La memoria rebelde

El 26 de junio yo estaba en el Puente Pueyrredón, junto a estudiantes y educadores de Educación Popular de la Universidad de las Madres de Plaza de Mayo. Veníamos de participar en una cantidad de movilizaciones -casi semanales- desde la pueblada del 19 y 20 de diciembre del 2001, en las que seguía encendido el fuego del Que se vayan todos, y se iba dando respuesta autónoma a la necesidad de resolver colectivamente las urgencias cotidianas frente a las políticas neoliberales que hambreaban y empobrecían al pueblo.

Ese 26 de junio, la brutalidad de la represión realizada por las fuerzas represivas, generó un caos que duró muchas horas, ya que después de sucedida sobrevino la búsqueda de compañeros y compañeras/es que se habían perdido, fugado, desaparecido. Las, los, les buscamos en comisarías, en barrios, en hospitales. Sonaban las alarmas a cada momento, informando de otra pérdida. En medio de ese dolor, del miedo que atravesaba a quienes sufrieron momentos tremendos de persecución, llegó la confirmación del crimen de Darío y Maxi.

A Darío lo conocía por su rol como vocero del movimiento piquetero, y por entrevistas que le habíamos hecho desde la radio. Era muy difícil creer que había sido asesinado un compañero tan joven y tan brillante. A Maxi lo fuimos conociendo después, a partir de las palabras y la memoria de sus compañeras, compañeros, amigas, amigos y familiares.

Todavía siento, cuando recuerdo esas jornadas y las que siguieron, exigiendo Justicia para Darío y Maxi, la rabia, el dolor, la indignación, la necesidad de no olvidarlos.

También recuerdo el desconcierto, debido a las diferentes miradas que recibíamos en los encuentros posteriores en la Universidad de las Madres, donde participaban muchos compañeros/es/as de distintas organizaciones piqueteras, que en un primer momento leían lo sucedido desde el lugar en el que se encontraban ubicadxs en el puente, en la estación Avelllaneda, o en las zonas cercanas, asumiendo en algunos casos los relatos que se hicieron desde los medios de comunicación hegemónicos que presentaban lo sucedido como un enfrentamiento entre movimientos piqueteros, y no como un crimen de estado.

Fueron fundamentales para develar los hechos, las fotos de Sergio Kowalewski, quien también era parte de la Universidad de las Madres, que permitieron que después surgieran otras fotos que habían sido ocultadas por las redacciones de los diarios, para evitar que se aclare la responsabilidad de la policía en la ejecución de Darío y Maxi. Posteriormente, la película “La crisis causó dos nuevas muertes”, aclaró con una investigación periodística minuciosa, el rol jugado por Clarín y los medios de comunicación hegemónicos para la construcción de la mentira encubridora de la represión.

La represión despiadada, y el crimen de Darío y Maxi en particular, tenían como objetivo escarmentar al movimiento piquetero y al pueblo argentino, para frenar la movilización, generar contradicciones, y producir enfrentamientos. A mi entender, fue parte de una política promovida por Duhalde, que se complementaba con la distribución masiva de asistencia social, y el adelantamiento de las elecciones. Se buscó con estas medidas desmontar la movilización que tuvo su momento más alto en las jornadas de Ya Basta del 19 y 20 de diciembre, con la exigencia de “Que se vayan todos”, que fueron precedidas por otras movilizaciones en las que ese levantamiento popular comenzó a tener saldos organizativos en el crecimiento de los movimientos piqueteros, las asambleas populares, procesos asamblearios que plasmaban su unidad, el crecimiento de las organizaciones campesinas e indígenas, de las fábricas sin patrones, de movimientos autónomos barriales y territoriales, y en ese contexto la multiplicación de los feminismos populares, a partir de la creación de espacios de mujeres y de disidencias, como parte de las organizaciones que hicieron la pueblada, y la formación de redes feministas que asumieron los procesos de enfrentar las políticas neoliberales, a través de la creación de proyectos autónomos de alimentación, trabajo, salud, educación, vivienda, ocupación de tierras, recuperación de territorios. Ollas y comedores populares, huertas comunitarias, fábricas sin patrones, tuvieron especialmente a las mujeres como protagonistas de la feminización de la resistencia.

El acceso al gobierno del kirchnerismo, institucionalizó esas propuestas políticas, buscando canalizar el descontento, desorganizando el clima de insubordinación que promovía el argentinazo, y generando expectativas en una parte significativa del campo popular, sobre las posibilidades de un cambio político desde el Estado.

Quiero destacar finalmente la importancia que tuvo la prisión de Franchiotti y otros responsables del crimen, como señal de No a la impunidad, y el haber mantenido viva la llama de la memoria, con las movilizaciones y cortes de ruta los días 26, y con disputas simbólicas importantes, como la recuperación artística de la estación hoy nombrada como Darío y Maxi.

 Desde ese mismo 26 de junio se dio una batalla cultural pretendiendo presentar tanto las jornadas del 19 y 20 de diciembre, como las movilizaciones y cortes de ruta protagonizados principalmente por el movimiento piquetero, como momentos marcados por el caos, que afectaba a los sectores clasemedieros, que pretendían una normalización de la circulación en la vía pública, olvidando lo que significó la pérdida de derechos promovida por las políticas neoliberales.

La disputa central de sentidos, tiene que ver con la valoración o la deslegitimación de la lucha y la creación popular

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La desvalorización del momento de lucha colectiva, la búsqueda de ocultar la situación del país, marcado por la crisis de las políticas neoliberales y sus impactos en la población, y por desprestigiar al movimiento que continúa apostando a las experiencias de poder popular, de confrontación con el sistema político económico social capitalista, colonial, patriarcal, tomaron fuerza en los medios hegemónicos de comunicación, y en los discursos políticos, no solo de los partidos políticos beneficiarios de la institucionalización de la protesta, como de quienes habiendo sido parte de esos movimientos, fueron cooptados e integrados en la dominación, volviéndose en muchos casos funcionarios, y siempre funcionales a las políticas de desmovilización, y de búsqueda de migajas que surgen del inexistente “derrame” de riquezas.

Estos procesos combinan el discurso hegemónico que estigmatiza las luchas, la protesta social, para deslegitimarla y reprimirla, con el aval de cierto consenso social, con la fragmentación del movimiento popular, y su aceptación de ciertas normas de clientelismo para procesar políticas dependientes del aporte estatal.

En el campo de las ideas transformadoras, revolucionarias, se dio también un corrimiento de los sentidos que buscaban animarse a proponer y realizar políticas basadas en el poder popular, en la autonomía frente al Estado, a políticas subordinadas a las lógicas estatales de asistencialismo y control del movimiento social.

La disputa central de sentidos, tiene que ver con la valoración o la deslegitimación de la lucha y la creación popular, y las posibilidades de impugnación del sistema, o la búsqueda de espacios dentro del mismo.

 Lo primero que destaco, es la potencia de los métodos de lucha colectivos: la movilización callejera, el corte de rutas que detiene temporalmente la circulación de mercancías, la asamblea como proceso político deliberativo, la acción directa, la autonomía frente al Estado, el asumir colectivamente la respuesta al hambre, al despojo, a la violencia patriarcal, capitalista, colonial, racista, represiva.

En segundo lugar, asumir el proyecto de poder popular, como síntesis de esas propuestas emancipatorias. El pueblo organizado como sujeto de la transformación social.

En tercer lugar, creo que en las figuras de Darío y Maxi hay un espejo para las/los/les jóvenes: asumir la participación política, la solidaridad de clase, la recuperación del trabajo, no solo como forma de supervivencia, sino también como recuperación de una cultura política que se aleja del pasatismo, el desinterés, el sálvese quien pueda, el individualismo posmoderno. Subrayo sus vidas como pedagogía del ejemplo, de la solidaridad, frente a las pedagogías de la crueldad, del egoísmo, como pedagogía de la libertad, frente a las domesticaciones por el miedo, la necesidad, la imposición de la cultura del silencio.

Además, de la experiencia de esos años, rescato el rol de las organizaciones populares como intelectuales colectivos, y de líderes jóvenes como Darío Santillán, que eran educadores populares, como intelectuales orgánicos de esos movimientos que tenían consignas como Trabajo, Dignidad, Cambio Social.

El lugar de la dignidad en la construcción colectiva, es fundamental para impregnar de valores, que no son pragmáticos, inmediatistas, los proyectos emancipadores. La dignidad es un valor que forja hombre, mujeres, disidencias, como sujetos históricos, capaces de poner sus vidas al servicio de causas colectivas populares, que dan perspectiva y posibilidad del cambio social.

En muchas intervenciones de Darío Santillan, realizadas en el calor de los cortes de ruta, él destacó que había también una continuidad generacional, en la recuperación de la memoria combativa de la generación del 70. Esa memoria rebelde, apasionada, va siendo retomada por las generaciones que hoy se miran en el ejemplo de Darío, Maxi, como experiencias vitales sembradas como semilla en la tierra fértil de las revoluciones que nos faltan, y que las haremos en las calles, en los hornos de barro, en las adoberas, en los bachilleratos populares, en cada lugar donde nacen brotes de la vida nueva.

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(*) El texto forma parte del libro Darío y Maxi. 20 junios. La ilustración pertenece a Maximiliano Kosteki.

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