Faenó por hambre y la Justicia lo castigó

La justicia castiga con todo el peso de su propia ley cualquier atisbo de desobediencia de los nadies. Sabe bien en qué lado del mostrador se ubica para aleccionar. Como tantas, ésta fue una pelea de davides y goliats. De un lado, el peón de una estancia internado por covid y que sufrió un paro cardíaco en la estancia en la que trabajaba. Del otro, la empresa Argentierra, dedicada a la agroganadería industrial. En septiembre de 2020, en plena pandemia, hacía más de un mes que no cobraba su sueldo en tareas de crianza y cuidado de ganado, en un campo del partido de Coronel Dorrego. El hombre lo reclamó, la empresa le avisó que debía tener paciencia, y el peón faenó un bovino Aberdeen Angus, pelaje colorado, de un peso aproximado de 250 a 300 kilogramos. Su compañera y los tres hijos esperaban aquella noche a que él llegara con alimento.

La justicia de Bahía Blanca intervino con la fuerza de la ley sobre esta historia. Y el peón de estancia, en octubre de 2021, fue declarado culpable y condenado “a la pena de 4 años de prisión y multa de 60.000 pesos”.

Más de un año después, en marzo de 2022 la Sala I del Tribunal de Casación Penal de Buenos Aires dio vuelta esa sentencia del juez bahiense Julián Francisco Saldías y ordenó la absolución del David de esta historia de tierras adentro.

Pero no se puede perder de vista el rol del Poder Judicial cuando interviene y observar con detenimiento qué intereses se juegan en cada partida. Nos quitaron la justicia y nos dejaron la ley, decía Eduardo Galeano.

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Durante casi dos años aquel peón de estancia de la megafirma Argentierra SA estuvo sometido a procesos judiciales que revictimizaron una situación de exclusión y desamparo. Se lee en el fallo que padeció un paro cardíaco en el campo cuando trabajaba, que fue aislado porque contrajo covid y que en ese contexto que “pidió a su empleador que le mande el sueldo para comer” junto a su pareja y los tres hijos. Que la respuesta de la empresa fue que «tenía que esperar un poco más»”. Se lee también que “cuando pudo ir a ver a su pareja al domicilio, ella lo llama a un costado y llorando le dice que `hacía días que los hijos no tenían para comer`”. Y que su respuesta fue que «ya no le podía pedir nada a nadie», que «agarró su auto, fue al campo, mató la vaca y se la llevó, la puso en la heladera y se la comieron».

La empresa Argentierra define en su web que “es la génesis de una visión donde la automatización aplicada, la tecnología de punta, el conocimiento con rigor científico, hacen que el día a día sea un desafío permanente para la evolución tanto de la empresa como de sus integrantes”. No parece haber definiciones sobre el salario y el cuidado de sus peones. Es decir, no son contemplados como “sus integrantes” a juzgar por la presentación formal de la firma.

El rol de la justicia adquiere una gravedad cruel: el peón –indicó el juez de primera instancia- contaba con otras “posibilidades de acción”: si bien “pudo existir retraso en el pago de su salario” sentenció que podría o debería haber acudido “a los organismos estatales de asistencia social; requerir formalmente por los pagos que le adeudaban; solicitarle a sus patrones acceder a bienes del establecimiento de menor cuantía -granos u otros animales menores-, etc”.

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Pero fue condenado por el pecado mortal de faenar un Aberdeen Angus, pelaje colorado, de un peso aproximado de 250 a 300 kilogramos para alimentar a su compañera, los tres chicos y a él mismo. Y se le ordenó –vía el primer fallo judicial- ponerse de rodillas ante el Estado para que le otorgue asistencia social.

La ley de la realidad es la ley del poder, escribió Galeano. Y describía también la historia del peón de Coronel Dorrego.

Fuente: pelota de trapo

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