Debate sobre La hegemonía imposible en la UNLP

El 24 de mayo se presentó el libro La hegemonía imposible en la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de LA Plata. Participaron Aníbal Viguera, Doctor en Ciencias Sociales y miembro de esa casa de estudios, Myriam Bregman, diputada nacional del PTS-FITU y el autor del libro Fernando Rosso. Aquí ofrecemos una transcripción de las primeras tres intervenciones y el video con el conjunto del debate, que abarcó cuestiones nodales planteadas en el libro, desde las definiciones de hegemonía, pasivización o Estado integral, hasta el balance del 2001 y de los procesos políticos del kirchnerismo, el macrismo, la situación del gobierno actual y el rol de la izquierda en la política nacional.

https://www.youtube.com/watch?v=B76MmES-t6A&feature=youtu.be


Aníbal Viguera: “Un análisis provocador, que implica un pensamiento crítico políticamente relevante”

Yo voy a hacer algunas consideraciones sobre el libro. A mí me gustó mucho el libro, me parece un libro muy valioso para recomendar claramente su lectura. Arranco por señalar algunas virtudes que encuentro en el libro que tienen que ver con la lectura en sí misma, es un libro ágil, un libro con gran poder de síntesis, un libro que tiene toques de humor ácido interesantes. Por mencionar sólo un ejemplo de ese humor, cuando Fernando está haciendo un recorrido por la trayectoria de Alberto Fernández, cuando está hablando del momento del Frente de Todos y dice Alberto Fernández fue que jefe de gabinete, etcétera, el último estadio de ese recorrido es Alberto Fernández como “acompañante terapéutico de la campaña insustancial de Florencio Randazzo” en 2017; me pareció una crueldad exquisita, podríamos decir. También el libro tiene frases –estas son las más humorísticas–, pero está lleno de frases muy elocuentes que, uno esté de acuerdo o no, dice qué bien cómo apunta acá a un punto central a partir de una o dos frases muy bien logradas.

Creo que es un libro que combina un registro militante y político con un registro también académico. Yo reivindico mucho este doble registro donde una formación académica se puede poner en juego con la militancia y la perspectiva más precisamente política. Creo que el análisis que hace Fernando no se podría haber hecho sin una sólida formación teórica, sin lecturas profundas que hay detrás, que creo que se ponen en evidencia. En buena medida por referencias explícitas que él hace a lo largo de todo el libro a distintos autores, autores más teóricos, autores que han trabajado sobre las etapas que el recorre de la historia argentina y etapas previas también. Pero también veo que esta formación intelectual de Fernando recorre implícitamente el libro en general.

Un libro que ofrece un recorrido por estos últimos años de la política argentina, pero que inserta ese recorrido más reciente en un análisis de la historia previa que aparece en todo momento. Y que engancha a este análisis más reciente con cuestiones más estructurales que hacen al debate sobre sobre la historia argentina y sobre la política argentina más allá de este período, cuestiones si se quieren más viejas, como por ejemplo la relación entre la clase obrera y el peronismo, esta idea del empate, esa idea clásica del empate de Juan Carlos Portantiero, también retomada por Guillermo O’Donnell, la cuestión de los alcances y límites de la democracia en Argentina, entre otras cuestiones que trascienden, que se enganchan con el análisis específico de este período más reciente. También me pareció muy interesante que Fernando en este recorrido, como dije recién, cita autores diversos, algunos de ellos clásicos y cita autores que en muchos casos no representan la misma perspectiva política que el autor. Ahí yo encuentro algo muy atractivo del libro, quizá también algo de astucia porque por momentos Fernando dice lo que quiere decir, pero se da el lujo de decirlo apelando a cosas dichas por otros que no necesariamente coinciden con su perspectiva. Ejemplos de otros autores que él cita por ejemplo Juan Carlos Torre, Pablo Gerchunoff, también Horacio González. De distintas maneras él va encadenando su propio argumento con citas muchas veces hechas desde otra perspectiva pero que utiliza hábilmente para para fundamentar lo que él quiere desarrollar.

Una contraparte de esto que estoy diciendo es que me parece que el libro puede ser leído con interés incluso por personas que no coincidan con algunas de sus afirmaciones, siendo un libro que tiene afirmaciones políticamente contundentes y coherentes de una perspectiva de izquierda. Pero me parece que dentro de un campo amplio que iría desde el kirchnerismo hasta las distintas vertientes del pensamiento de izquierda, es un libro que puede ser leído con interés porque aún a quienes no estén de acuerdo les debe despertar la necesidad de dar respuesta a esos argumentos con los cuales se pueda no coincidir. Es decir, esas afirmaciones que pueden ser polémicas o hasta irritantes para otras perspectivas tienen que ver con críticas profundas que deben ser, al menos, debatidas desde otras miradas. En este sentido es un análisis provocador que implica un pensamiento crítico políticamente relevante, que se mete al hueso con debates centrales de la política argentina.

Creo que lo más importante es el argumento organizador del libro al cual me voy a referir en unos minutos más en particular, esta idea de que, citando textualmente al autor, “el país en el que no se puede ser más neoliberal ni más populista que lo que permite la relación de fuerzas”. La idea de que, como dice Fernando, desde 2012 “el poder es fácil de ganar, más fácil de perder y casi imposible de conservar”. Creo, de todos modos, que, como él mismo dice, el argumento de la hegemonía imposible va más allá de ganar y conservar el gobierno; lo imposible parece ser implementar exitosamente y sostener cualquiera de las dos opciones de políticas que se vienen poniendo en juego en los gobiernos de los últimos veinte años. Cualquiera de las dos opciones que han estado encarnadas por un lado en el kirchnerismo/Frente de Todos y por otro lado en el macrismo, las dos se muestran difíciles de sustentar política y económicamente, sea un capitalismo con algún nivel de redistribución o un neoliberalismo duro, por definirlas rápidamente de alguna manera, creo que esa insustentabilidad, esa hegemonía imposible, no se da solamente en términos de gobierno, sino de propuestas de políticas económicas, de modelo de acumulación (o como se lo quiera llamar), ese es el nudo central que el libro pone en debate. Y creo que este es EL debate en este momento; incluso un debate que en distintas formas atraviesa por ahí hasta las internas de ambas fuerzas políticas.

El libro entonces va construyendo una mirada integral por los distintos momentos de estos últimos veinte años, tomando como punto de partida el año 2001 y retomando esta idea del 2001 como bisagra, como un momento que marcó las estrategias y los discursos de todas las fuerzas políticas, en particular del kirchnerismo y de lo que fue luego fue la coalición de Cambiemos. Ambas fuerzas se reconfiguran fuertemente a partir de los desafíos del 2001. Creo que, aunque el punto de partida donde el autor empieza a expandir su desarrollo es el 2001, hay un punto de partida previo. Justamente, como señala Fernando, el menemismo sí había logrado algo así como una hegemonía, algo parecido a la hegemonía, dice; pero que tuvo un final desastroso precisamente en el año 2001. Y tuvo un final desastroso que es desastroso para el propio modelo, pero también para la mayoría de la población, en particular para los sectores populares. Pero ese final, esa crisis, ese colapso tiene mucho que ver con la resistencia popular, con ese carácter, como dice el autor, “fuertemente contencioso” que caracterizó históricamente a la sociedad argentina, esa capacidad de resistencia y que una y otra vez aparece. Creo que ahí ya está en germen una pieza clave del argumento del libro, la idea de que en este caso el modelo de los 90 sólo podría haberse sostenido en sus propios términos con más explotación de la clase trabajadora, con más caída del costo salarial, entre otras cosas. Esto ha sido señalado también por otros autores, por ejemplo por Alberto Bonnet. Y ese posible derrotero del modelo neoliberal de los 90 y la convertibilidad no pudo ser precisamente por la capacidad de resistencia que ya se venía poniendo en evidencia antes del 2001, por lo menos desde el 96 y el 97. Ahí la organización y la movilización como límite, como veto también ya están en juego en la crisis del 2001. Este análisis sobre el 2001 se centra en esta condición de punto de inflexión, de marca que arrastran las distintas opciones políticas. Ahí Fernando retoma de Martín Cortes y de algún otro autor una idea que me parece muy interesante, la idea de la “traducción estatal” del 2001, la idea de que no sólo el kirchnerismo incorpora demandas y motivos presentes en la rebelión y que en todo caso en esa traducción como dice él “algo se transforma, algo se gana, pero algo se pierde”, se gana y se pierde en parte de esas energías disruptivas del 2001.

Si hacemos un rápido recorrido por los capítulos del libro, el capítulo sobre el kirchnerismo obviamente despertará gustos y disgustos entre lectores y lectoras desde las distintas perspectivas. Si bien Fernando arranca con una suerte de balance donde hay un reconocimiento de las políticas que efectivamente favorecieron a los sectores populares, o que reconocieron derechos y también hace un recuento rápido sintético de los límites y contradicciones, Fernando explícitamente rechaza esta idea de pensar al kirchnerismo en términos de sumas y restas, o de un balance de bueno esto me gusta, esto no me gusta, y apunta a una mirada conceptual englobadora integral, y en esa mirada integral subraya algunos nudos críticos que considera particularmente significativos. Por ejemplo la crítica a la pretensión de contar con una burguesía nacional que pudiera ser soporte de ese modelo de políticas kirchneristas, un presupuesto que él interpreta como imposible por la inexistencia de esa cosa que se pretende encontrar más de una vez en términos de burguesía nacional. También aparecen según el autor los límites específicamente económicos del modelo, la famosa restricción externa, la desaceleración del crecimiento a partir del 2012. Creo que de todos modos un eje clave de esa mirada crítica global, crítica integral de la etapa kirchnerista, es la idea de la pasivización de los sectores populares que resulta un concepto que va deviniendo central para el argumento general del libro que, a su vez, retoma una vieja cuestión del análisis del peronismo, la cuestión de las tensiones en el vínculo entre el peronismo y el mundo de los trabajadores, la idea de movilización y politización pero regimentada, selectiva, controlada, administradora del conflicto. Acá es donde hay un argumento polémico, se podrá coincidir más o menos, pero es un eje ordenador del análisis del kirchnerismo y que tiene mucho que ver decía con el argumento más general de la hegemonía imposible. Porque, como dice Fernando, la pasivización, que se le atribuye en el texto al propio kirchnerismo, habría minado las propias bases de sustentación del modelo kirchnerista. Creo que este es un eje que trasciende la crítica específicamente al kirchnerismo y las asperezas que eso pueda provocar en la lectura porque, como dice Fernando Rosso, efectivamente el límite que tiene la movilización popular como sustento de un proyecto político se pone en juego, por ejemplo, cuando las clases dominantes quizá en un principio conformes con la contención que, según el autor, ofrece el kirchnerismo para esa conflictividad y para los sectores populares; esas clases dominantes van a empezar a exigir, dice él, y esto me parece una expresión muy sintética, muy clara: el “orden sin progresismo”. Se puede tolerar un tiempito el progresismo como factor de orden, pero en algún momento van a empezar a exigir el orden sin progresismo, y sin un sustento fuerte en la organización y en la movilización popular el modelo empieza a encontrar ahí también sus propios límites. Y emerge entonces la cuestión de la relación de fuerzas como clave. Y creo que entonces, más allá de en qué medida o no se quiera considerar al kirchnerismo en particular como responsable de esa pasivización, el argumento va rescatando la centralidad de la movilización popular como sustento o como veto de distintos tipos de políticas.

Seguramente el capítulo sobre el macrismo pueda concitar adhesiones más amplias, creo que es ahí donde el humor se despliega con más agudeza. Fernando arranca haciendo una referencia al 18 brumario de Marx, preguntándose cómo un personaje de la mediocridad de Macri pudo llegar a ser presidente y referente de una corriente, también me pareció de un humor interesante cuando él hace un recorrido por las políticas del macrismo, ese recorrido que va del gradualismo hacia el intento de ofensiva y el “recalculando” posterior a la resistencia de fines de 2017, Fernando habla de cómo se pasa del relato inicial de “manual de autoayuda” a la narrativa final de “rabia anti-populista”, también eso me pareció muy sintético, muy expresivo; se pasa de la “revolución de la alegría” al “origen de la tristeza”, estoy citando frases textuales que me gustaron particularmente. Entonces ahí está muy claro ese recorrido, por eso digo que hay una gran capacidad de síntesis, en pocas páginas recupera algunos ejes que a cualquiera le pueden servir, independientemente de cuánto convenzan los argumentos, para ir construyendo miradas globales sobre cada una de estas etapas. Este pasaje del “gradualismo”, un homenaje, dice Fernando, a la cuestión de las relaciones de fuerzas, optar por el gradualismo porque más allá no se podría ir, cierto “mesianismo de mercado” textual también, del primer momento, la idea de que llegué yo al gobierno y mis amigos van a aportar la lluvia de inversiones que obviamente nunca llegó, de este gradualismo al intento a finales de 2017, dice, de “ir por todo”, en lo que Fernando define como una “contrarreforma neoliberal”, que me parece una manera muy adecuada de caracterizar ese intento de ofensiva, esta idea del “reformismo permanente”, que se sintetiza en ese trípode de reforma laboral, reforma previsional y reforma tributaria que era el horizonte al que se quería llegar y al cual no se llega en los términos que se pretendía porque ahí la resistencia popular marca un punto de inflexión y después es pura decadencia.

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En las políticas y en la capacidad de sustentación del gobierno de Cambiemos hay un punto interesante que señala el autor al darle una importancia explicativa a lo que llama la falta de una “crisis catastrófica” citando a Carlos Pagni para ilustrar esto. Audaz y astuto al citarlo a Pagni, que dice que era muy evidente que todo estallaba en el 2001, pero Pagni parte de considerar que en 2015 el modelo estaba absolutamente acabado desde su perspectiva, sin embargo dice había que explicarlo porque no había una crisis terminal en esa coyuntura del 2015 que estuviera a la vista. Y eso también dificulta la ofensiva que hubiera querido llevar adelante el macrismo. También me parece muy interesante la idea que señala Fernando de que Mauricio Macri se encontró con una “revuelta de los de arriba”, algo así como la decepción del mercado, la decepción de los grandes inversores, los grandes del poder capitalista más concentrado que, dice él, se “devoró también a uno de sus hijos más pródigos”, citando textualmente. También desde arriba, de algún modo, le sueltan la mano. Jugando con las palabras, dice Fernando “Mauricio Macri no podía, no sabía”, desde esa perspectiva del poder concentrado, cumplir con esas tareas para las que lo habían respaldado, no podía implementar esas contra reformas estructurales más brutales que se esperaban, que se siguen esperando de alguien que en algún momento llegue al gobierno por ese lado. Acá me parece que hay una clave que es que, otra vez como retomamos para el modelo de los 90, una vez más la apuesta neoliberal parece requerir sí o sí de su propia radicalización, las propuestas de derecha requieren, impulsan pero parecen necesitar para poder intentar mostrar algún resultado, su propia radicalización en términos de mayor ofensiva del capital respecto al trabajo y demás. Dice Fernando Rosso “nadie estaba dispuesto a seguir financiando la aventura del país atendido por sus CEO y el experimento de un ajuste con gusto a poco para los de arriba y demasiado agraviante para los de abajo”. Ahí está también esa hegemonía imposible por abajo, pero también por arriba.

“La Argentina no estalló”, dice Fernando y ahí hay un interesante análisis sobre los motivos como explicar que la Argentina no estallara en el contexto de las políticas de Cambiemos, pero sí le puso límites a esas políticas por esto de seguir teniendo esa capacidad de ser una de las sociedades más contenciosas del continente.

Y finalmente el capítulo sobre el Frente de Todos que por ahí puede dejar sabores mixtos, porque puede sintonizar con algunas críticas que se están haciendo a la moderación albertista desde sectores de la propia coalición del Frente de Todos, así que ahí el libro puede sintonizar de una manera más combinada con otras perspectivas. Creo que el eje está ahí, otra vez la idea, dice Fernando, que Mauricio Macri dejó de algún modo la vara muy baja porque entonces parece que con concesiones no muy grandes ya se produce algo. El tema con eso es que, dice él, un programa muy mínimo de algunas concesiones aparece por momentos como un programa de máxima y ahí se pone en evidencia algo que es muy tremendo, que es la idea de que se puede ir instalando la noción de que ciertas pretensiones de consumo de los sectores populares parecen ser por definición excesivas desde el punto de vista de lo que el propio sistema puede contener. Y dice Fernando “si ese consenso se asienta”, es decir, si el consenso de que hay demandas que son excesivas para las posibilidades que brinda este momento del capitalismo argentino, si ese consenso se asienta, “es un triunfo moral del macrismo en medio de su derrota política”. Ahí el autor advierte sobre la hegemonía imposible que en el caso del Frente de Todos “dejó atrás banderas que fueron identitarias del kirchnerismo y que a la vez respondían a su manera a un país levantisco, el nuevo experimento empezó a tocar algo de la música del otro, el convencimiento de que para ganarle en su terreno había que parecérsele en muchos aspectos”. Y ahí cita a Margaret Thatcher cuando dijo algo parecido en términos de que su mejor legado había sido Tony Blair, la oposición tomando algunos de sus postulados.

Las preguntas por el Frente de Todos son también interrogantes respecto a los gobiernos progresistas de América Latina en general de los últimos tiempos, la pregunta es, dice Fernando, si “sus derrotas fueron por haber sido demasiado radicales o demasiado cautelosos”. Y ahí creo que vuelve a cobrar fuerza el argumento central del libro, pareciera que ambas alternativas necesitan radicalizarse para poder avanzar y sostenerse. Un poco la crítica al gobierno del Frente de Todos engancha con este argumento, mostrando que quizá ese carácter coalicional de ambas fuerzas políticas alimenta esa búsqueda del centro, esa búsqueda del consenso, esa dificultad para intentar encarnar liderazgos que definan las políticas para un lado de modo más fuerte, más consistente.

Creo que el libro ofrece elementos para pensar que ningún intento de modelo de los que pretende encarnar el kirchnerismo parece poder sostenerse pareciéndose al otro por el lado de la moderación, sino que parecería requerir justamente una radicalización en sus propios términos, no sólo porque eso fuera algo deseable sino para garantizar hegemonía.

Para ir cerrando entonces, Fernando desarrolla este argumento un poco contra lo que llama los “talibanes del consenso” a los que considera, paradójicamente, “utópicos”. Eso me pareció interesante. Siempre las perspectivas de izquierdas son las que cargan con la idea de que son utópicas, pero quizás hoy estos talibanes del consenso son los que están encarnando opciones utópicas por esta idea de la hegemonía imposible. Finalmente lo que emerge de este argumento del libro es, una vez más, la movilización popular como clave. Fernando lo pone en palabras de Javier Trímboli, también de García Linera, agregándoles a las palabras de estos otros autores la idea de responsabilizar a las dirigencias políticas y sindicales de esa pasivización de los sectores populares. Pero lo que yo rescato entonces con fuerza es esta necesidad de contar con niveles crecientes de organización y movilización popular para poder superar esa hegemonía imposible por un lado, en todo caso de alguna pretensión que pueda venir desde el sector kirchnerista, pero que también es necesaria para seguir frenando, para seguir logrando que la hegemonía neoliberal de cambiemos etcétera, siga siendo imposible. Así que creo que el libro presenta muchas ideas para pensar cómo se hace necesario una y otra vez, correr desde abajo los límites de lo posible, torcer esa relación de fuerzas que, como dice Fernando una y otra vez aparece como una piedra, como algo que está ahí congelado y que no se pudiera mover. Entonces ahí hay un argumento que se muerde la cola, citando otra vez textualmente “no luchó porque no lo habilita la correlación de fuerzas y la correlación de fuerzas no se modifica o cambia para peor porque no lucho”. Para eso entonces finalmente acumular organización popular, movilización, potenciar la capacidad de resistencia, de lucha, se vuelve imprescindible para cualquier fuerza política que tenga la voluntad de empezar a romper en términos de políticas la relación de fuerzas.

Y la idea es seguir apostando por lo menos, de mínima a que la hegemonía por derecha siga siendo imposible, o al menos sea “lo menos posible posible” y que la hegemonía posible o una hegemonía posible sea la que pueda llegar, un poco para buscar una convergencia de miradas, viniendo para la izquierda y/o yendo desde la izquierda.

Myriam Bregman: “el libro da una mirada integral de la política que incluye la economía y la relaciones de fuerzas”

Voy a tratar también de tomar algunas de las cosas que decía Aníbal para ir intercambiando un poco sobre eso, como tres conceptos o tres definiciones del libro. Primero que, como se dijo, por supuesto es un gran aporte en términos teóricos, conceptuales y que eso creo que es lo que le está valiendo, tanto un reconocimiento desde distintas miradas, no solo desde la mirada o desde la pertenencia política de Fernando, sino que esto está haciendo que, como se dijo recién acá hasta Pagni lo invite a su programa para ver si Fernando tiene la solución de cómo se rompe con ese empate. También me parece que es interesante, y recién se desarrolló, cómo esos conceptos los van ejemplificando a través de la historia política de nuestro país en las últimas décadas. Y el tercer punto, que es con el cual quiero terminar, es qué discusiones deja este libro, para seguir debatiendo.

Sobre el primer punto, creo que efectivamente el libro da una mirada integral de la política que incluye la economía, las clases sociales, las relaciones de fuerzas. Retoma una tradición marxista que siempre pensó la crítica como crítica de la economía política y ahí aparecen todos los conceptos que recién se mencionaban, el de hegemonía, revolución pasiva o pasivización. Ahí me parece que es muy interesante la cita que mencionó Aníbal. A mí me parece una de las mejores del libro, no solo por el kirchnerismo sino para pensar todos los gobiernos post neoliberales y cuánto ese proceso de pasivización que llevan adelante, avanza en minar las propias bases de su existencia, o de su necesidad, a los ojos por lo menos de las clases dominantes. Entonces, me parece un concepto complejo muy bien utilizado por Fernando y que permite pensar, como dije, todo; no solo el kirchnerismo sino los gobiernos posneoliberales que se dieron en América Latina más en general; el concepto de estado ampliado, la búsqueda de una burguesía nacional, todas las cosas que van apareciendo en este libro.

Pero aquí, algo que me gusta señalar es que este libro viene enfrentar algo que escuchamos permanentemente, que las cosas van mal porque se pelean y no que se pelean porque las cosas van mal, como verdaderamente queda claro en el análisis que hace Fernando. Porque se mete en las bases estructurales sobre las que se sustenta, por ejemplo, en este caso el gobierno de Alberto Fernández, en las promesas incumplidas, en los anhelos que generó y que no cumplió; esto de terminar con la herencia macrista, llenar la heladera, todas las cosas que nunca llegaron Fernando las analiza profundamente. Pero va a las relaciones de fuerza, en las cuales se asienta todo eso. Y por eso me parece que responde también a esto que escuchamos todo el tiempo, todo el día, que el problema es que se pelean mucho, si no se pelearan tanto, si Feletti no se fuera, y esas cosas que se dicen todos los días. Me parece que el libro ayuda mucho a pensar eso porque lo centra en las relaciones de fuerza y en las bases más estructurales del país.

El segundo elemento es la calle, por supuesto. El segundo elemento que se introduce como un factor determinante y que agarra como gran eje el 2001; muchos de los que estamos acá –yo entre ellos– militábamos ya. En ese momento entonces, los que pasamos por esa experiencia, de esos días calientes, los piedrazos en Plaza de Mayo, lo podemos entender. Cómo realmente hay un antes y un después de la vida política de la militancia a través del 2001. Pero me parece que Fernando logra muy bien explicar, retomar la importancia de la calle para cualquier cambio político. Y eso me parece que lo toma muy detalladamente a partir, como dijo Aníbal, de las coaliciones políticas que da el 2001, que surgen o que se readaptan a partir del 2001. Pero centralmente que reinstaló la idea de la calle como generadora de cambios sociales y un poco también (no me quiero extender mucho en esto pero también) diciembre del 2017 se podría pensar desde este punto de vista. De hecho, Fernando le da mucha importancia en el capítulo del macrismo porque también hay un punto de quiebre en el gobierno macrista a partir de las movilizaciones del 14 y 18 de diciembre en la Plaza de los Dos congresos. Y uno ve que ahí hay un antes y después de lo que era el gobierno macrista. Algunos llegaron a hablar de hegemonía del gobierno macrista y después de diciembre del 2017 creo que quedó claro que era bastante más complejo revertir esa relación de fuerzas. Entonces me parece que hay un elemento interesante.

Recién veníamos charlando en el auto para acá con Fernando de García Linera, porque García Linera les da a los gobiernos actuales, a la segunda generación de gobiernos post neoliberales o progresistas, como se llaman a sí mismos, les da una definición que a mí me parece sumamente cruel, que es liderazgos administrativos. A mí no se me ocurre nada peor que te digan que sos un líder administrativo, pero veníamos intercambiando con Fernando porque García Linera dice que estos liderazgos administrativos tienen ese carácter y sólo pueden resistir un poco a lo que fueron los gobiernos neoliberales que estuvieron antes que ellos, en el caso Alberto Fernández el de Macri, porque no surgieron de una movilización y veníamos precisamente haciendo un contrapunto con Fernando, que lo va a tener que elaborar él claramente, alrededor de cuánto de movilización hubo en esta segunda oleada; porque en la Argentina podemos poner diciembre del 2017 y la incipiente resistencia en las calles, que fue rápidamente desviada por el peronismo con la consigna “Hay 2019”.

Nunca hay que olvidarse que el gobierno de Alberto Fernández sea este Alberto Fernández, elegido por Cristina Kirchner, tiene mucho que ver con ese canalizar todo el descontento al “Hay 2019”, cuyo mensaje era “salí de la calle, correte de ahí”. Después de eso, Macri va al Fondo Monetario; entonces son debates que me parece que van quedando abiertos a partir del libro. Por eso, nosotros nos habíamos enganchado más en pensar eso, en Colombia cuánto de movilización hay para que Petro sea un candidato que pueda ganar las elecciones, etc., etc. No digo Chile porque García Linera Chile lo pone como un proceso distinto, como desacompasado con el resto de América Latina.

El tercer elemento interesante que Fernando retoma o repone es el de empate, de, entre otros, Juan Carlos Portantiero. Y precisamente es lo que le da el título al libro o el concepto del título del libro, que ninguna coalición que –por supuesto las coaliciones expresan bloques sociales–se puede imponer sobre la otra, que todos tienen la capacidad de bloquear el proyecto del otro, pero no pueden imponer su propio punto de vista. Esto me parece a mí uno de los elementos más interesantes para pensar por lo menos desde el 2008-2012 toda la realidad política del país.

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El segundo aspecto que mencionaba es precisamente este del análisis de los procesos políticos concretos. Fernando analiza el menemismo, la primera etapa kirchnerista que, como él señala, comienza a resquebrajarse en el 2008 y termina finalmente en el 2012, como que hubo una especie de hegemonía. El otro día, escuchando una charla de Fernando ví que dijo capaz que lo que hubo son momentos hegemónicos sociales, así que Fernando mismo está pasando por revisar sus conceptos, lo cual lo hace más interesante.

Me llamó la atención esto y nuevamente se vuelve en el libro sobre la idea de que no se explica por las personalidades, ni por la simpatía de algún líder, sino que tenían algo que mostrar, que ambos momentos de cierta reconstrucción, una especie de hegemonía, tuvieron como origen una crisis y también un cambio en las relaciones de fuerza, aunque con diferencias. Esto lo expresa el menemismo que logró una especie de consenso negativo, él dice “estabilización más consumo” y el kirchnerismo que se construye claramente sobre las gomas quemadas del 2001.

Ya lo mencioné hoy, pero me parece que ahí hay uno de los aportes más interesantes para pensar todos estos procesos en Argentina y en América Latina. Pero también acá quería mencionar algo, porque creo que es una de las discusiones que vienen del fracaso del gobierno, después me voy a referir más específicamente; pero el fracaso del gobierno de la experiencia de la derecha en el poder de Mauricio Macri y el rápido fracaso del gobierno de Alberto Fernández están generando algo distinto, que me parece es la impugnación del sistema político. Y a eso me voy a referir después porque están apareciendo, o pueden seguir apareciendo, nuevos fenómenos políticos. Porque Durán Barba creía que todo era un problema de imagen, que con eso el gobierno podía sostenerse –recuerden la importancia que le daban a los globos, a los bailes, a la imagen– y lo sigue diciendo Durán Barba, lo escuché hace poco y sigue insistiendo en eso, solo dice que tal vez hubo mucho gradualismo; cuando uno piensa que es al revés, cuando Macri quiso abandonar un relativo gradualismo inicial fue cuando entró en crisis su gobierno. Macri ganó prometiendo Fútbol para todos, que no iba a privatizar Aerolíneas, es decir ahora es en una mirada que tiene más que ver con lo que quieren para una segunda instancia de la derecha en el poder que, en realidad, con lo que es el balance real de lo que pasó en el gobierno Mauricio Macri. Y en los últimos peronismos, entre ellos el de Alberto Fernández, sostienen que con un buen relato alcanza, ponen todo el eje en el relato, independientemente de cómo esté la situación de las mayorías populares, de cómo están las masas, importa más el relato que si llegás a fin de mes. Y evidentemente eso tampoco alcanza.

En estos días hay un ejemplo extremo en el debate sobre los billetes, si el animalito, la verdad que no creo que pueda conmover a nadie ni generar ninguna adhesión el gobierno de Alberto Fernández alrededor del apasionante debate del billete, porque sobre lo que todo el mundo hace el chiste, lo habrán visto, es cuánto vale el billete, qué compró con ese billete más que la figurita que me ponen.

Y el tercer aspecto que me parece interesante que el libro deja abierto para seguir pensando, que mencionaba un poco antes, es que, así como el fracaso del gobierno macrista evidentemente hizo que un sector se radicalice y se vaya a la derecha, creo que Milei claramente es la expresión de ese fracaso, de esa radicalización de todo un sector de Juntos por el cambio, que en el medio estuvo cruzado por la marea verde y también hay mucha reacción patriarcal en el fenómeno de Milei. Lo más interesante para nosotros por lo menos, para quienes militamos en la izquierda marxista, la izquierda trotskista, es pensar cuáles son las perspectivas de la izquierda. En esto que yo mencionaba como una incipiente impugnación del sistema político, si hay un sector que se radicaliza por derecha cuánto hay, por ejemplo, en las altísimas votaciones que tuvo el Frente de Izquierda-Unidad, en muchos lugares del conurbano cercanas al 10 % en un cuestionamiento al peronismo desde la izquierda, cuánto hay de eso. Me parece que ahí hay un elemento muy interesante para pensar para los que queremos construir una fuerza de la izquierda que sea decisiva en esta realidad política. De lo que estoy segura es que la izquierda se ha convertido en un factor político actuante en la realidad política del país. Y que, sin mirar a ese peso, esa influencia política de la izquierda, que sabemos no somos mayoritarios pero que esa incidencia política existe, sin mirar eso, me parece bastante difícil poder explicar por qué un sector del Frente de Todos por ejemplo vota contra el acuerdo con el FMI. Yo creo que solo se explica mirando el peso político y el reconocimiento en sectores populares, en sectores de trabajadores que empieza a tener la izquierda, que tiene en esos gestos políticos de exagerar las diferencias con el albertismo, sin nunca decir mucho cuáles son los programas alternativos. Digamos la verdad, porque si yo pregunto cuál es el programa alternativo del kirchnerismo, de Cristina Kirchner frente a la inflación, cuáles serían las medidas, para poner un problema candente de la realidad política, tal vez pocos me puedan decir algún elemento, pero todos saben que hay una discusión alrededor de ese punto. Entonces me parece que esas discusiones tan públicas, tan abiertas tienen mucho de cuidar su propia base electoral.

Pero para terminar creo que lo que nos queda es pensar cómo salir de ese empate, de esa situación por izquierda. Eso es lo que a nosotros y a nosotras nos interesa. El otro día, el domingo leía una nota en El Cohete a la Luna que dice que la Argentina está en modo factoría y me pareció un concepto interesante porque es evidente que las clases dominantes tienen un proyecto, tienen un plan y ese plan ponerle la definición de “modo factoría” me pareció que era bastante acertado; porque hay grados, hay matices obviamente, pero el extractivismo como la manera de conseguir los dólares supuestamente para que el país crezca en un país atado al FMI que se lleva los dólares es como que en eso sí hay un amplio acuerdo político y transversal que abarca las dos grandes coaliciones. Como también se decía ahí, este modelo agroexportador, petroexportador, no sé cómo se llamaría ahora, con todo el impulso que se le está dando al tema petrolero, es una combinación de extractivismo con salarios bajos, que es lo que está ocurriendo en la Argentina, es lo que, de hecho, se está llevando adelante en la Argentina.

Entonces creo que en términos capitalistas es muy difícil convencer, generar consenso alrededor de esto porque es con más penurias para las mayorías populares, para la clase trabajadora. Y por eso nosotros peleamos, por que sea otra clase la que tome las riendas de la situación y cambiar esta sociedad de raíz. En la charla anterior que dí con Fernando le decía yo vengo a esta charla que Fernando al final me cuente el último capítulo no escrito del libro y es cómo se hace esto, cómo se sale del empate por izquierda, cómo se hace con una fuerza política independiente de las dos grandes coaliciones y que surja una clase, la clase trabajadora que tome la dirección de la sociedad, socializando los medios de producción, planificando la economía democráticamente y avanzando hacia la construcción de la sociedad socialista para terminar verdaderamente con toda esta irracionalidad. Así que terminó acá y dejó la incógnita si alguien tiene la solución, la escuchamos. Muchas gracias y gracias Fernando, gracias Aníbal por compartir esta charla.

Fernando Rosso: “Las clases dominantes son cada vez más antihegemónicas”

Agradezco nuevamente a Myriam que me acompañó en la presentación en la Feria del libro. Era más limitada por la sala, porque había que pagar entrada y por todas esas cosas que dijo Guillermo Saccomano en la inauguración de la Feria que fueron muy buenas. Me gusta más –obviamente– este tipo de presentaciones en la universidad pública que todavía tenemos. Y agradezco a Aníbal por la lectura atenta y su mirada sobre sobre el libro.

Tomo una cuestión que planteó Aníbal sobre el tema de la interpelación. A mí personalmente, creo que a nosotros en general, hablo del PTS, de los militantes de nuestra corriente, nos parece bien que interpele más allá de nosotros, porque para hablarnos entre nosotros no tiene gracias; la idea es e interpelar más allá. Y dentro del universo de personas con las que se pueden discutir determinadas cuestiones; quienes han tomado banderas históricamente ligadas a la izquierda.

El surgimiento del kirchnerismo en su momento, tanto como el surgimiento del peronismo en la Argentina, interpeló al pensamiento de izquierda necesariamente. El que no quería pensarlo tenía un problema. Entonces, una forma de devolver gentilezas que interpelemos hoy desde la izquierda a quienes adhirieron o adhieren a un proyecto político de ese tipo. Es parte de una discusión política necesaria siempre que se haga sin la resignación del lugar del que se habla y abierto a pensar los problemas. Era importante pensarlo en el post 2001 cuando empecé a pensar todo esto, al principio escribiendo en un blog. Había una contradicción en algún pensamiento de izquierda que te decía el 2001 fue una especie de Argentinazo, casi como un Cordobazo nacional, como una gesta de ese tipo. Nosotros poníamos más límites, lo consideramos una gesta muy importante, pero con más límites por la no intervención orgánica de la clase trabajadora ocupada en tanto clase con sus organizaciones. Sobre todo, con ese límite y otros más que tenían que ver con la época, que tenía que ver con la orientación política de gran parte de la dirigencia de ese momento y que está relatado en el libro en el capítulo del 2001. Había que pensar qué cambio había impuesto el 2001, porque si el 2001 fue tanto como un Cordobazo (que en su momento terminó volteando a una dictadura como la de Onganía) cómo podía ser que siguieran gobernando como antes. Evidentemente los que vinieron a gobernar tenían que hacerlo de otra manera. El secreto, para mí, de un pensamiento de izquierda, no era decir “son todos menemistas” (que lo eran en parte porque estuvieron con Menem), sino decir cuáles eran los cambios y cuál fue la continuidad. Siempre tomo una cita de Tulio Halperín Donghi, que en una entrevista para el diario La Nación dijo que “el Estado pudo retener el monopolio de la violencia en el 2001, pero a condición de no usarla”. Era una mirada aguda porque existían esas determinaciones en ese momento. Era un país distinto y no se lo podía gobernar de la misma manera a la primera.

El 2001 había impuesto una relación de fuerzas y había que tomarla en cuenta, esa era la discusión. Por eso [en el libro] no quise hacer una sumatoria de cosas consideradas en general positivas y otras consideradas negativas, sino tomarlo como un todo; y tomarlo como un todo también se ve en el desarrollo del propio proceso político. Creo que Alberto Fernández no es una excepción del proyecto político: es una coronación. No creo que sea un error de cálculo, creo que Alberto Fernández estuvo precedido, para ir directamente a lo político, por Martín Insaurralde en el 2013, por [Daniel] Scioli en el 2015 hasta llegar Alberto Fernández. Me parece que ese giro hacia la moderación venía desde largo tiempo dentro del proyecto kirchnerista. Y que eso tiene un sustento en el “proceso de pasivización”: tomar demandas [que vienen de abajo] y quitarle el filo, su perfil disruptivo. La “traducción estatal” de la que hablaba Aníbal, efectivamente es así, [pero hay que tener en cuenta] que se pierde mucho más de lo que se gana. Ese es el contenido de la discusión. Eso no quiere decir que no haya habido cambios a nivel estatal. De hecho, el Estado tuvo que reconocer a los movimientos de desocupados hasta el punto de tratar de regimentarlos, como hizo en su momento el peronismo original con el movimiento obrero, la clase obrera tradicional que conocimos. Esta idea de que, al regimentar, pasivizar y contener a los sectores populares también dialécticamente mina las propias bases de sustentación yo la tomo de Alejandro Horowitz que, en Los cuatro peronismos, dice que, cuando perón cuando liquida el Partido Laborista y persigue a sus dirigentes a Luis Gay y Cipriano Reyes, sella a su suerte del 55 [Golpe contra Perón]. Es decir, cuando le quita autonomía a la clase trabajadora, marca su propia debilidad en el 55, es un planteo para discutir las contradicciones que tenía el movimiento peronista. Después dice que por eso militó toda su vida para evitar un nuevo 17 de octubre que, con sus contradicciones, fue una entrada en escena de la clase obrera. A mí me parece que esa idea entronca con la discusión de Gramsci sobre las “revoluciones pasivas” o los procesos de la pasivización, para ser más precisos, y explican los procesos políticos. Porque si no explicamos los procesos políticos, de acuerdo a las condiciones estructurales hasta un momento, y después por las personalidades. La condición estructural, las relaciones de fuerza condicionan permanentemente el ritmo que va que va teniendo, los cambios que van teniendo el régimen político.

Tuvimos una conversación con Agustín Artese y Juan Dal Maso sobre el libro. La tesis maestría de Agustín –que yo no conocía– tiene un tercer apartado que se titula “La hegemonía imposible”. Retoma autores como Norbert Lechner que analizó la experiencia de la Unidad Popular chilena. Estos autores dicen que en los países del capitalismo periférico, “subdesarrollados” o los que llamaríamos semicoloniales, la hegemonía es imposible en general porque están dominados por alguna potencia imperialista y, a la vez, no tienen un desarrollo armónico. En términos de nuestra propia tradición ideológica: tienen un desarrollo desigual y combinado. No logran implementar un desarrollo armónico que pueda estructurar una sociedad sobre la cual se pueda ser hegemónico. A la vez, tienen la presión imperialista permanentemente. Entonces la hegemonía [es impuesta por] esa potencia o es de la clase trabajadora. Yo tomo la definición de hegemonía en un sentido más de corto alcance, como los momentos que se logra internalizar el conflicto y se logra presentar los intereses, de un sector de clase, como los intereses generales, de un posible desarrollo de la sociedad de conjunto. Esto vale para proyectos regresivos o para proyectos progresistas, explica el mecanismo en cualquiera de los dos proyectos. En ese sentido, por ejemplo, el menemismo que pudo ser hegemónico. Fue precedido por una crisis en 1989 que parecía que se iban a una disolución social; la clase obrera por sus direcciones no pudo dar una respuesta o dio una respuesta corporativa a la hiperinflación y se terminó en un proceso de resignación social después de luchas derrotadas (privatizaciones, cientos de miles de empleados estatales despedidos) y la aceptación de un orden que era el único que podría garantizar que la sociedad no vaya hacia la disolución. Esa idea de hegemonía, que había un grupo, que en este caso fue los que dieron sustento al proyecto menemista, que le pudieron dar continuidad a la sociedad. En base al “consenso negativo” (una definición que tomo de Adrián Piva), es decir, ante este caos que representaba el fin del gobierno alfonsinista, este orden menemista.

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Avanzando más sobre el libro y sobre los temas conceptuales del libro, a mí me interesa plantear en este punto de la potencia explicativa de la lucha de clases. Existe la esfera de la economía, la política (que están unidas, hay economía política) como bien decía Myriam. Pero, es necesario buscar la potencia explicativa de la lucha de clases. Los momentos de hegemonía [desde arriba] tienen lugar cuando la lucha de la clase obrera no logra dar una salida propia y permite una reconstitución hegemónica por arriba. Porque no estaba dicho que la crisis del 89 tenía que terminar con menemismo, porque no estaba dicho que la crisis del 2001 tenía que terminar primero con dualismo y después con kirchnerismo. Había, y eso me interesa de las crisis también, múltiples posibilidades. Las crisis son crisis y oportunidad, es medio una cuestión de perogrullo, la “oportuncrisis”, pero es verdad. Había múltiples posibilidades que anidaban en el seno de lo que abrió el 2001. Ahí ya dependía de una fuerza política organizada y de una disputa política e ideológica. Se explicará hacia atrás cuáles fueron las fortalezas y las debilidades que efectivamente tuvo. Pero retomar este concepto de que no es sólo la economía, aunque tiene su peso. La economía tiene mucho que ver, determina cómo se dice en “última instancia”, pero cuando determina, determina feo. Para ejemplificar la cuestión de la lucha de clases: a Macri no lo frenó una estrategia gradualista de discusión, de consenso parlamentarista, a Macri lo frenó la lucha de clases [movilizaciones contra la reforma previsional de diciembre de 2017]. Y se le permitió tomar el crédito más infame de toda la historia de la Argentina por no darle continuidad de esa lucha de clases. Y en esa con no continuidad hay responsabilidades políticas, obviamente esto que decía Myriam de “hay 2019”, etcétera. La opción estratégica de parlamentarizar lo que fue casi una revuelta popular, tiene sus consecuencias políticas, tuvo sus consecuencias políticas con el gobierno de Macri y tiene sus consecuencias políticas con el gobierno de Alberto Fernández. La pasivización no es sólo una cuestión de análisis, sino que es una cuestión de consecuencias políticas. Cuando hablamos de pasivización no hablamos hacer una marcha todos los días, sino de la politización de la sociedad, de su organización, de muchas cuestiones que tienen que ver con sostener una correlación de fuerza y cambiarla.

En ese contexto, hay un elemento que me parece importante a tener en cuenta por las discusiones que se dieron después de la salida del libro y es la discusión del empate. La idea está tomada de Juan Carlos Portantiero que la usó para analizar el período 1955-1976 en el cual hablaba de un empate por arriba y también de un empate hacia abajo, un empate entre proyectos políticos, uno más “populista” y otro más “liberal” (después neoliberal); populista lo llamaba él, estatista, desarrollista. Lo que me cuestionaban mucho en las discusiones sobre el libro era ¿cómo un empate? si venimos perdiendo por goleada, dicho en términos futbolísticos. En parte es así, se vino avanzando mucho en el ajuste del gobierno de Macri, hubo dos años de ajuste salarial sobre todo en el gobierno de Alberto Fernández, como continuidad de ajustes por otros medios, pero la realidad es que para relanzar un ciclo de acumulación como la que se relanzó en el 89 o con [Eduardo] Duhalde después del 2001, la burguesía requiere mucho más. Es lo que pretenden ahora: convertir al país en una factoría y que las mineras, las petroleras y la soja se vuelvan las nuevas joyas de la abuela de la Argentina. Un país primarizado que requiere de una derrota mucho mayor que hasta ahora no se ha podido implementar. El reconocimiento del movimiento de desocupados y los “pobres en movimiento” como dice Juan Carlos Torre es parte de esa relación de fuerzas. Torre se lo dijo a Carlos Pagni: viste que hay pobres en movimiento, es una cosa extraordinaria. Es la contradicción que tiene la estatalización o la ampliación del Estado que tuvo lugar en el último tiempo y que se dio antes con el con el movimiento sindical históricamente, que también está regimentado, es parte de la discusión del “empate”.

En el mismo sentido hay que pensar el movimiento sindical que está estatizado también. Es más fácil presentarse como candidato a Presidente que a secretario general de muchos sindicatos, como el SMATA o la UOM.

Y eso hace a también a la pasivización, la no democracia sindical en grandes sindicatos, como petroleros, como camioneros hace a la pasivización, que no se pueda desarrollar la potencialidad de la clase trabajadora, limitada por esas decenas de organizaciones capilares de un Estado ampliado que contiene y que es productor de pasividad.

En este sentido la ambivalencia del pensamiento de Gramsci como un teórico que trata de pensar la hegemonía como la forma de la lucha de clases para la ofensiva de los trabajadores en Occidente, es decir como un traductor de Lenin para las sociedades más complejas y a la vez abrió una ventana para pensar cómo era la propia dinámica de la política misma y cómo dominaba la clase dominante. Por lo tanto, la hegemonía no solamente puede ser una hegemonía proletaria, sino que puede ser también momentos de hegemonía como de reconstitución del régimen.

La idea de pasivización –y esto es muy interesante en el planteo de Agustín Artese– tiene como un eje articulador limitar el poder obrero, ya sea por la liquidación de sus organizaciones (fascismo) o por convertirlo en un obrero masa (americanismo) para dominarlo mejor. Hace un uso mucho más amplio del que yo hago en el texto, que es la idea de reconstituir un régimen en base a incorporar demandas que no cuestionen el modo de acumulación. Una definición muy importante contenido para pensar los años kirchneristas. Que no cuestionen la lógica de los negocios y que no cuestionen el modo de acumulación hace a las consecuencias políticas que vienen después, aunque en un momento se pueda tener hegemonía.

Esto se lo dijo [Álvaro] García Linera a Pablo Iglesias, le dijo mirá esa idea de [Ernesto] Laclau que Pablo Iglesias de Podemos tenían como referente, de que la hegemonía es ideológica, cultural, de discurso, no. Si vos no vas por todo y los dejás reconstituir, ellos en algún momento vienen por vos y te derrotan. Dije está explicando la revolución permanente de Trotsky, sin decirlo. Algo parecido a lo que también afirmó Juan Carlos Torre sobre “la tragedia de las revoluciones a medias” –y ojo cuando digo esto no estoy hablando de que hubo revoluciones ni nada de eso; quiero pensar la la mecánica–, la tragedia de revoluciones a medias que disputan con los factores de poder sin atacar las fuentes permanentes de su poder. Eso hace que después, una vez estabilizada la situación, una vez pasivizado el 2001 quieran avanzar más. Veámoslo en política concreta. En el 2001-2002 las retenciones no las puso el Che Guevara o Lenin, las puso Duhalde y nadie dijo nada con las retenciones, ni mu. Hoy apenas se nombra, ya le ponen un límite. En ese momento lo aceptaron porque tenía miedo de perder todo; aceptaron las retenciones, aceptaron planes sociales generalizados para todos. Los primeros dos millones de planes fueron bajo el gobierno de Duhalde aconsejado por el Fondo Monetario.

Tiene lugar un ciclo de saqueo y recomposiciones en el cuál las recomposiciones nunca recomponen el despojo del saqueo anterior. Las crisis dejan un escenario cada vez peor ¿Cuándo se corta ese ciclo? En el caso del gobierno de Alberto Fernández ya es discutible si es de recomposición. Hay algunos que dicen que quieren recomponer, que fue el contrato electoral de Alberto Fernández, pero después están [Matías] Kulfas, [Martín] Guzmán que son los que aplican la política concreta. Y los que decían que se oponían al acuerdo con el FMI, lo hicieron después de que el acuerdo con el Fondo Monetario se aprobó. Me parece que la crítica ahí juega una función más de contener por la izquierda, que es lo que decía Myriam, que de plantear un proyecto alternativo. Si uno mira las reuniones de ahora para la “actualización doctrinaria” que hizo Wado de Pedro con Anabel Fernández Sagasti en Mendoza, estaba Urtubey, Juan Manuel; antes De Pedro había estado con Luis Barrionuevo para pensar su sistema de alianzas. Todas estas cuestiones expresan contradicciones e imposibilidades y un proyecto político que se muerde la cola.

Para volver a lo conceptual y después dejarle la palabra a los compañeros si quieren decir alguna otra cosa más. Ante la idea que planteaba Agustín Artese, que en las sociedades latinoamericanas la hegemonía es imposible por este peso que tiene las potencias y por el no desarrollo armónico del país, Juan Dal Maso interrogó si en la propia idea de hegemonía que hay una imposibilidad, como que casi siempre es imposible la hegemonía desde el punto de vista burgués. Eso me llevó a pensar en una cuestión que hoy se vuelve muy actual y que está en los textos de Marx y en los de Gramsci: la idea básica de hegemonía es la de convertir un interés particular, el interés de clase, del grupo particular en un interés general. Y no hay nada más particularista que la burguesía en momentos de crisis y descomposición capitalista como la que observamos ahora. Por eso las hegemonías son más débiles, mucho más débiles las recomposiciones hegemónicas por arriba. Porque la clase obrera no es ontológicamente revolucionaria, es decir, naturalmente revolucionaria. Pero la burguesía es cada vez más ontológicamente antihegemónica; cada vez puede transformar menos su interés particular cada en un interés universal.

Marx analizó en su momento el surgimiento la aristocracia obrera como una forma de tratar de coptar a un sector ayude a la burguesía a “universalizar” sus intereses; ampliar el Estado es parte de lo mismo; el Estado mismo (la separación entre economía y política) es un intento de la burguesía ante su particularismo rabioso de hacerse universal. Un Estado que no es neutral, tiene las formas que tiene en la sociedad capitalista, tanto el Estado como la sociedad civil. Me gustó el concepto de Agustín Artese que dijo muchas veces se muestra la sociedad civil como neutral y en realidad es una cancha inclinada. La sociedad civil y el Estado como una cancha inclinada contra los sectores populares.

En ese sentido, la clase trabajadora, y esto es Marx clásico tiene una capacidad hegemónica de universalizarse y una potencialidad hegemónica porque liberándose a sí misma puede liberar a toda la sociedad, no tiene intención de explotar a otros. Todo esto a condición de dotarse de la organización política, de tomar conciencia, de pelear por su perspectiva, de reconocer sus intereses históricos. Me parece una idea interesante para retomar ahora porque son cada vez más imposible el resto de las hegemonías.

Por lo que decía Aníbal, creo que hay que confluir en la lucha, en la calle. Es lo que los marxistas llamamos el frente único. Pero, a decir hoy no tenemos con quién salir a luchar, no tenemos dirección a cuál exigirle “que vaya vaya más allá” porque las direcciones sindicales no luchan. Gerardo Martínez organizó un acto muy pobre para Alberto Fernández en Esteban Echeverría y es lo máximo que hizo en décadas.

Marx dice, sobre el proletariado francés de 1848: “fue su derrota la que lo convenció de una verdad, que hasta el más mínimo mejoramiento de su situación es, dentro de la república burguesa, una utopía. Y una utopía que se convierte en crimen tan pronto como quiere transformarse en realidad”. Creo que eso de 1848 después de más de un siglo en el que hubo avances, incorporaciones, ampliación del estado, hoy se vuelve una realidad más pertinente. Hoy cualquier mínima cuestión, ya sea un salario digno, se considera una utopía. Entonces, la lucha es necesaria no solamente por las posibilidades y potencialidades hegemónicas y universalizante que tiene la clase obrera contra las clases dominantes, que son ontológicamente anti-hegemónicas, sino también porque si no, nos tenemos que resignar a esta realidad que tenemos hoy. La idea de la crítica a los proyectos a los límites de los demás proyectos es aportar a pensar proyecto propio, para sentar las bases de sentar un proyecto propio. Y viendo hechos como la guerra de Ucrania, viendo lo que vemos permanentemente en el mundo, las crisis etc., dejo otra idea que también está tomada de Marx: la posibilidad y la necesidad de pensar una sociedad que se reconcilie consigo misma.

Fuente: Ideas de Izquierda

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