Los movimientos y la política: sin calle no hay como garantizar la urna

En 2013 estuvimos en las calles. En aquel año, el Movimiento Passe-Livre (MPL), articulado desde 2005, convocó a manifestaciones masivas contra el aumento del precio del transporte público en diferentes municipios y estados brasileños. La brutal violencia policial, movilizada a cada acto para reprimir a los manifestantes, tenía el efecto de doblar el tamaño de la protesta siguiente. Y de la tarifa, la demanda fue ampliada a una mayor transparencia en el sector de transporte; después, para la revisión de los lucros de las empresas. “Mañana va a ser mayor” es el grito que sonaba más alto y en cada acto, no era un bluf. Retrataba la toma de consciencia de la necesidad de ocupar las calles. No era por 20 centavos de aumento del pasaje, era por derechos.

Pero el deseo de participación y de acción política directa de millares de brasileños fue interpretado como traición por los partidos de izquierda, que de esta vez no estaban delante de las protestas.

Al mismo tiempo, la derecha, acostumbrada a apropiarse de cualquier cosa en beneficio propio, fue habilidosa en percibir la fuerza de las calles y direccionar la agenda política por el vacío discurso de enfrentamiento a la corrupción.

Rápidamente, los gritos de “sin bandera” (rechazo a las instituciones), declaraciones en la prensa de que las manifestaciones eran apartidarias, y la violencia contra personas vestidas de rojo aumentaron en las protestas. Volvimos para casa asustadas, prácticamente pidiendo disculpas al PT, que acusaba a los movimientos de renovación política de la izquierda de que estábamos al servicio de la derecha. Y por W.O. la derecha ganó las calles.

El secuestro de las calles por parte de la derecha también creó una oportunidad para que floreciera con fuerza una serie de descontentos de las élites con los avances, en el gobierno Lula, de los derechos de los sectores más vulnerables, y un odio virulento de clase. Las conquistas del movimiento negro de cuotas raciales para el ingreso a la universidad pública, por ejemplo, o la aprobación de derechos laborales a las empleadas domésticas, sumadas al acceso de la población periférica a los bienes de consumo, irritó a la clase media racista, que se formó históricamente a partir de privilegios y de la exclusión de negros y pobres forjados como “el otro” de la sociedad brasileña. Hija de empleada doméstica en la universidad pública, o pobre andando de avión, no se podía tolerar.

En 2014, tuvo inicio la operación Lava Jato que, hiriendo preceptos de la democracia brasileña, persiguió a personas bajo el pretexto de denuncias de corrupción en el gobierno, lo cual se extendió hasta 2021. El Movimiento Passe-Livre (MPL), que había inaugurado las protestas en las calles por derechos sociales el año anterior, perdió espacio en la escena política y surgió una parodia de derecha, el MBL (Movimiento Brasil Livre), que surfeó en la institucionalidad haciendo el discurso antisistema.

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Aun así, a pesar de todos ellos, la presidenta Dilma Rousseff, del Partido dos Trabalhadores y sucesora de Lula, fue reelecta en aquel año. Vencimos en las urnas. Pero como la calle continuaba siendo de ellos, en 2016 sufrimos un golpe que derribó a Dilma y se profundizó con la prisión de Lula, la mayor víctima de la operación Lava Jato y de la confabulación de la derecha con los intereses políticos de los militares y de los EUA.

Y hoy, en 2022, estamos una vez más enfocados en las urnas y negligiendo las calles.

Un año después de la victoria de la derecha en las urnas, un nuevo proceso de articulación política empezó a formarse en Brasil: organizaciones, entidades, grupos y colectivos del movimiento negro brasileño crearon la Coalición Negra por Derechos para enfrentar el racismo que, diariamente, condena a muerte a centenas de negras y negros en todo el país. Un levantamiento contra el amplio espectro del odio racial, de género y clase que marca al gobierno Bolsonaro.

He oído de sectores diferentes de la izquierda brasileña que la Coalición Negra por derechos fue el cambio más importante que ocurrió en Brasil en los últimos años. Eso me preocupa. No porque la Coalición sea un problema. Sino porque aún no somos un movimiento de masa y porque estamos, infelizmente, lejos de eso.

En 2019, los movimientos negros se unieron para incidir en la política nacional e internacional y resistir, por medios burocráticos, a los desmanes de un gobierno autoritario. Interrumpimos los intentos de retroceso en las políticas afirmativas de ingreso de personas negras a las universidades públicas; seguimos de cerca las investigaciones del asesinato de la concejala negra Marielle Franco en 2018 (asesinada por milicianos en Rio de Janeiro), apoyamos a las comunidades quilombolas de Maranhão en la defensa de su territorio, que es codiciado por militares brasileños y norteamericanos para la construcción de bases de lanzamiento de cohetes. Y, más importante que todo eso, dimos un salto organizativo hacia dentro.

Actualmente somos más de 230 grupos negros en todo el país, trabajando por la construcción de una agenda política de defensa de los derechos y del enfrentamiento al neoliberalismo. Articulamos la campaña “Hay gente con hambre” que, a partir de la distribución de comida en la emergencia de la pandemia del Covid 19, promovió educación política en territorios negros y periféricos esparcidos en todos los estados brasileños. Nos reunimos semanalmente para debatir la coyuntura y tomar decisiones colectivamente. Y convocamos a actos no apenas contra Bolsonaro, sino también para denunciar e interrumpir el genocidio negro en el país.

Y, aunque reconozca los avances, afirmo que todavía es poco. Que solo tendremos la oportunidad real de disputar una sociedad justa e igualitaria, libre de racismo y machismo, promotora del bien vivir, cuando seamos un movimiento negro de masas.

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Entonces me pregunto sobre 2022. Sin dudas, elegir personas negras es importante. ¿Pero ese debe ser nuestro enfoque prioritario? ¿Cuánto cada mandato ligado al movimiento negro acumula para el movimiento en general, y para la necesaria transformación de la realidad social del país?

En marzo de este año estuve en una comitiva de organizaciones que componen la Coalición en Colombia y en Chile. Testimoniamos la recta final de la campaña a las previas de Francia Márquez, antes de que ella obtuviera el 15% del total de votos para presidente en el país, y también la toma de posesión de Gabriel Boric en Chile, precedida por el acto del 8 de marzo en las calles de Santiago. Estar en medio de más de 350 mil mujeres ocupando las calles me hizo recordar las manifestaciones de junio de 2013 en Brasil, y ofreció respuestas de por qué el gobierno chileno se puede declarar feminista.

Aún con todas las dificultades, las huelgas y manifestaciones en las calles de Colombia, las ocupaciones de escuelas, huelgas y paseatas en Chile fueron fundamentales para disputar la sociedad y obtener resultados electorales. Y la ampliación de las calles puede garantizar gobiernos de izquierda que abrirán caminos para América Latina.

Aquí en Brasil, además de derrotar a Bolsonaro en las urnas, al elegir Lula (el candidato del PT está en primer lugar en los sondeos de intención de votos), necesitamos sustentar el resultado electoral y ampliar nuestra agenda política a toda la población. ¿Cómo la Coalición Negra por Derechos puede expandir su actuación territorial? ¿Cómo retomar el aumento del número de escuelas ocupadas por los estudiantes de secundaria en 2015? ¿Cómo apoyar al Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) en el enfrentamiento al agronegocio, que mata trabajadoras y trabajadores rurales todos los días? ¿Cómo garantizar la posesión de tierras y el fortalecimiento de las comunidades, niñas y mujeres indígenas, y percibir en los pueblos originarios la sabiduría política fundamental para que la vida de la humanidad aún sea viable en la Tierra?

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El discurso de renovación política se transformó hasta en nombre de partido en Brasil, el Partido Novo, que se dice nuevo al reproducir viejas prácticas. El propio presidente miliciano Bolsonaro, que fue diputado durante 30 años, discursa contra la vieja política y se pone como alternativa.

¿Cómo entramos en el juego para disputar, de verdad, el corazón del pueblo? La confianza que todas tenemos en Lula es insuficiente para garantizar la retomada del país. Necesitamos elegir a Lula y necesitamos más.

Desenterrar los fantasmas de 2013 puede ayudarnos a comprender la necesidad de apertura hacia una nueva cultura política – más participativa, más feminista, más negra, más indígena, más al día con las posibilidades de comunicación en red, en conexión verdadera con la demanda por autenticidad en la política. El lema de la campaña de Francia Márquez, “Mujeres negras, de la resistencia al poder, hasta que la dignidad sea costumbre”, nos recuerda cómo el acúmulo de los movimientos de mujeres negras que influenció toda América Latina abrió las posibilidades de análisis y transformación del mundo. Las mujeres que resisten al machismo y al racismo son las que cuidan de las personas, de las aguas, del suelo, y necesitan estar en el poder. No para que inviertan su posición en una lógica de desigualdad y pasen a ocupar la cumbre, sino para que contribuyan a la promoción de la igualdad, justicia y derechos para todo el mundo. Esa era la agenda política de Marielle Franco al ser asesinada con cuatro tiros en la cara en marzo de 2018.

Cuatro años después, no saber todavía quien mandó a matar a Marielle nos muestra cómo la verdad y la justicia sobre el asesinato de una parlamentaria negra no es prioridad en Brasil. Ni para el gobierno miliciano cercano a los acusados de la ejecución del crimen, ni para la izquierda que dice querer derribar a Bolsonaro, pero que ignora el tema que más desestabiliza el presidente y sus hijos. ¿Quién mandó a matar a Marielle, al final?

Fuente: Fundación Rosa Luxemburgo

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