Algunas consideraciones sobre el triunfo de Petro

A las 4.00 PM (hora local) se cerraron los puestos de votación y se inició el conteo. No pasaron dos horas para que las urnas escupieran las boletas con los resultados. Con 11.281.013 votos, equivalente al 50,44%, la fórmula Gustavo Petro-Francia Márquez se alzó con la victoria. Un hecho inédito en la historia colombiana: en unas elecciones presidenciales ganó el progresismo y, de paso, cerró dos décadas de hegemonía electoral uribista. Sí, ganó Petro y también perdió Uribe.


Todas las encuestas en el último año daban a Petro como ganador, aunque su amplio margen de favoritismo se fue estrechando cuando las élites y las maquinarias políticas cerraron filas en su contra de cara a la segunda vuelta. Su victoria se hacía cada vez más impredecible cuanto más latente era la bien sabida maniobra fraudulenta. No obstante, Petro y Francia ganaron -quizás por más votos de los reportados- y alegraron las toldas del campo popular. Eso sí, aún son posibles las artimañas informáticas, los artilugios jurídicos, los ruidos de los sables militares.


Así pues, estamos ante un escenario político inédito. Desde abril de 1854, cuando el movimiento artesanal de liberales radicales tomó el gobierno en cabeza del general José María Melo, las clases populares no alcanzaban un triunfo presidencial. Pasaron 168 años para poder gritar y llorar de alegría, muchas muertes y desapariciones, muchas frustraciones, muchas derrotas. El uribismo pareció aplastar la capacidad de soñar y de creer que era posible derrotarla.
Ahora, la tarea fundamental es hacer viable ese inédito horizonte, que va más allá de las elecciones. El panorama nos desconcierta y también nos desafía. Aquí sugiero algunos elementos a manera de reflexiones-hipótesis que pueden ser consideradas.
1. Ganamos el poder formal, pero no olvidemos el poder real. Entre Gustavo Petro y Rodolfo Hernández sólo hay 700.601 votos de diferencia (3,13%). Es un margen exiguo para gobernar. La mitad de los votos (inflados o no) son contrarios. 
Por otro lado, hay muchos intereses en juego que querrán controlar, limitar o inmovilizar al nuevo gobierno y hacerlo fracasar: la derecha, la ultraderecha, las alianzas de cálculo, la cúpula empresarial nacional -muy organizada desde la década de 1990-, el monopolio de los medios de comunicación, los mandos militares y los activos transnacionales. También hay que evaluar los intereses norteamericanos y el papel que cumplió la Casa Blanca en la derrota de Rodolfo Hernández.
2. Dime con quién andas y cómo construyes… La victoria de Petro y Francia es popular, pero también lo es de un conjunto de alianzas con sectores tradicionales, derechistas y advenedizos de última hora, quienes pedirán su cuota de poder, su pedazo del pastel. De la política de alianzas y de los criterios de ellas dependerá el rumbo de los acontecimientos del nuevo gobierno. Recordemos que el qué se justifica con el cómo. Esto nos exige actuar sin impaciencia y disfrutar sin idolatría. 
3. Seamos realistas y construyamos lo imposible. Es nuestra primera vez en esa cancha, jugamos de visitantes y tenemos que afrontar un partido de 4 años con todo en contra: campo de juego, arbitraje, público y periodismo. Soñemos aplicando dos principios: el de realidad y el de factibilidad. Eso evitará frustraciones que genera el idealismo romántico. 
4. Aunque el Olmo puede dar peras, son mejores los perales. Gustavo Petro no es socialista, ni comunista. Es un político liberal progresista (socialdemócrata de avanzada) y un economista neodesarrollista. Su contradicción fundamental es querer mezclar dos imposibles por incompatibles: que Colombia sea “Potencia mundial de la vida” mediante el establecimiento de la justicia socioambiental y “desarrollar el capitalismo”. Así pues, corresponde a los movimientos populares ir más allá de los límites de Petro. Esto es posible si aprovechemos el horizonte que abierto por Francia: los territorios, la periferia, la Colombia “profunda” (no en términos actuales de mercadeo sino en el sentido de Rodolfo Kusch), la raizalidad, las diversidades y las disidencias.
5. No perdamos de vista el bosque por el árbol. Desde los movimientos populares hay que reflexionar y actuar la relación con el Estado, aprendiendo de las experiencias de otros países (Argentina, Venezuela, Ecuador, Bolivia, Uruguay y la propia Cuba). Lo más fácil es marginarse por un purismo idealista, pero la política es acción transformadora que a la vez nos transforma. Entonces, para participar del Estado, una de las tareas principales será la frónesis, es decir, el buen juicio en la toma de decisiones. Como el poder seduce, la frónesis ayudará a estar siempre alertas y generar nuestros propios anticuerpos. 
Si la realidad nos exige asumir tareas en la burocracia estatal, asumámoslas, sin ambigüedades, sin “estadocentrismo” ni “estadolatría”, sin burocratismos, sin descuidar el tejido del movimiento social. Acompañemos el diseño, discusión e implementación de las políticas públicas, sin ambigüedades, sin ambages y sin diluirnos en el Estado. Para ello, conviene atender a Isabel Rauber quien nos alertó: un gobierno no es de izquierda porque su funcionariato tenga trayectoria militante.
6. Activemos el esperanzar. Paulo Freire nos enseñó que la esperanza no es ilusión ingenua o deseo irreflexivo; que más que un sustantivo, es un verbo, una acción, una puesta en marcha; es un proceso más que un destino: la esperanza es esperanzar. La victoria en las urnas nos exige redoblar esfuerzos y trabajos para que los votos no sean anecdóticos, para que los anhelos se cumplan, para que construyamos lo que queremos, porque la victoria electoral es apenas el punto inicial de un largo camino.
El nuevo gobierno puede dar un respiro. Aprovechemos el aire para recomponer y fortalecer los procesos territoriales que, en medio de la guerra, vienen haciendo posible (e increíble) la realización social de sus derechos con la permanencia y arraigo cultural como eje de su política cotidiana de defensa y afirmación de la vida digna.

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