El clasismo en la dirección de sindicatos docentes en la Argentina. Política sindical y cambio social

En este trabajo nos proponemos analizar el accionar de las corrientes de izquierda, clasistas o “antiburocráticas” en los sindicatos docentes de la Argentina. Nos referimos a las corrientes que plantean con claridad una apuesta estratégica por la superación del sistema capitalista. No incluimos así a lo que en la Argentina se define como “izquierda nacional”, corriente que se ubica principalmente al interior del peronismo.

Por un conjunto de elementos que vamos a ir presentado, consideramos muy importante la experiencia que las corrientes docentes de izquierda desarrollan y, por ellos, reclama detenerse, poner la lupa e intentar profundizar la reflexión.

Nuestro objeto será un conjunto de experiencias sindicales de diversas provincias en donde corrientes clasistas están o han estado en los lugares de dirección, ya sea de seccionales locales o de sindicatos provinciales que agrupan a los docentes de escuelas públicas[1]. Se trata de procesos sin duda diferentes, pero en las que consideramos que existen importantes elementos comunes. Igualmente, en ocasiones la experiencia de Amsafe Rosario ―de la que somos protagonista― adquirirá un lugar central.

Buscaremos presentar estas experiencias en marcha, señalar sus valores y ―con un afán polémico― marcar sus límites, problemas o debilidades. Junto con esto intentaremos apuntar algunos desafíos que estos límites plantean.

Más allá de sostener una reivindicación general de estas experiencias sindicales, el espíritu del escrito no es apologético sino crítico. Entendemos la crítica como un componente indispensable en la praxis revolucionaria; la crítica como la base necesaria para relanzar la apuesta hacia adelante; la crítica como el mejor antídoto contra el conformismo, la rutina burocrática, la pérdida del sentido transformador.

De alguna manera estas líneas buscan ser una prolongación del trabajo “Desafíos del clasismo en el sindicalismo docente” que escribimos con Ariel Petrucelli hace poco más de cinco años[2]. Además, como aclaramos en aquella ocasión, se trata de una reflexión militante más que académica; una reflexión hecha desde el hacer cotidiano en la trinchera sindical. Inevitablemente, este lugar particular nos aporta incontables vivencias significativas, a la vez que nos hace más difícil encontrar la perspectiva general que otorga la distancia.

Para nosotros este texto es parte de la batalla por trazar los caminos necesarios en un accionar sindical que, sin desconocer ni desvalorizar la lucha reivindicativa, apuesta a ser parte de la disputa estratégica más global en la construcción de poder de los trabajadores hacia la superación del sistema capitalista.

La creciente importancia del sindicalismo docente en la Argentina

Desde las primeras luchas obreras en la Argentina, allá por finales del siglo XIX, hasta la actualidad, el sindicalismo docente ha tenido una larga marcha global ascendente. En ese camino siguió los altos y bajos de las organizaciones gremiales en general, pero lo hizo siempre con una impronta propia, particular, diferente a la de la mayoría de las organizaciones sindicales. La fundación de la Confederación de Trabajadores de la Educación (CTERA) en septiembre de 1973 fue un momento fundamental en esta historia. Por un lado, porque allí se logró constituir la primera organización nacional que agrupaba a los docentes de todo el territorio y, por otro, porque ―desde el nombre mismo de la organización― maestros y profesores[3] asumían su condición de trabajadores. En ese momento histórico la clase obrera, sus métodos de lucha y sus formas de organización avanzaban en prestigio y referencia para el conjunto de los sectores populares. Sin dudas se trató de un proceso regional, así en Chile se había constituido el SUTE en 1970 y en Perú el SUTEP en 1972. Luego de sufrir la feroz represión de la dictadura instalada en la Argentina en marzo del ’76 ―en donde los sindicatos fueron ilegalizados y miles de docentes padecieron desde el despido y el exilio hasta la cárcel, la tortura y el asesinato― los gremios docentes iniciaron una rápida reconstrucción aún antes de la asunción del gobierno de Alfonsín en diciembre del ‘83.

Los años ’80 fueron años de crecimiento y consolidación de los gremios provinciales y de reconstrucción de la CTERA. En 1988, la Marcha Blanca[4] ―que llevó el reclamo salarial de los docentes de todo el país a la emblemática Plaza de Mayo frente al centro del poder político nacional― fue quizás la primera expresión de un sindicalismo docente que adquiría un prestigio y reconocimiento nuevos, posicionándose en la primera plana entre las organizaciones gremiales.

Más allá de los debates sobre el accionar de las conducciones, en los años `90 los gremios docentes volvieron a mostrar su creciente protagonismo enfrentando la reforma educativa y las políticas de “ajuste” impulsadas desde el gobierno nacional y los provinciales. En forma parcial y sin dudas desigual se logró condicionar estas políticas, limitar los alcances de la reforma educativa neoliberal y defender el empleo. Ya en la última etapa del menemismo la Carpa Blanca[5] levantada por la CTERA en la Plaza del Congreso permitió instalar la defensa de lo “público” y plantear la necesidad de la recomposición de los salarios luego de años de congelamiento.

Luego de la bisagra que significó el levantamiento de Diciembre del 2001conocido como “Argentinazo”, en cada una de las provincias los gremios docentes estuvieron en forma reiterada protagonizando importantes planes de lucha: primero por el cobro de sueldos adeudados, luego batallando por la recuperación del salario y de otros derechos que habían sido arrebatados en la década anterior. Los paros escalonados o la huelga por tiempo indeterminado se desarrollaron en varias provincias sin que la conducción de la CTERA procurara unificarlas nacionalmente. La dirección de las luchas estuvo en manos de los gremios provinciales salvo situaciones como la de Salta en donde la lucha se dio a partir de la “autoconvocatoria” de las bases ante la complicidad de la UDP[6] con las autoridades. Las movilizaciones lograron una importante masividad e incluso los docentes asumieron nuevos métodos en su accionar como el “piquete” o el corte de ruta. También debieron enfrentar duras represiones; el año 2007 fue particularmente duro en ese aspecto: los docentes de Salta fueron apaleados en dos ocasiones por la policía, los docentes de Santa Cruz enfrentaron la militarización de las escuelas y en Neuquén la brutal represión policial se cobró la vida de Carlos Fuentealba.

Las experiencias que vamos a analizar son parte importante de esta última etapa. Etapa en la que la combatividad de las bases puso a los sindicatos docentes en el centro de la escena gremial y política en la Argentina[7]

Tan generalizado es este proceso, que en la última etapa el “paro docente” se instaló como un elemento que forma parte de manera notoria de la realidad política y social, apareciendo de manera reiterada y generando distintos niveles de adhesión o rechazo en la comunidad. No se trata de una impresión sino de una realidad concreta que muestran las estadísticas con toda contundencia: entre los años 2006 y 2009, los docentes estuvieron en promedio quince días de paro, mientras que los trabajadores de la industria, el transporte y las comunicaciones no llegan en promedio a un día de paro en ese lapso[8].

Vale también destacar el fortalecimiento de los sindicatos: con una tasa de afiliación elevada y con una base de trabajadores en permanente crecimiento, las organizaciones sindicales docentes crecen y se renuevan de manera importante. Además, de la mano de la existencia de escuelas públicas en cada rincón del país, la presencia de los sindicatos tiene una muy valiosa extensión territorial.

Nos pareció necesaria esta recuperación histórica para destacar y valorar en su debida dimensión la importancia de los sindicatos docentes en la actualidad y del lugar que ocupan en ellos las corrientes de izquierda.

La izquierda en los sindicatos docentes

Como parte del profundo proceso de fragmentación que ha sufrido la izquierda en la Argentina, varias son las corrientes clasistas que poseen inserción en los gremios docentes. La dispersión de estos variados sectores no muestra señales de detenerse, pero ha sido compensada con una fuerte vocación frentista, por lo menos al momento de disputar en las elecciones internas con la corriente hegemónica: la Lista Celeste; corriente ésta de extracción peronista que dirige la CTERA y la amplia mayoría de los gremios provinciales.

Haremos un esfuerzo por presentar sucintamente (y con cierto esquematismo inevitable) el amplio abanico de corrientes que no por casualidad han debido recurrir a la más amplia paleta de colores para identificarse y, al momento de presentarse unitariamente, se conforman en la mayoría de los casos como Frente Multicolor[9].

A partir de sus definiciones políticas podemos diferencias tres vertientes principales:

  • Un conjunto de agrupaciones que se ubican dentro del variado arco del trotskismo. La principal es Tribuna Docente, corriente del Partido Obrero (PO). Posee diversos niveles de inserción en los gremios docentes de buena parte de las provincias y ocupan lugares de dirección en varios  seccionales del SUTEBA (Sindicato Único de los Trabajadores de la Educación de la provincia de Buenos Aires), en la Seccional Rosario de AMSAFE (Asociación del Magisterio de Santa Fe), en distintas seccionales de ATEN (Asociación de Trabajadores de la Educación de Neuquén) y en ADEMYS (Asociación de Docentes de Enseñanza Media y Superior de en la Ciudad de Buenos Aires[10]).

Docentes en Marcha es la corriente de Izquierda Socialista (IS). Su inserción es menor pero también tienen desarrollo en varias provincias. Forman parte de la conducción de ADEMYS, ATEN Capital, AMSAFE Rosario, alguna seccional menor de ADOSAC (Asociación de Docentes de Santa Cruz) y un par de seccionales del SUTEBA.

Para terminar con las corrientes que funcionan al interior del FIT[11] debemos mencionar a la corriente 9 de Abril del Partido de los Trabajadores por el Socialismo (PTS). Su desarrollo es más incipiente y en ocasiones desarrollan políticas más sectarias; también integran las conducciones de un par de seccionales del SUTEBA.

Siguiendo con el trotskismo, pero ya por fuera del FIT debemos mencionar a la Lista Naranja, corriente docente del grupo Opinión Socialista. La Lista Naranja está en la conducción del SUTEBA Tigre y de AMSAFE Rosario.

Alternativa Docente es la corriente del Movimiento Socialista de los Trabajadores (MST). También tienen desarrollo en varias provincias y están en la conducción de dos seccionales del SUTEBA.

Existen otros grupos trotskistas pero con menores niveles de inserción.

  • Una segunda vertiente es la de matriz maoísta. Su corriente principal está orientada por el Partido Comunista Revolucionario. Es una corriente extendida en varias provincias, integran la conducción de AMSAFE Rosario y de la seccional Paraná de AGMER (Asociación Gremial del Magisterio de Entre Ríos) y además son la conducción hegemónica de las seccionales Quilmes y Echeverría del SUTEBA.

Por una ruptura de esta organización en el año 2013 se desprendió la organización que finalmente asumió el nombre de Comunismo Revolucionario[12], corriente que posee un peso fundamental en la conducción del SUTEF (Sindicato Único de Trabajadores de la Educación Fueguinos).

  • La tercera vertiente es más difícil de ordenar y presentar. Agrupa a un gran arco de grupos que se reclaman de la “nueva izquierda”, de la “izquierda independiente”, de la “izquierda social”, de la “izquierda no partidaria”, etc.

La parte más significativa de este espacio está agrupada en la incipiente Corriente Nacional Enriqueta Lucero que posee una inserción importante en varias provincias, estando en la conducción de la Seccional Godoy Cruz del SUTE (Sindicato Único de Trabajadores de la Educación de Mendoza), de AMSAFE Rosario y de varias seccionales del SUTEBA, destacándose en este caso la referencia que marca desde la conducción de la seccional Bahía Blanca.

Pero buena parte del desarrollo de esta tercera vertiente está por fuera de la Corriente Enriqueta Lucero. Nos referimos a la Lista Lila que conduce desde hace años ADOSAC; a la Lista Rojo y Negro que conduce 6 seccionales de AGMER (Entre Ríos) y que en el período 2009/2012 condujo el gremio a nivel provincial; a grupos con un peso muy significativo en la conducción de AMSAFE Rosario y AMSAFE General López, etc.

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Confiando en la paciencia del lector que buscó no perderse, lo que nos interesa reafirmar, más allá de las diferencias entre las distintas agrupaciones ―en muchos casos importantes―, es que en todos los casos se trata de grupos con orientación marxista que plantean la necesidad de la superación del capitalismo, y que desarrollan su hacer en los sindicatos con esa perspectiva estratégica.

Algunos trazos de un marco político-ideológico general.

Por el tipo de reflexión que queremos plantear creemos necesario detenernos brevemente en una valoración del momento histórico que atravesamos. A nivel mundial nos interesa destacar la contradicción existente entre, por un lado, la vigencia de un capitalismo en crisis con fuertes rasgos de barbarie que condena a la miseria a millones de personas y, por otro, la inmensa dificultad para que franjas significativas de la población puedan asumir la perspectiva de la superación socialista de la sociedad actual. El capital se sigue afirmando sobre las cenizas del “socialismo real” y así, por los países de todo el globo se alternan gobiernos de derecha o de centro con programas bastante parecidos para administrar la crisis y prolongar los sufrimientos de las mayorías.

A partir del 2003, la Argentina fue parte de la experiencia de gobiernos “progresistas” de la región. Favorecidos por los cambios en los términos del intercambio del comercio mundial, apostando a las alianzas regionales y al desarrollo de los mercados internos, estos gobiernos lograron un crecimiento importante de sus economías y mejoras en los  niveles de vida de amplias franjas de la población. Pero con el cierre de ese ciclo las lacras del capitalismo muestran a las claras que nunca se fueron: alta desocupación, precarización laboral, pobreza y marginalidad, violencia, falta de acceso a servicios esenciales, destrucción de los bienes comunes de la naturaleza, etc. Las experiencias más radicales ―la “revolución bolivariana” en Venezuela y la experiencia conducida por Evo y García Linera en Bolivia― no han llegado a poner en cuestión al capitalismo.

El kirchnerismo fue una respuesta inteligente dentro del peronismo y los sectores de poder ante la profunda crisis desatada en el 2001, más allá de los límites inevitables de su apuesta a construir un “capitalismo serio” en la Argentina. El debate sobre este gobierno atravesó en todos estos años a la CTERA y los sindicatos docentes (y la discusión sigue). La hegemónica corriente Celeste apostó fuertemente y fue un sostén importante del gobierno nacional, hipotecando incluso la autonomía de la organización. La izquierda se ubicó claramente en la oposición. La Lista Violeta, debilitada corriente docente del Partido Comunista, siguió el proceso político de integración al kirchnerismo que hizo el partido desde el año 2008.

Distintos planos del balance

Para ordenar esta reflexión vamos a desarrollar por separado cuatro planos específicos de balance. En primer lugar buscaremos medir la dinámica de crecimiento de su espacio, dinámica que la izquierda intentó (e intenta) imponer en forma incansable. Luego haremos una evaluación del accionar interno que supieron imponer, de la vida de las organizaciones sindicales en donde la izquierda dirige, del desarrollo de la participación, la democracia sindical, etc. En tercer lugar, nos detendremos a valorar los resultados obtenidos en el plano reivindicativo; cuáles fueron los logros cuando se tuvo la responsabilidad de dirigir o codirigir los conflictos y, en algunos casos, negociar con las autoridades. Para llegar finalmente al que consideramos el tema central: que valoración podemos hacer del accionar de la izquierda en los sindicatos en relación a la estrategia de construcción de poder de los trabajadores para la transformación social.

  1. Un espacio ganado que se sostiene.

Todos los años hay elecciones en uno o varios sindicatos provinciales donde la izquierda busca sostener o ampliar su representación. Creemos que, con lógicos vaivenes, la línea de largo plazo es la de la continuidad; la del sostenimiento de los espacios ganados a partir de la etapa que se inició luego del 2001.

Hoy a nivel provincial la izquierda dirige dos gremios provinciales pequeños: ADOSAC (Santa Cruz) y SUTEF (Tierra del Fuego), además del minoritario ADEMYS en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. En este plano debemos reconocer que existe un retroceso si tenemos en cuenta que se ganaron hace unos años las conducciones provinciales de dos gremios importantes: ATEN (Neuquén) y AGMER (Entre Ríos). Cuando nos detengamos en los aspectos más políticos del balance vamos a intentar explicar la dificultad en sostener conducciones provinciales. Esta caída a nivel provincial se compensa con el sostenimiento y un cierto crecimiento a nivel de las seccionales de base en SUTEBA, AMSAFE, ATEN, SUTE, ATECH (Asociación de Trabajadores de la Educación de Chubut), UNTER (Unión de Trabajadores de la Educación de Río Negro) y AGMER.

A nivel de la representación nacional también valoramos una continuidad: la izquierda saca alrededor del 30% de los votos en las elecciones de Junta Ejecutiva de la CTERA y conserva una presencia minoritaria de unos 15 miembros en el Congreso de esta entidad (menos de un 10% del total).

Queremos destacar esta capacidad de sostener un espacio de responsabilidad sindical, especialmente si tenemos en cuenta que en los años ‘80 y ‘90 lo habitual era que una conducción de izquierda no pudiera sostenerse más allá de un período (docentes de AMSAFE San Lorenzo y de UTE Capital, o en el gremio de Sanidad en Capital, o de la Construcción en Neuquén, etc.).

  • El fortalecimiento de las organizaciones y de su vida interna

En este punto, más allá de las tensiones y las contradicciones, el saldo es claramente positivo. El triunfo de las corrientes de izquierda en los sindicatos fortalece a las organizaciones y genera un desarrollo importante de los espacios de participación, de debate, de democracia interna. La tendencia es que los docentes valoran más al sindicato como su herramienta y se da un crecimiento claro de las reuniones, las votaciones, las asambleas, la cantidad de delegados elegidos en las escuelas, etc. La izquierda oxigena la vida interna de los sindicatos docentes fortaleciendo a la organización y a sus espacios de definición democrática. Esta tendencia funciona además como dique a la burocratización de los sindicatos conducidos por la Celeste; desde las seccionales de izquierda, se desarrolla una dinámica que funciona como referencia para el conjunto de los afiliados de los gremios provinciales y pone un freno a las tendencias por cerrar los espacios de participación.

Este fortalecimiento de la vida interna del sindicato no es un elemento menor, como destaca Perry Anderson: “La lucha por un sindicato más democrático y militante es una pelea contra la penetración y dominación capitalista en el movimiento sindical”[13].

Igualmente, no se trata de un proceso lineal y ascendente. En primer lugar, porque los niveles de participación dependen siempre de las tendencias profundas del desarrollo del movimiento; la baja en la participación de las bases docentes por distintos motivos (derrota en un conflicto, cambios políticos más generales, confianza en el gobierno de turno, cansancio, etc.) implica un vaciamiento inevitable de los espacios de participación. Pero además de estas tendencias, que podemos considerar “objetivas”, debemos señalar algunas líneas de acción “vanguardistas” que poco tienen que ver con la democracia sindical; en ocasiones se impulsan prácticas en las que las definiciones sobre el plan de lucha las toman los sectores más “activos” o “combativos”, que no reflejan las posiciones mayoritarias de las bases. Ocurre cuando asambleas cada vez más minoritarias resuelven acciones cada vez más duras o cuando se impulsan “plenarios de delegados” en los que los asistentes tienen más “mandato” de su organización política que de los docentes de las escuelas que supuestamente representan.

  • Contradicciones en la valoración de los logros en el plano de las reivindicaciones inmediatas.

En el sistema educativo argentino, las negociaciones y los acuerdos con la patronal se desarrollan a nivel nacional y, en mayor medida, provincial. Pero las tareas de conducción de la izquierda son, como señalábamos más arriba, centralmente en el plano seccional. Igualmente el desarrollo de sus políticas en seccionales importantes (los casos de la seccional Rosario de AMSAFE, de la seccional Capital en ATEN, de la seccional Paraná en AGMER o de las seccionales La Plata, Bahía Blanca y Matanza en Buenos Aires) ubica a estas conducciones como una referencia insoslayable para el conjunto de los docentes de cada una de sus provincias. En definitiva creemos que actúan como un factor de presión objetivo, que en muchos casos ha sabido desarrollar la movilización y garantizar que se lograran mejores resultados en la negociación con los gobiernos[14].

Por el contrario, en los casos de conducciones de izquierda provinciales que tienen el peso central de la dirección y la negociación, los resultados ―vistos a largo plazo― son magros. Hubo triunfos resonantes (el caso más emblemático es el de los docentes santacruceños de ADOSAC en el 2007) pero también duras derrotas. Cierta lógica de desarrollo del conflicto a “todo o nada”, sin las elementales valoraciones de la relación de fuerzas ha llevado a grandes logros pero, en mayor cantidad, también a duras derrotas, como la de la lucha dirigida por ATEN en 2013 o la de ADOSAC en 2012. La derrota más dura es la de los docentes del SUTEF que protagonizaron luchas heroicas y en ocasiones tuvieron logros muy importantes, pero hoy sufren un fuerte retroceso en sus derechos previsionales, el poder adquisitivo de sus salarios ha caído en forma notable y, lo que es más grave, padecen una fuerte ofensiva del poder político y judicial en la que sus principales dirigentes han sido condenados penalmente y exonerados del sistema educativo. De ninguna manera se trata de culpabilizar a los docentes o a sus direcciones por esta situación marcada por una dura ofensiva patronal, pero sí consideramos que debemos aprender a valorar mejor en qué condiciones se desarrollan las luchas, especialmente cuando se tiene la responsabilidad de conducción.

Seguramente la dificultad mayor para sostener las direcciones provinciales de los gremios en las provincias de Entre Ríos y Neuquén estuvo relacionada con la manera en que se condujeron los conflictos y con los magros logros obtenidos.

  • El accionar sindical y su aporte a la estrategia del cambio social.

Este es el punto que nos parece central y donde encontramos los principales problemas y déficits. Centralmente creemos que no se logra ubicar a los sindicatos en la estrategia de poder de los trabajadores; no se consigue empalmar la necesaria y legítima disputa reivindicativa con la perspectiva de la construcción de poder para el cambio social. Por su importancia vamos a desarrollar este tema más en extenso en el punto que sigue.

La falta de vocación de poder o los límites del tacticismo sindical.

Creemos que las corrientes docentes de izquierda desarrollan un accionar marcado por una sucesión de tácticas sindicales que tienen como única estrategia conservar un lugar más o menos destacado de “oposición” y se alejan así del camino de la construcción de poder de los trabajadores.

Ya esta reflexión la venimos desarrollando desde hace un tiempo. En el artículo Desafíos del clasismo en el sindicalismo docente mencionábamos tres problemas que planteaban claros límites políticos al accionar sindical de las corrientes clasistas: el “luchismo”, el economicismo y el corporativismo. El “luchismo” tiene que ver con algunas lógicas de la izquierda que buscan oponerse por el vértice con la pasividad de las conducciones burocráticas; allí decíamos que en muchas ocasiones “se eligió apostar a extender equivocadamente los planes de lucha. Fuera de toda la valoración táctica, sin medir la relación de fuerzas concretas en cada situación, la tendencia fue considerar que el mejor plan de lucha era el que incluía más días de huelga”[15]. Pero además de la prolongación excesiva de los conflictos, la otra expresión del “luchismo” aparece en la periodicidad de las huelgas: “Terminado un plan de lucha (…) se busca con ansiedad el comienzo de uno nuevo. El necesario momento de acumulación de fuerzas, de reflexión luego de un conflicto, de fortalecimiento de vínculos en el desarrollo de la actividad laboral docente es visto como un tiempo doloroso en el que (…) el sindicato no encuentra su razón de ser”[16].

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Del “economicismo” decíamos que es un problema “tan viejo como los sindicatos”, inevitablemente presente porque son “organizaciones creadas por los trabajadores en el marco del capitalismo para disputar con los patrones a fin de lograr mejores condiciones en la venta de la fuerza de trabajo”[17]. Pero junto con eso afirmábamos que “resulta llamativo, y preocupante, que conducciones clasistas impriman a las organizaciones sindicales una dinámica donde el reclamo por el salario se lleva casi con exclusividad las energías principales”[18].

Finalmente presentábamos al “corporativismo”, otra marca muy fuerte de la acción sindical, como “la tendencia a tener una mirada estrecha que se fija exclusivamente en la situación inmediata de los afiliados y desconoce la de otros actores cercanos”[19].  

Nuestra valoración actual, cinco años después, es que poco ha cambiado del proceso más de conjunto y que los problemas señalados siguen plenamente vigentes. Insistiremos entonces en la reflexión buscando profundizar el análisis. En particular haremos referencia a la experiencia de AMSAFE Rosario aunque creemos que, por lo menos en la mayoría de las líneas de análisis, este caso no es sustancialmente diferente a las otras experiencias de conducciones de izquierda.

Después de doce años dirigiendo el sindicato nos preguntamos: ¿Qué cambió políticamente? ¿Cuál ha sido el desarrollo político del movimiento, de la base docente, de su activismo expresado en el cada vez más numeroso cuerpo de delegados? ¿Se fortalecieron las corrientes de izquierda, se desarrollaron las ideas del clasismo, se avanzó en un cuestionamiento al sistema capitalista y a sus formas de dominación? Nuestra hipótesis/evaluación/respuesta es que no; no en forma significativa.

El crecimiento de las agrupaciones de izquierda, aun contando con el poder y la referencia que da la conducción del sindicato (o la seccional) no es importante; tampoco hay elementos que permitan valorar un avance hacia la izquierda de los debates en las reuniones de delegados, las asambleas gremiales o las salas de maestros y profesores. El voto de los docentes a las listas de izquierda en las elecciones generales (cuando se eligen las autoridades del Estado nacional, provincial o municipal) no se diferencia en forma importante de la baja votación global; en general el pequeño porcentaje mayor de adhesión electoral está más influenciado por referencias personales (algunos dirigentes del gremio docente son candidatos en las elecciones generales) que por las plataformas programáticas. Sin estudios estadísticos, la valoración compartida por todos es que en las elecciones de finales del 2015 entre los maestros se impuso el voto a Macri, un candidato de la derecha tradicional que nada tiene que ver con los intereses de los trabajadores (vale aclarar que este voto a la propuesta de la derecha se dio en la base de los sindicatos donde dirige la izquierda y, por lo menos con la misma intensidad, también en los que dirige la poderosa corriente kirchnerista docente).

Se nos ocurre sumar dos elementos específicos más para avanzar en esta valoración crítica que estamos haciendo de los procesos políticos en las bases de los sindicatos docentes dirigidos por la izquierda (y en particular en el caso de Amsafe Rosario). En todo el país, pero muy fuertemente en Rosario, el tema de la “seguridad” frente al crecimiento de los robos violentos aparece como una preocupación generalizada. Desde los grandes medios de comunicación se instala un sentido común en donde los “pobres” son una amenaza y un policía en cada esquina sería la solución. Aunque la más elemental reflexión rechaza esta respuesta y concluye que los “pobres” son las víctimas principales de una armado narco-policial con complicidades del poder político, los docentes (aun los que conocen bien la realidad de los barrios en donde trabajan) tienden a sumarse a este sentido común que impone la derecha con análisis y respuestas cargadas de prejuicios y racismo[20].

El otro elemento que incluimos en esta instancia para valorar el bajo impacto de los planteos políticos de la dirección de izquierda es la relación real y concreta de la base del gremio con las escuelas privadas. No nos cansamos de repetir discursos y escribir programas que señalan la defensa de la escuela pública y la denuncia de la escuela privada y los subsidios que recibe del Estado… pero una mayoría de docentes envía sus hijos a estas escuelas.

Aspiramos a ser muy concretos en la crítica. Para ello, a continuación vamos a presentar una serie de puntos en donde buscamos señalar las limitaciones de una accionar sindical marcado por el tacticismo y al que le falta vocación de poder; una accionar sindical que no asume ―desde los lugares de conducción sindical― el desafío de hacer un aporte significativo a la estrategia del cambio social, de superar el capitalismo, de acabar con el patriarcado, de construir la perspectiva socialista. No pretendemos que el sindicato reemplace a la organización política revolucionaria, no creemos que tenga la responsabilidad principal (ni mucho menos exclusiva) de acaudillar el proceso de transformación social. Pero si estamos convencidos de que puede (y mucho más tratándose del sindicato docente) hacer algunos aportes importantes en la construcción de esa perspectiva. Para ello debe superar un accionar apoyado en un espíritu conservador, que se conforma con sostener lo conquistado, que no asume los  riesgos de dar batallas mayores. Un accionar que no puede pensar, ni siquiera en perspectiva, a las corrientes de izquierda en otro lugar que en la oposición, ni a los trabajadores en otro lugar que el de clase subalterna.

Vamos a desarrollar nuestra crítica en once  puntos:

  1. Despreocupación por los análisis serios de la coyuntura, la relación de fuerzas con la patronal y el accionar de las conducciones burocráticas.

En todo momento y en todo lugar se repite el esquema de análisis según el cual todos los gobiernos (nacionales y provinciales de cualquier signo político) tienen como única política atacar a los trabajadores de la educación y la escuela pública. De las conducciones burocráticas se repite que no quieren luchar y que cuando lo hacen solo están buscando el momento propicio para traicionar la lucha. Por su parte las bases docentes siempre tienen voluntad de lucha ilimitada y el único problema es que la conducción burocrática es “una loza” que en general logra frenar ese vigor permanente.

Quizás en algún sentido muy general y abstracto algo de esto sea cierto; pero para hacer política sindical es necesario superar las generalidades y atender a la realidad concreta. Porque el poder, de los gobiernos, las conducciones burocráticas y las bases funciona de otra manera. Hay momentos en que los gobiernos ―condicionados por los procesos de la lucha de clases― prefieren otorgar concesiones. Hay momentos en que las conducciones burocráticas ―condicionadas por las bases y también por sus propias apuestas políticas― se juegan a desarrollar una lucha y a lograr el triunfo. Hay momentos en que las bases docentes ―por cansancio o por los  procesos políticos y sociales más generales― tiene poca voluntad de lucha.

Repitiendo siempre lo mismo, a estos análisis le pasa lo que a un viejo reloj descompuesto: tienen razón dos veces por día, pero están equivocados en todos los otros momentos.

Asumir a fondo y con toda responsabilidad la tarea de conducción de un sindicato y apostar a ampliar esa representación pasa, inevitablemente, por hacer análisis serios.

2. “Oposicionismo”, a las conducciones burocráticas y a toda propuesta del gobierno.

Del esquema de análisis anterior se deriva necesariamente el rechazo automático a toda propuesta oficial y a cualquier definición que impulsen las conducciones burocráticas. En todo conflicto, frente a cualquier negociación, nuestra caracterización siempre concluye con que el gobierno no nos ha otorgado todo lo que pedimos (algo imposible en el marco del capitalismo) y que solo se trata de redoblar la lucha para lograrlo. Mientras nuestra responsabilidad de conducción es parcial (principalmente cuando dirigimos seccionales) este discurso funciona bien y muchas veces obliga a las conducciones burocráticas a salir de una posición de negociación casi sin lucha; pero cuando tenemos la responsabilidad de dirigir el conjunto nos tenemos que hacer cargo de una situación mucho más compleja y difícil de lo que indican nuestros análisis. El “oposicionismo” es cómodo cuando dirigen los otros, pero si maleducamos a la base docente con que todo se reduce a redoblar la lucha hasta el logro de nuestros reclamos nos alejamos en realidad de la posibilidad de ser una conducción real del movimiento. Creemos que ahí está una de las claves de la dificultad para sostener las conducciones provinciales de los gremios de Neuquén y Entre Ríos.

3. Falta de seriedad en la elaboración y discusión de los balances luego de cada la lucha.

De las dos limitaciones anteriores se deriva necesariamente esta tercera, los balances son esquemáticos y tienden a ser negativos; en general se concluye que la burocracia entregó la lucha y no se logró lo que se quería. Más allá de que esto puede suceder en ocasiones en distintas proporciones, este tipo de balance con sesgo derrotista genera desánimo y quita todo protagonismo a las bases. La conclusión de los compañeros en las escuelas es inevitable: “¿para qué vamos a luchar si después nos entregan?”. La unilateralidad en el balance es útil para cosechar enojos contra las conducciones burocráticas, pero en lugar de empoderar a las bases las ubica siempre como sujetos pasivos de la inevitable y repetida traición.

4- Falta de interés por la disputa en las aulas.

Sin dudas cada aula es una trinchera; cada día allí disputamos sentidos, comprensiones del pasado, miradas hacia el futuro. En Desafíos… decíamos: “La lucha por establecer nuevos valores dominantes, por dotar de sentidos a las experiencias, por establecer otra agenda político-cultural, por defender o cuestionar las bases del sistema encuentra en la educación un terreno fértil. La escuela es un ámbito privilegiado (aunque en modo alguno exclusivo) para conquistar los corazones y las mentes. Y la masividad de la educación inicial, primaria y secundaria, junto al carácter dominante de la educación pública en nuestro país, hace de la tarea docente una actividad de enorme influencia y gran versatilidad”[21].

Nuestra valoración es que también en este terreno el accionar de las conducciones de izquierda está lejos de responder a la apuesta estratégica. Sin dudas hay un conjunto de iniciativas relacionadas con la tarea específica del aula (publicaciones, cursos de formación, charlas, debates, etc.), pero no logran salir de un lugar secundario, que poco tiene que ver con el hacer cotidiano del sindicato. Estamos muy lejos de las valiosas experiencias de la primera mitad del siglo pasado, en donde las vanguardias pedagógicas estaban estrechamente unidas a las vanguardias sindicales.

5. Falta de disputa por el diseño de la educación.

Como parte de las transformaciones mundiales, en estos años en la Argentina se han dado debates e importantes reformas en la educación. En apenas una década se votaron más leyes educativas que en los 100 años anteriores; a nivel nacional la Ley Nacional de Educación, la Ley de Financiamiento Educativo, la Ley de ESI[22], etc. y una cantidad muy importante de leyes educativas en las provincias. Con diversa profundidad, la votación de las leyes generó debates en sectores de la sociedad y en las escuelas. En estos debates la participación de las conducciones de izquierda fue bastante pobre: se limitó a impugnar con más o menos profundidad las iniciativas oficiales. En general nos ubicamos como un grupo de presión que terminaba teniendo una posición conservadora; ante la falta de propuestas propias, el rechazo a las propuestas de cambio oficiales tendía a aferrarse a lo existente. También acá el “oposicionismo” se impuso sobre la perspectiva de construcción de poder. Fueron muy limitadas las apuestas a aprovechar el debate para pensar la construcción de una propuesta desde los trabajadores de la educación; a pensarnos como los protagonistas necesarios en la construcción de un proyecto educativo que ponga en el centro los derechos de los sectores populares y sea una palanca para la transformación social.

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6. Negativa a asumir la disputa por el gobierno de la educación.

Esta limitación va encadenada con la anterior. No vemos a los docentes como un sujeto que deba construir y dirigir los destinos de la educación. Se ha naturalizado que todo el poder en la educación lo tenga el Ministro que designa el Gobernador. No solo se desconocen experiencias extraordinarias como la de los docentes chilenos de los años ’20, ni siquiera nos apropiamos nacionalmente de la experiencia de provincias como Entre Ríos donde los docentes tienen su cuota significativa de poder en el Consejo Provincial de Educación. Para los actos del 1º de Mayo repetimos que la sociedad debe ser gobernada por los trabajadores; pero este planteo resulta algo completamente abstracto, absolutamente disociado de nuestras disputas presentes en el ámbito de la educación. Nos resulta fácil oponernos a las políticas oficiales, nos cuesta pensarnos construyendo poder y asumiendo el control de la educación.

7- No se apuesta en forma sistemática a la construcción de lazos con la comunidad, incluido el movimiento estudiantil.

Esta limitación es el resultado inevitable de la poca voluntad de poder y del corporativismo. Sin duda la construcción de lazos con la comunidad educativa es una tarea compleja, mucho más en tiempos de crisis social y de una creciente violencia que se presenta en formas muy variadas y golpea a las escuelas y sus barrios. Pero, desde una mirada clasista, sabemos que se trata de una apuesta necesaria; no habrá transformación social si no se logran articular los distintos sectores populares. Desde las conducciones de izquierda carecemos de una apuesta estratégica en este sentido que  supere las miradas inmediatas y pueda ubicar la tarea en el largo plazo. La escuela pública, enclavada en cada rincón, en cada barrio de la geografía nacional puede ser un gran espacio articulador de demandas y propuestas de los sectores populares. Desde las conducciones clasistas podemos y debemos asumir un rol más claro en esta perspectiva.

8. Debilidad en la batalla contra la escuela privada.

Decíamos más arriba que una mayoría de docentes elige enviar a sus hijos a las escuelas privadas. Y eso a pesar de los programas de las conducciones clasistas del sindicato contra la escuela privada y en defensa de la escuela pública. Creemos que acá no se da con claridad el debate necesario; nos conformamos con las definiciones generales pero no damos la batalla política-ideológica al interior mismo del sindicato. Con una actitud conservadora, en lo inmediato evitamos el riesgo de perder adhesiones; la necesidad táctica se termina ubicando por encima de los debates estratégicos indispensables.

9. Límites en la política de género, en la disputa contra el patriarcado.

Sin dudas se trata de una problemática que en la Argentina viene teniendo una importancia creciente. La disputa por los derechos de la mujer y contra la violencia de género ha logrado una notable visibilidad e incluso ha obligado a la sanción de varias leyes. Desde las conducciones clasistas de los sindicatos docentes también hemos tenido políticas en este sentido. Pero los límites son evidentes. En el caso de AMSAFE Rosario se creó la Secretaría de Género, pero casi con exclusividad se trabaja la problemática de las compañeras golpeadas. El poder al interior del sindicato expresa una impronta claramente masculina; no hay disputa contra el machismo al interior de la organización. La pirámide de poder en el sindicato no deja lugar a dudas: en la base docente menos del 20% son hombres, pero en la Comisión Directiva el porcentaje trepa al 40%, ya entre los compañeros con relevo gremial (es decir que se dedican tiempo completo a la actividad gremial) los hombres son mayoría con el 62% de los cargos; finalmente, los tres lugares principales en la conducción lo ocupan tres hombres (100%). Entender al patriarcado como uno de los pilares de la actual sociedad nos plantea el desafío de asumir una importante transformación de nuestras políticas en este plano.

10. Falta de una disputa a fondo contra el consumismo y la sobre acumulación de trabajo.

El capitalismo con su desarrollo ha encontrado en el consumo un lugar de dominación tan importante como el de la producción. La disputa y los logros en materia salarial nos llevan a este otro oscuro callejón. Para cada franja social, para cada nivel de consumo de los trabajadores el sistema funciona poniendo en un escaparate comercial más productos de los que están a nuestro alcance; podemos mejorar nuestros niveles de consumo (en los hechos en la Argentina esto sucedió de manera significativa para los docentes entre los  años 2004 y 2008) pero el dinero nunca alcanza. A la legítima disputa por mejorar los niveles salariales se suma la carrera por sobreacumular trabajo. Aún a costa de la salud y del mejor desarrollo de la tarea docente. Con el argumento de que el salario no alcanza se aceptan con naturalidad la acumulación de dos y hasta tres cargos y jornadas laborales de 12 o 14 horas diarias. Así la batalla por la jornada de 8 horas del siglo XIX o la que históricamente dio el clasismo contra las “horas extras” quedaron en el pasado.  Desde las conducciones clasistas se evita dar la batalla profundamente política e ideológica contra el consumismo y las jornadas laborales interminables; es menos riesgoso aceptar esta elección que hacen miles de compañeros y repetir que la única razón es que el salario es insuficiente.

11. No hay apuestas serias y privilegiadas a la formación, ya sea política, gremial o educativa.

Se trata de una profunda falencia a la que pareciera no se le encuentra solución. Cada año se repite la importancia del tema y la necesidad de priorizarla… pero siempre son muchos los proyectos y pocas las realizaciones. Sin dudas hay espacios de formación gremial y de capacitación docentes: cursos, charlas, algunas publicaciones. Pero nunca logran la centralidad que se reclama. Lo que debería ser prioritario en cualquier apuesta sindical de un gremio docente que se propone como palanca para la transformación social es apenas intermitente y complementario cuando no directamente secundario. El luchismo y la omnipresente pelea por la mejora salarial conspiran contra la necesidad de llevar adelante planes serios y a largo plazo de capacitación. También las tensiones que se dan al interior de los frentes clasista en donde las distintas miradas sobre algunos aspectos terminan por bloquear el desarrollo de debates y de espacios de formación.

Tampoco se logra que los sindicatos sean usina de reflexión y de elaboración sobre temas fundamentales: desde políticas educativas hasta historia del movimiento obrero, pasando por análisis de la coyuntura económica, modelos sindicales, etc.

¿Qué hacer?

Creemos que se trata de cambiar, de arriesgar, de relanzar la apuesta, de apostar en serio, de dejar de lado la actitud conservadora que nos lleva a sostener el terreno conquistado, pero sin tener claro cuál es el verdadero objetivo[23]. No es una cuestión de apuros, de tiempos. Sí de sentido, de entender que vamos dando pasos en la dirección estratégica. Dejando el “oposicionismo permanente” y asumiendo con vocación de poder nuevos desafíos. No pensando que los sindicatos deben dirigir el proceso de cambio social, sí que pueden hacer un aporte en ese camino.

La tarea no es simple. Sin dudas hay poderosos mecanismos propios del accionar sindical en el marco del capitalismo que nos empujan a actuar de la manera en que lo hacemos. Hay una presión fuerte de la base para que obremos así; ya lo planteó Lenin hace más de un siglo; la lucha económica, la pelea por la reivindicación inmediata traza la línea del desarrollo espontáneo del movimiento. Intentar darle un lugar de importancia a las batallas estratégicas, apuntando al cuestionamiento al orden social vigente es atreverse a elegir el camino lleno de dificultades. Más aún en tiempos en que solo una minoría cree en la posibilidad de superar el capitalismo.

En el desarrollo de nuestra crítica fuimos señalando algunos trazos de este camino alternativo que vemos necesario recorrer. Sin certezas, se trata de intentarlo.

En el siglo XIX, el maestro Simón Rodríguez acuño la frase: “Inventamos o erramos”; ya a comienzos del siglo XX, José Carlos Mariátegui afirmó que la construcción de una sociedad nueva para Nuestra américa “no debe ser calco ni copia, sino creación heroica”. En este siglo XXI atravesado por la barbarie capitalista, creemos que se trata de asumir estos desafíos también desde los lugares construidos por las corrientes de izquierda en los sindicatos.

Juan Pablo Casiello

Bibliografía:

Anderson, Perry. Los límites y las posibilidades de la acción sindical Pensamiento Crítico, Habana, nº 13, febrero de 1968

Casas, Aldo. Los desafíos de la transición. Socialismo desde abajo y poder popular. Buenos Aires, Argentina: El colectivo; Herramienta, 2011

Gindín, Julián. Pensar las prácticas sindicales docentes. Buenos Aires, Argentina: Herramienta, 2011

Gindín, Julián. Sindicalismo docente en América Latina. Experiencias recientes en Bolivia, Perú, México, Chile y Argentina. Rosario, Argentina, Ediciones de Amsafe Rosario, 2008

Mariátegui, José Carlos. Escritos sobre educación y política. Buenos Aires, Argentina: Ediciones Godot, 2014

Petruccelli, Ariel. Docentes y piqueteros. De la huelga de ATEN a la pueblada de Cutral-Co. Buenos Aires: El cielo por asalto, 2005


[1] En la Argentina son los estados provinciales los encargados de brindar el servicio educativo desde el nivel inicial hasta el nivel terciario. El Ministerio de Educación nacional solo es responsable de las Universidades. En cada provincia existe un sindicato (único o mayoritario) que agrupa o representa a la mayoría de los docentes de escuelas públicas: SUTEBA en Buenos Aires, AMSAFE en Santa Fe, UEPC en Córdoba, AGMER en Entre Ríos, SUTE en Mendoza, etc.

[2] Juan Pablo Casiello y Ariel Petruccelli, «Desafíos del clasismo en el sindicalismo docente», en Julián Gindin (compilador), Pensar las prácticas sindicales docentes, Herramienta Ediciones, AMSAFE-Rosario, AGMER, ADOSAC, Buenos Aires, 2011, pp. 53-76.

[3] En la Argentina, los maestros son los docentes de nivel inicial y primario y los profesores son los docentes de los niveles secundario y terciario.

[4] La Marcha Blanca fue la culminación de un extendido y profundo plan de lucha de los docentes de todas las provincias del país. Impulsado por la CTERA y con el reclamo de una recuperación del salario docente, el paro se inició el 14 de marzo (día de inicio del ciclo lectivo) y culminó con la Marcha Blanca que, uniendo cuatro columnas de las distintas regiones del país, llegó con 30.000 docentes frente a la Casa Rosada.

[5] La Carpa Blanca fue una de las formas de resistencia más extensa contra las políticas de ajuste de los años ’90. Instalada por la CTERA el 2 de abril de 1997(promediaba el segundo mandato del presidente Carlos Menem), se mantuvo por más de 1000 días y fue levantada a finales del año ’99, en el inicio del gobierno de Fernando de la Rúa, gobierno que contó con el apoyo de la conducción de la CTERA.

[6] UDP, Unión de Docentes Provinciales, gremio mayoritario de la provincia de Salta.

[7] En realidad se trata de un proceso que se da en varios países de la región e incluso que va más allá. Sin dudas los docentes han sido el sector de trabajadores asalariados que en los últimos años ha protagonizado mayores luchas en países como Brasil, México, Chile, Bolivia o Colombia. También podemos reconocer el protagonismo destacado de los docentes en otras regiones del planeta: en la pelea contra el ajuste de la derecha española en los últimos años, en el proceso conocido como la “primavera árabe” que se inició en Egipto y Túnez en el año 2011, o, en el mismo año, entre el movimiento de los “indignados” que se desarrolló en EEUU, etc.

[8] Julián Gindín, “Sobre las huelgas docentes”, », en Julián Gindin (compilador), Pensar las prácticas sindicales docentes, Herramienta Ediciones, AMSAFE-Rosario, AGMER, ADOSAC, Buenos Aires, 2011, pp. 79-107

[9] La diversidad obliga a identificarse con colores de uso poco habituales tales como granate, malva o magenta, otros francamente alejados de la cultura de la izquierda como el gris y otros que directamente se apartan de la paleta cromática como “la transparente”.

[10] En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires se da uno de los mayores niveles de dispersión gremial ya que existen dieciséis gremios docentes. El gremio mayoritario es UTE (Unión de Trabajadores de la Educación) que pertenece a la CTERA y cuenta con más de diez mil afiliados. ADEMYS no pertenece a la Ctera, cuenta con cerca de dos mil afiliados pero por su dinámica sindical logra una referencia importante.

[11] Frente de Izquierda y los Trabajadores, coalición política electoral compuesta por partidos de origen trotskista  que ha obtenido buenos resultados electorales y ha permitido una representación parlamentaria pequeña pero inusitada para la izquierda en la Argentina.

[12] Esta ruptura se expresó fundamentalmente en la Isla de Tierra del Fuego y en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Una de las razones centrales fue una alianza electoral que hizo el PCR con el  Partido Social de Fabiana Ríos, la gobernadora de Tierra del Fuego, duramente enfrentada con el sindicato docente.

[13] Perry Anderson, “Las limitaciones y las posibilidades de la acción sindical” en Pensamiento Crítico, Habana, nº 13, febrero de 1968.

[14] Entendemos que esta situación se hace evidente cuando, en medio de las tensiones del conflicto, representantes del gobierno salen a denunciar que no se llega a una resolución por culpa de la “interna gremial”. En general, en estos casos el gobierno ha llegado a algún acuerdo con las conducciones provinciales pero las bases, acicateadas por las seccionales conducidas por la izquierda, definen continuar la lucha para avanzar más en las reivindicaciones.

[15] Juan Pablo Casiello y Ariel Petruccelli, op.cit., p. 68.

[16] Ibídem.

[17] Op.cit., p. 71

[18] Ibídem.

[19] Op. Cit., p. 74

[20] Quizás en el afán polémico de este artículo seamos excesivamente críticos con nuestro hacer desde la conducción del sindicato. Por ejemplo, en este tema de la “seguridad” queremos destacar la campaña “Basta de matar a nuestros alumnxs” que impulsa AMSAFE Rosario, justamente como un instrumento para ubicar en los lugares correspondientes a víctimas y victimarios. Ver www.rebelion.org/noticia.php?id=202800

[21] Juan Pablo Casiello y Ariel Petruccelli, op.cit., p. 59.

[22] Ley Nacional Nº 26150 de Educación Sexual Integral.

[23] Una compañera ya jubilada, de larga tradición política y gremial y que forma parte de la comisión directiva de AMSAFE Rosario en el período 2004-2007, solía platear este tema con agudeza repitiendo en forma retórica la pregunta: “¿A qué veníamos nosotros?”

2 thoughts on “El clasismo en la dirección de sindicatos docentes en la Argentina. Política sindical y cambio social

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