Pragmatismo hardcore

Está en curso una reconfiguración del escenario político que tiene su fundamento en el fracaso de la administración del Frente de Todos. Dentro de las internas feroces hay movimientos que hablan de cambios bruscos y que tienen un eje (des) ordenador: la crisis. 

Nuevo consenso

Cuando la figura de Javier Milei irrumpió en la escena política se dijo que la ultraderecha liberal más que un partido era una agenda. El devenir de esa extravagante formación política parece confirmar tanto una cosa como la otra. Después del fiasco del acto en El Porvenir —caída de imagen de por medio— Milei tuvo un fallido aterrizaje en Córdoba: apenas arañó las mil personas en un acto en la Docta. Sin embargo, su misión está bastante cumplida: la necesidad de un ajuste e incluso de un shock parece un consenso transversal que atraviesa a las principales coaliciones políticas como único camino para salir del atolladero en el país de la hegemonía imposible. Hacia 2023 no se discuten propuestas o programas por la positiva, sino quien le pone el cascabel al gato, bajo un eufemismo muy conocido en la historia argentina: un “programa de estabilización”.

En ese contexto, no importa el contenido de la reunión de Cristina Kirchner con Carlos Melconian. Podrían haber hablado de la sexualidad de los ángeles o de la pasión por Racing Club que el economista compartía con Néstor Kirchner. Para este caso valen todas las frases trilladas de la semiótica o de las teorías de la comunicación: “el medio es el mensaje”; “una imagen vale más que mil palabras”, etc. 

“Melco” dejó de ser un pintoresco narrador mediático del credo neoliberal con lenguaje barrial, para transformarse en un intelectual orgánico de una de las instituciones empresariales más reaccionarias del país: la Fundación Mediterránea y su Instituto de Estudios sobre la Realidad Argentina y Latinoamericana (Ieral).

Creada en 1977 por Don Fulvio Pagani, dueño del Grupo Arcor, y Don Piero Astori, titular del grupo homónimo tenía el objetivo de consolidar un centro de estudios que pudiera agrupar a cuadros liberales para planificar un modelo de país que sirviera a sus intereses. En los orígenes estaba conformada por un conglomerado de empresas que buscaban actuar como grupo de presión para bajar los costos adicionales que implicaba producir en el interior. En la década del ‘80, a medida que incorporó el financiamiento y participación de grandes empresas, pasó a ser protagonista clave del avance neoliberal. Su hijo más tristemente célebre fue Domingo Felipe Cavallo. 

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Después del 2001 sus huestes entraron en cuarteles de invierno porque habían aportado parte del “marco teórico” de la destrucción del país en los años ‘90. El fracaso del gobierno de Mauricio Macri los empujó nuevamente (como a la AEA) a levantar el perfil. 

La receta de Melconian no tiene muchos secretos ni es novedosa: ajuste fiscal salvaje y flexibilización laboral. No es necesario reunirse en privado con el estridente economista para conocer sus ideas porque se encarga agitarlas a grito pelado ante cualquier micrófono que se le ponga enfrente. Por lo tanto, la reunión sólo cobra sentido como mensaje político: aunque no haya acuerdo en todo, se reconoce que “algo” de racionalidad habita en la hoja de ruta de la nueva estrella de la Fundación Mediterránea. Para el establishment alcanza y sobra.

La reunión con Melconian coincidió con el ataque a los llamados “movimientos sociales” en el plenario de la CTA que conduce Hugo Yasky y su propuesta de que el Estado recupere el “monopolio” de la asistencia social. Esto es que los gobernadores e intendentes tomen el control en detrimento de los “movimientos sociales”. Otra música para los oídos de la derecha y el empresariado.

El nuevo giro de Cristina Kirchner trajo los ecos de aquella entrevista brindada por Guillermo Calvo en julio de 2019 al portal chileno Diario Financiero. El economista argentino y académico de la Universidad de Columbia consideraba que “Cristina es lo mejor que le puede pasar al país” porque “va a aplicar el ajuste con apoyo popular, culpando al gobernante previo”. La mitad de la audaz profecía de Calvo se cumplió con la administración del Frente de Todos que aplicó parte de ese ajuste, aunque sin mucho “apoyo popular”. Sin embargo, desde su perspectiva, el ajuste fue necesario pero no suficiente. 

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Cristina Kirchner quiso “tercerizar” la tarea en Alberto Fernández porque también era cierto lo que Emmanuel Álvarez Agis, exfuncionario de Economía bajo el último kirchnerismo y titular de la Consultora PxQ había sostenido cuando se armó el FdT: “Alberto está a la derecha de Cristina y a la izquierda de Macri”, precisamente por eso “Cristina eligió a Alberto porque (éste) puede hacer la política económica que ella podría apoyar pero no implementar”.

Pero, como escribí en La hegemonía imposible, Alberto Fernández “quiso ser demasiadas cosas a la vez: un poco el Raúl Alfonsín del universalismo democrático y el Perón de la unidad de los argentinos; un poco socialdemócrata y un poco peronista; soñaba con Néstor y se despertaba con Duhalde; añoraba el 2003 y lo acechaba el 2001; quiso ser amigable con sus adversarios y garantía para sus aliados; hombre común y a la vez, experimentado en los mecanismos secretos de la ‘rosca’; pendenciero en la burbuja de Twitter y amable anfitrión con el cafecito siempre listo para el diálogo; quiso ser el nuevo líder de los ‘machos alfa’ del peronismo y el mejor aliado que ponía fin al patriarcado; el más fiel y el más independiente; adversario íntimo de Cristina Fernández y su mejor alumno; el primer soldado de la cuarentena estricta y el que escondía festejos imprudentes en las trastiendas de Olivos en el peor momento del encierro general.”

El pragmatismo hardcore que —concentradamente— está practicando la Vicepresidenta y que incluye pejotización forzosa, nuevo giro al centro y señales de diálogo con el establishment, ¿tiene lugar para asumir la tarea en primera persona? El tiempo dirá.

Algunos atribuyen la famosa “resiliencia” del peronismo a la combinación de dos factores: estructura de poder y signo de los tiempos. Así fue que su sobrevida tuvo lugar porque se “alfonsinizó” durante la década del ’80 del siglo pasado con la Renovación finalmente birlada por Carlos Menem que era un renovador sui generis; se hizo neoliberal en los ’90 con el riojano a la cabeza y mutó en progresista luego de la crisis de inicio de siglo y en sintonía con los progresismos latinoamericanos. 

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Hace más de diez años, Juan Carlos Torre lo definía de la siguiente manera: “El peronismo se sostiene sobre un electorado fiel, contra viento y marea, cualquiera sea la oferta desde el vértice peronista y que nunca está por abajo del 35% de los votos. Ese peronismo podemos caracterizarlo como el ‘peronismo permanente’. Ahora bien, a él se suma lo que el peronismo obtiene cada vez que, con esa agilidad que le es propia, se sintoniza con el clima de la época, y es lo que yo llamo el ‘peronismo contingente’.

De aquel tiempo a esta parte, mucha agua corrió bajo el puente. En primer lugar, fue cuestionado el peronismo “permanente” debido a sus últimas derrotas electorales. El mismo Torre puso en duda su tesis cuando en 2017 se preguntó si al peronismo finalmente le había llegado “su 2001”. Fundamentaba su hipótesis en un estado de fragmentación de las bases populares del peronismo que no hizo más que desarrollarse.

En segundo lugar, si algo caracteriza al “clima de época” es la crisis. Es tan cierta la vuelta de los progresismos en modo bajas calorías como la polarización que atraviesan los países. La “moderación dentro de la moderación” y los híbridos de las coaliciones son un “homenaje” a la crisis. Fenómenos que se expresan tanto en los límites que rápidamente encontró de Gabriel Boric en Chile o en el sistema de alianzas de Lula en Brasil, como en la revuelta ecuatoriana contra un programa que parece escrito por los cráneos de la Fundación Mediterránea. 

Las crisis —decía el filósofo oriundo de Lomas de Zamora, Eduardo Duhalde— son esos momentos en los que “todos tienen razón”, aunque inmediatamente agregaba que no se le puede dar la razón a todos. También son momentos propicios para quienes practican con llamativo éxito el perturbador arte de equivocarse.

Fuente: Newsletter de Fernando Rosso

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