El nuevo gobierno y el presidente que no fue

Partamos de una constatación: la presidencia de Alberto Fernández se terminó. Y esto no necesariamente quiere decir el fin del Gobierno del Frente de Todos, pero evidentemente es una crisis muy importante. Las renuncias que se van conociendo son una muestra: la última fue la del secretario de Asuntos Estratégicos de la Presidencia, Gustavo Beliz; antes una más resonante, la de Martín Guzmán, el ministro de Economía; y hace una vida ya —para los tiempos políticos argentinos— la del ministro de Desarrollo Productivo, Matías Kulfas. Todos funcionarios cercanos al Presidente.

El arribo de Sergio Massa a cargo de un superministerio que unificará a Economía, Desarrollo Productivo y Agricultura, Ganadería y Pesca, incluyendo además las relaciones con los organismos internacionales, bilaterales y multilaterales de crédito, culmina una reorganización general del Gabinete que empodera al actual jefe de la Cámara de Diputados. Esto implica que Daniel Scioli vuelve a Brasil, entre otros movimientos.

Las imágenes metafóricas que se usan, como la que dice que Alberto Fernández terminará siendo un presidente “a la europea”, esto es testimonial, mientras que las decisiones de la política y la economía pasarán al nuevo ministro, también muestran la magnitud de la crisis. La idea de que Massa puede ser “salvador” confiesa que hay alguien que necesita ser “salvado”.

Entre las ilusiones de Massa —y esto lo repiten cerca suyo— está la de transformarse en el Fernando Henrique Cardoso de Itamar Franco. A inicio de los años ’90 (más específicamente en 1992) Itamar Franco reemplazó a Fernando Collor de Mello (él era el vice) que fue destituido por casos de corrupción y movilizaciones callejeras, un tiempo después Fernando Henrique Cardoso asume en el ministerio de Hacienda y elabora el Plan Real, un plan de ajuste y estabilización “exitoso” (en el contexto de una crisis económica muy fuerte) que luego continuará durante sus dos mandatos presidenciales. Para que se entienda fue el plan “menemista” y neoliberal del Brasil.

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Ahora, eso es en los sueños de Massa porque soñar no cuesta nada. También puede terminar reflejado en el espejo de otra historia más cercana. La de Domingo Cavallo que vino a “salvar” al Gobierno de la Alianza poco antes de la debacle del 2001 y terminó agravando más la crisis, corralito y crisis social, económica y política.

El debate en la coalición gobernante, hasta ahora, enfrentaba a dos miradas —y algo de esto nos decía Gaby Pepe—: por un lado a Alberto Fernández que consideraba que la crisis era básicamente una crisis económica y específicamente cambiaria, y por el otro al resto de los integrantes de la coalición (desde Cristina Fernández hasta los gobernadores que fueron los últimos que hicieron “entrar en razón a Alberto”) que decían que era una crisis política. Evidentemente, con las medidas de hoy se impuso esta segunda perspectiva, en la que Alberto Fernández —paradójicamente— tomó la decisión más fuerte y más contundente de toda su gestión: la decisión de terminar de debilitarse a sí mismo.

Evidentemente, no alcanzaron todas las medidas tomadas en estos días por la fugaz Silvina Batakis y que implicaban una capitulación tras otra a los poderes fácticos: el dólar sojero, las promesas de ajuste, equilibrio fiscal y caja única, las señales hacia los mercados o las promesas al Fondo Monetario.

Hizo falta darle todo el poder a un hombre orgánico del establishment e íntimo de la Embajada de EEUU que, al parecer, tan sólo suspendió su aterrizaje en el Gabinete hace algunas semanas para evitar una coincidencia en el calendario que será demasiado deshonrosa: jurar el 4 de julio.

Ahora, esta disputa de diagnósticos que había hasta ahora en el Gobierno era errada desde el vamos. O, para decirlo de alguna manera, era abstracto porque era “insuficientemente determinado”. Porque “la economía”, “la política”, planteadas en esos términos son abstracciones. No se trata de una cuestión de “volumen político o de “ordenar la economía”, sino de qué se hará frente a una crisis profunda.

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También se pueden ver las cosas de esta manera: la pérdida de apoyo social del Gobierno en general y de Alberto Fernández en particular, no fue por falta de política o de economía; sino por la economía política que se aplicó durante estos dos años que puede sintetizarse en una palabra: ajuste.

Ese ajuste que se verificó en todos los terrenos y significó la ruptura del contrato electoral que presentó el Frente de Todos en 2019 y que, básicamente, prometía reparar el daño hecho por la administración de Mauricio Macri. La debilidad de Alberto Fernández —al que todos ayudaron a “deconstruir”— era la debilidad de su orientación política, que todos avalaron.

Y ¿qué decidieron ahora? Más de lo mismo y más rápido, es decir, Massa. Y, además, de manera bastante antidemocrática porque Massa asume con muchos de los atributos ejecutivos sin que nadie lo haya votado. Ya aumentaron las tasas de interés por las nubes, ya hablan de devaluación “controlada”, de dólar sojero más amplio. Es decir, de mayores concesiones a los poderes reales y terminar de desplumar el contrato electoral. “Locura es hacer todos los días lo mismo y esperar resultados diferentes” dicen que dijo Einstein y hacia allí parece encaminarse la administración.

Al margen, lo interesante es que se aclara el panorama. Ya no hay margen para los juegos de diferenciaciones o de “opoficialismo” y esas cosas. Todas las facciones del Frente de Todos (desde Cristina Fernández a los gobernadores) pusieron a Massa al frente del barco y decidieron su lugar. Por suerte, los y las docentes en las calles de Mendoza, La Rioja o Río Negro; los desocupados y desocupadas en Buenos Aires o en Jujuy y muchos otros comienzan a enfrentar esta orientación en la que se empecina el Gobierno y a mostrar que hay alternativa a la coalición que hoy unifica a casi todo el régimen político: la coalición del ajuste.

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Fuente: La Izquierda Diario

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