Pérez Galdós, la crítica social y la espera de la aurora

(Especial para CH) Hay quien ha considerado a Benito Pérez Galdós como el más destacado novelista español después de Miguel de Cervantes.

Más allá de la discusión acerca de si esa apreciación es acertada, lo seguro son sus méritos como escritor, en particular en lo que respecta a sus novelas. Entre esas virtudes está la de ser su escritura un atractivo canal para acercarse a la historia española.

La narrativa del escritor nacido en Canarias abarca el pasado cercano y el presente inmediato de la sociedad española en la que recorrió toda su existencia.

En su literatura de tema histórico Galdós fue autor de un conjunto de 46 narraciones, asimilables a novelas breves, denominado Episodios nacionales. Abarcan la mayor parte del transcurso del siglo XIX en España, a través de la ficcionalización de sus principales sucesos. La guerra de independencia contra Napoleón, la reacción absolutista, las guerras carlistas, los repetidos “pronunciamientos” militares desfilan por sus páginas.

Algunos de esos episodios, la mayoría escritos en la segunda mitad del siglo XIX, pueden ayudar a la comprensión de la guerra civil del siglo XX, ya que pintan a la nobleza terrateniente, y a los grupos políticos reaccionarios. También a curas y seglares que profesaban el catolicismo integrista, dispuesto a apelar a la violencia para imponer sus ideas, en búsqueda del aplastamiento de cualquier rasgo de heterodoxia.

La Inquisición ya no estaba presente. Sin embargo se mantenía su espíritu e incluso algunos de sus medios de acción.

Hoy pueden ser leídos como premoniciones del conflicto español y de la interminable dictadura que lo siguió.

La sociedad española hecha novela.

En las novelas propiamente dichas, sobre todo en las dedicadas a la España contemporánea, hay un retrato de la sociedad hispana de la época, con personajes de todas las clases sociales.

Muestran una sociedad en decadencia, con una economía atrasada, estructura social cristalizada, poderes de rasgos arcaicos y exclusivistas y una organización política antidemocrática,

Ocurre que Pérez Galdós escribe, y ambienta sus historias, en el lapso que va del último cuarto del siglo XIX a la primera década del XX. España hacía mucho que no era una potencia militar temible y había perdido casi todo su imperio. A lo que se añade que no pudo o no supo colocarse en el rumbo del desarrollo capitalista.

Tenía una escasa industrialización y una buena parte de la población sumida en la pobreza y el analfabetismo. Y buena parte de la economía aún surcada por rasgos precapitalistas y niveles de productividad muy bajos.

Entre las clases altas de la novelística galdosiana destaca la nobleza ociosa y rentista, aferrada a sus privilegios históricos. Esa aristocracia terrateniente era sustento de la monarquía, que fue cuestionada y desplazada, pero al final restaurada con Alfonso XII en 1876.

La pretenciosa nobleza se extiende hacia las finanzas y también a muy lucrativos negocios de concesiones comerciales y obras públicas, con complicidad de un aparato estatal impregnado por la corrupción. Y engrosa sus filas con burgueses obsesionados por el lustre social, que le ofrendan parte de su riqueza a cambio de títulos y figuración.

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También habita sus libros la clase media sin ocupaciones productivas, atada al empleo público o a las rentas de pequeñas fincas rurales o inmuebles urbanos alquilados. Los representantes de ese estrato en la narrativa galdosiana suelen vivir por encima de sus posibilidades, presas del culto a las apariencias y el seguimiento de las modas.

Caen en manos de usureros, venden sus pertenencias, desarrollan relaciones afectivas interesadas. Algunas mujeres se deslizan hacia formas más o menos “elegantes” de prostitución.

Representativas de esos padecimientos mesocráticos son novelas como La desheredada (1881), La de Bringas (1884) o Miau (1888).

La pintura de las mujeres de Galdós nos acerca a un género femenino sometido, sujeto a prejuicios sobre su comportamiento afectivo y sexual. Y privado de toda independencia económica. Las mujeres de las clases “acomodadas” tienen el refugio de la frivolidad, la moda y los gastos excesivos. Las del pueblo se asoman al horizonte de la miseria, las relaciones violentas, los trabajos esclavizadores, la prostitución.

Los distintos estamentos del clero ocupan también su lugar, en una sociedad en la que predomina la religión como instrumento de disciplinamiento social y de opresión cultural, en particular sobre las mujeres.

Galdós fue un gran anticlerical y supo trazar algunos personajes eclesiásticos detestables, como el cura abusador de Tormento (1884) o las monjas que corrigen a “mujeres descarriadas”, en Fortunata y Jacinta (1886-1887).

Lo que no quita que supiera captar sentimientos profundamente religiosos, sobre todo en el ciclo “espiritualista” de sus “novelas españolas contemporáneas”, como Ángel Guerra (1890-1891), Tristana (1892), Nazarín (1895) Halma (1895), o Misericordia (1897). Allí los protagonistas son seres profundamente creyentes, si bien ajenos a las estructuras eclesiásticas.

Don Benito desarrolló asimismo una aguda mirada en torno al pueblo pobre, en particular el de Madrid. Muchos sin ocupación fija, con ingresos miserables en actividades marginales, habitando en viviendas desastrosas, diezmados por enfermedades evitables.

El escritor traza una cierta picaresca, que puede leerse con una sonrisa, cargada de afecto hacia el “pueblo” y surcada por la denuncia de las malas condiciones de vida. En el grueso de sus novelas hay personajes de raigambre popular. Y el escritor transita con mucha amenidad por sus hábitos, su lenguaje, sus modos de ganarse la vida y sus padecimientos al no poder escapar de la miseria.

Quizás Misericordia es su mejor acercamiento a un mundo de estrechez y marginalidad, que oscila entre el servicio doméstico, la mendicidad y la delincuencia.

Todo se da en el contexto de la política española, pseudoliberal y nada democrática, pantano de decadencia en el que una nación empobrecida finge ser un imperio. Un sistema basado en el fraude electoral, el “turno” preestablecido entre un partido conservador y otro “liberal”. Y caudillos llamados “caciques” que dominan los distritos a su antojo.

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En la deforme estructura social, los beneficios fáciles de unos pocos conviven con la mayoritaria pobreza y el extendido analfabetismo. Males sociales que los pudientes no sólo sostienen sino que agravan en pos de ganancias desenfrenadas.

De los restos coloniales, sobre todo Cuba y Filipinas, se obtienen todavía buenas ganancias, a menudo en los márgenes de la legalidad. Otra fuente de oportunidades es un aparato estatal colonizado por unas elites política y económica que lo ponen a su servicio y lo esquilman a gusto.

El escenario privilegiado de las tramas galdosianas es Madrid, ciudad asiento de la monarquía, sede de una administración hipertrofiada e ineficaz y lugar de vivienda de terratenientes absentistas. Ciudad sin industrias, dedicada a la burocracia, el comercio y las finanzas. Plagada de contrastes, animada en sus cafés y clubes sociales, poblada de palacios y también de sórdidas casas-habitación destinadas al pobrerío.

Leer Galdós.

A la hora de proponerse la lectura de sus novelas, es insoslayable una obra maestra como Fortunata y Jacinta, un corte transversal de la sociedad madrileña. Con las dos protagonistas que dan título al libro como tipos femeninos contrapuestos, por su origen social, sus hábitos, sus creencias, su forma de entender la vida y el amor.

Tienen sin embargo un rasgo en común: Ambas son víctimas del mismo hombre, un burgués perezoso y frívolo, que disfruta una fortuna heredada, a la que en nada contribuye. Esposo de la burguesa Jacinta y amante de la proletaria Fortunata, hace sufrir a ambas a lo largo de toda la trama, sometiéndolas a sus caprichos.

Hay dos obras ya mencionadas, Tristana y Nazarín que han visto actualizada su vigencia por inspirar sendas películas del genial Luis Buñuel. En ambas las prácticas religiosas ocupan un lugar gravitante.

Nuestro autor escribió otras grandes novelas que no están entre las más renombradas, y lo mismo poseen rasgos magistrales.

Por ejemplo el llamado ciclo de Torquemada (entre 1889 y 1895), cuatro novelas protagonizadas por Francisco de Torquemada. Un personaje que transita desde sus comienzos como un usurero de barrio que expolia a desesperados hasta su final como gran financista, senador y propietario de un título de nobleza.

En el camino de ascenso lo acompaña su matrimonio con una aristócrata arruinada, que compensa su falta de dinero con un patrimonio de relaciones que beneficia al usurero en tránsito de convertirse en gran señor. El personaje tiene muchas aristas, capaz de tener algún rasgo generoso y hasta preocupaciones religiosas, en medio de la sordidez de sus acciones.

Otra gran obra, muchas veces no reconocida como tal, es El caballero encantado, de 1909, una de sus últimas novelas. Mezcla de realismo y fantasía es una alegoría sobre la realidad española en su momento más patético.

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Galdós la escribe cuando ya ha ocurrido la desastrosa derrota frente a EEUU (1898), que acarreó la pérdida de los últimos restos del imperio colonial. Y en el mismo año que la partida de miles de jóvenes hacia la peligrosa aventura de Marruecos desata una rebelión en Barcelona, brutalmente reprimida.

En sus páginas un aristócrata ocioso es sometido a un “encantamiento”, por un personaje que encarna a “La Madre España”, paciente anciana que todo lo sufre.

Lo interesante es que después del pase mágico, el noble se ve convertido en un más que modesto trabajador rural. Y comienza a sufrir las crueldades propias de esa condición.

De terrateniente que exprime a los campesinos ha pasado a ser jornalero. De aristócrata que se paga el ocio lujoso con sus rentas, a trabajar de sol a sol en el campo. A sufrir las arbitrariedades de los “caciques”. Y hasta la represión de la implacable guardia civil.

Las numerosas peripecias del marqués y conde convertido en proletario rural hacen recordar un poco a las de Don Quijote. Eso con completa conciencia del escritor que, ya cercano al final de sus días, sigue los senderos cervantinos con mayor cercanía que nunca antes.

También es digna de atención la ya mencionada Miau. Narra la historia de un burócrata que ha quedado cesante y, faltándole poco para su jubilación, no puede recuperar su medio de vida ni acceder a un retiro digno. Es de sumo interés la descripción de la administración pública española. Sede de privilegios, arbitrariedades, ineficacia asociada a la corrupción y politiquería que lo tiñe todo.

Un novelista en la política.

Galdós se desenvolvió en el quehacer político. Defendió la pertinencia de la participación en ese campo. Escribió que el abstencionismo es la muerte de los pueblos y que el que por asco se aleja de la política no merece ser hombre, ni ser libre.

Al comienzo se desenvolvió dentro del paradigma del peculiar liberalismo español. Y fue electo diputado por un distrito puertorriqueño con el que no tenía relación, en 1886. Más tarde su ubicación cambió. Fue electo de nuevo en 1910 y 1914. Y su deriva ideológica transcurrió hacia la izquierda a medida que envejecía. En su juventud había sido un republicano “moderado” e incluso apoyó en ciertos momentos a la monarquía. En su camino hacia la radicalización fue electo para el parlamento por una conjunción entre republicanos y socialistas, en 1909.

En 1905 había dicho “Voy a irme con Pablo Iglesias (el líder del socialismo). Él y su partido son lo único serio, disciplinado y admirable que hay en la España política.” 

Don Benito era de origen “acomodado”, en una familia de militares y funcionarios. Su filosa mirada sobre una sociedad cuya decadencia la hacía aún más injusta, lo condujo lejos de ese origen, hacia el rechazo de los poderes instituidos y la confraternización con la causa obrera.

Ya en sus últimos años, responde lo siguiente en una entrevista:

Entonces ¿cree usted en el socialismo?

Sí, sobre todo en la idea. Me parece sincera, sincerísima. Es la última palabra en la cuestión social. …¡El socialismo! Por ahí es por donde llega la aurora.

A más de un siglo de su muerte (falleció en 1920), su escritura nos interpela todavía, en tanto que trasmite impresiones críticas acerca de una sociedad injusta y profundamente desigual. En la que el dinero, el poder y la manipulación ideológica aspiran a dominarlo todo.

La conclusión de su vida política, en la espera de una “aurora” traída por el socialismo, le otorga un resplandor renovado a su filosa visión de una sociedad al borde del derrumbe.

Último pero no menos importante, fue dueño de una prosa tan rica como entretenida, que invita a la lectura, a veces hasta el límite de la adicción.

Leamos a Galdós, nuestra capacidad de reflexión y la búsqueda impenitente del placer literario se lo merecen.

Daniel Campione

Imagen: Retrato del escritor Benito Pérez Galdós realizado por Ruiz Vernacci

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