EPH) y Min. de Trabajo, Empleo y Seguridad Social (series EPH)

Divino tesoro

Si el desempleo juvenil había sido históricamente un poco más alto que el desempleo promedio, a partir de la década de los 1990s pasa a ser el doble y más aún. Ya van tres décadas de esas condiciones operando sobre las subjetividades de trabajadores desde el inicio de su vida laboral. Se trata de una fuente permanente de conflictividad y al mismo tiempo una presión disciplinadora permanente que va a acompañar luego las conciencias de eses trabajadores durante el resto de su vida laboral. No es casualidad que varias de las reformas de flexibilización laboral por sector/empresa apunten a generar condiciones más desfavorables para nueves ingresantes más jóvenes. En Lear, Grupo Clarín, y muchas otras fábricas, comisiones internas combativas dieron duras luchas contra este proceso, lamentablemente derrotadas y con dirigencias sindicales burocráticas dándoles la espalda. No es sólo una avanzada económica sino que también estas reformas debilitan las experiencias de organización y lucha previas, y facilitan nuevas reformas posteriores.

Elaboración propia en base a INDEC (censos y EPH), Min. Economía y Min. de Trabajo, Empleo y Seguridad Social (series EPH)

Además, la demora en comenzar la vida laboral complica la financiación vía aportes y contribuciones del sistema previsional, restando recursos para sostener jubilaciones, pensiones, asignaciones familiares o la asignación universal por hije. El empleo informal llegó para quedarse, siguiendo la misma tendencia que el desempleo, aunque no hay información directa del largo plazo. Algunas estimaciones de la OIT ubican la informalidad entre el 15% y el 20% para los años 1970s, pasando a estar entre el 20 y el 30% durante la década de los 1980s. Al aumento del empleo no registrado en los años 1990s le siguió una baja pronunciada durante la primera década del 2000, pero sin poder lograr perforar el piso del 30%.

Elaboración propia en base a INDEC (EPH), Min. Economía y Min. de Trabajo, Empleo y Seguridad Social (series EPH)

El final es en donde partí

Este proceso de aumento del empleo no registrado horada los derechos laborales de les trabajadores formales, y profundiza el desfinanciamiento del sistema previsional. Si la cuestión previsional hoy día es problemática, y se enlaza en parte con la situación laboral del resto de la clase, hacia adelante en el tiempo este problema se hará más patente aún. Las respuestas de mercado a estos problemas se mantienen en el marco del régimen del estado de bienestar que está hace mucho en crisis, al intentar darle más peso a la contribución individual desde el puesto de trabajo de cada persona. La lógica contributiva es más individualista, excluye a quienes no tengan aportes de la posibilidad de jubilarse, sin reparar en las razones sociales que impiden acceder a empleos (no sólo empleos, sino empleos formales). Con una lógica de ajuste permanente, buscando aumentar la edad jubilatoria para minimizar el tiempo de cada persona recibiendo jubilación, al querer bajar aún más los haberes para que no incidan sobre el presupuesto público. Como vimos arriba, no es una lógica indiferente en términos de género, ya que las mujeres quedarán mucho más apartadas de la posibilidad de jubilarse. Personas con identidades disidentes que tengan una trayectoria laboral más precaria estarán también excluidas, y eso sin considerar siquiera que la expectativa de vida de la población travesti está entre los 30 y los 40 años con lo que estas disquisiciones sobre la jubilación no les representa nada sino va acompañada de alguna política reparatoria especial.

A pesar de este cierre, esta nota no es sobre el sistema jubilatorio. Las aspiraciones de transformar la sociedad necesitan lecturas estructurales que puedan captar la época en que vivimos y la orientación de los cambios que dentro del mismo sistema nos van afectando. Este artículo no podría resolver esta tarea, menos aún con todas sus limitaciones (su brevedad, los análisis con empalmes de series que no se pueden empalmar, datos urbanos y nacionales mezclados, falta de diferenciación geográfica, falta de caracterización de sectores de actividad económica y de empleo, falta de mención a la subocupación, el pluriempleo, el teletrabajo, etc). Pero puede que haya sumado algunos aportes a las lecturas, para que una parte de la información que recibimos en el cotidiano pueda ser ubicada en estas tendencias de mediano y largo plazo en lugar de agobiarnos o confundirnos, y que se despierte algo de curiosidad por entender la foto y la película de la sociedad de hoy.

Demián García Orfanó

Economista, delegado de ATE en Ministerio de Economía

Imagen: La Internacional (1901): Otto Griebel


[1] Estos porcentajes provienen de considerar la población por encima de la edad mínima para las jubilaciones del régimen general de la Administración Nacional de la Seguridad Social (ANSES), es decir 60 años para mujeres y 65 años para varones.

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