Las jornadas del 26 de junio expresaron proyectos emancipatorios con una gran carnadura social

El 26 de junio quienes formábamos parte del MTD Aníbal Verón de Berisso nos habíamos convocado para participar de la jornada de protesta que tendría como epicentro el Puente Pueyrredón. El nuestro era un movimiento que se había conformado recientemente, en febrero de 2002, y habíamos acordado ir de a poco con las y los compas nuevos. La jornada de lucha pintaba feo por el clima represivo que alentaba el gobierno y los grandes medios de comunicación, por eso habíamos decidido dividir la delegación. Los hombres, los más jóvenes irían al puente y las compañeras y los compas más veteranos, manifestarían en Plaza San Martín, en La Plata. Por aquel tiempo, el MTD estaba implantado en dos barrios, La Nueva York y Villa Progreso, donde vivían compas que provenían de los talleres infantiles de finales de los 80. Esa fue la base de nuestra organización. 

Ese día lo arrancamos en la Nueva York y nos juntamos en la casa donde vivía Luis Burgos (Wichi) y su mamá Martina, que era el lugar donde se hicieron las primeras reuniones del MTD Berisso. Pero tuvimos diversos inconvenientes, hubo compas que se demoraron y llegamos tarde a Plaza San Martín que fue nuestro punto de concentración. En el momento que salíamos para el puente escuchamos en la radio que había comenzado la represión. Nos comunicamos con los compas que estaban en el puente, recuerdo que hablé con Pablo Solana, y nos avisaron que se estaban retirando. En otra conversación posterior me confirmó que el Darío Santillán, que los medios identificaban como fallecido, era el Darío que nosotros conocíamos. Decidimos cortar la calle 6 frente a Gobernación, en esa primera actividad de repudio a la represión participaron también compas del sector estudiantil de Quebracho, que tampoco habían llegado al puente. Después el corte se trasladó a 7 y 50.

Las sensaciones de ese día fueron muy fuertes. Habíamos estado hablando toda la semana de la importancia de estar en el puente. De que había que reafirmar la voluntad de seguir luchando frente a todos los aprietes y advertencias del gobierno. La discusión de fondo ya no eran los planes sociales, que el gobierno de Duhalde estaba concediendo, sino si esos planes serían utilizados por los punteros políticos para reforzar su aparato clientelar, o para nutrir organizaciones como las nuestras que luchaban por Trabajo, Dignidad y Cambio Social. Había que estar y no habíamos estado. Nos sentíamos muy mal, avergonzados. Y encima habían matado a Darío, a quien conocíamos en Berisso.  
Yo lo conocí a Darío gracias a Nancy Slupski y Sergio Nicanoff, con los que habíamos militado a principio de los 90 y se habían integrado al MTD de Brown. Ellos lo arrimaron a una actividad del Encuentro de Organizaciones Sociales y otra de la COOPA, la Coordinadora de Organizaciones Populares Autónomas. Cuando nos vinculamos a la Coordinadora Aníbal Verón, fue el MTD de Brown y Darío quienes nos acercaron los primeros planes sociales. A Maxi Kosteki no lo conocía, sí fugazmente a su mamá, Mabel, que era lectora voluntaria de la Biblioteca de Ciegos que habían organizado los Autoconvocados de Glew. Tanto en Glew, como en Berisso y otros lugares del país, pequeñas organizaciones territoriales organizadas en los 90 habían mutado a organizaciones piqueteras.

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Darío y Maxi se convirtieron en mártires populares. La masacre de Avellaneda ya es parte de la historia de nuestro pueblo. Como sucede con todo lo que es valioso para la memoria popular, no faltan quienes quieren apropiarse de esos símbolos para reforzar su dominación. Sucedió con nuestra bandera nacional, con San Martín, Güemes, Juana Azurduy, con el 17 de octubre de 1945 y el Cordobazo.    

La masacre de Avellaneda se decidió, en los días previos, en una reunión de gobernadores justicialistas en La Pampa. Aníbal Fernández era el secretario de la Presidencia de Duhalde. La forma en que fueron ejecutados los crímenes del 26 de junio de 2002 fue documentada en la excelente investigación publicada como Darío y Maxi. Dignidad Piquetera. Allí están identificados los responsables materiales y políticos. Esas evidencias dejan muy mal parados a protagonistas actuales de la política nacional. Con respecto a por qué luchaban los que fueron al Puente Pueyrredón, hay que remitirse a los documentos de las organizaciones de esa época. Darío y Maxi luchaban por el Cambio Social, un concepto que prefiguraba el socialismo.

Advierto con tristezas que algunas banderas que llevan los nombres de los compañeros han cambiado de vereda. No supone deshonestidad cambiar de opinión, imaginar otras alianzas o hacer otras apuestas políticas. Pero sí traficar banderas y símbolos que se gestaron en otros proyectos políticos. Quienes han renunciado a la lucha por el Cambio Social, o comparten alianzas con quienes fueron responsables de la Masacre de Avellaneda, no deberían usar las imágenes y los nombres de los compañeros.
Sólo quisiera agregar que la disputa sobre los sentidos del 26 y sus referencias emblemáticas no es permanente. Son como olas que aparecen y se van. En los últimos días, a raíz del acampe en la avenida 9 de julio, casi toda la plana mayor del gobierno y de la oposición de derecha se ha pronunciado contra los desocupados que reclaman en las calles y cuestionan la gestión de planes sociales por parte de las organizaciones. El discurso es muy parecido al de Duhalde en las vísperas de 2002. Hasta tiene el ingrediente de que reaparece Luis D´Elía para buchonear a los que se movilizan.

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Creo que lo más importante de las jornadas del 26 de junio, era que allí se expresaba un fuerte contenido emancipatorio que estaba muy presente en algunas organizaciones. Se disputaban planes sociales, y quién los gestionaba, pero estaba muy fuerte la decisión de cambiar la sociedad. Más allá del discurso que era bastante sencillo había prácticas prefigurativas en el plano de lo productivo, de la toma de decisiones, de los intentos por formar políticamente a todas y todos los compas para que pudieran aportar en todas las discusiones. Se insistía mucho en que el plan social era apenas un ingreso que ayudaba a vivir, pero que lo más importante era qué hacíamos con el tiempo que se dedicaba a la organización. Por ejemplo, qué se hacía con las contraprestaciones, los trabajos de los que se rendía cuentas al Estado. Se organizaban comedores, pero también huertas, bibliotecas, bloqueras, herrerías, textiles, talleres con niños, etc. Además de lo de Berisso, conocí bastante bien el MTD de Brown, el de Solano y el de Lanús. Eran construcciones sociales muy sólidas. El grupo de pibes y pibas que animaban el MTD de Brown era excepcional. Era lo más parecido a los grupos de jóvenes activistas sindicales que había conocido en los años 74-75 que encabezaron la gran alza de huelgas obreras de aquellos años. Esos chicos eran unas esponjas. Recuerdo que un par de veces nos juntamos en la casa de Miguel Mazzeo con un grupo de ellos, entre los que estaba Darío, y se discutía de todo: de política, de otros procesos latinoamericanos, de los años 70.

Sobre lo que sucede hoy, puedo hablar de lo que más conozco, y con límites de tiempo porque milité en organizaciones territoriales hasta mediados de 2020. La pandemia contribuyó a que las distintas realidades organizativas se encapsularan en sus territorios, por lo que resulta más difícil aún hablar en general. Creo que el movimiento piquetero ha transitado un proceso muy parecido al de un sector del sindicalismo en los años 60. Creció la integración al Estado y la importancia de las disputas reivindicativas por sobre los contenidos emancipatorios. Hay movimientos que no han abandonado las calles y siguen disputando contra los gobiernos de turno. Pero, como sucedió con el sindicalismo combativo, sólo luchar no genera automáticamente prácticas emancipatorias. Los discursos, incluso los discursos autonomistas, no resuelven la cuestión de la dependencia del Estado. Como contracara de esas experiencias, conozco otros movimientos que han hecho avances importantes en la construcción de la autonomía sobre una base productiva, pero con enormes dificultades para despegar, en lo político, de las propuestas oficialistas. Conozco poco las realidades de las construcciones territoriales de los partidos de izquierda, pero sospecho que los liderazgos tienen más que ver con la resolución de cuestiones reivindicativas que con compartir un proyecto político.

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Completando el panorama, recuerdo que el 26 de junio de 2002 no todas las organizaciones convocaron al Puente Pueyrredón. Había quienes habían atado acuerdos políticos con Duhalde y aceptado integrarse a los concejos consultivos de las intendencias para decidir a quiénes se otorgarían los planes. Esa postura política conciliadora se ha mantenido en el tiempo y, como ocurrió con el sindicalismo, algunos ladran para negociar y otros ni siquiera ladran. El muy buen vínculo que actualmente tienen algunas organizaciones sociales con “los gordos” de la CGT, ahorra comentarios.

Poniendo blanco sobre negro, creo que en las jornadas del 26 de junio de 2002 se expresaron algunos proyectos emancipatorios con una gran carnadura social. Creo que hoy eso está más difuso, al punto que las bases sociales de algunos movimientos pueden ser intercambiables. El neoliberalismo no nos pasó por debajo de la mesa.

Quienes hemos tenido responsabilidades en las construcciones territoriales, también los tenemos con respecto a los errores señalados. Rescatando a quienes se han mantenido luchando en la calle, o tratan de crear autonomía desde lo productivo, el sentido de la crítica es de advertencia. La despolitización hace vulnerables a los movimientos que siguen luchando. En estos últimos veinte años, destruir a los movimientos territoriales más combativos ha sido un objetivo de las clases dominantes en la Argentina.

Recuperar la memoria histórica de lo sucedido el 26 de junio de 2002 es importante. Es tan importante como recordar todas las experiencias en que nuestro pueblo enfrentó a los opresores. La derecha siempre ha tratado de fracturar el pasado popular. Como decía Rodolfo Walsh: “Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan ni héroes ni mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores. La experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia aparece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las cosas”.

Recuperar las mejores experiencias territoriales de nuestro pueblo es tan valioso como recuperar las mejores luchas obreras. Sólo podrán promover transformaciones revolucionarias quienes se hagan cargo de esa historia, reivindiquen sus mejores experiencias y sinteticen sus mejores conclusiones. 
(*) El texto forma parte del libro Darío y Maxi. 20 junios. La ilustración pertenece a Maximiliano Kosteki

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