Trigo HB4: realidades, mitos y relatos sobre los cultivos transgénicos

El economista y antropólogo Diego Silva, quien investigó el trabajo de la empresa biotecnológica Bioceres, plantea ejes claves en torno a la aprobación del trigo HB4: el avance de los transgénicos, el contexto global por la guerra en Ucrania, la relación con el cambio climático y el negocio con una tecnología que surge de un convenio público-privado.

El Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca aprobó el 12 de mayo la producción y comercialización del trigo transgénico HB4, resistente a la sequía. El nuevo transgénico está diseñado también para ser resistente al herbicida glufosinato de amonio. La medida beneficia a la empresa Bioceres y es fuertemente resistida desde amplios sectores. En diálogo con Taller Ecologista, el investigador Diego Silva propone algunos ejes para pensar la complejidad del tema.

Silva es economista, doctor en antropología e investigador del Centro Internacional de Estudios Ambientales (CIES) de Ginebra, Suiza. Desde hace diez años estudia los debates alrededor de los transgénicos en el mundo y, desde 2018, sigue el desarrollo de la tecnología HB4, con la que se autorizó el primer trigo transgénico del mundo. El investigador del CIES ha realizado trabajo etnográfico en los laboratorios, oficinas y campos experimentales de Bioceres por varios meses. Actualmente se encuentra escribiendo un libro con los resultados de su investigación.

—¿Qué diferencias y similitudes significativas encuentra entre el trigo HB4 y otros eventos transgénicos ya aprobados en Argentina?

—Una de las principales diferencias es que el trigo transgénico es el primer evento aprobado para trigo en el mundo. La pregunta es ¿por qué? Y la respuesta es que el trigo es un cultivo mayoritariamente consumido por seres humanos y, si puedo añadir, por los seres humanos que habitan en los centros capitalistas del mundo y que prefieren al trigo sobre el maíz y el arroz. Entre los primeros cultivos transgénicos aprobados para comercialización en el mundo se encuentran el algodón, el maíz y la soja. Es cierto que la semilla del algodón puede usarse para alimentar al ganado y para producir aceite, pero no se consume directamente por los humanos. La soja se usa mayoritariamente para alimentación animal y para la producción de biodiesel y bioetanol, aunque también se usa para el consumo humano sobre todo en forma procesada. Por lo tanto, comenzar la comercialización de los transgénicos en el mundo con el algodón y la soja minimizaba la resistencia que pudiera poner la sociedad a este tipo de cultivos. Principalmente porque nos parece menos riesgoso vestirnos con transgénicos, o comer animales alimentados con transgénicos, que comernos los transgénicos directamente.

—¿En qué contexto se produce la aprobación del trigo HB4 por parte del Estado nacional?

—Es bastante notorio que esta tecnología no se haya producido en el norte global, donde se encuentran sus principales consumidores. Con la decisión de Bioceres de producir trigo transgénico, mi impresión es que se esperaba una oposición férrea desde estas áreas del mundo, especialmente de Europa. Sin embargo, dada la coyuntura actual de guerra en Ucrania, una de las cestas alimentarias del mundo, es posible que esto cambie. Además, esta coyuntura pudo haber influido en que finalmente se haya aprobado la soja HB4 en China, desbloqueando su comercialización en el resto del mundo. La geopolítica empieza a jugar un papel relevante en estos procesos.

Silva explica cómo se dio la historia en Bioceres. Federico Trucco, CEO de la empresa de biotecnología, fue un estudiante doctoral en Estados Unidos que se mostraba escéptico a HB4. “Para los primeros años del 2000 ya había varios eventos ‘tolerantes’ a climas extremos en el mundo. Sin embargo, a pesar de funcionar bien a nivel de laboratorio en plantas modelo, funcionaban mal en plantas comerciales y en condiciones de campo abierto. Es un tema complejo que desarrollé en el artículo Keep Calm and Carry On: Climate-ready Crops and the Genetic Codification of Climate Myopia (2020)”, repasa el investigador del CIES.

Y agrega: “Trucco solo se convenció del potencial de la tecnología HB4 cuando esta empieza a mostrar resultados positivos en cultivos comerciales a campo. El punto es que HB4 no era necesariamente una tecnología prometedora en sus inicios, dadas las experiencias fallidas con este tipo de cultivos a nivel internacional”. Después demostró funcionar mediante mecanismos diferentes que resultaron más exitosos desde el punto de vista productivo.

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—¿Cómo funciona la tecnología HB4?

—En términos simples, ante la sequía, plantas como la soja o el trigo aceleran su reproducción para poder dejar descendencia. Con esta reacción buscan dejar algunos granos para proteger la especie, pero su nivel de producción se ve afectado significativamente. Es decir que la planta prioriza la supervivencia de la especie frente a la productividad. Por el contrario, y a grandes rasgos, el mecanismo de acción de HB4 ayuda a que las plantas ‘ignoren’ la sequía para que puedan seguir produciendo normalmente. Ignorar la escasez de agua le da a la planta un tiempo de espera mientras llueve, sin afectar su desarrollo y proceso productivo. Sin embargo, si el agua no llega nunca, la planta muere sin dejar descendencia. Es decir que la planta HB4 prioriza la productividad frente a la supervivencia de la especie.

En el artículo ya citado, Silva también expone que hay un problema con esta mentalidad que prioriza la producción sobre cualquier otra cosa y que está presente en otras tecnologías frente al cambio climático como las máquinas para la captura de carbono. Las plantas HB4 pueden darse el lujo de ignorar la sequía, porque su reproducción está garantizada por el mercado (al menos por ahora), pero nosotros como humanos no podemos permitirnos ignorar el cambio climático sin generar consecuencias existenciales sobre nuestra reproducción como especie.

El mito de la “empresa nacional”

El gobierno nacional celebró las aprobaciones de las tecnologías HB4 en China (soja) y en Australia (trigo), entre fines de abril y principios de mayo. Es decir, días antes de la aprobación nacional. En palabras del Gobierno, este evento transgénico es relevante en términos de desarrollo de la ciencia nacional. En este marco, fue presentado y aplaudido como el resultado de un convenio “público-privado” entre la Universidad Nacional del Litoral, el Conicet y la empresa Bioceres.

—¿Cuál es el principal relato o discurso que esgrimen los propulsores del trigo transgénico HB4?

—Voy a contestar a esta pregunta más allá del trigo transgénico y en relación a HB4 y Bioceres en general. Por lo general, las empresas criticadas son gigantes transnacionales como Bayer-Monsanto o Syngenta-ChemChina a quienes se les acusa de llevarse la parte de las ganancias más grande en la venta de semillas. Como estas empresas controlan el segmento de la producción que más valor agregado genera, es decir el desarrollo tecnológico, se les acusa de beneficiarse de la mayor tasa de beneficios. Además de esto, como son empresas transnacionales, se dice que poco les interesa el medio ambiente local y que generan sus beneficios a costa de un alto impacto socioambiental. En sus inicios, Bioceres proponía un modelo diferente a este y por lo tanto resultaba ser un blanco complicado para los movimientos anti-OGM (Organismos Genéticamente Modificados). Bioceres se presentaba como una empresa nacional que trabajaba por crear productos con ciencia nacional. Este posicionamiento nacionalista de la empresa ha sido en buena parte exitoso. Ha servido para asegurar el apoyo por parte de varios gobiernos a la tecnología HB4, pero también por parte del Senado, que durante el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner declaró a HB4 como una tecnología de interés estratégico para la nación. Sin embargo, con la salida de Bioceres a Wall Street como un holding, la empresa terminó efectivamente por transnacionalizarse. Esto debilita la narrativa nacionalista de la empresa y la hace nuevamente vulnerable a las criticas anti-transnacionales que movilizan los grupos anti-OGM. Otro de los motivos por los que Bioceres ha representado un blanco difícil para los grupos anti-OGM son sus narrativas de agricultura verde.

—¿Qué ocurrió con ese aspecto?

Mientras la sociedad argentina pensó que HB4 era solamente una tecnología de tolerancia a sequías, no hubo mucho ruido mediático. Sin embargo, esto cambió en 2019 cuando se divulgó entre la sociedad que la tecnología también incluía tolerancia al herbicida glufosinato de amonio, en el contexto de las discusiones de aprobación de trigo HB4 en Brasil. HB4 comenzó a vincularse en el imaginario colectivo con herbicidas y con las experiencias dolorosas que ha tenido el país con el uso y el abuso del glifosato. A la sociedad argentina parece importarle más el componente químico que el componente transgénico de las semillas biotecnológicas.

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—¿Por qué se incluyó la tolerancia al glufosinato de amonio en la tecnología HB4?

—Ha habido mucha discusión acerca de las razones. Unos dicen que simplemente se usó como marcador de selección en el desarrollo de la tecnología de tolerancia a sequía y que los agricultores pueden decidir no usar esa parte de la tecnología. Otros dicen que las empresas desarrolladoras de tecnologías transgénicas en realidad hacen su negocio mediante la venta de agroquímicos, y que esta es la razón por la cual se vinculó la tolerancia a herbicidas con la tecnología. A mi me parece que creer en cualquiera de estas dos posiciones es bastante ingenuo. No creo que se introduzca un evento transgénico en una planta por asuntos puramente técnicos y este evento resulte ser, por accidente, competitivo en el mercado. De manera similar, no se invierte en un desarrollo transgénico por décadas sin saber si va poder llegar al mercado (hablo de HB4), para promover la venta de un herbicida que ya es comercial hace varios años (glufosinato de amonio).

— ¿Cuál crees que fue la razón entonces?

—Para mí se trata de un asunto de mercado, y no estoy hablando de trigo transgénico en particular, sino de la tecnología HB4 en general. Mientras existan eventos transgénicos que ofrezcan tolerancia a herbicidas, lo más probable es que los desarrolladores de semillas biotecnológicas introduzcan genes de tolerancia a herbicidas en sus tecnologías para competir en el mercado con otros desarrolladores. Es un problema sistémico vinculado al modelo de agricultura industrial. Sin embargo, hay empresas haciendo esfuerzos por hacer una transición a productos biológicos y es en este contexto que Bioceres compra a la empresa de productos microbiológicos Rizobacter y que acaba de adquirir a Marron Bio, una de las empresas estadounidenses más grandes de insecticidas biológicos, entre otros productos.

Contaminación transgénica de cultivos convencionales

Uno de los aspectos cuestionados del trigo HB4 es la contaminación que este evento transgénico puede generar en los cultivos de trigo “convencionales” (es decir, no transgénicos). Para Silva, “los promotores de los transgénicos dirán que la capacidad infecciosa o ‘contaminante’ de estos cultivos depende de dos cosas: del tipo de cultivo y de las medidas que estén en pie para regular la circulación de estos cultivos y de sus elementos (como el polen)”.

Respecto al primer punto, si los cultivos son autógamos (se fecundan a sí mismos, como el trigo) el riesgo de ‘contaminación’ será menor a que si los cultivos fueran alógamos, como es el caso del maíz. Con respecto al segundo punto, si existen medidas serias de contención y monitoreo (como Bioceres asegura tenerlo con su programa de producción de semillas bajo identidad reservada) y si no hay ventas en el mercado informal, lo que se conoce como “bolsa blanca”, entonces los promotores de los transgénicos dirán que estos riesgos no son serios, porque la mezcla de semillas transgénicas con semillas convencionales podría prevenirse.

Pero el especialista opina que “el problema radica en que en Argentina no hay ni lo uno ni lo otro”. Al respecto, explica: “Como las medidas de contención restringen el uso y la multiplicación de semillas por parte de los agricultores, estas medidas han tenido una fuerte oposición en el país. Hay por lo tanto bastante espacio para la existencia de mercados informales de semillas, y estos mercados por definición están más allá del control del Estado y de las semilleras”.

Para el investigador, la liberación comercial del trigo HB4 “pone a los productores de trigo convencional argentino en una situación difícil”. Agrega que mientras haya “bolsa blanca” será muy complicado prevenir la mezcla de semillas transgénicas con las semillas de trigo convencional, así exista la intención de hacerlo.

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Silva señala: “El Estado argentino reconoce esto y por lo tanto condiciona la aprobación de los transgénicos a su aprobación en sus principales países importadores”. Para el caso de la soja la condición fue la aprobación por parte de China —como ocurrió el 29 de abril— y para el caso del trigo fue Brasil —que dio el visto bueno a la tecnología HB4 en 2021, pero en cuanto a harinas, no a semillas—.

Para el científico “el Estado nacional pone en una balanza los intereses económicos del país (en términos de exportaciones agrícolas totales) contra los intereses particulares de los productores de cultivos convencionales, cuyos mercados pueden verse afectados”.

—¿Cuál es la solución?

—No hay una salida fácil. Establecer medidas más restrictivas al uso y multiplicación de semillas por parte de los agricultores y controlar la “bolsa blanca” reducirían la autonomía de los agricultores argentinos en tanto que dependerían completamente del mercado para obtener sus semillas y en tanto deberían pagar un precio más alto por el uso de las tecnologías transgénicas. La elección está entre un sistema regulatorio estricto con menor autonomía para los agricultores, y un sistema laxo con los riesgos sobre la biodiversidad y los mercados de producto convencional que esto conlleva.

Silva ofrece un ejemplo de contaminación genética en una planta alógama, como es el maíz. “Dado que México es el centro de origen genético del maíz, los cultivos transgénicos de esta planta prendieron las alarmas en ese país porque existía el riesgo inminente de que las variedades locales adquirieran todas cualidades transgénicas”.  De hecho, se registró este tipo de contaminación en el Estado de Oaxaca.

Eventualmente se prohibió el maíz transgénico en México y el mayor argumento que mantiene en pie esta decisión —explica Silva— es que se debe garantizar el derecho de las futuras generaciones a escoger entre variedades convencionales o transgénicas, para lo que hay que primero proteger la existencia de las variedades convencionales.

¿Un convenio público-privado?

—¿Qué postura tenés respecto a los convenios público-privados como el caso del HB4 en lo que refiere a las líneas de investigación científicas? Sobre todo teniendo en cuenta que no se trata de ciencia básica cuyos resultados pueden luego derivar en otros beneficios, sino que ya desde el inicio de la investigación-financiación se trata de ciencia aplicada con una visión específica de un modelo de negocios.

—No estoy seguro que esto haya sido así. Lo que entiendo es que el equipo de la doctora Raquel Chan comienza su investigación con el apoyo del Conicet y la Universidad Nacional del Litoral, y que después de algunos resultados positivos con el gen hahb4 del girasol, en condiciones de laboratorio, se suma Bioceres/Indear. En ese momento, Bioceres era una start-up que actuaba como mediador de conocimiento nacional. Si este fue el caso, sí estaríamos hablando de ciencia básica que fue más adelante financiada por un actor privado para convertir el evento asociado al gen del girasol hahb4 en lo que ahora conocemos como la tecnología HB4.

Para el entrevistado, el asunto importante está más relacionado a la repartición de beneficios: “Este es un tema bastante sensible que quiero tratar con el mayor cuidado”, aclara. Sobre este punto, indica: “Hasta donde yo sé existen tres patentes sobre HB4 y en la medida en que la tecnología se desarrolla más y más por parte de Bioceres, alejada del grupo de investigación original, las nuevas patentes parecen favorecer más y más a la empresa”.

“¿Qué patente protegerá a la versión comercial de los productos HB4? ¿Qué tanto se beneficiará la Universidad Nacional del Litoral, sus investigadores y el Conicet de estas patentes?”. Deja los interrogantes y concluye: “Me parece que son preguntas relevantes para la Argentina si este tipo de colaboraciones público-privadas han de continuar”.

Nota original: https://tallerecologista.org.ar/trigo-hb4-realidades-mitos-y-relatos-en-torno-de-los-cultivos-transgenicos/

Fuente: Tierra Viva

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