La precarización y el saqueo en tiempos de capitalismo pospandémico

El pueblo trabajador en Argentina está enfrentando una avanzada brutal contra sus condiciones de trabajo y de vida. La última década perdida, iniciada hacia 2011, es la década de una crisis transicional en el país. En ese momento, el capitalismo en el territorio argentino aceleró un proceso de reestructuración que ha golpeado de frente las defensas que las clases populares habían construido en años de lucha. En el último lustro, el deterioro en los niveles los ingresos populares y la multiplicación de la precarización han marcado el quiebre de la resistencia que por años el movimiento popular ha venido sosteniendo.

I

Desde finales de los años sesenta el pueblo trabajador en Argentina comenzó a enfrentar las consecuencias de la crisis general del capitalismo global. Las luchas populares de aquellos años eran parte de un ciclo de circulación de luchas que ponían al sistema frente a la amenaza de su propia mortalidad. Demandas salariales y de condiciones de trabajo, demandas por una mejor distribución de la riqueza y por el control popular de la reproducción social en su conjunto estaban a la orden del día.

La respuesta de las clases dominantes fue brutal. Las dictaduras militares y las fuerzas paramilitares en la región multiplicaron su violencia. El proyecto neoliberal comenzó a marcar sus primeros pasos en un intento por transformar estructuralmente el capitalismo y desarticular las formas de resistencia popular.

En las décadas que se sucedieron la desigualdad social y las condiciones materiales de vida de los pueblos iniciaron una tendencia declinante. En Argentina ese proceso tuvo su pináculo en los años noventa, pero continuó como proceso general en las décadas neodesarrollistas. Más allá de los picos y valles, la capacidad del gran capital de apropiarse de la riqueza social se multiplicó. En un ciclo de cinco décadas, la pobreza aumentó más de 10 veces y hoy abarca a más de un tercio de la población.

Millones de trabajadoras y trabajadores vuelcan sus vidas al mercado laboral en masa intentando compensar el deterioro de los salarios e ingresos del trabajo. Cada familia multiplica la búsqueda de empleo o trabajo remunerado, mientras las mujeres y niñas sostienen cada vez más horas de trabajo de reproducción y cuidados sin remuneración ni reconocimiento. Por ahora, la batalla social por la apropiación de los ingresos la vienen ganando los grandes capitales: en 2021, las clases trabajadoras se apropiaban de sólo 43% de los ingresos totales, a pesar de que la cantidad de horas trabajadas se han multiplicado, en especial entre las mujeres: la participación femenina en el mercado laboral remunerado se ha duplicado desde los años setenta.

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II

Este proceso no se ha producido sin disputas, luchas y conflictos. La capacidad obrera de resistir el avance del capital ha sido significativo pero no ha evitado la debacle social en la que nos encontramos. Luego de la era neoliberal que condujo al “Que se vayan todos” a comienzos de los dosmil, el ciclo neodesarrollista consiguió configurar un nuevo patrón de acumulación de capital en Argentina canalizando y conteniendo la mayor parte de las luchas, sin frenar la tendencia declinante en las condiciones de vida y trabajo.

Una nueva matriz de políticas laborales y sociales se desarrolló para enfrentar las demandas de una nueva generación militante nacida de la precarización más absoluta. La lucha de las y los trabajadores sindicalizadxs por recuperar las negociaciones paritarias libres (casi clausuradas en los años noventa) permitió a las burocracias sindicales consolidar un control casi monolítico en el movimiento obrero. Más allá de los grandes ejemplos de luchas por democracia y participación, y de algunas victorias reivindicativas y políticas, la arquitectura del movimiento sindical argentino se integró plenamente en la articulación construida por políticas laborales que sólo buscan canalizar las demandas salariales y de condiciones de trabajo dentro de los estrechos límites del capitalismo dependiente. Programas como el REPRO, las políticas de salario mínimo, los aumentos de las remuneraciones en cuotas y los topes salariales de hecho, funcionaron como los pilares de la estrategia de neodesarrollo.

Al mismo tiempo, las políticas sociales se ampliaron y extendieron como respuesta a la crisis de 2001 y sus fundamentos de base: la consolidación de una fracción amplia de trabajadoras y trabajadores enderredor del núcleo de la acumulación de capital. Esa fracción ultraprecarizada de la fuerza de trabajo en Argentina opera como amenaza latente a la estabilidad política del sistema en la dependencia. Por ello, las políticas sociales universales pero básicas, tan masivas como insuficientes, se convirtieron en red de contención y chaleco de fuerzas de las potencias disruptivas del pueblo trabajador. No casualmente, esos programas han sido caballito de batalla de las políticas sociales llamadas “de segunda generación” impulsadas por los organismos internacionales de crédito (como el Banco Mundial) a lo largo del sur global.

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Aún así, cabe rescatar que las demandas de los sectores más marginalizados de las clases populares consiguieron a través de estas políticas arrancar una masa de recursos que favorecieron la visibilización del trabajo en el ámbito de lo que hoy se conoce como “economía popular”, y en particular de las mujeres y cuerpos feminizados que encarnan la mayor parte del trabajo de reproducción y cuidados en los hogares y barriadas populares.

En un proceso de creciente institucionalización, esas políticas de transferencias de ingresos (como la asignación universal por hije, o el programa Potenciar Trabajo) se han convertido en instrumentos claves en la disputa entre la integración sistémica de los movimientos territoriales piqueterxs y de la economía popular, y la autoorganización antisistémica.

III

El cambio estructural que se está produciendo en la economía argentina se ha acelerado a través de la pandemia. Mientras el capitalismo avanza hacia nuevas formas de producción basadas en las tecnologías de algoritmos e inteligencia artificial, también avanza hacia nuevas formas de saqueo de los bienes comunes y por lo tanto formas de explotación redobladas del trabajo y la naturaleza.

En Argentina eso se aprecia en el derrotero de las políticas económicas de la última década que multiplican el avance de las grandes transnacionales y la inserción del país como nuevo proveedor de materias primas para el giro “verde” del capitalismo global. El proceso de avance del “desarrollismo verde” a partir del gobierno de Alberto Fernández es la continuación lógica del ciclo iniciado con la re-estatización parcial de YPF, el acuerdo con Chevron y la explotación del yacimiento Vaca Muerta. Este avance complementa el crecimiento de la producción de soja transgénica, el extractivismo del litio y el oro, entre otros proyectos. Todos ellos se conjungan para buscar garantizar una nueva inserción en las cadenas globales de explotación y, en paralelo, producir las divisas necesarias para el repago de la deuda externa ilegal e ilegítima, así como la permanencia en el sistema deuda en su conjunto. Esta reorientación general de la economía tiene como contrapunto la consolidación del giro de las relaciones geopolíticas hacia el Esta, con centro en el capitalismo chino, sus inversiones y sus proyectos.

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Este nuevo ciclo de capitalismo dependiente en Argentina apoyado en el saqueo de las riquezas y la superexplotación del trabajo explica las dificultades que se observan para complementar crecimiento y redistribución progresiva de las ingresos. El crecimiento económico de estos años se apoya de manera creciente en las grandes corporaciones transnacionales directamente ligada a los flujos de valor global y a la apropiación de rentas extraordinarias. Esas rentas extraordinarias son ingresos por encima de la rentabilidad media del capital y tienden a concentrarse en las cadenas de exportacion e importación controladas por las grandes empresas.

El proceso de reestructuración en marcha, que en 2021 y 2022 se expresa como una incipiente recuperación económica, se apoya en la concentración creciente de la propiedad en manos de unas pocas corporaciones y, por lo tanto, en la concentración de los ‘beneficios’ del crecimiento en un puñado de actores. Por eso, la recuperación no tiene impactos notables en el empleo (en particular, en el empleo formal) ni en los ingresos populares. El empleo informal, por cuenta propia y de subsistencia, es el que más crece en la etapa, con ingresos que sólo garantizan la pobreza.

A pesar de las expectativas del gobierno, no hay derrame posible en nuevo ciclo de expansión capitalista. La orientación general de las políticas productivas y económicas sólo amplía la base para la concentración de los ingresos y sostiene las condiciones de precarización de la vida y el trabajo. Las grandes corporaciones aprovechan la precariedad extendida de las relaciones de trabajo y las nuevas tecnologías de gestión para asegurarse cosechar la parte del león en la producción de la riqueza. Por otra parte, en los territorios y barrios populares, la economía popular se convierte en espacio de producción y reproducción para la subsistencia en condiciones de creciente marginación. No hay políticas sociales o laborales que mitiguen la presión creciente que el nuevo ciclo de expansión capitalista crea sobre las condiciones de vida.

En este contexto se necesita un nuevo ciclo de luchas que imponga nuevas condiciones al capital. Será un ciclo distinto de los anteriores, seguramente liderado por una articulación virtuosa entre las trabajadoras en tareas de cuidados y reproducción, les trabajadorxs en los territorios precarizados y quienes luchan contra la destrucción de la naturaleza y los bienes comunes. Las organizaciones más institucionalizadas y las que hoy se encuentran en proceso de incorporación al aparato estatal deberán decidir en qué campo juegan.

Mariano Féliz

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