La derecha y las pasiones tristes

La política por otros medios.


¡Hola! ¿Cómo estás? Parece que la política argentina es eso que transcurre entre una interna y la otra.  Por un minuto, las peleas en el Frente de Todos y en Juntos por el Cambio cedieron el protagonismo a la disputa de los libertarianos. Podemos tomar el hecho como una buena excusa para intentar reflexionar sobre los factores que subyacen a su irrupción en la escena pública.  

La pasión según Dubet

Tanto el ascenso de los libertarianos de Javier Milei —anabólicos mediáticos incluidos— como sus internas y primeros tropezones políticos (declive en las encuestas, paupérrimo acto en su incursión conurbana en la cancha de El Porvenir) condujeron a discutir sobre sus potencialidades y límites.

En un interesante artículo publicado en El Dipló, los investigadores Ignacio Ramírez y Javier Cachés rescataron algunas ideas del libro La época de las pasiones tristes del sociólogo François Dubet para intentar explicar los desplazamientos sociales, políticos e ideológicos que subyacen a la emergencia de estos fenómenos que no son un invento argentino y están presentes en muchos países del mundo.

La idea de las “pasiones tristes” hace referencia explícita al pensamiento del filósofo neerlandés Baruch Spinoza (1632-1677) que postulaba su existencia en el individuo en oposición a las “pasiones alegres” como diferentes manifestaciones del deseo del ser, motivado por su instinto de preservación. En la Ética, Spinoza afirma que «Todas las cosas de la naturaleza se esfuerzan por preservar en su ser». Ese principio guía su filosofía y, en consecuencia, sus elaboraciones sobre la naturaleza, la comunidad, la acción política, la ideología, el poder y el Estado.

Leyendo a Spinoza, el filósofo francés Gilles Deleuze dice que se puede afirmar que una pasión triste nace cuando un cuerpo exterior —cuerpo en el sentido genérico— se contrapone a la potencia de actuar de nuestro cuerpo y que una pasión alegre tiene lugar cuando la potencia del cuerpo externo se ajusta a nuestra potencia de ser, es decir, que su potencia se añade a la nuestra. El choque de las potencias de dos cuerpos —que se afectan mutuamente— por preservar su ser da origen a las pasiones tristes. A excepción de que la potencia de obrar y de pensar (de una “pasión razonada”) permita, podríamos decir, una compatibilización de potencias en el seno de una comunidad o de la multitud. Las pasiones de la alegría son buenas en tanto nos llevan a obrar y las pasiones de la tristeza son malas en tanto nos conducen a padecer. Lo interesante de Spinoza —muy revulsivo para su tiempo— es que no condena a las pasiones como aversiones y degeneraciones que deben ser “domadas” o contenidas por la Razón (como consideró una gran parte del pensamiento filosófico-político occidental), sino que las incorpora como parte irreductible de la naturaleza humana. Algunos investigadores, como Nicolás González Varela, creen que fue en la escuela de Spinoza, y no en la de Hegel, donde Marx aprendió a conciliar necesidad y libertad: la famosa libertad como consciencia de la necesidad y como emancipación de la necesidad (“Del reino de la necesidad al reino de la libertad”)

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El desprecio, el miedo, la desesperación, la ira, el odio, la aversión, el remordimiento, la indignación, la soberbia, el menosprecio, la envidia o la vergüenza forman parte del menú de las pasiones tristes. Y, hay que reconocerlo, integran la estructura de sentimientos de nuestros estridentes libertarianos.

La tesis central de La época de las pasiones tristes es que el incremento feroz de los sentimientos de indignación o de ira no está vinculado directamente con la ampliación de las desigualdades (que el autor no niega), sino con un desplazamiento en el modo en el que son percibidas. Las desigualdades se multiplicaron, diversificaron e individualizaron y no cambió tanto la estructura de clases como el “régimen de las desigualdades”. Un proceso que está relacionado con las múltiples divisiones de la clase trabajadora en términos objetivos como con la propagación de ideologías (fogonoeadas por la selva sin mediaciones del universo digital) que construyen y canalizan las percepciones hacia las pasiones tristes. Se hace más difícil entender cuál es la causa de las desigualdades y lo que se requiere para combatirlas. En síntesis, el verdadero enemigo, el responsable último (el capital, las clases dominantes) se difuminan (y se camuflan) en un régimen de desigualdades en el que se los percibe como muy lejanos mientras la ira se desata contra los “cuerpos diferentes” más cercanos en una competencia de desigualdades objetivamente módicas, pero subjetivamente muy potentes. 

Podríamos afirmar que —en términos de Marx y de Spinoza—, la radicalización de la modernidad capitalista y su decadencia parieron un sujeto híper-alienado y en consecuencia, triste.  

Para Dubet la existencia o no de las clases (no postula su desaparición como muchos posmodernos) no es central porque no cumplen el rol de principio organizador tanto del orden como del conflicto (encuadrar el conflicto también puede ser una forma de orden). La discriminación (des) ordena más que la explotación y “la frustración y el sentimiento de injusticia se transforman en resentimiento cuando no tienen cabida en ningún relato social capaz de darles sentido y designar adversarios”. La frustración o la angustia encuentran al individuo en la íntima soledad de su marginación; la experiencia de la desigualdad resulta brutal y perturbadora porque —escribe Dubet— “nada está asegurado, pero nada parece verdaderamente abierto”.

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Toda esta jarra loca de indignaciones en versión corregida y aumentada estaría en la base de la emergencia del racismo, el odio y la xenofobia y alimentaría a las ultraderechas orbi et urbi. Milei, tú no has inventado nada.

Más allá de las unilateralidades y las conclusiones políticas (Dubet no hace un balance estratégico que explique cómo se construyó esta época), su diagnóstico tiene aspectos de verdad: la desestructuración de la clase obrera tradicional, además del fracaso de los “grandes relatos” y estrategias de las izquierdas (socialdemócratas o estalinistas) tuvieron como consecuencia la ampliación de las desigualdades. El fraccionamiento y segmentación de la clase trabajadora y sus múltiples percepciones propone un desafío para el discurso, el programa y la estrategia de la izquierda. Un desafío frente al que se pueden cometer dos errores: uno es negar el problema desde un determinismo esencialista que no tome nota de las nuevas subjetividades y emita una condena moral para un problema político; el otro es sumarse acríticamente a las iras “tal cuales son” o ceder al imperio de las lecturas identitarias que corporativizan las demandas.

Antes este escenario, la problemática de la hegemonía toma un nuevo cariz y se torna quizá más necesaria porque remite no sólo a la alianza de la clase trabajadora con los sectores populares, sino a la constitución misma de esa clase para alcanzar su unidad, identificar enemigos y construir sentido.

Además, no todas las pasiones tristes son iguales. El mismo Dubet dice que “la indignación es una emoción positiva. Es uno de los resortes esenciales de las movilizaciones; cada uno de nosotros está indignado (…) Hoy como ayer, la indignación es el ingrediente básico de las protestas”. Por lo tanto, no se trata de asustarse, resignarse o, peor aún, utilizarlas como excusa para nuestra propia pasividad, sino de intervenir sobre las que —con sus ambivalencias— no dejan de constituir un campo de batalla. La indignación es algo muy importante como para dejarla en manos de los libertarianos y la libertad, una causa demasiado noble como para permitir su expropiación indebida por parte de quienes pregonan la sujeción y la esclavitud ante los dueños de todas las cosas.

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Por último, también se plantea la visibilización de las pasiones alegres que no tienen tanta prensa como las otras. Hay que tener en cuenta que gran parte de las personas son mucho más solidarias de lo que postula la ira derechista y sus amplificadores mediáticos: desde los sindicatos a las organizaciones de desocupados o fábricas recuperadas; desde los movimientos feministas al ambientalismo que interpela fuerte a las nuevas generaciones; desde los sectores de la clase trabajadora tradicional que protagonizan huelgas históricas en lugares tan disímiles como el Reino Unido o Corea del Sur a la  “Generación U” que funda nuevos sindicatos en las entrañas del imperio donde supo reinar tanto el neoliberalismo como la rabia populista de derecha. Son sólo algunos ejemplos que también “hacen época” en una contratendencia hacia la primacía de lo común por sobre la disgregación.

Por lo tanto, no hay que llorar ni reír, sino comprender, para no caer —parafraseando al Marx del 18 Brumario—en el círculo vicioso de las pasiones sin verdad o las verdades sin pasión.

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Antes de despedirme te dejo un aviso: La hegemonía imposible se presentará en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA (Santiago del Estero 1029 – CABA), este jueves 16 de junio a las 19 horas con un panel en el que estarán el periodista Alejandro Bercovich y el sociólogo y dirigente del PTS, Christian Castillo. Espero que puedas participar.

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Hasta la próxima.

Fernando

Fuente: Newsletter, El Círculo Rojo, La Izquierda Diario

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