La potencia humanística de Darío Santillán. Entrevista a Vicente Zito Lema

Vicente Zito Lema es uno de los intelectuales más importantes y reconocidos de la cultura de izquierdas de nuestro país. Es egresado de la carrera de Derecho por la Universidad de Buenos Aires y desde los años 60 se dedicó a combinar en espiral dialéctica campos como la poesía, el teatro y el periodismo, junto a la defensa de los presos políticos y la lucha por los derechos humanos. Unos días después del 26 de junio, en su carácter de rector de la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo, convocó a una clase pública compartida por docentes, estudiantes y organizaciones sociales para reflexionar sobre la represión. Recuerdo a Vicente afirmar que en el acto de Darío de quedarse en la estación de trenes para auxiliar a un herido (al que no conocía) y sabiendo que estaban matando, sintetizó uno de los dilemas más grandes de toda la historia de la filosofía política de occidente. Casi veinte años más tarde me encuentro con Vicente un día soleado caminando por las calles Banfield, el barrio de la infancia de su amigo Julio Cortázar, y le pregunto: ¿cuál es la vigencia de ese profundo acto ético-político de Darío Santillán para los tiempos que corren?

VZL: Es de una vigencia que se acrecienta. Es un acto de una potencia humanística difícil de entender porque no es lo frecuente. Lo vemos en estos días donde los discursos del odio, donde el enriquecimiento a costa de la destrucción física, espiritual, de los demás, no tiene límites. Si habiendo conocido la peste como la hemos conocido y creyendo algunos, entre los que me incluyo, que de semejante dolor universal (porque ocurrió en todas partes), había la posibilidad de generar nuevos vínculos amorosos, sociales, de instaurar, por qué no, una nueva forma de civilización, porque lo que estuvo en juego fueron las propias maneras en las que está estructurada nuestra civilización basada, lo sintetizo: en la destrucción de todo lo vivo. Es una civilización basada en la muerte más que en la vida. Y yo decía, después de la enorme cantidad de muertos y de tanto dolor, puede ser como un llamado general a construir otras posibilidades de vida. Y lo que veo, como suele pasar, es que hay una necesidad de olvidar, que casi es patológica por su desmesura, que entierra la memoria sea como sea, y la capacidad de construir (insisto con la palabra) vínculos fraternales, amorosos, donde la justicia y la belleza no sean algo extraño sino algo de todos los días. Y en este momento surge la dimensión de un ejemplo como de los últimos, por lo menos para las últimas décadas de nuestro país, la actitud de Darío Santillán.
Porque es una actitud de un nivel de profundidad que supera el comportamiento general de la sociedad, y que indudablemente me trae también a la memoria más reciente otro hecho que se le  emparenta, que es la desaparición y muerte de Santiago Maldonado. Que es de la misma dimensión, tal vez es más profundo el acto de Darío, en el sentido de que él mismo busca y desafía a la muerte por amor al compañero caído. En el caso de Santiago, también es muy potente porque él da su fraternidad, su compañerismo, su espíritu de lucha, a una comunidad relegada, abandonada, que es la comunidad de los pueblos originarios, en este caso el pueblo mapuche. Y son como excepciones tan potentes, que siguen aún en los instantes en que uno cree que la noche se vuelve eterna, uno sigue creyendo en la posibilidad de construir desde otro lugar la vida y organizar esa reproducción material de la existencia, sin que sea a costa de la vida de los demás. Creo que estamos viviendo niveles de antropofagia social de una crueldad que ya es de un nivel de exposición que se vuelve obscena. La crueldad de nuestra época es obscena y en esta crueldad generalizada, hay ejemplos que nos deben mostrar que lo excepcional puede ser posible. Pero no solo lo excepcional, es como un desafío: si alguien lo pudo hacer, otros más lo podremos realizar.

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Así es que en la historia de la humanidad siempre quedan los grandes ejemplos, se llame Cristo, se llame Eva Perón, se llame Ernesto Guevara, es decir, cada uno en su momento histórico y en su dimensión de desafiar lo instituido, desafiar al poder, y no como una voluntad de destrucción pura, no, todo lo contrario, sino de una postura dialéctica, humanística de destruir lo que está mal para construir el bien. Y no sin ética, sino con una ética profunda que guíe cada paso que hacemos. La violencia es algo tan contrario al amor que uno piensa que debe guiarnos, que cuando hay que llegar a ella, hay que hacerlo con un grado de responsabilidad ética absoluta, como bien lo marcara Ernesto Guevara. Y desde ese lugar la actitud del querido Darío Santillán es un ejemplo absoluto. Si se quiere ver desde la eficacia política, no tendría que haber hecho lo que hizo porque era un cuadro de una responsabilidad total, él era un verdadero líder de los movimientos sociales y con una carnadura política, una entrega y una formación que lo destacaba aún entre otros compañeros de gran valor. Él era responsable, no solo de sí mismo, sino de una organización. Entonces ve un compañero, uno más, porque no era un compañero de mucha trayectoria, era un compañero nuevo, que venía del arte, era un hombre sensible que se conmovía desde su espiritualidad artística pero que no estaba en el nivel de conciencia crítica militante que tenía Darío. Y, sin embargo, cuando Darío lo ve en esas circunstancias ve a un hombre, a un compañero, uno más, pero uno, en agonía, en soledad de la muerte y hace un gesto humanístico que trasciende con una fuerza que emociona aún al día de hoy. Y que aún los más miserables de las distintas épocas, los líderes del poder, de los medios de comunicación, los líderes de la política convertida en escoria, no han logrado ensuciar, porque existe como cierto límite final, no se animaron a negar su verdadera historia. No la harán pública, pero cuesta mucho no conmoverse, no sentirse emocionado en lo más profundo cuando uno ve la conducta de Darío Santillán. Pero también, quiero que quede claro, no es solo una cuestión desde el punto de vista espiritual (que es muy importante), sino también en lo concreto. No hay que olvidarse que Darío fue un militante con una conciencia crítica profunda, con un nivel de organización, con un nivel de construcción, con un nivel de formación completa, como un verdadero líder. Y como todo líder, deja huellas. Y como esas huellas están ahí, se convierten en un desafío para que uno las pise para que sigan vivas.

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(*) El texto forma parte del libro Darío y Maxi. 20 junios. La ilustración pertenece a Maximiliano Kosteki.

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