La utopía neodesarrollista y los bolsillos del mercado

Hay una frase célebre del fugaz ministro de economía de Alfonsín, Juan Carlos Pugliese, que en plena escalada hiperinflacionaria dijo, en referencia a los mercados: «Apelé al corazón y me contestaron con el bolsillo».

Mucho de lo ocurrido durante el primer gobierno democrático post-dictadura resuena durante estos días. El mismo Alberto Fernández insiste en identificarse con el expresidente radical. La amenaza latente de que la inflación imparable se transforme en híper es otra situación que remite, lamentablemente, a los 80. De igual forma que la legitimación de una deuda externa fraudulenta y la presencia del FMI que nuevamente monitorea las cuentas y exige sacrificios. Las esperanzas que generaron ambos gobiernos en sus inicios también son coincidentes. Hay dos grandes diferencias: no hay levantamientos militares y el movimiento obrero, en todas sus vertientes, permanece mudo y contemplativo ante la pérdida descomunal de ingresos.

El gobierno del FdT no apeló al corazón, como hiciera Pugliese, pero están convencidos que los «buenos modales» con los poderosos son la clave para impedir que éstos les sean hostiles. Justo por eso la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner eligió a Alberto Fernández. En estos años se han cansado de afirmar que no es tiempo de confrontar, que no hay correlaciones de fuerza y que lo realista es ceder una y otra vez. Los dueños de todo han tomado nota de la banderita blanca y están descargando todo su poder de fuego, contra los bolsillos y mucho más.

Alberto ha llegado al absurdo de sostener que es posible «un capitalismo donde todos ganen». El Frente de Todos (FdT), con Cristina a la cabeza, le plantea a nuestro pueblo que existe un «capitalismo serio», un «capitalismo con rostro humano». Otra salida es utópica, dicen. Acá estamos, una vez más, en el incendio provocado por la voracidad intrínseca del capital, por la imposibilidad sistémica de que «todos ganen» y de que haya una explotación justa o seria.

Quizá les pueda sonar ortodoxo, pasado de moda, amigo lector, amiga lectora, pero ¡la lucha de clases existe! No la inventaron Marx y Engels y no es necesario que ninguna izquierda la promueva. Esa guerra por la distribución de la riqueza socialmente producida se libra a diario y los dueños de todo la vienen ganando a chicote alzado. Sobre todo si nosotrxs renunciamos a pelear, si no resistimos, si no oponemos nuestra fuerza ante este enemigo implacable. Y esa ha sido la propuesta del FdT para el pueblo: no pelear, conservar la esperanza de que los ricos no quieran hacernos demasiado daño, de que no pretendan engordar aún más sus cuentas y de que, «patrióticamente», nos cedan voluntariamente algo. También una mayor parte de la dirección del movimiento obrero y de los movimientos sociales ha adoptado esa línea. Mientras «los mercados» tiran con munición gruesa, lxs trabajadorxs la miramos por TV. ¿Acaso no tenemos nada que hacer en esta partida? ¿El «campo» produce la riqueza en Argentina? ¿Son los empresarios los que «hacen que las cosas sucedan»? ¿Qué pasaría si dejáramos de conducir los camiones que llevan los cereales a los puertos, las grúas que llenan de containers los barcos y si detenemos los barcos también? ¿O si paralizamos las usinas, las refinerías, las estaciones de servicio?  ¿Y las fábricas de alimentos, bebidas, calzados y textiles; si paramos el comercio? ¿Qué pasaría si dejáramos de formar trabajadores, técnicos e investigadores y producir un conocimiento del que se apropia el sector privado? ¿Si dejamos de cuidar a lxs ancianxs, a lxs niñxs y no enseñamos en las escuelas? ¿Si no levantamos la basura, ni barremos las calles?  ¿Qué pasaría? ¿Acaso la riqueza se produce sola? ¿No podemos hacer nada las trabajadoras y trabajadores para enfrentar esta batalla? Tal vez sí. ¿O vamos a seguir esperando que llegue de arriba la próxima «jugada maestra»?

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La utopía del neodesarrollismo extractivista

El proyecto de país que plantea el FdT tiene como principal estrategia de «desarrollo» la apuesta y promoción a los sectores exportadores que generen divisas (dólares). No sólo a través de la principal actividad exportadora, el sector oleaginoso, sino fomentando la megaminería y el fracking en varias provincias, las salmoneras en Ushuaia o el famoso proyecto de las mega granjas porcinas. En todos los casos, sin contemplar en lo más mínimo las consecuencias ambientales y humanas que estas formas extractivas generan. Lo importante es generar dólares, afirman, lo demás es «ambientalismo falopa». Pues bien, ahí tienen al principal proveedor de divisas, reteniendo su liquidación en momentos de urgencia y necesidad.

Entonces podemos preguntarnos si realmente vale la pena la destrucción de los montes, humedales, bosques nativos, la contaminación de napas y envenenamiento de pueblos en pos del monocultivo de soja. ¿Vale la pena, cuando las pérdidas humanas y ecosistémicas son colectivas y las ganancias netamente privadas? No sólo liquidan cuando les conviene (lógico en términos del capital), sino que subdeclaran exportaciones y sobrefacturan importaciones, evaden impuestos y realizan maniobras delictivas, como las que se verificaron con el grupo Vicentin (exportaciones vía Paraguay y Uruguay, autopréstamos, empresas offshore, etc.). Parafraseando a Don Atahualpa, con este modelo «las penas son de nosotrxs, los dolaritos son ajenos». Y no es metáfora, basta como ejemplo los bolsones de miseria de un Gran Rosario minado de puertos por donde salen millones y millones por minuto. Desde las costas del Paraná podemos ver pasar los barcos llenos de contenedores, adornados por las columnas de los incendios que genera la extensión de la frontera agroganadera a las islas del delta. Desde mediados de los años 90 que prometen que el agronegocio nos salvará del hambre, el desempleo y el subdesarrollo y todavía acá estamos.

Queda bien claro con lo que decía CFK en el Calafate[1]. Allí la vicepresidenta aportó datos de las 9 provincias argentinas que producen más dólares. La primera es Santa Fe, casi 12 mil millones de dólares, ya dijimos, epicentro de la exportación del complejo oleaginoso. De esa friolera, en la provincia no queda un penique. Otro dato interesante es que en cuarto lugar se encuentra Chubut. ¡Chubut! Una provincia que hace años tiene «problemas» para pagar a docentes, personal de la salud y empleadxs públicos, porque supuestamente no contaba con recursos. ¿Y los dólares? También lo saben San Juan y Catamarca, provincias saqueadas por la megaminería metalífera y que no viven en el paraíso del empleo y mejores condiciones de vida. No es casualidad que en Mendoza y Chubut se hayan protagonizado puebladas contra los proyectos megamineros en sus territorios. Los pueblos han comprendido que el agua y la vida valen mucho más que las promesas en el aire de un «progreso» que deja dólares para pocos y desastres irreversibles para las mayorías.

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Este es el programa de «desarrollo» que ofrece el Proyecto Nacional y Popular del S.XXI. En verdad muy poco «nacional», si tenemos en cuenta que, como afirman Cantamutto y Schorr en un texto muy recomendable, «alrededor de las dos terceras partes de las exportaciones, las importaciones y los superávits agregados de la cúpula empresarial son explicados por empresas transnacionales»[2]. Y no muy «popular», si leemos las cifras de pobreza e indigencia que arroja el INDEC y si miramos la tendencia a la concentración de la riqueza en las últimas décadas en Argentina (contando la «década ganada»)[3].

Como puede apreciarse el estado actual de nuestro país tiene que ver más con definiciones estratégicas que con avatares coyunturales. No obstante, aún dentro de este marco estratégico neodesarrollista, se han cometido varios errores tácticos que han agravado aún más la situación. Hay dos que son clave, y que además han generado un estado de ruptura al interior de la coalición gobernante. El primero de ellos fue la marcha atrás con la expropiación de Vicentin, que si se hubiera llevado adelante correctamente quizá hubiera brindado la oportunidad para administrar una porción de los dólares que genera el complejo oleaginoso, y la posibilidad de controlar más de cerca los desfalcos producidos por el sector exportador. Con cuatro banderitas y el lobby de Omar Perotti, gobernador peronista de Santa Fe, lograron hacer retroceder a Reverso Fernández. El segundo, de consecuencias más profundas, fue el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), que legalizó la mega estafa cometida entre el organismo internacional y el gobierno de Cambiemos y que, como frutilla del postre, genera un flujo permanente de divisas hacia el exterior y otorga al Fondo la auditoría trimestral de las cuentas públicas nacionales.

La corrida cambiaria que vivimos durante estos días y la posibilidad real de una nueva devaluación que destruya aún más nuestros ingresos no pueden leerse por fuera de estos marcos. Es hija legítima de esta táctica y estrategia. La más «realista», decían.

Desilusiones y alternativas

El desencanto que generó el gobierno de Cambiemos para una porción importante de sus votantes, más la desilusión que provocó la impotente gestión del FdT, ha allanado el camino para la emergencia de fuerzas políticas de ultraderecha y diversas expresiones de la «antipolítica». Vuelven a resonar el «son todos lo mismo» y algún «que se vayan todos».  Mientras, como señalábamos antes, vastos sectores se ven paralizados ante la certeza que es posible un regreso del macrismo al poder y la evidencia de que no alcanzaba con «votar bien» para revertir el daño cometido durante la gestión Cambiemos.

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La política, como bien supo comprender tempranamente el peronismo, debe mover también los sentimientos. En 2015, la campaña de Macri utilizó en su favor los odios hacia el kirchnerismo y las esperanzas de un «cambio» después de más de una década de continuidad política. Scioli, en cambio, transmitía una resignada posibilidad de conservar algunas conquistas, sin ofrecer horizontes de expectativas positivas. En 2019, el FdT capitalizó en su favor las esperanzas de revertir la ofensiva macrista en términos económicos y culturales. Sin embargo, más allá del hecho para nada menor de haber tenido que gestionar durante una pandemia, ha sido el gobierno de «la otra mejilla». No han querido pelear con nadie poderoso. En cambio, hacia abajo no ha tenido tantas contemplaciones: el pueblo ha sabido aguantar todo. ¿Hasta cuándo? Es lo que varios de los que están en las trincheras de la contención social han puesto sobre el tapete en estos días.

Restan dos preguntas. La más difícil y seguramente de mediano o largo plazo es: ¿Se puede gestar un proyecto político con proyección electoral que defina un horizonte estratégico alternativo al neodesarrollismo y al neoliberalismo? La más coyuntural, en cambio, sería: ¿Qué sentimientos intentará movilizar lo que reste del FdT en 2023? Difícilmente la esperanza, ya defraudada. ¿Alcanzará con el miedo a la derecha?

Como sea, el panorama se presenta difícil. En el mundo se empiezan a multiplicar las rebeliones por el precio de los alimentos y combustibles. El macrismo ha prometido que de ganar se vienen con el mega paquete neoliberal de la triple «reforma»: laboral, previsional y fiscal. Ya hubo «2019», es evidente que para «volver al asado» no alcanza con seguir delegando. Las urnas no son un terreno menor, pero sin nuestra presencia en las calles, sin la conflictividad laboral, la movilización social, estudiantil, de las mujeres, las organizaciones ambientalistas, etcétera, no hay chances de impedir que los dueños de todo se sigan quedando con la parte del león.

Generar esperanzas es una tarea revolucionaria, proponer un camino alternativo a las variantes del «realismo capitalista», también.


Notas

[1] «El discurso de Cristina Kirchner en El Calafate: texto completo | “Ayudar no es callarse la boca” | Página12», accedido 27 de julio de 2022, https://www.pagina12.com.ar/435675-el-discurso-de-cristina-kirchner-en-el-calafate-texto-comple.

[2] Francisco Cantamutto y Martín Schorr, «Argentina: las aporías del neodesarrollismo | Nueva Sociedad», Nueva Sociedad | Democracia y política en América Latina, 20 de octubre de 2021, https://nuso.org/articulo/argentina-las-aporias-del-neodesarrollismo/.

[3] Para el segundo semestre de 2021 la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) del INDEC estimaba que el 37,3% de las personas son pobres y 8,2% indigentes. Lo que alcanza alrededor de 29 millones de personas. Según el mismo informe, la pobreza asciende al 51,4% en menores de 14 años. Otro estudio del Instituto calcula que el 10% de la población con mayor ingreso per cápita familiar concentró 31,9% del total del ingreso en el 1° trimestre de 2022; 20 veces más que el 10% con menor ingreso.

Fuente: lapalabracaliente.wordpress.com/

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