Brujas rebeldes en piquetes y aquelarres

Escribimos este texto como promotoras y participantes de las Asambleas de Mujeres en el Puente Pueyrredón que mensualmente realizamos desde agosto de 2003, aunque ya por entonces disidencias sexo-genérico-políticas formaron parte de aquellos espacios de reflexión y luchas. Esas asambleas de piquetes y aquelarres impulsaron la lucha antipatriarcal en los movimientos sociales emergentes del principio del siglo XXI. Estas líneas pretenden compartir los contextos del 26 de junio de 2002 en el que desarrollamos nuestras vidas cotidianas.

***

El 26 fue impotencia y a la vez, la hermosa presencia de la unión.

Esa unión que siembra maravillas.

Que hace renacer la huella de las miradas.

Miradas infinitas que anuncian imborrables marcas.

Senderos sembrados de primaveras.

Esa primavera que llevamos los que soñamos un mundo de vida,

un mundo con hombres y mujeres que

sientan con el corazón y actúen con el alma.

La primavera está brotando

lentamente…

en estas flores que siempre

quisieron cortar

Estas palabras son un fragmento de la poesía “El 26” escrita por Nancy Slupski, compañera del MTD de Almirante Brown, y esos versos nos sirven para mirar atrás y encontrarnos entre asambleas, aquelarres y piquetes. Porque por aquellos años las brujas piqueteras salimos a revolotear y tomamos las riendas de la historia para enfrentarnos a las instituciones patriarcales, heteronormativas, capitalistas y coloniales. En este texto colectivo volcamos nuestros recuerdos de 20 años atrás, para aportar una mirada más en este aniversario de dolores y luchas.

Volver a pasar por el corazón aquellos años de fines del siglo XX y comienzos del XXI, es ubicarnos en un momento de la historia de los pueblos donde lo viejo no terminaba de morir y lo nuevo aún no nacía. Pero recordar nos fortalece para impulsar rebeldías en todos los rincones donde sea necesario cambiarlo todo: en los barrios gobernados por los v(b)arones del conurbano, entre vecines hartes de cortes de luz, salarios a la baja y precios por las nubes de los alimentos, en las fábricas abandonadas por los patrones, en la salud y la educación devastadas. Para luchar en cada espacio donde las privatizaciones, el hambre y la desocupación golpearon e indignaron a esto que llaman Argentina.

Esos momentos únicos e irrepetibles dejaron profundas enseñanzas de lucha y organización asentados en métodos e ideas que ya son parte de la historia y del presente de les de abajo. El piquete, la asamblea, la certeza de la necesidad de cambiarlo todo conformaron nuestra vida cotidiana y especialmente de miles y miles de mujeres y disidencias sexogeneropolíticas que politizamos nuestras vidas siendo actoras centrales en la expansión territorial del movimiento piquetero.

Ante la feminización de la pobreza que caracterizó la década de los 90, nosotres gritamos “feminizar la lucha”, y generamos lazos de saberes, formaciones y talleres para poner la palabra en circulación y el cuerpo en cada batalla.

Las brujas piqueteras aparecimos en escena en ese momento. Nos reconocimos en los aquelarres asamblearios, en la construcción colectiva y en el fortalecimiento de nuestros espacios, con las consignas de Revolución en las plazas, en las calles, en las camas; fortaleciendo nuestras presencias activas, bullangueras, rompiendo estereotipos.

Rescatamos las voces de La Voz de la Mujer, de las anarcofeministas que en 1896 gritaban “Ni dios, ni patrón, ni marido”. Collages, murales, volantes, reuniones de estudio, de formación, luchas callejeras, y la recuperación de luchas históricas feministas fueron nuestras brújulas y aprendizajes. Asimismo, formaron parte de nuestra genealogía las luchas de mujeres sindicalistas y socialistas que quedaron invisibilizadas en los relatos históricos oficiales. Las sufragistas, las inquilinas, las académicas, las militantes de los Derechos Humanos, las guerrilleras, las campesinas, las docentes, las trabajadoras de fábricas recuperadas, las disidencias sexogeneropolíticas, las artistas, las aborteras, las piqueteras. La elaboración colectiva de esta historia nutre de aprendizajes y fortalezas nuestro movimiento.

Feminismos y transfeminismos que mientras escribimos estas líneas demuestran que las luchas sirven. Como la de Higui, que fue absuelta de una acusación machista patriarcal que dejaba por fuera la autodefensa (la misma que propiciamos como actitud política). Con la alegría de su absolución y sobre todo con la certeza que al calabozo no volvemos nunca más. Que las calles son nuestro espacio central de disputas, encuentros, organización, creación y el camino de construcción de una sociedad en la que todas, todes y todos seamos libres.

Este escrito de voces colectivas pretende, por un lado, reivindicar la profunda politización de mujeres y disidencias sexogeneropolíticas en la gesta de los movimientos piqueteros; y por el otro dar cuenta del feminismo combativo, popular, de abajo y a la izquierda –de la barriada, de olla y piquete– que supo ocupar un espacio dentro del movimiento feminista y de las propias organizaciones políticas.

Los mejores, los únicos, los métodos piqueteros

 “Corte de ruta y asamblea Que en todos los lados se vea el poder de la clase obrera”

Las Manos de Filippi

En la década de los 90 el gobierno neoliberal de Carlos Menem tuvo las privatizaciones como bandera y la implementación de políticas para quitarle conquistas históricas a les trabajadores. Pero en ese contexto, se presentó asimismo la resistencia de los sectores populares, abierta por momentos, y focalizada en otros. Las luchas desde la base, por fuera del cogobierno entreguista de la dirigencia de la CGT, se hicieron presentes. Así fue el caso de los ferroviarios que insistieron en denunciar las consecuencias de las privatizaciones. Esta lucha, una de las más recordadas, se encontró con un presidente de la nación que no dudó en intentar disciplinarla con la tristemente célebre frase: “Ramal que para, ramal que cierra”. Otras luchas fueron memorables: las de les docentes, de les jubilades, las del Astillero Río Santiago, entre otras. 

Hacia mediados de esa década, la organización y lucha de les trabajadores recobró impulso, especialmente en las provincias tanto al Norte como al Sur del país. Fueron luchas encabezadas por trabajadores de empresas estatales como YPF que recuperaban el piquete como método histórico de la clase, aunque esta vez se trasladó a las rutas, a las calles: piquete y olla popular interrumpiendo la circulación de mercancías.  En todos estos combates, se está logrando visibilizar y reposicionar de a poco con estudios críticos impulsados por el activismo feminista, el papel de las mujeres, tan negado en lecturas tradicionales de la historia.

Salimos a las rutas, a las calles…

Fue un momento en el que, con avances y retrocesos, idas y venidas, se tejieron unidades en la lucha, a veces momentáneas, otras más duraderas, en diferentes rincones del país, entre trabajadores remunerades y desocupades. Los MTD (Movimiento de Trabajadores Desocupados) aparecieron en escena visibilizando a les desocupades, poniendo sus propias voces y su cuerpo como protagonistas. Rebelándose a modelos de sumisión que los punteros de partidos políticos intentaron implantar para disciplinar, los MTD reclamaban: trabajo, dignidad y cambio social, con independencia del Estado, los partidos patronales, las iglesias y la CGT.

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Los MTD mayoritariamente estaban compuestos por mujeres y jóvenes que en asamblea decidían los caminos a seguir para los reclamos, participando y decidiendo sus propios destinos y vida. Las demandas eran diversas, pero centralmente atravesadas por alimento, educación, salud, politizándose en formas de reclamos efectivos hacia el Estado neoliberal, hacia las empresas multinacionales de alimentos, supermercados o frigoríficos.

Por estos territorios bonaerenses no demoraron mucho en llegar esas formas organizativas, porque en realidad nunca se habían ido, quizás no lograban visibilizarse y esa fue la tarea central del momento que tan bien describiera el trovador popular Rafael Amor:

Olor a goma quemada, viene,

de los barrios de la hambruna.

Llama el bombo y el piquete,

corta la ruta.

Llamarada y humo negro, crecen,

y entre chispa y reverbero,

con perfiles de ceniza,

los piqueteros.

Una mujer piel y huesos, marcha

y en sus pechos consumidos,

va amamantando otro hambriento,

recién parido.

Con olor a goma quemada en la ruta, las vidas cotidianas cada día politizaban más a sus protagonistas porque el proceso de esos años fue esencialmente asambleario, con amplia participación, toma de la palabra y de la acción por las propias manos. Nos distanciábamos cada vez más y disputábamos con los punteros de turno que sólo ofrecían migajas como prebendas. La necesaria y consecuente organización colectiva emergía cada día en diferentes rincones, con un protagonismo de mujeres y disidencias sexogeneropolíticas, así como de jóvenes que era indiscutible. Se levantaban galpones comunitarios, se realizaban talleres de educación popular, emprendimientos productivos como bloquearas, panaderías, talleres de costura, herrerías sin patrón. Florecía la politización y autogestión, así que planteábamos: “nosotres podemos hacer las cosas por nosotres mismes”.

En este contexto de movilizaciones y cortes de ruta, el 19 y 20 de diciembre de 2001 se produjo la pueblada que echó al gobierno radical de De la Rúa. A la olla y el piquete se sumaron más instancias organizativas autogestionadas, con decisión colectiva y política emergieron las asambleas barriales, las empresas recuperadas por les trabajadores ante la retirada de la patronal. Entre ellas Brukman, donde la mayoría de las costureras que allí se desempeñaban tomaron en sus manos la producción y se declararon bajo control obrero. Otras empresas recuperadas por sus trabajadores que son símbolo de aquellos tiempos fueron Hotel Bauen, Cerámica Zanón, Imprenta Chilavert, Metalúrgica IMPA, solo por mencionar algunas. Por abajo, piqueteres y trabajadores de empresas recuperadas junto con asambleas barriales generábamos respuestas colectivas a problemas comunes, como podíamos, 24 horas al día poniendo el cuerpo en las rutas, en las ollas, los productivos y las diversas asambleas.

Diciembre fue caluroso en temperatura y en confrontación con el poder institucional en decadencia y al que cuestionábamos integralmente. Se instalaban piquetes en la gobernación de la Provincia de Buenos Aires, en los diferentes municipios, en los puentes y accesos a la Ciudad de Buenos Aires. Al decir popular de esa época: “cortábamos puentes para abrir caminos”.

Las movilizaciones sociales persistieron con mucha fuerza, encontrándonos en las calles. Articulando y coordinando organizaciones piqueteras, asambleas barriales, feministas de colectivas históricas, compañeras que conocíamos de los encuentros anuales de mujeres, nuevos sindicatos, organizaciones de derechos humanos, partidos de izquierdas, empresas recuperadas, trabajadores autoconvocades de la educación o la salud que también cuestionaban las direcciones anquilosadas en sus gremios.

Luego de la sucesión de cinco presidentes, las movilizaciones se profundizaron, se radicalizaron, la unidad en la acción y diversidad se hizo carne en las calles.

En enero de 2002, el conflicto social continuaba y Duhalde lograba ascender a la presidencia con el único objetivo de reordenar el sistema político. Este mismo sistema que era despreciado por inmensas mayorías de nuestro pueblo, que lo sintetizaba con una de las consignas de entonces: “que se vayan todos, que no quede ni uno solo”. Conocíamos muy bien a ese sujeto de Lomas de Zamora, el mismo que inició su carrera política visible en los 70 con la planificación de la destitución y asesinato contra Pedro Turner, intendente electo en 1973. Más tarde, su complicidad con la maldita policía bonaerense fue parte de su crecimiento político.

Duhalde venía a “poner la casa en orden” a como diera lugar, estaba dispuesto a desarticular la organización y lucha popular para conservar el poder. La Ministra de Trabajo de De La Rúa, Patricia Bullrich, ya había incursionado con persecuciones a las herramientas jurídicas que las organizaciones piqueteras tenían para obtener los escasos planes sociales. Los políticos de siempre, con todos los métodos posibles de coerción, arremetían para desarticular a diferentes sectores sociales unidos en rebeldía.

Los bancos estaban cercados con vallas metálicas que impedían el ingreso a les ahorristas, aunque no sólo a elles, sino también a trabajadores que veían sus indemnizaciones por despido o sus depósitos clausurados por la defensa que el Estado decidió a favor del capitalismo financiero.

El nuevo presidente hacía demagogia y trataba de conquistar a los sectores medios mientras en los barrios populares un impulso represivo y de control por parte de las fuerzas de seguridad se venía acrecentando.

En el inicio del año 2002 no se frenaban las luchas a pesar del incremento de la represión. Los controles en los colectivos y trenes en los accesos a la Ciudad de Buenos Aires para evitar las manifestaciones aumentaban día a día. En algunos casos, la solidaridad de clase por parte de algunos colectiveros y trabajadores ferroviarios habilitó la posibilidad de llegar a destino: la complicidad de les de abajo seguía firme.

Los barrios, las comunidades, tomaban la política en sus manos

Fueron para nosotres momentos de asombro y disfrute por la enorme participación, debates, asambleas, movilizaciones en solidaridad con “las recuperadas”. Crecíamos coordinando cada día más con compañeres de todo el país, fortaleciendo la articulación. Con compañeres de la UTD Mosconi, campesines de Santiago del Estero y Córdoba, de la zona de Neuquén y Cipolleti, muches procesades, encarcelades y reprimides. 

Los barrios ofrecían espacios de construcción colectiva: copas de leche, comedores, comisiones de salud, aprendizajes de oficios y primeros ensayos de productivos de panadería, bloqueras, herrerías, roperos comunitarios, atravesades todes por espacios de reflexión, de educación popular y la formación para todos todas y todes.

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Mujeres y disidencias sexogeneropolíticas fuimos pilares y sostenedores de todas estas tareas y algunas ensayando los primeros acercamientos a oficios típicamente masculinizados, como herrería o construcción. Criando hijes propies y ajenes, con la certeza de la necesaria concurrencia de les niñes a la escuela e improvisando guarderías (hoy diríamos espacios de cuidado colectivos) para las niñeces.

La participación política de nosotras y nosotres hizo posible la movilización de esos momentos y la vida privada empezó a politizarse, empezábamos a hacer nuestra la consigna “lo personal es político”, que con el tiempo comprenderíamos en profundidad. No solo se sembró la semilla de la necesidad de los cuidados colectivos, sino que se acompañó a compañeras en situación de violencias por parte de parejas o ex parejas mientras que se organizaba algún taller sobre anticoncepción y el acceso a pastillas abortivas. No eran tiempos de tantas posibilidades de elección, los métodos anticonceptivos no eran de fácil acceso, mucho menos la posibilidad de abortar; se promovían espacios para salir del círculo de la violencia machista. 

Muchas compañeras, compañeres se integraban en tareas de autodefensa de los MTD, con palo y capucha, con encuentros que nos preparaban para esas tareas.

Un pilar importante de la organización en ese momento fue formarse, aprender, especializarse en lo que se pueda y se quiera. Hacíamos talleres por aquí y por allá, proponíamos debates y lectura de diarios o ensayos de hojas de prensa propias de los movimientos.

Y el 24 de marzo de 2002 hicimos un taller en Lanús, coordinado por Darío Santillán, en el que participamos muchas mujeres y disidencias sexogeneropolíticas, varones, jóvenes, más grandes y más viejos. Vimos la película “Las 3A son las tres Armas”, que es la carta de Rodolfo Walsh a la Junta Militar filmada por el Grupo Cine de Base; tiempo después de la desaparición de uno de sus fundadores: Raymundo Gleyzer. Margarita Cruz, de la Asociación de Ex Detenides Desaparecides trajo su voz para relatar cómo su cuerpo fue atravesado en aquellos tiempos de terrorismo de Estado en los centros clandestinos de Tucumán.

Les más grandes contaban aquel momento represivo e intento de copamiento del “Batallón 601” de Monte Chingolo en diciembre de 1975 que apareció en la charla. Todes recordaban la ferocidad de los milicos y la solidaridad para albergar en los pasillos del barrio a quienes lograban escapar de la redada represiva. Con espacios como este, los MTD hilaban historias de lucha de compañeres.

La yuta entraba y salía amedrentando en esos tiempos. Se produjo la represión a docentes en Presidente Perón (el mismo municipio que habilitó la represión de la ocupación de tierras de Guernica en el año 2020). Del MTD de Lanús fue una comisión a solidarizarse y había en paralelo un taller de formación. Darío estaba en tareas de formación y organización, tuvo que decidir si ir o quedarse, prefirió ir a Presidente Perón, “a bancar a docentes y compas”. 

En febrero de 2002 fue asesinado Javier Barrionuevo en Esteban Echeverría y en abril un compañero fue baleado frente al Municipio de Lanús, por un servicio penitenciario que pasó con su moto en medio de la movilización. Se generaron más tomas de tierras, les jóvenes se proponían tener un lugar propio para habitar con sus hijes. Uno de esos jóvenes fue Darío Santillán, que se sumó a una toma en el Barrio La Fe de Lanús.  

En 2002 éramos parte de la CTD Aníbal Verón, “La Verón”, y coordinábamos con una variedad de organizaciones de desocupades, impulsando planes de lucha por trabajo, dignidad y cambio social. Realizando muchas actividades y visibilizando la situación que se estaba padeciendo en los barrios del conurbano. Ese 26 de junio, después de asambleas y muchas reuniones, se acordó el corte de todos los accesos a la Capital de todas las organizaciones de desocupades, la situación no daba para más. 

Junio arde rojo

En Junio se sentía frío de crisis, pero los calderos estaban en pleno hervor. Aquel 2002 se desarrollaba el mundial de fútbol en Corea y nos ilusionábamos con Turquía que le ponía garra y pasión haciendo temblar a grandes como Brasil o Inglaterra. Intercambiábamos sobre las declaraciones de Duhalde y su gabinete, la indignación subía el calor de la olla que circulaba entre asambleas y piquetes a pesar del invierno y las articulaciones y unidades piqueteras continuaban como estrategia de organizar la indignación.

Y ahí estábamos todas y todes, preparando las tortas fritas, las torrejas o lo que las manos mágicas de las cocineras realizaban para garantizar algún alimento. También estábamos en reuniones de organización para garantizar la seguridad de todes. Las jornadas de lucha arrancan muy temprano en los barrios y con regreso incierto. Otres salen cargando niñes en cochecitos reparados como se pueda, levantados por algún carrero partiendo hacia La Plata, al Puente Pueyrredón nuevo, al viejo o el Vélez Sarsfield, Bosques o el cruce de Bernal.

Aquel 26 de junio se acordaron piquetes en los puentes que unen el Conurbano con la Ciudad de Buenos Aires como Puente Pueyrredón, Puente Alsina, Puente La Noria y otros puntos que se fueron sumando. 

Debido al contexto de incremento represivo y los discursos a favor de acallar los reclamos, las organizaciones predecíamos la presencia de fuerzas de seguridad. Por ello, se evaluaron y decidieron algunos acuerdos, al menos en “La Verón”: tratar de no concurrir con niñes, si había compañeres con inconvenientes de salud que no fueran y se acordaron puntos de encuentro ante una eventual represión. Se planificaron necesarios repliegues por si había gases o corridas. 

El clima político estaba tenso, pero era difícil suponer que la represión incluiría balas de plomo y, mucho menos, la participación de un grupo operativo vestido de civil que en camionetas levantaría y dispararía a les manifestantes. También se resolvió que algunes compañeres recibirían los llamados con las novedades ante algún evento represivo, lo que sucedió minutos después de los primeros avances de las fuerzas de seguridad.

Así fue que, una vez desatada la represión, les compañeres de apoyo comenzaron a recibir llamados. Enseguida contactaron a Diputados como Luis Zamora o Miguel Monserrat que se hicieron presentes en la Comisaría 1ra. de Avellaneda mientras otres hacían lo propio en el Hospital Fiorito, como Norita Cortiñas, compañeres de la Asociación de Ex Detenidos Desparecides y otros organismos de Derechos Humanos. Mientras tanto la Liga Argentina por los Derechos del Hombre intercambiaban listados de detenides y herides que se controlaban con los listados de las organizaciones.

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La confusión y la incertidumbre invadían el aire. Por entonces los celulares eran muy escasos. No se disponía de acceso a esta tecnología y las redes sociales tampoco eran una realidad aún. El boca en boca de quienes evitaron ser atrapades, más el acercamiento de asambleístas, trabajadores y el trabajo de medios de comunicación popular expandieron las malas noticias a través de sus páginas web, por mail o llamadas de teléfono.

Una de nosotras llegó a la estación Darío y Maxi (entonces Avellaneda) y recuerda: “llegué a la estación y había mucha sangre, se lo comenté a una compañera que recibía los llamados y enseguida nos fuimos con otres compañeres por Pavón hacia la estación de Lanús, el punto de encuentro. Antes me había cruzado con una compañera del barrio de Chingolo que corría con las tortas fritas, asustada: ´tengo que llevar la caja de tortas fritas´, me dice. Le pido que tire la caja, que se vaya lo más rápido que pueda y que si la paraban la policía les diga que vienen de comprar en el Mercado de Avellaneda”. Ella, como muches compañeres, no tenían dinero para pagar un boleto, “así que le di lo que podía para que pudiera pagar el colectivo y se volvió para el barrio”. Muches fueron volviendo a los barrios por diferentes medios de transporte.

Nancy Slupski del MTD de Brown relató para el libro Darío y Maxi, Dignidad piquetera: “Vino un sujeto vestido de jean, zapatillas, buzo polar rojo y una Itaka al que después reconocí a través de los medios como Leiva. Con él vinieron otros policías. Se metieron en el baño de la estación de servicio de la Shell, sobre Pavón (H. Yrigoyen), donde estábamos cinco compañeras escondidas y comenzaron a sacarnos. Yo le dije a Leiva que no estábamos haciendo nada y él me dijo “no me forrees”. Cuando nos trasladaban, grito a los que estaban en la parte delantera del micro, que la chica que iba conmigo se estaba por desmayar. Leiva me dice ´Hija de puta, por mí que se muera, tirala por ahí´. Después nos bajan en una comisaría. Había un chico tirado en el piso, esposado y sangrando”.

En el mismo libro, Marcelina Montiel, 35 años, doce hijes y participante del MTD de Solano comenta: “En la comisaría 2da. a las mujeres nos hicieron desnudar y nos obligaron a quedarnos sentadas en el piso casi media hora”.

Algunas cifras pueden darnos una pista acerca de la participación –aun con el riesgo que se evalúo– de compañeres:

En la comisaría primera de Avellaneda se registraron 160 detenidos, de los cuales 52 eran mujeres y 7 de ellas estaban embarazadas. 43 de los arrestados eran menores de edad. Además, 11 herides de plomo o goma fueron trasladades aún como detenidos al Hospital Fiorito.

La cacería de manifestantes se extendió por las dos arterias principales del Sur: H. Yrigoyen y Mitre. Un grupo de compañeres (más de la mitad, mujeres) fueron tomades prisioneres a más de 20 cuadras de la Estación Darío y Maxi, cerca de la estación Gerli y trasladades a la Comisaría.

Hubo 33 herides con balas de plomo. Una de ellas, Aurora Cividino, activista de la Asamblea de San Telmo, fue alcanzada por una bala de plomo frente al supermercado Carrefour. Le dieron dos tiros que le fracturaron el fémur, tuvo más suerte que Maxi Kosteki, también herido en ese lugar.

Mientras esto sucedía y les manifestantes corrían por su vida, entre herides y ya con la confirmación de que había dos muertos, los medios de comunicación informaban de los destrozos en la zona y especularon que los piqueteros estaban armados y que nos enfrentamos entre nosotres. Por otro lado, militantes de las asambleas barriales y de sectores populares no creían lo que estaban escuchando y comenzaron a coordinarse para ir a Plaza de Mayo y difundir repudios para frenar la represión. En Plaza San Martín de la ciudad de La Plata, estaba instalada una carpa blanca de docentes donde se abrieron los micrófonos para denunciar la represión y la carpa fue el punto para abrazar a miles de activistas de DDHH, barriales, estudiantiles, que se fueron acercando con bronca. En otras plazas de luchas pasó igual, toda la militancia popular del país se movilizó y estaba en alerta para denunciar lo que estábamos pasando. 

Muchas otras situaciones reforzaron la certeza del camino que se venía construyendo en unidad. El Centro Cultural Libres del Sur –a 10 cuadras de la Estación Darío y Maxi– abrió sus puertas para albergar compañeres. En Lanús, una camioneta de la agrupación HIJOS zona sur, se puso a disposición y trasladaba compañeres del Hospital o la Comisaría, acompañando luego de la represión.

La unidad y la solidaridad nos abrazaron en ese día oscuro. Entre llamados, asambleas y medios de comunicación popular, hacia la tarde nos fuimos congregando desde distintos territorios presionando para que liberen a les detenides, se asista a les herides, y reclamando justicia por los asesinatos, que a esa altura sabíamos quiénes eran: Darío y Maxi. Los días y semanas siguientes continuaron las solidaridades y movilizaciones por los sucesos, que pasaron a la historia como la “Masacre de Avellaneda”. Y la memoria popular que ya no olvida a Darío Santillán y Maxi Kosteki, ¡presentes ahora y siempre!

***

Este relato es una construcción colectiva desde nuestros recuerdos, sentimientos, aprendizajes de aquel 26. Ese reclamo de justicia y esa lucha por la que cayeron nuestros compañeros y que continúa en el revoloteo de todas las brujas piqueteras.

Mariposas luchemos

Deja ya de limpiar

Basta de patriarcado

Vamos a placerear

Cántico surgido en nuestro primer Campamento de Formación en Glew.

Todas las brujas piqueteras estuvimos en la primera asamblea de mujeres sobre el Puente, reclamando y fortaleciendo la lucha por justicia por nuestros compañeros caídos. También, juntas fuimos aprendiendo, articulando, profundizando las líneas de una lucha feminista, socialista, antirracista y anticolonial. Veinte años después, con las banderas en alto, seguimos escribiendo nuestra historia. Aprendiendo nuevos modos de batallar contra las violencias y las desigualdades. Continuamos con las revoluciones pendientes que, reafirmamos, solo es posible darlas en unidad, desde abajo, nombrándonos todas, todos y todes: ¡mujeres, lesbianas, travestis, trans, no binaries, maricas y plurinacionales!

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