¿Qué YPF recordar? Una lectura de su centenario

Especial para Contrahegemoníaweb

Quien escribe este texto, nacido y residente en la ciudad de Comodoro Rivadavia, no cuenta con ningún lazo emocional con la emblemática empresa estatal, que por estos días celebra su centenario. Quizás este dato no debería resultar de interés, pero simplemente lo cito para ubicar al eventual lector en las coordenadas del lugar desde donde se habla: estas palabras parten de alguien que está afuera, pero que a la vez está adentro.

Afuera porque la referencia que realizaremos sobre la empresa no está inundada de la carga emotiva que toma cuerpo en las innumerables referencias de aquellas familias que sí transitaron su vida cotidiana por aquel mundo laboral. Adentro porque a pesar de no contar con vínculo alguno con YPF, los comodorenses sabemos que la empresa petrolera a lo largo de su historia no sólo se constituyó en un ordenador de la vida laboral y social de la ciudad, sino que también delineó los contornos urbanos por los que transitamos cotidianamente. En este sentido Comodoro es una ciudad conformada en gran parte alrededor de viejos pozos petroleros y oxidados balancines, incorporados ya a su clásico paisaje.

Las conmemoraciones son eventos que obligan a realizar balances y a establecer reivindicaciones, de acuerdo a los marcos interpretativos que predominan en cada coyuntura histórica. ¿Qué YPF recordar hoy a cien años de su creación? La respuesta no es sencilla.

Sin dudas, “una” de las YPF a recordar es la del general Enrique Mosconi, la de los beneficios sociales y el desarrollo territorial de la región, legado que se reivindica en cada monumento destinado a su memoria emplazado en diversos lugares de la ciudad. La misma que fue delineada con esa mano militar, la que de forma autoritaria y bajo la consigna del nacionalismo petrolero, persiguió toda forma de oposición política y sindical entre sus trabajadores. Es la que incorporó al mundo laboral a innumerables “recién llegados”, que desde diversas latitudes encontraron aquí posibilidades concretas de ascenso social al integrarse a la “gran familia ypefiana”. Es la que necesitó de la militarización de la cuenca del Golfo San Jorge a mediados del siglo XX para preservar un recurso estratégico en términos geopolíticos, ante la radicalización de la protesta obrera. También es aquella que en 1978, al calor de la doctrina de seguridad nacional y en pleno conflicto con Chile por el canal de Beagle que ordenaba una vez más la defensa de la soberanía nacional, despidió de la noche a la mañana a trabajadores chilenos.

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Los 100 años se celebran a pocos meses de que gran parte de la ciudadanía comodorense le dijera NO a la explotación minera en la meseta provincial, expresando un grado de conciencia ambiental adquirido luego de experimentar y padecer justamente largas décadas de vida minera. Algunas voces de la dirigencia política local desestimaron un eventual plebiscito para dirimir qué postura asumir frente al avance minero, argumentando que a los comodorenses nadie les había consultado si querían vivir en una ciudad petrolera. No solamente este planteo no tenía asidero por evidentes anacronismos históricos (dado que el petróleo se descubrió en 1907 cuando Comodoro Rivadavia contaba con escasos habitantes, y por ser territorio nacional no contaba con derechos políticos), sino porque además YPF tuvo la capacidad de crear y recrear símbolos que posibilitaran la identificación de los habitantes patagónicos con la actividad hidrocarburífera. Sería el peronismo, cuando no, el movimiento político que exaltaría la importancia del petróleo en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, y que en nombre de la defensa de un recurso estratégico elevó a Mosconi de primer director de YPF a símbolo nacional. Con esta reivindicación, claro está, se exaltaba la política industrial y el despliegue de derechos laborales de Juan Domingo Perón. Si la consigna actual es “el agua vale más que el oro”, en aquella operación simbólica construida en 1947 a partir de la bendición del petróleo, el “oro negro” comenzó a ser venerado como símbolo sagrado. De allí en más el recurso debía ser explotado ininterrumpidamente, no importando si el consumo de agua que ocupa la actividad “seca” a las ciudades de la Patagonia central que se alimentan de la misma cuenca hídrica.

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Lo cierto es que esa empresa enarbolada como orgullo argentino, modelada con planificación militar y una épica nacional para afrontar cada una de las batallas por el petróleo, recibió su estocada final en los inicios de la fatídica experiencia neoliberal, en versión justicialista. Aquel ajuste del estado originó en esta región un contexto social demarcado por la precariedad, la incertidumbre y el temor a la expulsión del mercado laboral, sumado a una cierta perversión de un proceso de privatización avalado por el consenso de un importante número de dirigentes políticos y sindicales. Esa monumental empresa forjada a través de largas décadas que prometía ser indestructible se derrumbó como un castillo de naipes, como si hubiera sido soplado por vientos que sólo aquí tienen lugar. Desde aquel entonces es que YPF ya no es lo que era, y por ende, ese Comodoro petrolero tampoco.

La apatía de la celebración de su centenario lo dejó en evidencia, porque tanto en Buenos Aires como en Comodoro, no se hizo honor al desarrollo de una empresa de bandera forjada en el sur argentino. En la altanera capital, el acto se organizó en el marco de rencillas internas del gobierno nacional, con escasísimas menciones de la experiencia ypefiana. En Comodoro, ya no hubo lugar para carruajes con reinas del petróleo, inauguraciones de obras o festival popular. Predominaron los discursos vacíos, una casi nula participación social y denuncias de algunos dirigentes políticos locales hacia el destrato porteño, que una vez más ninguneaba a esta ciudad patagónica que le habría dado todo al país.

Pareciera quedar solamente en el recuerdo de aquellos trabajadores a los cuales YPF les transformó sus vidas, el legado de una empresa que pudo acariciar no sin tensiones, la posibilidad de alcanzar una perdurable soberanía energética, anhelo que por estos días determina la agenda de preocupaciones en un marco de incertidumbres.

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