Sobre diálogos y asesinatos

“Yo sé que hay gente que me quiere

Yo sé que hay gente que no me quiere”

Silvio Rodríguez

Una vez mas la máquina de muerte del bolsonarismo produjo otra víctima. Ahora fue el compañero Marcelo Arruda, militante del PT de Foz de Iguazú, asesinado en su fiesta de cumpleaños. Una vez más, la máquina fascista intenta encubrir el crimen con el discurso de que se trata de una guerra contra la izquierda y el peligro del comunismo, contra las fuerzas del mal, contra los enemigos de la nación y de la familia

El odio fascista ciega lo más evidente. El defensor de la familia ataca a tiros una fiesta de cumpleaños, con niños y familiares. El odio ciego ve una amenaza a la nación en la decoración de una fiesta de cumpleaños que remite a un candidato y un partido que ha elegido un camino institucional y pacífico de disputa política. Las fuerzas del mal cantaban “que los cumplas feliz” y el ciudadano de bien entró disparando.

El miliciano que ocupa la presidencia emite una nota en la que afirma que quien defiende la eliminación física de los opositores debe ir para la izquierda, pues esa es la que defiende la violencia. El mismo fascista que ha afirmado innumerables veces que eliminaría a la “izquierdalha”, defiende la tortura y homenajea a torturadores, que hace gestos de armas y ejecuciones en actos públicos, que toma fotos con armas en la cintura o portando fusiles y que predica abiertamente, bajo la mirada complaciente de las instituciones de la República, un golpe de Estado.

Como la intención de encubrir el acto bárbaro y criminal, las hordas bolsonaristas pasan la ofensiva recreando la farsa que busca atribuir a las fuerzas de izquierda y centro-izquierda la iniciativa de la guerra y de la violencia, transformándose a si mismos en ciudadanos del bien en legítima defensa del orden contra bárbaros sanguinarios. En esta dirección, desentierran frases fuera de contexto, como las de José Dirceu, del MTST, del MST, de la CUT, en momentos de la reacción al golpe de 2016. Entre ellas, volvió a la atención una de sus preferidas: el final de una charla mía en un encuentro sindical, en 2015, en la cual termino citando un poema de Bertold Brecht direccionado a los partidarios del nazismo que, después de evidenciada la barbarie de la guerra, se les decía buenas personas, a los que el poeta alemán ofrece, entonces, una buena bala, una buena pala y una buena tumba.

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En aquel momento, las fuerzas de derecha iban a las calles, colgaban muñecos de Lula y Dilma ahorcados en los viaductos, llevaban camisetas con la cabeza arrancada del expresidente y señoras de la mejor sociedad afirmaban que la dictadura erró por no matar a Dilma cuando tuvo la oportunidad. Era la previa para el golpe que vendría un año después. La presidenta declaró entonces que estaba abierta al diálogo con las fuerzas de extrema derecha, en el mismo momento que no recibía los llamados de las fuerzas de izquierda que la apoyaban y exigían cambios en la política económica y en la dirección de su gobierno. Mi larga charla de análisis de coyuntura pronunciada en el encuentro de la central sindical CONLUTAS, representando al PCB, reflexionaba sobre esa contradicción y alertaba que no había negociación posible con la extrema derecha, que tenía por objetivo su derrocamiento, destacando el peligro del fascismo encontrar apoyo entre las capas de trabajadores, como nos enseñó la triste experiencia histórica.

Entonces fui procesado, por Bolsonaro y otras organizaciones de derecha, amenazado de muerte (yo y mi familia) en una campaña claramente orquestada por la manipulación de máquinas de envíos masivos de mensajes de las redes sociales, que después se convertirían en instrumento de campaña, una vez más bajo la mirada impotente de las instituciones. Absuelto en todos los frentes jurídicos, quedó la propaganda que insistentemente vuelve como prueba cabal de las supuestas intenciones criminales de la izquierda malvada y cruel, despertando el odio de los bolsonaristas, renovando la avalancha de amenazas.

Reiterando que no hay diálogo posible con el fascismo, vamos a reflexionar sobre el período que siguió: La izquierda sigue siendo rehén de una estrategia institucional y el escenario de la lucha de clases estaciona desde hace décadas en la disputa electoral. No hubo un atentado (no se puede considerar la farsa de la puñalada como tal, a pesar de los intentos en esta dirección), una convocatoria, o una bravuconada siquiera que pudiera materializar el peligro comunista de una revolución violenta. Por otro lado, en ningún momento la extrema derecha y el bolsonarismo dejaron de exhortar cotidianamente el odio y la violencia, con palabras y actos. En marzo de 2018, Marielle Franco sería asesinada junto con Anderson Gomes por una organización criminal, la Oficina del Crimen, con vínculos evidentes con milicianos y policías militares que frecuentaban el condominio del fascista en la presidencia y las ruedas bolsonaristas. El Mestre capoeirista Moa fue apuñalado por un defensor de Bolsonaro, personas fueron atacadas y golpeadas en la calle por andar vestidas de rojo.

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Una vez elegido, el miliciano no paró ni siquiera un minuto de incentivar el odio, el prejuicio, la intransigencia y la violencia, ahora como política de gobierno. Incentivó y apoyó a madereros y mineros ilegales a atacar a pueblos indígenas, desmontó los órganos de fiscalización ambiental y la FUNAI, abriendo espacio para el crimen organizado en la Amazonia, que culminó en el asesinato directo de líderes indígenas, destrucción de aldeas enteras y, recientemente, en el brutal asesinato de Bruno y Dom. Predicó y organizó actos defendiendo la ruptura institucional e intentó, en septiembre de 2021, un movimiento claro en este sentido.

Sus militantes fascistas se enorgullecían de hablar sobre sus entrenamientos en Ucrania con organizaciones nazis, exhibían fotos con armas en las redes sociales y destilaban odio diariamente en esos espacios, así como en parte de los medios de comunicación comprometidos con la barbarie. Los hijos de la milicia, ellos también fascistas, involucrados en esquemas criminales evidentes, se empeñan en homenajear bandidos – uniformados o no – con honores y, cuando necesario, “quemando archivos”, como probablemente ocurrió con el miliciano y policía militar involucrado en el asesinato de Marielle, fusilado en Bahía.

En las redes sociales, además del ejército de robots, la gente se sentía liberada para entrar en publicaciones con “argumentos” del tipo: “voy a pegarle un tiro en la cara”, “voy a matar a toda su familia”, “va a conocer el palo de arara[1]“, entre otros. Actividades académicas, culturales, reuniones, escuelas e incluso hospitales fueron invadidos por hordas de provocadores becarios, jueces se encontraron en el derecho de imponer humillaciones a niñas violadas, machos descontrolados se sienten libres para agredir a puñetazos a una fiscal-general y se propaga como plaga una cultura de la violación, en varios casos de “ciudadanos de bien” y partidarios de aquel miliciano hoy en la presidencia, que por varias oportunidades amenazó violar colegas de Parlamento, crimen por el cual fue condenado.

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Ahora acosado por cuenta de un gobierno catastrófico en todos los sentidos, con una marca indeleble de violencia – en 2020, 182 indígenas fueron asesinados; el número de asesinatos en el campo creció más del 17%; Brasil es el 4º país en asesinatos de ambientalistas; La policía militar mató a 6416 personas, siendo 79% negras, a lo que se debe sumar millares de víctimas del negacionismo durante la pandemia – y con una clara posibilidad de perder las elecciones, el facineroso vuelve a amenazar con un golpe. Su ministro de defensa prepara acción para cuestionar el resultado de las urnas y convoca a sus seguidores diciendo que “ustedes saben qué hacer”. Un imbécil que entendió el mensaje irrumpió a tiros en una fiesta de cumpleaños y asesinó a Marcelo Arruda.

Sé perfectamente que hay un núcleo fascista de extrema derecha y con probable conexión con el crimen organizado, que hay un contingente de corruptos, personas de mal carácter y criminales que aprovechan el manto de permisividad cruel que emana del poder central de la República, así como en la masa de seguidores fanáticos existen personas que no son malas, que son manipuladas, sea por la propaganda, sea por el trabajo de pseudo-religiosos inescrupulosos. Sin embargo, las buenas personas que legitiman y encubren el crimen son también sus cómplices y sus manos están manchadas con la sangre de la violencia y de los asesinatos.

No exijo ni quiero su arrepentimiento, que se pudran bajo el peso de su culpa. La única redención posible no es individual, sino colectiva, en la medida en que las masas que sostienen la pesadilla de un gobierno de extrema derecha liderado por un facineroso fascista puedan moverse en la dirección de una correlación de fuerzas que devuelva esa chusma a las alcantarillas de donde nunca deberían haber salido.    

Quienes necesitan redención no son los fieles partidarios de la barbarie, sino el país.

(Traducción Diego Ferrari)


[1] NT: En referencia al instrumento de tortura ampliamente utilizado em Brasil en tiempos de la última dictadura (1964-1985).

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