Argentina: Una Operación Masacre

El crimen político ha sido una constante en la historia de nuestro país, también lo es en el presente. Recordar a Walsh a partir de lo sucedido el 26 de junio de 2002 y relacionarlo con similares acontecimientos ocurridos en el pasado es parte de un ejercicio mucho más amplio, que Milan Kundera sintetiza con estas palabras: “La lucha de los hombres contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido”.

Rodolfo Walsh sostuvo que el golpe de estado que derrocó al gobierno de Perón tuvo como resultado “Un país dependiente y estancado, una clase obrera sumergida, una rebeldía que estalla por todas partes”.

Aún son poco recordados los crímenes cometidos por lo que luego se conocería como la Revolución Fusiladora: bombardeo a Plaza de Mayo con centenares de muertos, fusilamientos a militares que se sublevaron contra ese golpe y la masacre a civiles en un basural de José León Suárez. Esto último es lo que refleja Walsh en su libro Operación Masacre, cuyos hechos ocurrieron en 1956, durante el mes de junio.

La Masacre de Avellaneda

            En junio de 2002 fueron asesinados Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, miembros de la Coordinadora de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón, durante una jornada de lucha convocada por varias organizaciones de desocupados. Fueron muertos en lo que era la Estación de Avellaneda(1), luego de que en las inmediaciones del Puente Pueyrredón, ubicado a unas cuadras de ese lugar, comenzaran a reprimir miembros del operativo conjunto compuesto por la gendarmería, prefectura, policía bonaerense y federal.

            Los asesinatos fueron el resultado de una serie de declaraciones de funcionarios que reivindicaban el terrorismo de estado.

            Tanto el ministro de defensa Jaunarena como el jefe del ejército Brinzoni se referían a la necesidad de convocar a las fuerzas armadas en caso de que la policía fuera desbordada por un estallido social, cuestión prohibida por las leyes(2). El canciller Ruckauf había reivindicado su firma en el decreto que ordenaba el “aniquilamiento de la subversión” (3), que fue el comienzo de la represión mejorada por la última dictadura. Los máximos responsables políticos a nivel nacional y provincial expresaron que no iban a permitir que los piqueteros corten los accesos a la capital (4), tratando aparentar algo de (ilegítima) autoridad. Todos ellos no hacían otra cosa que repetir lo que habían formulado tiempo antes los que siempre se benefician en Argentina: actuar para que nadie corte las rutas (5).

            Esas declaraciones se convertirían en acciones el 26 de junio. Lo que ocurrió en Avellaneda fue una operación, fue otra masacre.

Masacre e historia (o historia de las masacres)

Los hechos que describe Walsh en su investigación por supuesto no fueron los últimos, tampoco los primeros. Las mismas características las podemos encontrar en lo ocurrido en la Patagonia Rebelde hace ya un siglo, en la Masacre de Trelew en 1972 o en La Tablada en 1989: fusilamientos a prisioneros que no podían oponer resistencia.

            El asesinato a trabajadores en actos de protesta fue algo habitual durante el siglo XX. Desde las primeras organizaciones sindicales que cuestionaron la propiedad privada y al régimen de explotación capitalista, hasta aquellos que lucharon por el establecimiento de la jornada de ocho horas diarias y mejoras en las condiciones de trabajo. Ejemplos paradigmáticos son la Semana Trágica, la persecución a los anarquistas, los muertos en huelgas y manifestaciones.

            La resistencia peronista también tuvo sus mártires, la desaparición del joven metalúrgico Felipe Vallese fue el primero de una larga lista. Las muertes provocadas por fuerzas armadas en distintas movilizaciones populares hicieron que los nombres de Hilda Guerrero, Santiago Pampillón, Juan Cabral, Adolfo Bello y Máximo Mena estallasen en el Cordobazo de 1969; la represión que sufrían los trabajadores se dirigía también hacia la juventud y los estudiantes.

            Para imponer un determinado modelo económico, el poder necesitó del terrorismo de estado. Con los muertos de Ezeiza y los asesinatos del Padre Mugica, Ortega Peña y Silvio Frondizi, surge la Triple A, organización que se llevará cientos de víctimas en poco tiempo. El golpe militar de 1976 significaría treinta mil desaparecidos, miles de asesinados y uno de los períodos más trágicos de nuestra historia.

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            Con el retorno del sistema político que llaman democracia las muertes cometidas por uniformados en protestas sociales continuaron. Durante el gobierno de Alfonsín murieron catorce personas en los saqueos a supermercados de mayo del ‘89. Los diez años de Menem se llevaron las fábricas, el patrimonio público y la vida de Víctor Choque y Teresa Rodríguez. El gobierno de De la Rúa fue efímero y asesino; ni bien asumió mandó la gendarmería a Corrientes donde murieron dos personas, en Salta la misma fuerza mató a tres y su gobierno finalizó como empezó: asesinando a más de treinta personas en la rebelión popular de diciembre de 2001 (6).

Duhalde se llevó tres, y todos eran de una misma organización.

Preparen, apunten…

            Los Movimientos de Trabajadores Desocupados fueron objeto de distintas persecuciones durante ese tiempo.

            En febrero de 2002 mientras se realizaba un corte de ruta en Esteban Echeverría un policía y puntero del PJ, atravesó el piquete, disparó y asesinó a Javier Barrionuevo, un vecino desocupado de la zona que se había acercado al corte. Más suerte tuvo Juan Arredondo que fue herido de bala en Lanús, cuando un policía tuvo la misma actitud en similar situación (7).

            Pero además, cotidianamente eran objeto de amenazas y seguimiento por parte de la policía; también recibieron aprietes de los punteros del justicialismo que presionaban a los desocupados para que dejen de trabajar en los proyectos autogestionados de los MTD y pasen a desempeñarse bajo la órbita de la municipalidad, ofreciendo a cambio menos horas de trabajo.

            Luego de la represión del 26 de junio las amenazas y los aprietes se multiplicaron, incluyendo además a testigos y abogados de la causa (8).

            Las razones de las persecuciones fueron claras: no toleran que existan sectores que no tengan líderes ni dirigentes, no se bancan que no negocien con el gobierno a espaldas de las bases, que no tengan como objetivo alimentar a ningún aparato partidario ni que se formen a partir de alguno, ni que sus militantes se organicen de manera independiente generando prácticas solidarias y anticapitalistas, construyendo día a día el cambio social, porque el poder sabe que son esas las construcciones que más lo cuestionan.

            El atentado que sufriera Estela Carlotto(9), los hechos ocurridos en Jujuy (10) y el secuestro a un militante del MTD de Lanús (11) fueron muestras del recrudecimiento represivo. También recibieron aprietes asambleístas y estudiantes que peleaban por el boleto secundario. Que hayan marcado a un militante con tres A en el pecho, no es nada metafórico(12). Quienes componían esa organización a mediados de los ‘70 eran  policías y miembros de la derecha peronista, los mismos que actuaron en ese momento.

La impunidad de la historia

            Las masacres comenzaron mucho antes de que este pedazo de tierra hoy se llame Argentina.

            La llegada del conquistador español a partir de 1492 fue el origen de un genocidio que arrasó con culturas y pueblos enteros. Durante el primer siglo de ocupación, se calcula que en Sudamérica se exterminó a 70 millones de seres humanos, el 90% de la población originaria.

El genocidio continuó cuando ya éramos una país “independiente” con la Campaña del Desierto, donde Roca masacró a mapuches que resistieron durante tres siglos.

            En las guerras entre unitarios y federales, la consigna de “no ahorrar sangre de gauchos” la padecerían 40 mil seres humanos. El Chacho Peñaloza y sus montoneras serían parte de ese número al ser pasados por las armas que obedecían a Sarmiento y Mitre. De un lado la “civilización” excluyente y subordinada a intereses neocoloniales, del otro la “barbarie” de las mayorías sociales del interior que expresaban un proyecto de país independiente.

            La impunidad de la historia se manifiesta en el presente al festejar el día que comenzó el genocidio en el continente por medio de un feriado nacional; que haya monumentos repartidos en toda la Patagonia que recuerden a Roca en homenaje a sus matanzas; que Sarmiento sea considerado uno de los próceres más ilustres de la historia. Por si eso fuera poco, la impunidad se expresa en La Nación, diario fundado por Mitre, que el 27 de junio editorializó:

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“No parece sensato hablar de represión indiscriminada cuando las imágenes de la televisión mostraron a los manifestantes de Avellaneda en una actitud francamente hostil, como si desde el comienzo estuvieran dispuestos a enfrentarse con las fuerzas del orden. Es de esperar que desde distintos sectores de la sociedad y de la Justicia, no se insista en equivocados criterios –como los expuestos con motivo de los trágicos incidentes en Plaza de Mayo, en diciembre último- por los cuales, quienes actúan conforme con la ley terminan siendo castigados por cumplir con su deber, mientras que los generadores de los desórdenes no reciben sanción alguna”.

Esquizofrenia mediática

            Desde antes del 26 de junio los medios se encargaron de demonizar a la Coordinadora Aníbal Verón, luego intentaron demostrar que las muertes se debían a internas piqueteras. Los calificaban de ser el “grupo más violento y radicalizado”, los diferenciaban de otros piqueteros “buenos” y sostenían que las muertes derivaban de la violencia de las organizaciones de desocupados.

Pero a la vez mostraban los dibujos de Maxi Kosteki y el orgullo de su madre; hablaban con los compañeros de Darío Santillán que resaltaban su solidaridad, la dignidad de su muerte y visitaban la bloquera autogestionada donde trabajaba. No advertían la contradicción de sus mensajes.

Pero el crimen más notorio fue ocultar la información que ellos tenían desde un principio. Mientras que los trabajadores de esos mismos medios eran testigos de los asesinatos, los encargados de generar y construir discursos abonaban la teoría del enfrentamiento entre piqueteros; pero cuando se fue conociendo la verdad de los hechos se limitaron a expresar que se trataba de “un loco suelto” que había actuado de manera aislada,  haciendo hincapié en lo mal que les quedaba a los piqueteros la cara tapada.

Cuando toda la sociedad supo que habían sido crímenes cometidos por las fuerzas de (in)seguridad, ellos mismos se convirtieron en fiscales y (se) agradecieron haberlo descubierto.

 El espectáculo que montaron los medios del poder no fue creído por todos. Desde el mismo 26 empezaron las manifestaciones para repudiar la represión y a pesar de que al día siguiente todavía seguían con su discurso, la movilización demostró que los medios no son omnipotentes.

                La respuesta en las calles, además de impedir que la represión se blanquee, fue el mejor filtro para contrarrestar los mensajes y las concepciones del poder.

Como parte de esa movilización existen medios que los enfrentan y muestran otras miradas sobre la realidad, y que si bien no tienen la masividad de los tradicionales, se multiplican cada vez más, haciendo la consigna de Walsh una realidad, es decir informar y sentir “la satisfacción moral de un acto de libertad”.

Las palabras y las cosas

A lo largo de la historia los poderosos de siempre intentaron justificar las masacres que cometían.

A los indios los llamaron “amentes” y dijeron que habían “descubierto” la tierra que se apropiaron, la misma lógica emplearon los que llamaron “desierto” a la Patagonia que desde siglos era habitada por miles. Utilizaron términos como “civilización” y “progreso” para esconder sus crímenes, colonizar los pueblos y obtener ganancias.

Quienes los enfrentaban eran tildados primero de “extranjeros”, luego de “comunistas”, siempre de “agitadores” y a los crímenes los cometían “infiltrados”. Los desaparecidos y asesinados del último genocidio eran “subversivos” y elaboraron la “teoría de los dos demonios” que equiparaba a las víctimas con sus victimarios, ya que solo hubo “errores y excesos”.

Las palabras para el poder adquieren otro significado que el de su verdadera naturaleza. Yrigoyen le ordenó al general Varela que “Vaya y haga lo que tenga que hacer” significando el fusilamiento de peones en la Patagonia Rebelde. El decreto que firmó y reivindicó Ruckauf decía “Aniquilar el accionar de la subversión”, para dar así inicio a un plan sistemático de represión hacia los sectores populares. Menem  habló de “pacificación” y firmó los indultos que dejaron libres a los asesinos. De la Rúa estableció el “Estado de sitio”, para que fuerzas policiales y parapoliciales asesinen el 20 de diciembre a manifestantes, busquen y ejecuten a militantes que tenían marcados y torturen a detenidos.

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¿Que significado podía tener entonces la frase “no permitir que se corten los accesos a la capital” para esas mismas fuerzas y para quienes daban las órdenes?

También en Argentina, país inventor de la picana eléctrica y las desapariciones de los opositores, quienes mandan manejan un mismo código: el de la impunidad. Como dijo Walsh: “la clase que esos gobiernos representan se solidariza con aquel asesinato, lo acepta como hechura suya y no lo castiga simplemente porque no está dispuesta a castigarse a sí misma”.

Pero como es cierto que reina la impunidad, la historia enseña que a pesar de las masacres, siempre hubo en este país quienes no se resignaron a poder vivir con dignidad y justicia. Por eso hoy están presentes en cada lucha y, como Darío y Maxi, son bandera que llevaremos todos hasta la victoria, siempre.

Notas:

El presente artículo fue publicado en Tintas del Sur nº 3, octubre de 2002, revista que editaba la agrupación Galpón Sur de la ciudad de La Plata. Ha sido revisada sobre todo en relación a los tiempos verbales, cuestiones contextuales, y se agregan las notas a pie de página, entre otros aspectos. Se trataba de una serie de notas denominadas “Seguir a Walsh”, donde a partir de textos de Rodolfo Walsh se articulaba con diferentes situaciones coyunturales.

El autor en la actualidad se desempeña como docente universitario. Al momento de escribirse el artículo original era militante de la agrupación Galpón Sur, integrante de la Coordinadora de Organizaciones Populares Autónomas (COPA), luego también integró el MTD La Plata/ MTD Aníbal Verón/ Frente Popular Darío Santillán, siempre vinculado a tareas de comunicación. También participó del programa Desatormentándonos que se emitía por Radio Futura (La Plata), integró Indymedia Argentina (Colectivo La Plata), la agencia de noticias Prensa De Frente y Marcha.

(1) Producto de la persistente movilización, hoy esa estación se denomina Darío Santillán y Maximiliano Kosteki.

(2) El 20 de junio, bajo el título “Las FF.AA. piden hacer inteligencia interna para vencer al terrorismo”, la periodista Victoria Ginzberg publica en Página/12 que: “En un seminario organizado por el Estado Mayor Conjunto, varios expositores y panelistas cuestionaron las limitaciones que las leyes de Defensa e Inteligencia imponen a los militares para realizar esas tareas. La avanzada fue iniciada por el jefe del Ejército y el ministro de Defensa, que llegaron a plantear la fusión de esa cartera con Seguridad Interior”.

(3) El 24 de junio, Susana Viau publica en ese mismo diario una nota en la que se expresa: “Ante un auditorio de oficiales de la Fuerza Aérea, el canciller dijo el jueves que está orgulloso de haber firmado el decreto de 1975 que desató la represión militar y que volvería a hacerlo ‘sin vacilar’. El ex gobernador de la mano dura agregó insinuante que vienen ‘días de desbordes’”.

(4) Por ejemplo, en el libro Darío y Maxi Dignidad Piquetera. El gobierno de Duhalde y la planificación criminal de la masacre del 26 de junio en Avellaneda se transcriben declaraciones –entre otros- del por entonces secretario de seguridad Juan José Álvarez, que el 7 de junio expresó que a “la Ciudad no se la puede bloquear” y que “habrá operativos conjuntos de las fuerzas de seguridad para hacer frente a este tema”. En tanto el presidente interino Eduardo Duhalde expresó el 17 de junio que los cortes de ruta que bloqueaban a la capital “no pueden pasar más” y que “tenemos que ir poniendo orden”.

(5) Tanto el banquero-lavador Eduardo Escasany – presidente de la Asociación de Bancos de la Argentina  -como Enrique Crotto – presidente de la Sociedad Rural Argentina- le habían realizado ese reclamo al gobierno de De la Rúa.

(6) En estos 20 años habría que sumar a ese listado a Carlos Fuentealba, Mariano Ferreyra, Santiago Maldonado, Rafael Nahuel y no se cuentan las desapariciones ocurridas durante la democracia y los asesinatos cometidos por las fuerzas de seguridad, práctica conocida como “gatillo fácil”.

(7) Ya el 5 de mayo de ese año, la periodista Laura Vales publica en Pagina/12 el artículo “Disparen a la Verón”.

(8) En relación a las amenazas a los abogados, las mismas fueron desde mensajes telefónicos intimidantes hasta balear un estudio jurídico.

(9) En septiembre de ese año balearon la casa de la presidenta de la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo, horas después que participara de la entrega de un documento a la Suprema Corte de Justicia de la provincia de Buenos Aires donde se denunciaba el accionar represivo de la policía bonaerense.

(10) En ese mismo mes se realizó una movilización en esa provincia con la consigna “Que se vayan todos” que fue reprimida por la policía provincial y que dejó un saldo de más de cien detenidos y una docena de heridos.

(11) En octubre un joven militante de esa organización fue encapuchado y secuestrado por alrededor de cuatro horas. Fue golpeado e interrogado por un grupo de personas no identificadas.

(12) Pocos días antes de la represión de Avellaneda, un estudiante secundario fue atacado por dos individuos que le grabaron con una navaja esa sigla y le dijeron: “Dejate de joder con el boleto estudiantil” y “Vos sos la primera pieza del dominó”.

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