20 junios

Para el momento en que se perpetra la Masacre de Avellaneda la Asociación de Ex Detenidos-Desaparecidos ya llevaba un tiempo de relación militante con “La Verón”. Yo integraba entonces la AEDD, y era una de las compañeras que mantenía más contacto con el MTD y varios de sus integrantes.

El sábado 22 de junio de 2002 el compañero César, El Pelado, integró el panel de presentación del n° 6 de la revista de la AEDD, Tantas Voces, Tantas Vidas. El encuentro se hizo en La Casona de Colombres –centro cultural, barrial, político–, escenario de infinidad de actividades que se multiplicaron cuando las movilizaciones de diciembre de 2001 alumbraron asambleas en toda la ciudad. Signo de las confluencias de ese tiempo, entonces, aquel 22 de junio: una organización de trabajadores desocupados, un organismo de derechos humanos, un centro barrial de debate y acción cultural politizada.

El Pelado César habló de la jornada de lucha programada para el 26 de junio: cortar los accesos a la Capital para hacer visibles las demandas de millones que exigían “Trabajo, dignidad y cambio social”. Cuando nos despedimos me indicó que era importante que los organismos de derechos humanos  estuvieran atentos ese miércoles porque los discursos oficiales venían expresando que el gobierno de Duhalde estaba decidido a frenar con represión las manifestaciones populares. No se equivocó.

Aquella mañana la radio hablaba de las fricciones entre manifestantes y las fuerzas represivas desplegadas en Avellaneda. Cuando me llamó La Tana, del MTD de Lanús, la cacería estaba desatada. Margarita, Eduardo y yo fuimos para allá. En el playón del Hospital Fiorito los heridos buscaron atención médica, y en muchos casos lo que encontraron fue a  los policías –con uniforme, o de civil– que los arrastraron a las comisarías de la zona, aunque tratamos de impedirlo. Llegaron compañeros avisando que la cana entraba a patadas y a los tiros en el local de Izquierda Unida. Toda la zona cercada para que no hubiera posibilidad de escapar a las balas y los golpes. Y ya circulaba la certeza de que además de decenas de heridos  había compañeros muertos.

¿Qué harían con los compañeros apresados? La memoria de la represión dictatorial, de las masacres disfrazadas de enfrentamientos, de las desapariciones iniciadas con “detención en la vía pública”  nos orientó hacia la comisaría. Uniformado y sonriente detrás del mostrador un policía contestaba que aún no tenían listas de detenidos. En la vereda crecía la bronca. Sentía, temía que podía pasar cualquier cosa si no soltaban a los compañeros y compañeras. Reconocí a Nancy entre quienes, finalmente, fueron saliendo en libertad.

Varias veces recorrimos esas cuadras: del hospital a la comisaría, de la comisaría al hospital. En algún momento logramos entrar al Fiorito; en el pasillo se acercó una compañera y nos pidió que saliéramos juntos, para garantizar que no la detuvieran.

Era de noche cuando volvimos a Capital. Allí supimos que uno de los asesinados era Darío. 

Recuerdo a Darío cuidando que no hirviera el agua para el mate, cuando llegué a un baldío en Don Orione donde se reunía el MTD de Almirante Brown. En esa mañana de fines de marzo de 2001 los compañeros y compañeras querían hablar de la dictadura genocida y sus crímenes. Sobre las  resistencias populares a esa y a otras dictaduras. Sobre la militancia, los sueños y proyectos de generaciones de las que, dijo Darío, se consideraban herederos. 

Mientras en el Salón Comunitario del Barrio La Fe lo estábamos velando, la tapa de un diario mostraba la última imagen de Darío vivo. Estación Avellaneda: Darío vivo, con la mano tendida hacia Maxi asesinado. Esa tarde en Plaza de Mayo el grito “Piquete y cacerola la lucha es una sola” sonó más fuerte que nunca.

Considero que la marcha del 3 de julio fue uno de los momentos más altos de confluencia de las organizaciones populares. “No pasaba desde no sabemos cuándo”, dicen con exactitud los compañeros de La Verón en  Darío y Maxi. Dignidad piquetera. En el salón de la Casa de Nazareth, donde se redondeó la organización de la marcha, mi memoria volvió a 25 años atrás. En la oscuridad de la Capucha de la ESMA los secuestrados, impotentes para impedirlo, oíamos a los genocidas alistarse  para  el operativo: iban a desaparecer a las madres y familiares que se reunían en ese mismo lugar. 

El 3 de julio de 2002 comenzamos a caminar con Darío y Maxi como bandera, con los dientes apretados, dolor en piel y huesos, sí, pero animados por esa potencia alimentada por el repudio común a la represión criminal del gobierno de Duhalde y a todas las maniobras políticas, mediáticas y judiciales con que intentaron ocultarla. 

Esa confluencia fue un punto. Un momento. Duró lo que duró. Hasta que se fue dispersando. Pero aun en su brevedad, integra la experiencia, los aprendizajes, los saberes de nuestro pueblo. De los pueblos. Esa memoria que  relumbró en aquel momento de extremo peligro, fue capaz de juntarnos. Esa respuesta al momento de extremo peligro la parieron las vidas de Darío y Maxi. 

Aunque las líneas que siguen ya tienen diez años, vuelvo a ellas. Me preguntaron entonces cómo veía a Darío, como militante, como símbolo político. Apelé a un texto del luchador panameño Chuchú Martínez leído alguna vez:   “Así serás eterno, aunque vivas pocos años. Eso no importa. Lo único que se requiere es tener impreso en alguna parte de la vida un mapa de la vida entera”. Eso quiero decir sobre  lo expresado en aquel junio de 2002,  que  es necesario para la construcción de proyectos emancipatorios: “volver a la estación para proteger/acompañar/rescatar a Maxi, Darío imprime el mapa de su vida entera: fraterno, solidario, compañero. No es la muerte lo que da sentido a su vida. Es ese acto de vida –en el instante previo a su muerte– el que nos habla de su vida política, vida militante, vida profundamente humana”.

La mano fraterna de Darío tendida a Maxi,  esa mano que seguirá avivando fuegos y cuidando que el agua esté en su punto, incluso cuando en la superficie apenas se vean las brasas. 

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(*) El texto forma parte del libro Darío y Maxi. 20 junios. La ilustración pertenece a Maxilimiano Kosteki.

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