Fuimos hijos e hijas de un ciclo general de rebelión, una bisagra en la historia argentina

Mi nombre es Marianela Navarro, “Pini” para la mayoría de lxs amigos, compañerxs y hermanxs de lucha. Soy Militante del FOL, Organización social de izquierda de trabajadores y trabajadoras precarizados de extensión nacional que tiene más de 16 años de existencia en la construcción social y política dentro del sector. El 26 de Junio del 2002 era militante del MTR en el sur del conurbano. Por aquellos días tenía 21 años, igual que Darío, a quien conocí en las articulaciones de las distintas vertientes que dieron origen al movimiento piquetero, en la planificación de las acciones y en la calle, allí nacimos. Como miles de jóvenes de los barrios más pobres de todo el país, fuimos parte de una generación que se formó en plena resistencia al neoliberalismo y de rearme político y organizativo desde una posición anticapitalista. 

Pero la historia no comenzó con nosotros, existía un hilo de continuidad con la militancia revolucionaria de los 70 y las banderas de los 30 mil detenidos-desaparecidos. Teníamos como faro el ascenso de las luchas expresadas en las puebladas de Gral. Mosconi y “La República de cutral-co”, la intensa movilización popular de diciembre del 2001 y la experiencia de autoorganización del pueblo, con su demostrada capacidad de elevar el nivel de confrontación contra el Estado y en ello la posibilidad de construir alternativa emancipatoria. Un pueblo argentino que recuperaba su memoria histórica a pesar del tremendo sufrimiento de millones y una ofensiva en toda la línea perpetrada por las clases dominantes locales y los organismos internacionales de crédito. En definitiva, el mismo modelo aplicado en toda América Latina que dio origen también a un extenso movimiento de resistencia y heroicos levantamientos en todo el continente. Fuimos hijos e hijas de un ciclo general de rebelión que marcó un antes y un después, una bisagra en la historia argentina. No solo para el campo popular sino también para el poder político y económico que supo reconfigurar posteriormente el escenario político, sin afectar la estructura de explotación, “cambiar algo para que nada cambie”. La historia sigue confirmándonos tenazmente, una y otra vez, que el problema sigue siendo el capitalismo.

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El 26 de junio desde primera hora participé de la masiva movilización acordada entre todas las organizaciones. El ingreso de nuestra columna fue por avenida Mitre. Fuimos recibidos por una lluvia de balas y gases lacrimógenos, la gente no retrocedía a pesar del inmenso operativo represivo articulado entre todas las fuerzas represivas bajo las órdenes políticas del gobierno de turno. Tuvimos una decena de compañeros heridos con balas de plomo. Recuerdo ahora mientras escribo estas breves líneas, al compañero Coco, del Polo Obrero, que estaba al lado mío y recibió un balazo que le perforó la mandíbula. Entre varios compañeros se lo alzó y se lo retiró para curarlo. Muchos pañuelos de todos los colores, allí unidos juntos resistiendo. Así fue ese día. Sabíamos y sentíamos desde horas tempranas que ese día no iba a ser como cualquiera. Íbamos a una pelea, teníamos la adrenalina de cambiarlo todo. ¿Teníamos miedo? Sí, por supuesto, pero un miedo que no nos paralizaba, sino que nos mantenía en tensión y con convicciones firmes, tan necesaria siempre para mantener la visión general de la lucha que estábamos dando. Reprimidos y perseguidos por decenas de cuadras por las fuerzas represivas, recuerdo nos escondimos con un grupo de compañeros en una gomería, llevábamos un compañero herido de bala. El laburante dueño del local bajó la cortina y nos dió solidariamente cobijo. Ahí supimos que había muertos. Se había cometido la masacre. Se había cometido un nuevo crimen de Estado para intentar quebrar la resistencia de allí en adelante.

La respuesta popular no se hizo esperar, a los pocos días bajo una intensa lluvia, miles y miles volvíamos a cruzar el puente Pueyrredón custodiados a centímetros de nuestros rostros por la prefectura y la gendarmería. Se había cometido una masacre y el pueblo argentino lo tenía que saber.

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Creo que la disputa de sentidos acerca del significado del 26 de junio se da en el marco del sector territorial. No hay una disputa en términos sociales que atraviese a franjas que excedan al sector. Dentro del sector sí, hay organizaciones oficialistas que se apropian y muestran el 26 sólo como un hito de lucha contra el neoliberalismo. Aquellos que hoy son parte del gobierno y entienden que deben dar alguna pelea dentro del Estado ubican la contradicción allí. Desde nuestro punto de vista, por el contrario, Maxi y Darío expresan una contradicción más profunda, antisistémica. Desde ese lugar construimos nuestra reivindicación, desde un cuestionamiento al conjunto del orden existente.

En todo este periodo el movimiento social de desocupados y precarizados amplísimo que existe en la Argentina tuvo que atravesar numerosas encrucijadas, debates y parteaguas que en definitiva reconfiguran a trazos gruesos las actuales corrientes. El revisionismo, el autonomismo, el reformismo, el excesivo ideologismo, el economicismo, la cooptación estatal, la institucionalización y la tremenda atomización. Faltó, claro está, unidad. Y un programa positivo de acción, que pudiese dar un cauce alternativo al capitalismo de y para la clase trabajadora. Esto es parte del derrotero que nos trajo hasta acá.

Darío y Maxi representan muchas voluntades sintetizadas en una, representan una apabullante legitimidad. Nos convocan una y otra vez a remover el polvo de los hombros, y volver una y otra vez al polvo de tierra de los barrios. No son asimilables sus banderas de rebeldía con los cómodos sillones estatales ni con las componendas gubernamentales.

Porque Darío y Maxi son las y los de abajo, son bandera de lxs jóvenes humildes, de las primeras líneas de todo el continente, de las mujeres y las familias más pobres, estén donde estén. Son lxs desposeídxs y olvidadxs, que luchan por la vida que realmente nos merecemos.

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Finalmente, la historia actual nos exige reafirmar los principios y repensar las estrategias de lucha, las formas de acumulación, la batalla cultural ante el crecimiento de la derechización. Con la mitad de la Argentina debajo de la línea de pobreza y con un nuevo pacto entre el gobierno y el FMI que solo causará más penurias, sufrimientos y entrega de nuestra soberanía nacional, sólo queda organizarse. De forma exponencial crecerán los excluidos en el mundo. No hay salida dentro de este sistema. O luchamos o luchamos.

Ahora quizás no tan jóvenes, quizás más maduros, pero con la enérgica juventud y el coraje que nos enseñaron Darío y Maxi. “Luchar, fracasar, volver a luchar, fracasar de nuevo, volver otra vez a la lucha, y así hasta la victoria” (Mao Zedong).

(*) El texto forma parte del libro Darío y Maxi. 20 junios. La ilustración pertenece a Maximiliano Kosteki

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