Esquema de una explicación de Darío Santillán

Lo demoníaco es angustia ante el bien…

Sören Kierkegaard

Escribimos y re-escribimos este trabajo durante los últimos diez años. Fue la forma más apropiada que encontramos de ritualizar el duelo, socializándolo y politizándolo. Fue el camino que elegimos para demostrar y demostrarnos que la muerte no necesariamente es ausencia. Desarrollamos este trabajo sin dejar de revivir y reelaborar sentimientos populares que son propios. Incurrimos en algunas variaciones, pero mantuvimos sus ejes iniciales sin introducir otros por dos motivos. 

En primer lugar, por algo demasiado obvio: en la figura de Darío Santillán subyacen invariantes ético-emotivas y ético-políticas demasiado rotundas y trascendentes que nos atrevemos a juzgar como fácilmente decodificables en cualquier tiempo y lugar en el que actúen sujetos-dignos. Digamos: invariantes de una universalidad intemporal. A pesar de sus tendencias al sectarismo, existen elementos transversales en el campo de la política radical, recursos inherentes al campo de “lo revolucionario”; por ejemplo: la praxis popular como el componente fecundante de la historia o la voluntad de introducir una “idealidad” (un “inédito viable”) en la realidad. 

Para nosotras y nosotros hablar de Darío, también, es hablar del fundador de una estirpe. Darío nos representa. Es divisa de las y los que defendemos perspectivas de transformación social radical, de las y los que aspiramos a construir un estadio civilizatorio humano. Es espuela para las y los que todavía nos sentimos asediadas y asediados por algún escrúpulo revolucionario. Darío sigue siendo uno de los símbolos más genuinos que nos brindó nuestro tiempo oscuro: una era de cinismo, una época sin pasiones colectivas intensas, un mundo estructuralmente predispuesto a las visiones desencantadas de la política y la vida. Darío fue como un rayo fugaz y puro en un cielo que hiede, una perla en el lodazal. Fue todo eso y más, por diversos motivos, pero sobre todo porque le tocó corporizar y simbolizar la fugacidad y la pureza de una “fuerza íntima de expansión” y el atisbo de –Antonio Gramsci, dixit– un “espíritu de escisión”.  

Desde esa función histórica concreta debemos pensar a Darío. Sin intentar ubicarlo compulsivamente en la cadena de un proceso histórico que él no pudo vivenciar. Sin someterlo a los condicionamientos políticos posteriores a la Masacre de Avellaneda del 26 de junio de 2002; un tiempo que, en buena medida, estuvo determinado por su asesinato. Darío sólo vive en esa función. No en otra u otras. Después de la Masacre, el pensar-hacer burgués recompuso su continuidad, se reafirmó en la farsa y la parodia, y conservó su hegemonía. Los principios históricamente superiores contenidos en la fuerza íntima de expansión y en el espíritu de escisión se debilitaron considerablemente. Otras exigencias se presentaron.  

En segundo lugar, porque el devenir histórico tampoco presentó novedades o rupturas lo suficientemente relevantes como para obligarnos a una resignificación de la figura de Darío en claves nuevas. Al contrario, el ciclo iniciado después de la Masacre de Avellaneda del 26 de junio de 2002, a pesar de las políticas reparadoras implementadas desde el Estado, ratificó una y otra vez los sentidos iniciales. Dicho de manera más rigurosa: los ratificó indirectamente, tal vez del modo menos deseado: por su ausencia. En efecto, la reparación atendió necesidades, mejoró condiciones, se distanció de la banalidad, pero no llegó al punto de cambiar realidades sustantivas: matrices económico-sociales, estructuras de dominación. Creemos que, en lo esencial, la primera lectura personal no quedó desfasada; la honda y febril mirada colectiva que la produjo contiene un momento de verdad. Por eso ahora nos atrevemos a presentar una versión que retoma y completa la clave original y que pretende sintetizarla.  

 

Nos centramos en Darío, porque al momento de ser asesinado por el Estado y sus agentes: policías, funcionarios, burócratas, él ya encarnaba un trayecto militante puesto de manifiesto en todos sus gestos, desde el primero al último. Especialmente en el último y definitivo: el impulso generoso en su esfuerzo postrero por cuidar de Maximiliano Kosteki, un compañero mortalmente herido al que no conocía, pero con quien se sabía hermanado. Ese acto profundamente moral condensa toda una pedagogía de las primeras líneas. ¿Cuánto vale ese gesto hoy, ante la imparable expansión de la sociedad de las espectadoras y los espectadores pusilánimes?  

Aclaramos: los dos encarnan un modelo de héroe popular, lamentablemente muy repetido en nuestra historia, saturada de crisis, arbitrariedades e inquisiciones; signada por el pecado original de las clases dominantes. También jalonada por momentos de alta hipocresía y de falsa piedad. Pero Darío, por diversos factores, expresa mejor ese modelo desde el punto de vista histórico colectivo. En la construcción colectiva de su figura no dejan de aureolar las historias de todos los gauchos muertos de forma trágica, de todos los potros muertos sin galopar, de las y los militantes jóvenes, revolucionarias y revolucionarios, asesinadas y asesinados, muertas y muertos en las luchas populares.  

 

Pero de manera más concreta: ¿qué representó y qué representa hoy la figura de Darío para la militancia popular? ¿Existen condiciones para comprender su figura a la luz de la fuerza íntima de expansión y el espíritu de escisión que señalábamos? ¿En dónde radica su ejemplaridad? ¿Qué proceso histórico colectivo, qué núcleos de experiencias, culturas, vivencias y saberes emancipatorios pueden percibirse en el recorte de esta figura histórica individual? ¿Existen condiciones históricas para una proyección social amplia y efectiva de lo que representa Darío?  

De manera instantánea se nos presentan muchos elementos, todos entrelazados: un ethos popular reconstructor de relaciones humanas y vínculos comunitarios; un espacio horizontal que asume la igualdad como punto de partida (“naide más que naide”) y que está abierto a todos los debates y a todas las inquisiciones; un conjunto de prácticas generadoras de auto-estima en los y las de abajo y unos mecanismos productores de auto-respeto comunitario; un espacio simbólico articulador de experiencias de base bien diversas pero no contradictorias; la recuperación por parte de las y los de abajo de las fuerzas de la cooperación expropiadas por el poder dominante (burgués y despótico); una intensidad de los lazos políticos que no cabe en los esquemas teóricos tradicionales; un rechazo radical de los valores de las clases dominantes y las y los opresores; un desborde de las formas de la estatalidad y una trasgresión de lo instituido; una ruptura con los procesos formadores de no-sujetos: víctimas, carecientes, demandantes; un momento radiante y efímero de restitución de la imaginación política radical; un desafío lanzado al núcleo mismo de la dominación del capital. 

Darío representa la voluntad y la imaginación frente al deterioro de las expectativas de integración (y ascenso social) de la cultura del trabajo, frente a la crisis de los mitos liberales en torno a la educación, frente a la desolación de las hijas y los hijos de la democracia desbarrancada (la de la década de 1990 y la actual), frente a la soledad que lacera a las clases subalternas; en fin, frente a la crisis de legitimidad del neoliberalismo y frente a la impotencia burguesa. Voluntad e imaginación invariablemente traducidas en la creación de la contra-sociedad de las y los de abajo y puesta de manifiesto en una praxis tendiente a instituir alguna posibilidad de elegir para las desheredadas y los desheredados. Sabemos bien que “la desgracia” no da posibilidades de elección. Que la miseria conspira contra “la circunstancia”.  

Darío representa una concepción desinstitucionalizante de la política, una forma de encarar las limitaciones estructurales de nuestro tiempo. Un Evangelio de la solidaridad, la entrega y acción y no de la administración. Un consenso popular que cuestiona a las mediaciones políticas tradicionales, pero no al modo de la derecha; sino como un consenso crítico respecto del “capitalismo democrático”, de la lógica de la representación, de la “pequeña política” y los formatos burgueses (politicistas) de la política. En este sentido Darío interpela a la política colonizada por la gestión pública, por el asociativismo precarizador y el corporativismo subalterno, pero también a las búsquedas abstractas que no superan el umbral de las buenas intenciones. 

Si pretendemos permanecer fieles a la figura y a su contexto, no caben las lecturas que hoy buscan hacer de Darío una figura compatible con el peronismo. Carecen de solidez. Están condenadas a chapalear en pantanos retóricos. En primer lugar, porque Darío luchó contra (y fue víctima) de un peronismo intersectado por las prácticas más características de las gubernamentalidades neoliberales de la década de 1990. ¿Acaso hace falta recordar quiénes gobernaban el país y la provincia de Buenos Aires el 26 de junio de 2002? Nada de esto niega que algunos aspectos de la praxis de Darío y sus compañeras y compañeros se hayan centrado en la reelaboración de lenguajes y efectos sedimentados del peronismo. Pero la gramática que habían comenzado a gestar, casi espontáneamente, era muy diferente. Podría haber sido la materia de un nuevo estrato. No lo fue. La gramática que cobró forma a partir de 2003, sin ser exactamente la misma que la de la década de 1990 tampoco era radicalmente discrepante. Claramente, no era la gramática de Darío.  

Luego, Darío tampoco puede conceptuarse como una figura concurrente con los procesos de institucionalización y corporativización (estatización) del precariado posteriores a la Masacre de Avellaneda. Las intervenciones destinadas a frenar el proceso de politización antagónica del precariado fueron la contra-cara de las políticas reparadoras mencionadas. Ese tipo de intervenciones, cabe señalarlo, también fueron promovidas por las expresiones no abiertamente funcionales al poder contenidas en el peronismo actual.   

La lógica de Darío y de la corriente autónoma del movimiento piquetero les otorgaban prioridad a los conflictos y no a las armonías entre las y los de abajo y las y los de arriba. Darío y sus compañeras y compañeros pensaban en términos muy distintos a los que condensan expresiones tales como: “ayudar a la gente”, o las que aluden a la “gestión pública” o a “garantizar la gobernabilidad” del sistema. Invocaban otras dinámicas y vectores de congregación popular, otra ideología colectiva, otra política. En realidad, en su lucha por el territorio con el Estado, estaban instaurando la posibilidad de pensar lo nacional-popular en clave plebeya, lo nacional-popular desde abajo. En eso, entre otras cosas que omitimos en obsequio de la brevedad, también radica su vigencia. Un gesto que adquiere más relevancia a partir del momento en que las gubernamentalidades que se abocan a la disciplina social y que conspiran contra la autonomía popular se reactualizan, aunque reclamando ligaduras basadas en la solidaridad democrática e invocando proyectos y horizontes anti-neoliberales. Un gesto que recobra valor cuando lo nacional-popular se contamina y deviene nacional-burgués, o directamente, nacional-policial. 

Pensamos que la voz de Darío jamás ha dejado de trasmitirnos un mensaje principal que resuena en nuestros oídos más o menos así: si se trata de rebelarse contra la injusticia, de llevar a la práctica una utopía emancipadora, de construir colectivamente una matria/patria para las y los de abajo, si quieren convertir el desencanto en política radical, si quieren ver mi mano desnuda y firme multiplicada por millones, cuenten conmigo. Para administrar el orden de cosas existente, para recomponer desde arriba el vínculo entre el pueblo y el Estado burgués; para garantizarle la “gobernabilidad” a las clases dominantes o a alguna de sus fracciones, llamen a otras y a otros. Siempre será ímproba la asociación de la figura de Darío con las ingenierías institucionales concebidas para poner “en caja” la potencia popular, con las cruzadas reformistas y con las carreras políticas individuales, con los “consensos” constituidos a partir de la fragmentación popular, el miedo y la resignación. 

Darío es el signo de una subjetividad política marcada a fuego por la rebelión popular del 19 y el 20 de diciembre de 2001. Un representante genuino del atisbo de una breve subjetividad revolucionaria en la Argentina arrasada de la post Dictadura. La expresión de un momento de la historia preñado de posibilidades para las y los de abajo, de un instante fugaz de amor colectivo y eficaz. El emblema de la politización del hambre (y la precariedad de la existencia en general) y no de su moralización o su administración. Darío es, al mismo tiempo, chispa y pradera. El símbolo de un impasse. Reiteramos: símbolo de la fugacidad y la pureza de una fuerza íntima de expansión y el atisbo de un espíritu de escisión. 

Se podrá argumentar que muchos de estos sentidos remiten a aspectos micro-políticos y subjetivos, a la región de los afectos. Es cierto. Pero estamos convencidos de que en esos aspectos se dirimen las posibilidades de un proyecto radical y se juega la posibilidad de que lo colectivo (humano, fraterno, solidario, conciente, sensible) se torne político. Esos aspectos son claves en los procesos de politización popular porque constituyen los fundamentos del poder popular. Darío también remite a un intento (fallido hasta ahora) de anclar y fundar una macro-política popular en estos aspectos micro-políticos del universo plebeyo, para que lo colectivo-político pueda trascender lo fragmentario, para proyectar y generalizar lo interno. 

El legado de Darío es estratégico. Pero es un legado difuso e inorgánico que no contiene fórmulas acabadas o alguna propuesta de saber general. Lo que ofrece es algo mucho más básico y necesario: una pregunta estratégica que podría ser reconstruida (y desagregada) del modo que sigue: ¿cómo hacer para que los afectos, los vínculos intersubjetivos y las praxis anticipatorias de la sociedad nueva y buena que anidan en cooperativas, huertas, comedores, merenderos, talleres, bachilleratos populares, centros culturales, experiencias de comunicación alternativa, asambleas, piquetes, movilizaciones, sindicatos, etc., se constituyan en soporte de un proyecto político popular? ¿Cómo hacer para que la realización de la alternativa en el fragmento pase a ser una realización ampliada de la alternativa? ¿Cómo ascender en las escalas de la crítica experimentada, desde las menores a las mayores? ¿Cómo contribuir a la producción de una relación dialéctica entre praxis y proyecto? ¡Cuán distantes estamos de las respuestas!  

Lo que sí sabemos es cómo responderán las clases dominantes argentinas cuando se den pasos efectivos orientados a la resolución de la pregunta estratégica, cuando volvamos a rozar la fuerza íntima de expansión y el espíritu de escisión, cuando intentemos construir una democracia sobre cimientos sólidos. La Masacre de Avellaneda, otra reedición del matadero de nuestra historia, otra estación de su surco de sangre, lo puso en evidencia. Solo nos abriremos paso con uñas y dientes, con valentía e inteligencia. Sin miedo, porque el miedo espanta a la belleza. 

Si bien muchos de los sentidos que vinculamos con la figura de Darío aún habitan en los subsuelos y en los pliegues de la conciencia de un par de generaciones de militantes jóvenes, con desazón debemos asumir que hoy se hallan insertos en embutidos indescifrables. Han perdido terreno frente a otros sentidos y otros lazos. Otras intensidades, otros universos simbólicos, otras interacciones atraviesan a las organizaciones populares. No estamos seguros de su productividad. El mito de Darío, un mito vigente y con proyección, ha sido sometido a procesos de mixtura con otros mitos extintos o gastados pero que conservan cierta eficacia como asilo contra la incertidumbre. No es raro verlo en cruzas insólitas. 

Sabemos que el mito, inevitablemente, estuvo y está expuesto a los procesos de institucionalización y al conjunto de mediaciones culturales y políticas posteriores a la Masacre de Avellaneda. Estuvo y está expuesto a procesos de subjetivación estatal y a la re-configuración “desde arriba” de las organizaciones populares y movimientos sociales. El ejercicio crítico es indispensable para que el nombre de Darío aluda a los sonidos con los que puedan identificarse las y los jóvenes que quieran cambiar, en serio, este país. 

Aún así, el núcleo del mito de Darío no se diluye, no cristaliza en ninguna fórmula, mucho menos en las que aspiran a gobernar integrando frentes de centroizquierda, progresistas, o nacional-populares de amplio espectro y bordes imprecisos. El mito de Darío se resiste a las convenciones, apariencias y trampas de la política burguesa, a las “condiciones de normalidad” impuestas a partir de la Masacre de Avellaneda. 

¿Será verdad que todas las herencias son apócrifas? ¿Estamos condenadas y condenados a la malversación de toda cultura? En todo caso podría plantearse que algunos reclamos son más legítimos que otros, que hay requerimientos que están armados de argumentos más profundos y sólidos a la hora de la justificación. Estamos convencidas y convencidos de que en ciertos panteones la figura de Darío siempre lucirá desencajada, solo podrá producir fisuras e incomodidades.  

 

Muchas de las predisposiciones militantes actuales tienden a ser pragmáticas, centristas, “realistas”; tienden a calzarse el uniforme de representantes o de benefactores de las masas. De esta manera nos topamos con militancias que suceden en los marcos de las lenguas oficiales. Hablan clisés. Cultivan dialectos gerenciales y un rancio formalismo democrático. Prefieren gestionar las instituciones realmente existentes en lugar de sustituirlas (o en lugar de extirparle los sentidos incompatibles con los intereses populares). Confían en los decretos gubernamentales más que en la organización popular autónoma. En ocasiones, estas militancias se afincan en estadios corporativos y nutren la complacencia perezosa de las dirigencias que difieren el porvenir, frenando deliberada o inconscientemente los procesos de maduración política del pueblo. O, en sus peores versiones, reeditan el vandorismo y otras mugres. Por ahí, sospechamos, no supura ni arde la herencia de Darío.  

Ya, con una mínima distancia temporal de por medio (veinte años no es nada), podemos ver cómo el “extractivismo” operó sobre el cuerpo social de diversos modos. No sólo desde lo material, también se ensañó con algunas ideas y algunos afectos. Este vaciamiento produjo en una franja importante del activismo social y político popular un desinterés cada vez mayor por lo micro-político y lo subjetivo y, paralelamente, promovió la fetichización de la macro-política y la gestión estatal y los modelos verticales de dirección, lo que creó condiciones para la articulación de lo antagónico, para la integración subordinada de lo popular en el marco de proyectos ajenos (lo que dio lugar a un nuevo ciclo de despolitización de la sociedad civil popular). De a poco, muchos espacios que alguna vez funcionaron como usinas para una nueva radicalidad política, terminaron dispersos y/o subsumidos en una nueva liviandad política con sus narrativas correspondientes. Damos un ejemplo entre muchos posibles: si Darío y sus compañeras y compañeros no cejaron en la búsqueda de recursos para explicar el malestar social y para enfrentarlo (recursos materiales, sociales, políticos y simbólicos); si hicieron aportes muy valiosos a la inteligencia colectiva; hoy, una parte significativa de la dirigencia de las organizaciones populares y los movimientos sociales apela a San Cayetano y/o a un Estado estructuralmente neo-liberalizado. 

Para muchas organizaciones populares y muchos movimientos sociales se tornaron menos improbables (y menos descabellados) los escenarios de vecindad con los responsables políticos del asesinato de Darío y Maxi. Vecindad indirecta, mediada, o abierta. Vecindad con lo monstruoso. De ningún modo estamos sosteniendo que se trate de un efecto deseado. Simplemente conjeturamos que determinadas tramas y dinámicas políticas pueden conducir a esas inmediaciones. Sólo identificamos un riesgo (político y moral) derivado de una vocación de poder que se mueve en marcos estrechos, convencionales y, sobre todo, impropios. Una vocación de poder sin horizonte emancipatorio real que convierte a las identidades, a las ideologías y a los proyectos populares en rasgos accesorios de una flexibilidad infinita. De ahí a la abierta abdicación frente a las clases dominantes solo media un paso. 

Por su parte, los espacios donde los sentidos emancipatorios que unimos a la figura Darío se mantienen más congruentes, tienden a escindir lo micro-político de lo macro-político, la experiencia de base del proyecto general. Entonces, se trata de una congruencia abstracta, aparente. Por lo general, la riqueza de la experiencia micro-política no se condice con el carácter menesteroso de las opciones macro-políticas, la capacidad de invención social no concuerda con la monotonía de las instituciones convencionales. Aisladas y aislados en nuestras agonías pequeñas e íntimas, errantes en las sombras, seguimos fallando en la construcción de un proyecto a la altura de las mejores construcciones de base, las más autónomas, las más democráticas y las menos delegativas, las más anticapitalistas, las más antipatriarcales, las que mejor prefiguran el futuro socialista. 

Vale decir, pues, que la figura de Darío tampoco es compatible con la mala praxis de las sectas, o con la disposición de una militancia aturdida que se siente cómoda en la soledad y la derrota. Porque si existe el riesgo de diluir los sentidos emancipatorios que unimos a la figura de Darío en las participaciones –absolutamente necesarias– en los espacios resistentes más extensos, incluyendo algunos estatales, también existe la posibilidad de que estos sentidos calen hondo en estos espacios. 

Tal vez en el “extractivismo” arriba mencionado radique la auténtica “pesada herencia” del progresismo argentino: en las “amplias masas” que serializó, en la productividad social y política que despotenció y en el poder que le restituyó a las y los burócratas, a las punteras y los punteros y a todos los agentes del “neoliberalismo desde abajo” o del “neo-pauperismo”; también en su reemplazo de los espacios y dispositivos de experimentación política, social y cultural que se habían desarrollado espontánea y democráticamente en la sociedad civil popular por otros espacios y dispositivos típicamente estatales, mercantiles y verticales destinados a reproducir el sistema de dominación. Una forma de vaciamiento peculiar que abrió las puertas para otros vaciamientos en todas las esferas. Mientras tomó algunas iniciativas valiosas en el nivel macro-político y hasta permitió el desarrollo de algunas lógicas estatales reparadoras, el progresismo argentino estropeó las experiencias de base más excesivas, mutiló las palabras claves que habían nacido para cuestionar a fondo el statu quo, silenció las voces más autónomas y disruptivas. ¿Tenía (tiene) sentido esperar otra cosa, exigirle otra cosa? 

Por eso es una tarea imprescindible repensar el legado de Darío, los sentidos de una figura como la de Darío. Repensarlos para encontrar las formas más adecuadas de administrarlos en circunstancias históricas en que rigen tiempos políticamente uniformadores y no tiempos de impasse, unas formas que re-actualicen ese legado y esos sentidos pero que, al mismo tiempo, conserven sus núcleos innegociables. Repensarlos y reconstruirlos. También para liberar a Darío de los ejercicios retóricos y estéticos, de las significaciones superficiales y oportunistas y del culto de las sectas y las místicas intimistas. Para delimitar la parte más auténtica de esa herencia, la que remite a las fuerzas entretejidas de la vida, la que es memoria que trabaja para la cohesión popular y prolongada, la que es lenguaje fraternal y religante; la parte más disruptiva, la más nuestra. La parte que espera para ser re-activada, no para acompañar los proyectos “alternativos” de la gobernabilidad capitalista en la Argentina sino para impugnarlos.   

Debemos seguir buscando a Darío Santillán. Tenemos que hallar el modo más limpio de nombrarlo. 

nombrarlo. 

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Lanús Oeste, 25 de marzo de 2022

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(*) El texto forma parte del libro Darío y Maxi. 20 junios. La ilustración pertenece a Maximiliano Kosteki

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