Volver a Chávez

Cuando se trata de procesos de cambio revolucionario, casi siempre a escala nacional, es preciso perderle el miedo a la idea de comenzar de nuevo. Más que una simple idea entre otras, comenzar de nuevo bien puede ser una circunstancia que se nos imponga como un imperativo político e incluso ético.

En un texto de 1922, Lenin planteaba la necesidad de “volver a empezar desde el principio” tantas veces como fuera necesario. Sin embargo, debemos admitir que tal expresión puede inducir a equívocos, sobre todo si se incurre en el error de obviar el contexto histórico. Comenzar de nuevo no debe y no puede significar comenzar de cero.

Ni siquiera en febrero de 1999, cuando Hugo Chávez asumió el poder, estábamos comenzando de cero. Mucha agua había corrido bajo el puente de la historia antes de desembocar en la revolución bolivariana. Es cierto que el profundo convencimiento popular de que una etapa de la vida nacional estaba llegando a su fin hacía no solo aceptable, sino incluso deseable la idea de que era posible hacer borrón y cuenta nueva. Digamos que la promesa de comenzar de cero lograba traducir parcialmente, en aquel momento, el anhelo de buena parte de las clases populares, al tiempo que contribuía a robustecer su voluntad de lucha y les hacía sentir partícipes de una épica. Pero ni siquiera aquella promesa resultaba tan eficaz como un discurso político que actualizaba el ideario bolivariano, zamorista y robinsoniano, que hasta entonces yacía sumergido en las profundidades de la memoria nacional, y que nuevamente, para sorpresa de las mayorías, tenía mucho que aportar a la hora de encarar los problemas fundamentales de la sociedad venezolana.

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Si bien la revolución bolivariana tiene algo de ruptura con el continuum de la historia, no es menos cierto que esta sería inconcebible sin un redescubrimiento de cierto continuum histórico, que remite a la tradición de lucha de los oprimidos.

Si veintitrés años después –o nueve, si tomamos como referencia la desaparición física de Hugo Chávez– nos planteamos la necesidad de comenzar de nuevo, es porque resulta un imperativo actualizar y hasta cierto punto redescubrir el horizonte programático del proceso bolivariano. Más que empezar desde el principio, se trataría de reafirmar los principios estratégicos fundamentales de la revolución bolivariana, a saber: recuperación y firme defensa de la soberanía sobre nuestros recursos; defensa de nuestros derechos, en particular de los derechos económicos, sociales y culturales conquistados popularmente; centralidad de la idea-fuerza de democracia participativa y protagónica o, lo que es lo mismo, defensa de la soberanía popular; y transformación de una estructura económica dependiente y subordinada, vía la construcción de una sólida economía mixta, con especial énfasis en las formas de propiedad social.

Así, comenzar de nuevo no sería sino otra forma de plantear aquello que lo más lúcido de la militancia popular chavista y, más allá, parte importante de la sociedad venezolana, hoy eleva como consigna programática, aglutinante y movilizadora, o esgrime como sentida aspiración: volver a Chávez.

Evidentemente, si hay que volver a Chávez es porque se ha producido un alejamiento de lo que este significa. No de Chávez como persona, digámoslo una vez, sino del horizonte programático perfilado por el chavismo bajo su liderazgo.

Volver a Chávez no es una consigna o una aspiración nostálgica o anacrónica. Unos contenidos programáticos o principios estratégicos solo pueden y deben ser actualizados si nos sirven para pensar y actuar en el presente. Caso contrario, simplemente se prescinde de ellos y se procede a construir o definir otros que permitan trazar un nuevo horizonte. De igual forma, si es preciso redescubrirlos, es porque existen fuerzas que han tenido un éxito parcial en su esfuerzo por ocultarlos, ignorarlos o silenciarlos.

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De lo anterior se desprende que volver a Chávez no tiene nada que ver con querer retornar, para vivir para siempre en él, a ese pasado en el que éramos felices y nadábamos, despreocupados e irresponsables, en un tranquilo océano de petróleo, según el relato de la derecha y de alguna izquierda. Tiene que ver, en cambio, y para decirlo con Mark Fisher, con asumir que “el pasado todavía no ha ocurrido” y, por tanto, con la necesidad de volver a narrarlo, porque “el objetivo político de los relatos reaccionarios es sofocar los potenciales que aún esperan en él, listos para ser despertados otra vez”. Volver a Chávez es reencontrarnos con nuestros “futuros perdidos”.

Dicho de otra manera, despachar el imperativo de comenzar de nuevo por nostálgico o anacrónico es un gesto profundamente reaccionario, que persigue el propósito de sofocar los potenciales contenidos en ese tiempo pasado en que, por ejemplo, Chávez no solo se planteaba el problema de la transición al socialismo, sino que además conducía un esfuerzo de gobierno que debía distinguirse por su “calidad revolucionaria”, esto es: debía partirse del principio de que la experiencia –interrumpida– de la transición tenía que resultar gratificante para las clases populares, como repetía el mismo Chávez una y otra vez. 

Anacrónica es la conseja, que presume de novedosa y oportuna, según la cual lo conveniente es no regresar a Chávez, porque “la gente” desea un “cambio”, y lo que corresponde es ubicarse en un improbable centro político en lugar de extraviarse en dirección a la izquierda.

No hace falta ser un Saint Just para saber que el mentado centro es el lugar que ocupan desde siempre quienes prefieren el congelamiento de las revoluciones a las peligrosas calenturas populares.

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Este planteo de que es improcedente regresar a Chávez no pasa de ser una manera distinta de afirmar que, en lugar de actualizar o redescubrir, lo que hay que hacer es comenzar de cero, y tal afirmación es indisociable de la idea conforme a la cual es más fácil imaginarse –y por tanto acelerar– el fin de la revolución bolivariana que el fin del neoliberalismo.

Someter a las sociedades a sucesivos traumas políticos, económicos y sociales, hasta hacer tabula rasa y comenzar de cero, ha sido el sueño de los neoliberales a partir de la década de los 70 del siglo XX, y la pesadilla de los pueblos, allí donde estos objetivos han sido alcanzados. Los traumas sufridos por la sociedad venezolana durante buena parte de la última década guardan relación directa, al menos parcialmente, con propósitos muy similares.

En nuestro caso, decidimos reafirmarnos en la convicción de que, más allá de lo fácil o difícil que pueda ser, lo correcto –en el sentido de que eso es lo que dicta el hecho de ubicarse a favor de los intereses de las clases populares– es volver a Chávez o comenzar de nuevo, es decir, plantearnos la actualización y el redescubrimiento del horizonte programático de la revolución bolivariana, para estar nuevamente en condiciones de derrotar al neoliberalismo.

Foto: Sandra Iturriza.

Publicado originalmente en inglés por Venezuelanalysis

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