Abraham Guillen. Guerrilla y Autogestión

Reproducimos los prólogos realizados por; Andrés Ruggeri, Crescencio Carretero y Miguel Mazzeo,  junto al capítulo plan Cooke- Guillén de la resistencia al golpe del 55.

Las huellas de Guillén, revolucionario a ambos lados del Atlántico

Este nuevo libro de José Luis Carretero Miramar tiene, a mi entender, dos grandes méritos. El primero es el de redescubrir a este enorme revolucionario de ambas orillas del océano que fue Abraham Guillén. O, como fue en mi caso y seguramente lo será para muchos de los lectores, más que redescubrir, directamente descubrirlo. Un descubrimiento que lo rescata del paso del tiempo y el olvido, de una aparente condición de hombre de un pasado que no volverá, y nos muestra, por el contrario, una persona de acción inspirada por un pensamiento complejo, asentado en la praxis en contextos concretos y por fuera de los dogmas que fueron asemejando a las distintas corrientes de la izquierda revolucionaria a iglesias y sectas. Y ese es el segundo de los méritos de este libro, permitirnos pensar y analizar el presente y el futuro, que se nos presenta tan complicado, a través de la vida, la acción y la reflexión de Guillén. Y, de esta manera, terminar de descubrirlo a quienes intentamos pensar y llevar una práctica de transformación (ya que cuesta tanto últimamente decir revolución) en el mundo distópico de hoy.

Ese es el enorme aporte de este esfuerzo de José Luis, traer de un pasado no tan lejano pero que a la luz de este presente en que campean los Trump y los Bolsonaro parece de otra era geológica, la vida de un anarquista que después de combatir a Franco cruzó el océano y se convirtió en un indispensable para las luchas del convulso Cono Sur de América Latina, para volver corrido por las sucesivas dictaduras y genocidios de estas tierras a la España posfranquista. Toda la vida y el pensamiento de Guillén aparece como sumamente optimista, animado por una voluntad inquebrantable, pero con los pies en la tierra, algo no tan fácil de sostener en nuestros tiempos donde todo indica pesimismo y los que no lo son parecen fuera de la realidad. Sin embargo, el tiempo de vida de nuestro personaje fue también cruel y feroz. Guillén va de derrota en derrota y, sin embargo, nunca abandona sus convicciones, nunca deja de pensar en buscarle la vuelta al combate y, especialmente, nunca se vuelve al individualismo o al derrotismo que caracterizó a otros sobrevivientes de las mismas o similares batallas perdidas. Nos muestra José Luis a un Abraham Guillén activo hasta el último día de su vida, escribiendo y pensando el socialismo autogestionario. Descubrimos en este libro, entonces, a alguien que nos hace falta.

Al leer esta biografía e ir acompañando a Guillén en su paso por el convulsionado siglo XX, desde la guerra civil en las filas de la CNT hasta su participación en la formación de las primeras guerrillas en Argentina, Uruguay y Brasil, o sus viajes y discusiones en Yugoslavia, Cuba y Albania, uno va descubriendo una singular figura con una poco frecuente capacidad de leer los contextos e incorporarse directamente al propio centro de la lucha y, lo que es aún más importante, del debate político de la época. Es la biografía de un heterodoxo, que no se casó con ningún dogma de ninguna de las corrientes identitarias en que se dividía el pensamiento revolucionario de la época (y que, en menor grado, aún sobreviven), un pensamiento incómodo porque dialoga con la realidad de cada momento histórico y lugar y piensa en base a sus características, desarrollando su pensamiento sobre un análisis de la situación y las fuerzas disponibles y no sobre las imaginarias que con frecuencia sostienen a las sectas ideológicas.

Es así que encontramos a Guillén en la CNT peleando por la revolución social y, también, discutiendo las opciones para seguir la lucha en medio de la derrota (nada menos que frente a Cipriano Mera). En Argentina, trabajando para el peronismo y dialogando con su sector más combativo, leyendo en ese movimiento una base popular y antiimperialista que a muchos (europeos, pero también argentinos) aún les cuesta ver, sin por eso dejar de criticar la forma timorata en que Perón enfrentó al golpe brutal de 1955 y dejar de señalar las contradicciones con su ala derecha. Y, después de la caída del peronismo, trabajando activamente para la resistencia y planificando la lucha armada, impulsando incluso la primera guerrilla de los Uturuncos. Se convirtió, entonces, en uno de los teóricos de la guerrilla urbana, inspirando a los Tupamaros uruguayos, a la lucha de Marighella y Lamarca en el Brasil, a las distintas expresiones de la amplia izquierda armada de los 60 y 70 en América del Sur. Lo encontramos viajando también a conocer a los yugoslavos que intentaban combinar comunismo ortodoxo con autogestión, o yendo a Cuba en plena Revolución a discutir con el mismísimo Che Guevara sobre la estrategia de la lucha armada. Y, después de los sucesivos avatares de dictaduras y persecuciones, con más de sesenta años, volver a la España de la Transición y a la militancia anarcosindicalista, ya consolidado en su faceta de pensador y dedicado a teorizar la autogestión, sin dejar por eso la lucha de todos los días.

José Luis sintetiza en tres los conceptos que definen el pensamiento de Guillén y su práctica a lo largo de su agitada vida: el antiimperialismo, la guerrilla urbana y la autogestión. En el primer caso, lo que me resulta interesante como latinoamericano es que Guillén se sustrajo de la mirada europea a su forma de ver la problemática de nuestra región, generalmente tan paternalista e incapaz de comprender que no siempre nuestros problemas son los suyos. Abraham Guillén supo alternar con el peronismo revolucionario de John William Cooke, con los primeros tupamaros, con Carlos Marighella, con el Che, tomando parte activa de sus discusiones sin pontificar ni tampoco idealizarnos (que es la otra actitud que desde las izquierdas nos suelen destinar desde el otro lado del Atlántico, opuesta y solidaria pero básicamente idéntica a la anterior en su incapacidad de comprender las particularidades, virtudes y defectos de nuestros procesos). Al no ubicarse en ese lugar de lo ajeno, fue capaz de colaborar en los planes de resistencia popular al golpe de estado en ciernes que ya se veía venir en 1954-55 en Argentina, pudo orientar a los primeros intentos de guerrilla en Tucumán con los Uturuncos y, después, teorizar y participar como un analista relevante de los problemas de la lucha armada en un Uruguay en plena agitación, sostener una polémica sobre esa cuestión nada menos que con el Che Guevara y Régis Debray, o teorizar el cooperativismo peruano. Guillén, además, demostró conocer el peronismo y entenderlo en su potencialidad como movimiento popular y antimperialista, sin dejar de ver sus contradicciones y jugar un partido en ellas al apoyar la radicalización de su ala izquierda encarnada por Cooke. En ese sentido, demostró mucha mayor lucidez que los actuales teóricos del populismo y su supuesto significante vacío. Más que demostrar admiración desde una abstracción teórica, se situó en el campo de la práctica y jugó su parte en ella, para sostener lo que encontraba de bueno y compartir con los mejores de sus elementos. Así encontramos a este viejo cenetista intentando enfrentar en Argentina otro golpe sangriento, como lo hizo en España años antes y, poco después, colaborando en la resistencia peronista.

De la misma forma, apostó a la Revolución Cubana como parte de ese antiimperialismo y, allí, apoyó a los grupos revolucionarios del resto del continente que veían a Cuba como ese faro a seguir en América Latina. En medio de la vorágine de la radicalización vertiginosa de los cubanos y de su enfrentamiento a muerte con los Estados Unidos, no tuvo empacho en plantarle cara al Che sobre cómo orientar la lucha armada. Un debate que, en la actualidad, parece totalmente fuera de época. Como sabemos, tanto las guerrillas foquistas como las guerrillas urbanas latinoamericanas fueron derrotadas y para aplastarlas, no solo a las organizaciones armadas sino a todos los movimientos populares, se implantaron dictaduras sangrientas que no dudaron en apelar al terrorismo de Estado y al genocidio. Sin embargo, las posiciones de Guillén distaban de ser ingenuas. Frente al “foco” de Debray (podríamos decir una vulgarización de las ideas del Che a partir de su lectura de la experiencia cubana) y el voluntarismo que pretendía aplicar la vía cubana a sociedades plenamente urbanizadas y sin un campesinado que sirviera de base de apoyo a la guerrilla —como experimentó amargamente Massetti en el norte argentino—, Guillén se dedicó a teorizar la guerrilla urbana como una forma de disputar a la población, no el territorio, “como una piel de leopardo”. José Luis encuentra, entonces, un singular testimonio y reconocimiento de la actualidad de esta concepción en boca de un teórico militar de los Estados Unidos, en fecha tan reciente como 2015. Con otros objetivos y otras ideas, podríamos ver así, afincada en la población y no en los territorios, a la resistencia que los norteamericanos enfrentan aún hoy en Irak o Afganistán. También es interesante, evaluando el devenir de los grupos armados latinoamericanos, la advertencia de Guillén sobre las “luchas privadas”, es decir, aisladas de las masas y enfrentadas militarmente y con todas las de perder con el aparato militar del Estado. Una de las críticas (y autocríticas) que se puede hacer a la mayoría de las organizaciones guerrilleras sudamericanas es, justamente, haber caído en estas “guerras privadas”, o lucha de aparatos, en que entraron en un ciclo de enfrentamientos puramente militares que las aislaron de la población y permitieron, con las implacables técnicas de contrainsurgencia desarrolladas por los franceses en Argelia y perfeccionadas en la lúgubre Escuela de las Américas del Comando Sur de las fuerzas armadas de los Estados Unidos, exterminar a toda una generación de militantes revolucionarios. Un fracaso militar que no fue otra cosa que la consecuencia ineludible de una derrota política.

El autor no solamente nos hace descubrir a un hombre de acción sino a un formado economista que, en lugar de repetir lugares comunes o reducirse a citar a los clásicos, puede analizar el capitalismo de su tiempo y sus dinámicas. Pero que, además, trata de buscar las alternativas sin encasillarse. Es por eso que viaja a Yugoslavia y escribe sobre el modelo de autogestión implementado allí, analiza y critica el entonces llamado “socialismo real” e incluso los modelos chino y albanés, habiendo visitado este último país, en aquel entonces el último bastión de la ortodoxia estalinista. Extraño para un anarquista dogmático, natural para alguien con la cabeza abierta, más dispuesto a juzgar por sí mismo que a repetir acusaciones y dogmas de otros. Su crítica al socialismo de corte soviético y su diagnóstico certero en sus últimos años sobre su evolución y caída quizá hubiera sido poco sustentable o no habría tenido la riqueza que le supo dar de no haber podido conocerlo in situ. Esto, una vez más, remarca qué tipo de intelectual comprometido era Abraham Guillén y cuán incómodo resulta para las ortodoxias que pretenden encasillarlo.

El tercer concepto que sintetiza el autor es la autogestión. Y, para nosotros, es el nodal, el de mayor actualidad, porque la autogestión en Guillén no es un concepto abstracto sino una llave para la superación efectiva del capitalismo. En su pensamiento, la autogestión es un elemento clave del socialismo en un marco de relaciones económicas complejas. Como remarca José Luis Carretero en un muy interesante capítulo final (“¿Un guillenismo tras Guillén?”) “una sociedad autogestionaria no será más simple, sino más compleja”, por múltiples razones, desde su funcionamiento interno en las unidades económicas hasta su interacción con las necesidades sociales, económicas y culturales más allá de los colectivos, pequeños o grandes, que conforman los distintos sectores de una sociedad compleja. Nada más alejado del pensamiento de Guillén que una autogestión en una sociedad de pequeñas comunas, de supuesta simplicidad frente a la complejidad del capitalismo, sino que piensa en una autogestión en una economía que debe afrontar los enormes desafíos de sociedades multitudinarias y diversas como las actuales, para lo cual no tiene miedo de hablar, por ejemplo, del rol del mercado y el del Estado, del avance tecnológico y de la sociedad de abundancia como parte de un proceso enormemente complejo. Ese entramado de pensamiento pareciera entrar en colisión con la izquierda posmoderna que se ha convertido en hegemónica en los últimos treinta años, en que, como dice con cierto sarcasmo José Luis, haciendo una interesante relación con la idea de guerrilla urbana de su biografiado (“ganar las poblaciones, no los territorios”), “los revolucionarios no deben huir a dar discursos espirituales a las vacas, en campos abandonados”. Se trata de reflexionar sobre la realidad concreta, aprender de la propia práctica y de la práctica real de los pueblos, relacionar el conocer y el hacer, lo que subyace en cada uno de los escritos de Guillén y, lo que es aún más importante, en toda la trayectoria de su vida.

Por último, no puedo dejar de pensar, como parte del movimiento por la autogestión de Argentina y como parte de la red internacional “Economía de los trabajadores y trabajadoras”, a raíz de cuyos encuentros tuve la enorme alegría de conocer a José Luis Carretero (que si bien no vivió tantas aventuras como Abraham Guillén, comparte su mismo espíritu de reflexión a través de la práctica y la sed de conocer las experiencias reales por sí mismo), en la lucidez de Abraham Guillén con respecto a la autogestión, en un momento en que las expresiones autogestionarias estaban más bien a la baja. ¡Cuánto material para su brillante pensamiento le hubieran proporcionado las empresas y fábricas recuperadas en la Argentina que tan bien conocía y en otros países latinoamericanos y europeos! Con toda seguridad, nuevos escritos hubieran inspirado estas luchas, hubiera querido conocerlas en el propio lugar de desarrollo, sumarse a ellas, debatir con los protagonistas, con los teóricos y los líderes. Nos queda a nosotros, los que intentamos seguir sus huellas aun sin saberlo, acometer esa tarea.

Andrés Ruggeri

Buenos Aires, 24 de febrero de 2020.

Guillén y el socialismo autogestionario

José Luis Carretero se ha atrevido con una biografía de Abraham Guillén. Y decimos que se ha atrevido, porque en ningún caso Guillén es un personaje nítido, un personaje cómodo.

El mismo José Luis reconoce esa dificultad cuando habla de la “hojarasca de la abundante verbosidad de Abraham”. Sin embargo, digamos ya de entrada, que José Luis ha sabido orientarse entre tanto árbol para mostrarnos el bosque, o al menos uno de los posibles bosques. Pero eso sí, un bosque útil, o que pretende serlo, al marasmo ideológico de la izquierda de hoy día.

            Abraham llegó a tocar muchos palos a lo largo de su vida. No en vano, a lo largo de ella, fue tildado de trotskista, maoísta, anarquista, y curiosamente, siempre de comunista. Y, por si fuera poco, la autogestión que él defiende está basada en el mercado, cosa que llegaría a entroncarle con el anarcocapitalismo. Es decir, por si acaso no le bastaran los “calificativos” de izquierda, también uno de derechas, de la derecha más extrema.

            Lo que Guillén no fue, en ningún caso, aunque también llegase a acusársele de ello, fue leninista, y mucho menos estalinista, dándose la circunstancia de que a ambos grupos ideológicos (¿uno solo hoy día, aunque con muchas sucursales?), les niega incluso el título de marxistas, como cuando habla de los “pequeñoburgueses marxistas-leninistas”, coincidiendo así con ese otro gran heterodoxo, Heleno Saña, en su análisis de que toda relación social o de grupo, basada en la jerarquización es pequeño-burguesa (Heleno Saña: Cultura proletaria y cultura burguesa).

Sin embargo, Guillén nos rescata, prácticamente a lo largo de toda su obra, al Marx economista, diferenciándolo del Marx político, el de la dictadura del proletariado, validando sus análisis del sistema capitalista de su tiempo (segunda mitad del XIX), del mismo modo que él, Guillén, se implica en el análisis del sistema capitalista de los dos últimos tercios del XX. Atinentes a esto habríamos de decir, que el mismo Guillén, practicó eso que los marxistas de salón o de reclinatorio tratan, hoy día, de salvar del descrédito marxiano, es decir, el análisis.

Guillén es un autor camaleónico, y sus escritos, dependiendo de a quien pretendan influir, se impregnarán del punto de vista de sus interlocutores (peronistas, trotskistas, maoístas, anarquistas…), aunque su experiencia vital le obligará a mantener posturas heterodoxas siempre con todos ellos, de las cuales, quizá, la más conocida sea su postura antifoquista y defensora de la guerrilla urbana frente a la rural, en sus escritos “maoístas”, en contraposición al Che.

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Ya en su última etapa, al tildársele de trotskista, Guillén lo negará rotundamente, afirmando que nunca dejó de ser libertario. En este último tramo de su vida, sobre todo en los libros publicados por la Fundación Anselmo Lorenzo, abogará por un anarquismo o bien un anarco-marxismo científico: “El anarquismo (sin la “dictadura del proletariado”) constituye una doctrina social, económica y política, capaz de sustituir con ventaja al capitalismo privado o de Estado. Al anarquismo científico es preferible denominarlo socialismo autogestionario, ya que semánticamente tiene así, el atractivo de unificar a socialistas, anarquistas, trotskistas e izquierdistas pequeñoburgueses que comparten, en esa doctrina, ideales comunes, aspiraciones idénticas hacia un mundo sin clases, en paz y libertad”.

Este Socialismo Autogestionario de Guillén, podemos decir que puede considerarse una etapa de transición al Comunismo Libertario (¡lástima tener que calificar un concepto tan nítido como el de comunismo para intentar salvarlo del desprestigio al que lo llevaron algunos de los que dijeron defenderlo!), que a su vez sería un simple cambio de paradigma económico, pero tan solo un paso, un pequeño paso, en dirección a la anarquía.

La autogestión por la que Guillén aboga, como dijimos antes está regulada por el mercado, entendiendo el mercado como “un mecanismo de fijación de precios y asignación de inversiones”. (Sí, hay dinero, o su equivalente, pues estamos en una etapa de transición, aún no hemos llegado a la anarquía. ¿Llegaremos algún día?).

Sin embargo es éste del mercado, un concepto difícil de aprehender, ya que a su vez, Guillén nos habla de empresas de propiedad social, y es aquí donde las diferencias con el anarcocapitalismo al que hacíamos referencia al principio se hacen más contundentes; pues el anarcocapitalismo, o anarquismo de libre mercado como habitualmente se le viene denominando, es una fauna de ideologías, que teniendo su origen allá por los años cincuenta del pasado siglo en Sociedad sin Estado de Murray Rothbard, a través del tiempo ha dado origen a estrategias tan divergentes como los Partidos libertarios hasta el agorismo, propugnando tanto las vías electorales como la abstención para intentar “eliminar al estado” que tanto les molesta.

Pero todos estos grupos, tienen en común el hecho de conocer muy bien a Stirner, al que el anarquismo moderno, solo llega a calificar como mucho de preanarquista (ver Ángel Capelletti: Prehistoria del anarquismo), e ignorar completamente a Proudhon, pues para todos ellos, la propiedad no es el robo, sino que es el fundamento de sus aspiraciones. Y es así, como el anarcocapitalismo deja ver la patita debajo de la puerta y vemos que era tal como se esperaba: tan negra como la noche.

Pues, en definitiva, si lo que quieren es eliminar al Estado, para que éste no ponga cortapisas a su libertad; pero a su vez abogan por la propiedad privada de los medios de producción y distribución, lo único que buscan es lo que siempre se les ha reprochado: que solo quieren más “libertad”, pero “para explotar a los demás”.

Guillén en contraposición, como ya dijimos al principio, es comunista (comunista antiautoritario) y no se desdice de ello a lo largo de toda su obra y de su vida. Está por tanto por la propiedad colectiva de los medios de producción y su gestión por la propia sociedad, como única forma de superar las desigualdades y las injusticias del presente, independientemente de los vericuetos que haya que sortear para llegar a ello. Cosa que en ningún caso es algo que vendrá automáticamente tras un levantamiento de la población; mucho menos en un momento histórico en que la colonización de las mentes por los medios de fabricación de pensamiento es tan abrumadora.

Es por ello que el estudio que José Luis Carretero hace de la vida de Guillén es tan oportuno y necesario, porque la heterodoxia de este último (cualquier heterodoxia basada en la igualdad de las personas y la horizontalidad del grupo social y no en la jerarquía), es lo único que puede ayudarnos colectivamente a realizar la necesaria gimnasia mental para que, quizá algún día, podamos llegar a despejar las negras tormentas y las nubes oscuras de la historia.

Crescencio Carretero

Madrid, 1 de marzo de 2020

Abraham Guillén: un hombre de encrucijadas

Abraham Guillén es de esos personajes históricos que suelen denominarse “raros”. Nació en Castilla en 1913 —era manchego, como Don Quijote— y murió en Madrid en 1993. Ejerció diversos oficios. Fue economista, periodista, escritor prolífico e incansable. Militante anarquista, combatió en la Guerra Civil Española y luego, tras la derrota y la consolidación de la dictadura del General Francisco Franco, recaló en la Argentina, donde fue compañero de John William Cooke y Alicia Eguren. Formó parte de la Resistencia Peronista e integró del “Estado Mayor” de los Uturuncos, la primera experiencia guerrillera argentina (si nos atenemos al siglo XX). Se desempeñó como instructor militar en Cuba durante los primeros años de la Revolución y colaboró con el plan de liberación continental impulsado por el Che (pero sin dejar de polemizar con él). Supo ser interlocutor fundamental del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros (MNL-T) del Uruguay en la década de 1960 y de diversas organizaciones revolucionarias de Nuestra América. En la década del 1970, en el Perú, colaboró con los sectores que impulsaban el cooperativismo en el marco de la “Revolución Peruana” encabezada por el General Juan Velazco Alvarado. Fue perseguido político durante buena parte de su vida, pasó largas temporadas en prisión y se fugó dos veces.

José Luis Carretero Miramar avanza, como nadie lo hizo hasta ahora, en la reconstrucción de la vida y la obra de Abraham Guillén. Lo expone, básicamente, como un hombre de encrucijadas: entre España y Nuestra América, entre la Guerra Civil Española y la Revolución Cubana (y los movimientos de liberación nacional de mundo periférico), entre el anarquismo y el marxismo, entre la guerra popular y las luchas sociales y políticas, entre la planificación y la autogestión, entre la imaginación y la voluntad. Por él y en él se intersectan tradiciones y culturas emancipatorias diversas. En cada cruce, si nos atenemos al agudo relato de Carretero Miramar, Guillén supo componer una síntesis. O mejor: con una inalterada dirección horizontal en su mirada, con imaginación dinámica, aportó a la organización y a la sistematización de las síntesis que, por abajo, siempre elaboran los pueblos a partir de las experiencias desarrolladas en pos de su autodeterminación.

Existen algunas invariantes en la vida de Guillén que resultan claves para comprender su destreza a la hora de las amalgamas. Invariantes que Carretero Miramar se encarga de resaltar. Por ejemplo, su posición antidogmática y su compromiso indeclinable con unos sujetos concretos (explotados, oprimidos) más que con las categorías o las doctrinas; es decir: Guillén sostuvo la posición más auténtica de un revolucionario y una revolucionaría, más cerca de la “ortopraxis” (y la poesía de la acción) que de la “ortodoxia”. Luego, su idea de que la realidad debe modificarse desde una relación de interioridad y que, por lo tanto, para intervenir en la historia hay que “meterse en el barro”, no temerle a las “impurezas” y participar de las contradicciones asumiendo sus reales circunstancias para profundizarlas y hacer que estallen. Esa fue su lúcida pedagogía política. Asimismo, cabe agregar, como fundamento de su quehacer sintético, su concepción del pensamiento como diálogo y servicio y no como monólogo y abandono.

Estas invariantes son las que, en buena medida, explican la inusual empatía militante de Guillen, su excepcionalidad, su íntima originalidad. Las inconsistencias que pueden hallarse en su obra de ningún modo atentan contra la coherencia de fondo suministrada por las invariantes señaladas.

Siendo un europeo, Guillén se comprometió a fondo con las luchas anticolonialistas y antiimperialistas. Deslastrado de modelos universales (y “universalizadores”), despojado de algunos accesorios occidentales irrelevantes, supo comprender y adaptarse a las diversas situaciones. Ofreció su esencia. Buscó reflexionar desde y no sobre. Así, practicó el internacionalismo en su mejor versión. Insistió en la necesidad de la unidad de Nuestra América y militó por ella. Concibió esa unidad por abajo, como una unidad construida a partir de los pueblos y apuntalada por Estados gestionados por gobiernos populares y transformadores (revolucionarios). Pensó medidas que conservan su validez y que resultan apremiantes: un banco continental con múltiples ramificaciones, una moneda continental, entre otras del mismo tenor. Con mucha lucidez, supo anunciar la crisis del Estado nacional ante el irrefrenable proceso de internacionalización de la economía mundial. Denunció el proceso de “colonización financiera” y al Fondo Monetario Internacional (FMI) como uno de sus principales arietes.

Como teórico de la lucha armada, cuestionó ásperamente los modos napoleónicos, el militarismo, el “ofensivismo abstracto”, el fetichismo del método (que confunde método con objeto y no sabe tomarle el pulso a la lucha de clases). Fraternalmente, les advirtió a las organizaciones revolucionarias armadas sobre el riesgo de caer en la “guerra privada”, en la guerra de aparatos, en el “duelismo”; al tiempo que realzó la importancia de la política y alentó el frentismo democrático. Si la guerra no es extrínseca a la política (y a la retórica), no debería caerse en el absurdo de pensar la política (y la retórica) como extrínsecas a la guerra. Guillén concibió la guerra popular en un sentido totalizador. Se anticipó así a las guerras de cuarta (y quinta) generación. 

Sin abandonar jamás su esencia libertaria, cultivó un marxismo que aborrecía los manuales y que buscaba enraizarse en las tradiciones de Nuestra América, un marxismo “diluido” en los movimientos de liberación nacional.  

Aunque asumió el horizonte del socialismo autogestionario y la participación comunal, reconoció la necesidad de la planificación macroeconómica y la importancia del Estado a la hora de impulsar procesos de Industrialización en los países periféricos. De algún modo, sin homenajearlo, concibió al Estado como camino necesario para ir más allá del Estado. Para Guillen, que renegaba de los ideales abstractos, la perfecta sociedad humana no estaba más allá de la política. Para él, el Estado contaba como momento (uno más) de la realización. En este asunto se colocaba a prudente distancia de las posiciones típicas de una buena parte del espectro anarquista. Como en otros aspectos, su visión, más que tributaria de doctrinas, “sagradas escrituras” o “dogmas de fe”, era el fruto de una síntesis elaborada a partir de experiencias colectivas, profanas y profanadoras.

Como anarquista, marxista y socialista autogestionario, siempre rechazó las exteriorizaciones diferenciadoras y las exigencias morales abstractas y ajenas a lo real. La ambición de las aspiraciones nunca lo condujo al desprecio (o a la negación) de lo concreto. Las metas radiantes no lo enceguecieron a la hora de intervenir en el turbulento punto de partida. No cayó en la parálisis del purismo. Supo amarrar lo nuevo —el futuro— al pasado y al presente.

En el auge de los socialismos reales, en el momento de su máximo prestigio como alternativa sistémica al capitalismo, Guillén percibió algunas de sus fallas originarias, de sus vicios de estirpe, y optó por otras vías. Por vías que, en última instancia, resultaban más afines con un horizonte socialista, porque lo preparaban. Recuperó y puso en valor viejas experiencias de autogestión y comunidad, estuvo muy atento a las nuevas y extrajo de ellas los elementos que sostuvieron su inspiración utópica. Buscó los significantes del socialismo fuera del campo de las superestructuras y perfiló otras significaciones.  

Por sus planteos sobre la economía participativa y autogestionaria y sobre la democracia asociativa; por sus propuestas sobre inversión pública comunitaria; por su idea de un socialismo con mercados autogestionados (no con “mercado”, en singular y mucho menos “de mercado”); por su temprana matriz ecologista, etc., hoy, puede ser recuperado como uno de los precursores de la “economía social” o la “economía popular”.

Guillen soñó agro-villas autogestionadas asistidas por el aporte de la tecnología. Con pinceladas de un extraño desarrollismo reescribió, a su modo, la fórmula leninista que definía al socialismo como la sumatoria del poder de los soviets más la electricidad. O, por qué no, redescubrió la fórmula del peruano Hildebrando Castro Pozo quien, en la década de 1920, le dio un giro autóctono a la fórmula leninista: el socialismo como resultado de la comunidad indígena-campesina (el ayllu) más la electricidad.

No hace falta apilar más argumentos para demostrar que el personaje merece el esfuerzo por discurrir sobre la vigencia de su pensamiento (y sobre los modos de actualizarlo). A esto nos convoca Carretero Miramar en este libro. Pensar hoy a Guillén, tal vez, sea una de las tantas formas de comenzar a conjurar colectivamente la pesadez universal que nos envuelve, una vía de escape de la postración y el agobio que provocan la crisis civilizatoria del capital y la ausencia (seguramente temporaria) de alternativas.

No caben dudas: Guillén es un personaje histórico “raro”. Pero no es inclasificable. Por supuesto, no tolera las clasificaciones superficiales y fáciles. Un mundo fluido soñaba en él. Carretero Miramar, contribuye al conocimiento y a la comprensión del personaje pero, sobre todo, nos invita a encontrarnos en sus viejas huellas para que permanezcan indelebles.

Miguel Mazzeo

 Lanús Oeste, Provincia de Buenos Aires, Argentina

 23 de septiembre de 2021

El Plan Cooke-Guillén

                En 1948, Abraham Guillén escribe a su padre, al que no ha visto desde que tenía tres años, y que se encuentra en Argentina, para poder viajar allí. Le pide, y consigue, una carta firmada por su progenitor que le permite entrar en el país. Lo hace con un pasaporte especial que se les da a los refugiados españoles y que indica la condición de exiliado de la España republicana de su portador. El viaje lo paga el Comité Intergubernamental de Refugiados Políticos y lo realiza en un viejo buque francés.

Abraham llega a Buenos Aires en septiembre de 1948. Nadie le espera en el muelle. Su padre vive a miles de kilómetros de distancia, en Río Gallegos. Contando con muy poco dinero que le ha entregado el Comité de Refugiados, decide no arredrarse por la situación y lanzarse a la conquista de la ciudad. El 26 de noviembre de ese año, obtiene la célula de identidad de ese país con el número 3.750.425 de la Capital Federal[1]. Pronto le seguirá su mujer, Marisol.

Guillén, lo hemos visto, ya tiene un bagaje: ha vivido la revolución de las colectivizaciones en España; ha participado en grandes batallas de la Guerra Civil, como la de Guadalajara; ha estado preso en las cárceles franquistas y ha escapado de ellas en dos ocasiones; ha colaborado en la resistencia del exilio libertario, trabajando codo con codo junto al reconocido “millonario anarquista” Laureano Cerrada. Sin embargo, a partir de su llegada a la capital del país austral va a comenzar la mayor de sus epopeyas, la más gigantesca de sus aventuras, la etapa más prolífica e impactante de su vida: su exilio, sería mejor decir sus exilios, en América Latina.

                Guillén llega a la Argentina en plena época dorada del peronismo. El 4 de junio de 1946, Juan Domingo Perón ha jurado por primera vez el cargo de presidente constitucional. Justo antes de cederle su puesto, Edelmiro J. Farrell le ha ascendido a general de brigada. No había ya ningún obstáculo para que desarrollase sus políticas populistas y construyese, tal y como ha anunciado con profusión, “la nueva Argentina”. En los siguientes tres años, la popularidad de Perón y de su mujer crece como la espuma, y la situación económica le asegura abundantes recursos para la puesta en marcha de su programa “nacional-popular”.

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                Su programa, resumido en un eslogan que se incorpora a la nueva Constitución aprobada en 1949, plantea tres postulados principales para Argentina: independencia económica, soberanía política y justicia social. Los planteamientos sociales y económicos del peronismo se basan en la superioridad de la política sobre la economía y la recuperación del papel regulador del Estado en nombre de los supremos intereses de la nación; la perspectiva de superar la dependencia económica de Argentina basada en la exportación de sus materias primas agrícolas hacia el mercado británico y estadounidense a cambio de productos manufacturados e industriales y una política independiente (“Tercera Posición”) en la pugna creciente entre los intereses imperialistas de Estados Unidos y la URSS.

                Hasta 1948, todos los indicadores económicos argentinos indican buen tiempo. La balanza comercial y la de pagos muestran saldos sustanciosamente activos, el valor de la moneda es estable y la inflación se encuentra en límites aceptables, hay precios elevados y una enorme demanda para el producto que abarrota los silos de toda la Argentina: el trigo, convertido en un nuevo maná para un mundo asediado por el hambre.[2]

                Gracias a esta bonanza, Perón ha desarrollado un amplio conjunto de políticas sociales que le han permitido generar un gran consenso alrededor de su figura. Mediante estos mecanismos de reparto y bienestar, la porción de la riqueza nacional en poder de los asalariados, que en 1946 era el 37 % del total, pasa tres años después al 40 % y en 1950, al 47 %

                Y no se trata sólo de aumentos nominales. Durante los tres primeros años de gobierno peronista el poder adquisitivo de los trabajadores aumenta, según algunas estimaciones, en un 40 %, mientras otros autores hablan de un 60 %. Las ventas de frigoríficos domésticos se multiplican por cuatro y el consumo de carne se expande hasta convertir en raquíticas las existencias exportables, a pesar de haberse llegado al pico histórico de su producción. El gasto público aumenta del 21 al 30 % y el consumo de los hogares pasa de representar el 81 % de la riqueza nacional al 93 %.

                El gobierno, además, en busca de un amplio consenso nacional, apoya a los sindicatos peronistas en sus negociaciones con los empresarios, lo que lleva a la consecución de fuertes avances en las condiciones de trabajo derivadas de los convenios. También toma medidas para controlar los precios de los productos básicos y las tarifas de los servicios esenciales como la electricidad, el teléfono, el transporte y los alquileres de vivienda.[3] Como afirma Daniel James, al intentar caracterizar la relación existente en estos momentos entre el gobierno de Perón y las organizaciones de la clase trabajadora:

“La era peronista también legó a la clase trabajadora un sentimiento muy profundo de solidez e importancia potencial nacional. Por añadidura, la legislación laboral y de bienestar social representó en su conjunto una realización en gran escala en lo que concernía a derechos y reconocimiento de la clase trabajadora; una realización que reflejaba movilización de los trabajadores y no simplemente aceptación de la largueza estatal. El desarrollo de un movimiento sindical centralizado y masivo —cualquiera que fuese la medida en que contaba con el apoyo y la supervisión del Estado— confirmó inevitablemente la existencia de los trabajadores como fuerza social dentro del capitalismo. Esto significaba que en el nivel del movimiento gremial y por más que una cúpula cada vez más burocratizada actuara como vocero del Estado, los intereses de clase conflictivos se manifestaban realmente y los intereses de la clase obrera eran en verdad articulados. El punto hasta el cual podía confiarse en que la integración de los sindicatos al Estado peronista sería capaz de asegurar la aceptación de políticas inconvenientes para los trabajadores, siempre tenía un límite. En general, el sindicato cumplía con notable fidelidad su función para el Estado, pero en cambio éste, lo cual significaba fundamentalmente el propio Perón, debía ceder al menos la base mínima para un trueque. La relación no era de decreto, sino más bien de un trato que se debe negociar”.[4]

                Guillén llega a este país en plena efervescencia y encuentra pronto un hueco. Según algunas fuentes termina su carrera de Económicas en la Universidad de Buenos Aires, lo que parece poco probable, ya que él mismo manifiesta toda su vida haber realizado estos estudios universitarios en la Universidad de Madrid, de 1931 a 1936, así como un curso de especialización con el profesor Bertrand Nogaro en la Sorbona de París, en el curso 1947-48, como ya hemos indicado.

                De lo que no cabe duda es de que Guillén frecuenta la Universidad de Buenos Aires, pues ya en 1948 traba contacto con una de las personas que más importancia tendrá en su biografía inmediatamente posterior: el entonces profesor de Economía Política de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UBA, John William Cooke.

                Cooke, un hombre extraordinariamente inteligente, físicamente enorme y con un peinado y un bigote prolijos, era un excelente bailarín de tango, un gran jugador de póker y muy coqueto con las mujeres. Pero, además, era también uno de los más importantes representantes del ala más izquierdista del peronismo.

                Nacido en La Plata, el 14 de noviembre de 1919, en el seno de una familia radical de origen irlandés, fue su propio padre, Juan Isaac Cooke, militante del radicalismo, el que le puso en contacto con Juan Domingo Perón. En 1943 era ya abogado y fue elegido diputado justicialista con sólo veinticinco años para el período 1946-1952.

                Sus posiciones políticas se basan, en este momento, en una perspectiva partidaria de la liberación nacional que ve a la misma muy vinculada con el avance hacia una sociedad socialista. Para él, Perón, con quien mantiene una relación cercana, debe convertirse en la cabeza visible de un movimiento que abarque a toda la clase trabajadora para liberar de la única manera posible a la Patria: encauzando las rebeldías desde lo social a lo nacional, rompiendo con las cadenas de la dependencia y el subdesarrollo desde la base del avance hacia la construcción de una patria socialista que permita realizar la acumulación de capital necesaria para la industrialización y un desarrollo económico autocentrado. Cooke considera que el peronismo debe constituirse en un movimiento genuinamente revolucionario, y critica fuertemente a la burocracia sindical que no sabe hacer más que acercarse al poder para mantener estructuras clientelares.

                En el Congreso, Cooke es presidente de la Comisión de Asuntos Constitucionales, de la Comisión Redactora del Código Aeronáutico y de la Comisión de Protección de los Derechos Intelectuales. A principios de 1951, es seleccionado por Perón en persona para defender en el Congreso el cierre del periódico La Prensa, perteneciente a la familia oligárquica de los Gainza-Paz, muy crítico con el presidente. En su discurso ante la Cámara, Cooke acusa al diario de ser el portavoz de una gran conspiración conformada por los terratenientes, los empresarios del puerto de Buenos Aires y la United Fruit Company. Una conspiración destinada a poner en marcha un golpe de Estado contra el gobierno. Pese a que, tras el discurso, el subsecretario de Información y Prensa, también peronista, Raúl Apold le acusa de comunista por su tono marcadamente antimperialista, lo que motivará que Eva Perón le convoque para pedirle explicaciones, lo cierto es que la historia no tardará en darle la raAlfrezón.

                Entre 1946 y 1955, Cooke es profesor titular de Economía Política en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Es muy probable que sea allí donde conoce a un exiliado español interesado por la economía, pero también obsesionado por la transformación social y por la lucha por un socialismo no autoritario e independiente: Abraham Guillén.

                Guillén, recién llegado a Buenos Aires, empieza a trabajar en la revista Plan Quinquenal, como colaborador y redactando materiales económicos, titulándolos y subtitulándolos gracias a sus credenciales como periodista. Según indicará él mucho más tarde, “ganaba lo suficiente para pagar la pensión”[5].

                Cerca de seis meses después, Guillén se incorpora también a la redacción del diario El Laborista, un diario cercano a las posiciones de los sindicatos peronistas, fundado por el coronel Mercante, segundo de a bordo [DR1] de Juan Domingo Perón. Ejerce en el periódico como redactor económico, utilizando el pseudónimo de Fernando Molina, y escribe varios artículos sobre las negociaciones comerciales para establecer el convenio sobre el sector de la carne entre Argentina y el Reino Unido, por las que el país austral intercambiaba carne de vaca de sus frigoríficos por los bienes manufacturados de los británicos. Con su análisis crítico de las posiciones inglesas en la negociación, Abraham se apunta un tanto muy importante en la redacción. Los negociadores del convenio internacional llegan a decirle al director que los artículos de Guillén han sido la mejor campaña pública posible para que se firmara un buen convenio de la carne.[6]

Un año y medio después, Guillén empieza a colaborar también en la revista semanal del Ministerio de Asuntos Económicos argentino Economía y Finanzas. Para lograr el puesto tiene que enfrentar una especie de concurso-oposición, en la que tiene que realizar un estudio sobre el Fondo Monetario Internacional y otro sobre el convenio de carnes entre Argentina y el Reino Unido. Continúa trabajando de noche en El Laborista y por la mañana y algunas tardes en Economía y Finanzas, utilizando varios pseudónimos (el de Llanos, y alguno más, pero principalmente el de Jaime de Las Heras, que ya había usado como nombre falso en la clandestinidad durante el franquismo).

Sus escritos, supuestamente redactados desde Nueva York, tienen rápidas repercusiones en todo el continente americano, incluyendo el Congreso argentino, donde sus posiciones son debatidas en varias ocasiones. Según manifestará posteriormente el propio Guillén al académico norteamericano Donald C. Hodges, los servicios secretos de los Estados Unidos realizan investigaciones en el entorno de la embajada argentina y preguntan en la sede del periódico respecto a la identidad de la persona conocida como “Jaime de Las Heras”, ya que piensan que se trataba del asesor de la embajada argentina en Washington, Cafiero, mientras él continúa escribiendo sus artículos desde el sexto piso del Ministerio de Hacienda de Buenos Aires.[7] Lo hará todas las semanas, entre los años 1949 y 1956. En ese mismo ministerio, Guillén trabaja como asesor en Economía y Finanzas con el doctor Alfredo Gómez Morales, que había sustituido a Miranda en el ministerio y el Banco Central entre 1949 y 1952, asumiendo ese año como ministro de Asuntos Económicos, puesto que mantendrá hasta el golpe de estado de 1955.[8]

Guillén escribe, también, una serie de populares artículos en el diario Democracia, para oponerse a la propuesta de la venta de yacimientos de petróleo de la Argentina a multinacionales extranjeras.

                Ya en 1949, tras la implementación del Plan Marshall en Europa, Argentina ve erosionada su posición internacional como uno de los principales exportadores de grano y el crecimiento económico se ralentiza y empiezan a aparecer signos de tormenta. Hasta 1952 la inflación crecerá a un promedio de un 33 % anual. Esto coloca al ministro Gómez Morales en una posición delicada: tiene que ir preparando al pueblo para una política más centrada en subvencionar a los grandes productores agrarios (la oligarquía, tan denostada por la propaganda peronista), sin entrar tampoco en una política liberal de devaluaciones y recortes sociales, que estrechen la base social del régimen.

                En 1952 el gobierno pone en marcha un Plan de Emergencia que da pronto resultados esperanzadores. Entre 1952 y 1953, la inflación pasa del 39 % al 4 %, gracias a la congelación impuesta a la carrera entre precios y salarios, y al crecimiento del ahorro. El déficit fiscal, además, se ve reducido por medio de un aumento de la presión fiscal y a considerables recortes de las inversiones. Pero la Argentina de 1953 ya no es el país opulento de algunos años antes. Como afirma Loris Zanatta “los jóvenes economistas que rodeaban a Gómez Morales en el nuevo gobierno” —y recordemos que entre ellos está Guillén— “habían aprendido la amarga lección de los años de alta inflación, y no estaban dispuestos a sacrificar la disciplina fiscal para alcanzar resultados que a la larga se revelarían efímeros”.[9]

                Ese mismo año, Abraham Guillén publica su primer libro El destino de Hispanoamérica, del que hablaremos con más detalle en un capítulo posterior, pero que deja bien claro que Guillén, pese a haberse convertido en asesor del gobierno peronista y en publicista de su ala más izquierdista, no deja de tener una visión extremadamente personal y original de los problemas económicos y sociales de su tiempo. Su visión de una Hispanoamérica unida y socialista, supera en mucho las barreras del nacionalismo peronista y va mucho más allá de la narrativa nacional-popular para inaugurar una original mixtura entre el populismo, el internacionalismo, el marxismo y el pensamiento propiamente libertario. Asimismo, el 16 de septiembre de 1952, Marisol, la mujer de Guillén, da a luz a su hijo Jaime.[DR2] 

                El Segundo Plan Quinquenal, puesto en marcha a inicios de 1953, erosiona las bases políticas del régimen, preparando reformas estructurales. La más polémica es la nueva ley de inversiones extranjeras, que equipara el capital venido de fuera con el nacional y permite al primero sustanciosos porcentajes de repatriación de beneficios. La entrada de nuevo capital norteamericano pone sobre la mesa las contradicciones del gobierno: ¿es posible que la base social del peronismo acepte, digiera o tolere un cambio de rumbo que afecta a lo más esencial de la narrativa nacionalista del régimen[AR3] ? La oposición, por su parte, alimenta las contradicciones denunciando la venta del petróleo argentino a las potencias extranjeras.

                Al mismo tiempo, la conflictividad obrera, que el peronismo había conseguido mantener en niveles aceptables mediante la expansión del consumo de masas, empieza a reaparecer. Además, el propio partido justicialista muestra poco entusiasmo por la nueva política, y las críticas de los sectores más izquierdistas del peronismo (como el representado por John William Cooke) empiezan a generalizarse.

                En 1954 se suceden grandes movilizaciones obreras exitosas que empujan a una nueva espiral creciente entre precios y salarios. Ante el dilema insoluble entre satisfacer a sus bases populares, frenando los planes de reforma, o implementar la nueva estrategia económica, Perón, sumido en una creciente parálisis, responde apelando a su repertorio corporativista tradicional. En marzo de 1955, convoca el Congreso Nacional de la Productividad y el Bienestar Social, en el que participan la CGT, organización sindical única e identificada tradicionalmente con el peronismo, y la patronal. Sin embargo, las posiciones de ambas partes se muestran inconciliables. Aunque la situación económica no es de crisis abierta (la balanza comercial es buena, el crecimiento económico se sostiene, la tasa de inflación es moderada) el régimen está poniendo en cuestión sus mismas bases de sostenimiento, la alianza de clases que tiene tras él.

                Sin embargo, la crisis terminal del peronismo vendrá desde el campo de lo político. En un histórico discurso de 1954, Perón se enfrenta directamente con la Iglesia, pese a que el catolicismo expreso había sido durante años un elemento sustancial de su doctrina política. El gobierno pretende ejercer el monopolio del poder y de la “argentinidad”; la Iglesia y el Ejército, acompañando a los poderes fácticos, pretenden continuar manteniendo firmemente en sus manos las riendas del país, por encima, incluso, de la fractura entre peronistas y antiperonistas. La prensa se ve inundada de ataques a la “infiltración clerical” y las clases populares son convocadas por el partido y los sindicatos para que expresen su solidaridad con Perón. El Congreso aprueba una ley del divorcio que provoca las primeras fracturas en el partido justicialista.

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                En ese mismo año, Guillén empieza a colaborar, también, con la revista De Frente, editada y dirigida por John William Cooke. Esta revista aparecerá semanalmente y de forma ininterrumpida entre el 11 de marzo de 1954 y el 9 de enero de 1956, cuando es prohibida por el gobierno formado tras el golpe de Estado contra Perón. Fueron 95 números en total. Ya en 1957 aparecerán otros dos números, con otro formato, en plena clandestinidad.

                Se trata de una revista de unas cuarenta y ocho páginas (aunque llegó a tener cincuenta y dos) encabezada por la sentencia “Testigo insobornable de la realidad mundial”. Según la descripción de Miguel Mazzeo:

“Si bien los editoriales se caracterizaban por su tono marcadamente político, en sus páginas se trataban los temas más diversos. Entre otras secciones aparecían: 1) Política internacional. 2) Actualidad, donde se cubría la labor parlamentaria y también aparecían temas históricos que, a todas luces, eran ‘inactuales’. 3) Mujer, una sección que no se apartaba de un modelo que oscilaba entre lo patriarcal y lo frívolo: modas, recetas y poesía, amor adolescente y cómo comportarse en la mesa. También el vértigo del strass, los tailleurs, los gorros medievales, los zorros, los encajes y las últimas noticias de Cocó Chanel. 4) Astrología, con sus típicos horóscopos y predicciones. 5) Enigmas. Donde aparecen tratados temas del siguiente tenor: ‘El maleficio de Tután Kamón’, ‘El vudú’, ‘¿Quién entregó el secreto atómico a Stalin?’, ‘¿Son marcianos yanquis o rusos los platos voladores?’, aunque también aparecen en esta sección temáticas y tratamientos menos bizarros como, por ejemplo, ‘Vida de Sandino’ e ‘Interpretación del Encuentro entre San Martín y Bolívar’. También figuraban secciones como ‘Lo bueno y lo malo en el éter’, ‘Cine’, ‘Teatro’, etcétera.

De Frente era una publicación independiente del oficialismo, y como proyecto reflejaba la predisposición autónoma y el espíritu crítico de Cooke. Representaba, además, un paso más en la consolidación de sus posiciones latinoamericanistas y antiimperialistas”.[10]

                El nacionalismo de Cooke sigue, en este momento, siendo interclasista, pero sus críticas al ala derecha del peronismo son cada vez más fuertes. Así, en uno de los editoriales de De Frente puede leerse:

“Entendemos que un nacionalismo miope, que no ve más allá de las fronteras argentinas, es nacionalismo cerril y aborigen, que no sirve a ninguna causa noble. Latinoamérica, continente económica y socialmente ‘sumergido’, solo podrá salir de su actual situación en la medida en que tome conciencia de la necesidad de unirse y actuar cohesivamente”.[11]

                Como afirma Mazzeo:

De Frente proponía ‘cortarle las uñas al capital’ o, en todo caso, limárselas (tanto al capital nacional como al capital extranjero). La regulación económica y la ‘humanización’ del capital eran los ejes del proyecto ‘popular’ a mediados de la década del 50. De Frente abogaba por una ‘economía social’ y criticaba las versiones ‘crudas’ e ‘insensibles’ del capitalismo. En materia de expropiaciones, propugnaba una línea muy selectiva. Cooke todavía no rompía con la política basada en las posibilidades de una alianza entre capital y trabajo, colocaba las contradicciones de clase en segundo plano y las subordinaba a la contradicción Nación/Imperio o, mejor dicho: Estado-Nación/Imperio. Todavía no promovía una ruptura radical con los intereses y valores de la burguesía (la nacional, incluyendo la oligarquía diversificada, y también la transnacional)”.[12]

Mientras Guillén escribe en De Frente, los rumores de golpe de Estado se hacen cada vez más fuertes y la inestabilidad política se acentúa.

                El 11 de junio de 1955, la procesión del Corpus Christi se transforma en una masiva manifestación contra el régimen por las calles principales de Buenos Aires, promovida por la Iglesia católica. Durante los desórdenes subsiguientes, arde una bandera argentina. Perón habla al país, encendiendo aún más los ánimos, grupos de peronistas atacan a los fieles que van a entrar en la catedral. A las pocas horas, se decreta la expulsión del país de dos obispos, bajo la acusación de subversión, lo que provoca que el mismísimo Perón sea excomulgado de manera automática. La flor y nata del catolicismo argentino sufre una enorme redada y se multiplican los detenidos, mientras el Congreso somete a juicio a Tomás Casares, el último representante de la Iglesia en la Corte Suprema. Los sindicatos peronistas convocan a los trabajadores a la Plaza de Mayo para defender el peronismo.

                Pocos días después, el 16 de junio, las Fuerzas Armadas hacen su primera aparición en este turbio escenario político. La marina bombardea la Casa Rosada y la plaza que la circunda, provocando cerca de 300 muertos. La acción fracasa como golpe de Estado, pero enciende todas las alarmas. Ya se sabe de qué lado están una porción importante de los militares[AR4] . Ya nadie se puede llamar a engaño. Guillén vive el intento de golpe mientras se desplaza hacia el centro desde su domicilio, en la ciudad de Avellaneda, provincia de Buenos Aires, acompañado de varias personas, entre ellas su hermano. Abraham se dirige a sus acompañantes, antes de saber que está sucediendo y les espeta: “No vayáis a la plaza Rosada, que fijo que la van a bombardear”.[13] El peligro ha pasado, pero un golpe inminente y exitoso, si no se le hace frente desde el plano propiamente militar desde ese mismo momento, es no sólo probable, sino seguro.

                El Laborista empieza a hacer una campaña para que se realice un entierro masivo de las víctimas del bombardeo, pero intervienen de inmediato los militares, y la campaña se frena desde la dirección del diario.[14]

                John William Cooke es la primera persona convocada por Perón tras el intento de golpe. Es nombrado interventor del Partido Peronista en la Capital Federal. Una vez allí, mientras el propio Perón trata de calmar los ánimos liberando presos políticos y levantando el estado de sitio, Cooke se desespera: la estructura partidaria del peronismo capitalino es un espacio corrupto y tremendamente burocrático que no se puede cambiar tan fácilmente.

                Mientras Perón anuncia que va a reconstruir las iglesias quemadas tras los sucesos del 11 de junio, y acusa de los desórdenes a masones y comunistas, cesando al ministro del interior, Ángel Gabriel Borlenghi, Cooke se dedica a visitar los sindicatos y unidades básicas del partido, intentando organizar la resistencia armada al inminente golpe de Estado.

                Los trabajos de Cooke en ese sentido provocan el descontento inmediato de los militares que piden que se le arreste. En palabras de Richard Gillespie:

“Se ha sugerido, quizás con exageración, que el plan de acción de Cooke estaba basado en la experiencia de la resistencia española a Franco y que éste la conoció a través del veterano de la Guerra Civil Abraham Guillén, amigo y colaborador de De Frente. La idea básica era organizar una fuerza guerrillera urbana clandestina que pudiera frustrar un golpe de estado por medio de actividades guerrilleras respaldadas por el apoyo y la movilización popular. Cooke debía actuar con precaución dado que el Consejo Superior Peronista había rechazado la idea de crear milicias populares, ya que sabían que aun los generales ‘peronistas’ se opondrían a la idea, temerosos de que pudiera surgir una estructura de mando paralelo. A pesar de la falta de autorización, Cooke y otros pocos estaban preparados para actuar a espaldas de los líderes y organizar secretamente los contingentes guerrilleros. Al ocurrir el golpe de septiembre, poco es lo que se había realizado y que tuviera resultados prácticos, pero tiempo más tarde sus ideas formarían la base de la primera actividad de la Resistencia Peronista, en especial cuando Perón, en enero de 1956, les dio su respaldo táctico.”[15]

                Cooke y Guillén, entonces, tienen un plan. Un plan de resistencia, de organización de una tupida red de guerrillas que, con el apoyo popular, y a la imagen y semejanza de lo que sucedió en la Barcelona o el Madrid de julio de 1936, podrían resistir al golpe y parar la insurrección del ejército mediante una política insurreccional y armada de las bases peronistas. Este plan, conocido por el “Plan Guillén-Cooke de 1955”, es publicado en inglés por Donald C. Hodges[16] y traducido al castellano por Hernán Reyes en 2005.[17] El propio Hernán Reyes nos indica que, respecto a su implementación:

“Para el golpe militar de septiembre de 1955, estos grupos no estaban aún preparados, por lo que resultaron ineficaces. No tenían el apoyo político de los mandos peronistas y les resultaba difícil convertirse en unidades de combate capaces de resistir el embate de los golpistas. De ahí su debilidad e incapacidad de ponerse en práctica entre junio y septiembre, cuando miles de militantes se movilizaban para repudiar el intento de golpe del 16 de junio. Según Hodges, el plan quedó en el papel hasta enero de 1956, cuando Perón dio la orden de comenzar la resistencia. Por entonces, Cooke había tomado el control de la estructura partidaria”.

                Como indica Hodges:

“Cooke […] comisionó a Guillén para escribir un plan político-militar secreto para defender al gobierno popular.

Después de recibir la petición de Cooke, el plan de Guillén fue presentado al alto mando peronista. En vez de proceder de inmediato a implementarlo, sin embargo, el liderazgo lo presentó al equipo general del Ejército, constituido por oficiales peronistas tradicionales. Dado que la vanguardia armada propuesta habría sido independiente del ejército regular, los militares peronistas la vetaron”.[18]

                En un manuscrito inédito redactado, según Hodges, en 1973, en el que se basa su traducción al inglés, Guillén presentaba el texto del plan. Dicho manuscrito se encontraba entre la documentación donada por el propio Guillén a la Fundación Anselmo Lorenzo. Dejemos a los lectores con una larga cita del texto del mismo Abraham Guillén[19]:

“En grandes líneas el Plan Guerrillero Cooke-Guillén de 1955, podría ser sintetizado en los puntos siguientes:

                1. Vanguardia popular armada. Debería constituirse a base de los mejores cuadros del peronismo, pero tendría que ser rigurosamente clandestina, no cayendo en la trampa de las declamadas milicias populares, que sólo servían para asustar al enemigo e invitarle al “cuartelazo” contra un gobierno que pretendiera disminuir el poder militar con milicias regulares ostensibles, en vez de hacerlo con grupos guerrilleros clandestinos.

                2. Ejército y guerrilla: aunque el ejército regular sea muy grande y la guerrilla muy chica la correlación de fuerzas en presencia puede ser, no obstante, favorable a la guerrilla si esta opera en una gran ciudad donde la población le sea políticamente favorable. Así un gran ejército represivo puede ser vencido por una pequeña guerrilla, siempre que esta, como minoría armada actúe en función de poner en movimiento político insurreccional a la gran mayoría de la población de una gran urbe […].

                3. Táctica en superficie contra las tácticas de línea fija. Cuando un enemigo es muy grande en número de combatientes y en potencia de fuego, hay que hacer todo lo contrario de lo que él haga, para poder vencerle […]. Si un ejército regular concentra sus fuerzas en un punto, hay que atacarlo desde distintos puntos a la vez (cuando la guerrilla va siendo numerosa), o en un solo punto (donde el adversario sea débil) y esté desprevenido. […] Dicho de otro modo, la guerrilla en lo particular debe ser fuerte en un lugar dado y por un tiempo muy limitado, sin clavarse al terreno, ya que un ejército poderoso concentraría ahí sus fuerzas y vencería a las fuerzas guerrilleras. No importa que el ejército represivo sea grande en lo general si siempre es débil en lo particular, en el espacio y el tiempo elegido por la guerrilla […].

                4. Espacio y población. Los ejércitos nacionales represivos o contrarrevolucionarios, así como los ejércitos imperialistas, usando y abusando de sus grandes fuerzas, aspiran a la conquista del espacio y al dominio de las poblaciones “manu militari”. A un ejército contrarrevolucionario no le importa masacrar a las poblaciones […] pero esta apariencia de fuerza es una manifestación de extrema debilidad, si una guerrilla revolucionaria con sus hechos de armas y sus declaraciones políticas reprime a los represores y alienta la insurrección de las masas populares oprimidas. Si un ejército reaccionario nacional o imperialista oprime a la población, la guerrilla debe alentarla con sus acciones a darle colaboración política, a ponerla en movimiento insurreccional, para contar con suficientes fuerzas guerrilleras que ataquen desde muchos puntos a la vez, a fin de que el ejército grande de línea sea muy chico en la represión de los focos guerrilleros en forma de “piel de leopardo” […]. La guerrilla […] debe ceder el espacio luego de vencer y desarmar al ejército regular, prolongar la guerra en el tiempo hasta ser tan fuerte o más que su enemigo, pero ello sólo es posible ganando con sus acciones y manifestaciones la conciencia y la voluntad de las poblaciones oprimidas […].

                5. La guerra política. Frente a un “golpe de estado”, cuando el gobierno cuente con una gran masa de la población, con la mayoría política de un país, como Perón en 1955, basta con unos cuantos grupos guerrilleros urbanos dispersos en una o más grandes ciudades para no permitir que el ejército sublevado “controle el orden” y reprima a las masas impunemente […]. Una guerrilla, cuando tiene de su parte la gran mayoría de la población, no debe lanzarse a batallas frontales grandes, sino a producir muchos “focos” insurreccionales en la población, para hacer imposible en el ejército represivo la batalla de línea, teniendo que entrar en la guerra guerrillera en superficie, en todas partes al mismo tiempo, sin poder así ser fuerte en ninguna de ellas, El Plan Cooke-Guillén de 1955 no planteaba luchas en frente fijo, ni barricadas, ni milicias uniformadas o regulares, sino crear varios grupos de guerrilla urbana inmersos en las unidades básicas, en los distritos, las fábricas y los sectores o barrios urbanos, operando en una clandestinidad absoluta. Sólo así, con la guerrilla dentro de la población favorable, se movilizaría a las masas de las grandes ciudades, derrotando al ejército regular en espacios edificados tan grandes como Buenos Aires, Córdoba, Rosario y otros centros urbanos argentinos. La clave de mi plan guerrillero reside en hacer de chispa que encienda la pradera seca, actuando la guerrilla de locomotora del tren popular […] operando con muchos grupos de gran movilidad y combatividad, inmersos en una población favorable y ocultos en los bosques de cemento, apareciendo ofensivamente para armarse a expensas del enemigo y desapareciendo después entre una gran masa de población urbana, sin dejar rastros a las pesquisas del ejército reaccionario. Estas condiciones de espacio y población se daban, política y estratégicamente, en junio y septiembre de 1955 en Argentina […].

                6. Política, estrategia y táctica. En el Plan Guerrillero de Cooke-Guillén la estrategia era la política en acción como pueblo en armas, respondiendo a la tesis de Clausewitz de que la guerra es la continuación de la política por otros medios […] la política busca su realización en la guerra cuando le es prohibida la paz; cuando las masas populares son oprimidas o soportan una desocupación en masa; cuando un gobierno popular es atacado por un “cuartelazo” […]. Una guerrilla, preferentemente urbana, en ese año, habría podido evitar la contrarrevolución o transformar el golpe de estado en guerra civil generalizada como en España en 1936, pero con muchas posibilidad de ser ganada por un pueblo en armas […]. Como la legalidad estaba de parte del régimen peronista era posible dividir al ejército y a la policía, como sucedió en España en 1936; pero lo ideal, política y estratégicamente, consistía en derrotar al enemigo en pocos días, sin dejarle recibir ayuda extranjera; pues en estrategia una victoria rápida vale por dos”.[20]

                El propio Guillén, en el mismo texto, nos cuenta las razones del fracaso en la implementación de su plan, que articulaba secretamente a la juventud peronista, el sindicato CGT y la rama femenina del movimiento, para crear una serie unidades guerrilleras clandestinas:

                “El momento histórico de junio y septiembre de 1955 en la Argentina, era favorable a una gran lucha del pueblo en armas. El Plan Cooke-Guillén fue elevado a la cima del comando peronista que, a su vez, ingenuamente, lo sometió a la aprobación de los militares dichos peronistas. Estos, naturalmente, no queriendo duplicación de fuerzas militares, rechazaron el esquema guerrillero propuesto […].

                Parece que el responsable de que el Plan Cooke-Guillén no fuera aplicado fue el general Lucero y otros militares de alto grado simpatizantes del peronismo, pero no lo suficiente como para aceptar que la guerrilla y el ejército pudieran colaborar”.[21]


Guillén, finalmente, cierra el documento con unas pertinentes reflexiones:

                “Cooke, por su gran preparación política, su gran cultura, comprendió perfectamente el hecho de que una milicia popular no debe ser proclamada a los cuatro vientos, pero sí vinculada a las masas populares, pues una guerrilla que no vaya moviendo hacia ella a la población jamás podría hacer una revolución. Como J.W. Cooke era secretario político general del movimiento peronista en Buenos Aires, en 1955, tenía clara conciencia de que su fuerza política era igual a cero, a menos que fuera respaldado por grupos de defensa (GGDD), estructurados política y estratégicamente, como pueblo en armas, a fin de impedir un golpe de estado contra el gobierno popular. En momentos críticos de la historia de un país, cuando un partido o un movimiento es la aspiración política de la población, se puede perder el gobierno cuando no se tiene todo el poder. El gobierno es meramente nominal, simbólico, por más poder de masas que tenga a su favor, cuando no cuenta con las fuerzas armadas, los bancos, la industria, la economía agraria, la radio, la prensa, la televisión y otros poderes objetivos, concretos, no simbólicos. Para suplir ese déficit de poder real, el Plan Cooke-Guillén trataba de dar al movimiento peronista una vanguardia armada clandestina, introducida en todos los escalones de los sindicatos, el partido, la juventud, el movimiento femenino, en las ciudades y en el campo, para que en un momento crítico, ante un golpe de estado o una invasión extranjera, la guerrilla clandestina se convirtiera en brazo armado popular, en locomotora de arrastre de la población, en ejército de liberación nacional, si el ejército regular se pasaba al campo de la contrarrevolución o al servicio de una potencia extranjera”.[22]

                Un Plan para la insurrección, un Plan que no se llegó a implementar, pero en el que ya vemos muchas de las ideas fijas del futuro Abraham Guillén, teórico de la guerrilla urbana, escritor aficionado a los temas militares. Adalid de la subversión, dirán algunos, lo que también le convertirá en el blanco de los aparatos represivos de varios países, así como del periodismo sensacionalista.

                Un Plan para detener un golpe de estado que, sin embargo, nada pudo detener. Un nuevo golpe de estado en biografía de un huido de Franco y su asonada contra la República Española. No será el último.


[1] “Curriculum vitae de Abraham Guillén”. Documento mecanografiado encontrado entre la documentación donada por Guillén a la Fundación Anselmo Lorenzo.

[2] Loris Zanatta, Breve historia del peronismo clásico, Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 2009, p. 88.

[3] Ibidem, pp. 93-94.

[4] Daniel James, Resistencia e integración. El peronismo y la clase trabajadora argentina Buenos Aires: Siglo XXI, 2013, p. 57.

[5] Abraham Guillén, Biografía Abraham, ob. cit., casete IV.

[6] Ídem.

[7] Donald C. Hodges, Philosofy of de urban guerrilla. The revolutionary writings of Abraham Guillen. Nueva York: Morrow Paperback Editions, 1973.

[8] “Curriculum vitae de Abraham Guillén”. Documento mecanografiado encontrado entre la documentación donada por Guillén a la Fundación Anselmo Lorenzo.

[9] Loris Zanatta, Breve historia del peronismo clásico, ob. cit., p. 170.

[10] Miguel Mazzeo, El hereje. Apuntes sobre John William Cooke, Buenos Aires: Editorial El Colectivo, 2016, pp. 67-68.

[11] Revista De Frente, n.° 6, Buenos Aires, 15 de abril de 1954. Nota editorial.

[12] Miguel Mazzeo, El hereje. Apuntes sobre John William Cooke, ob. cit., p. 76.

[13] Abraham Guillén, Biografía Abraham, ob. cit., casete V.

[14] Ídem.

[15] Richard Gillespie, J.W. Cooke: El peronismo alternativo, Buenos Aires: Cántaro editores, 1989, p. 24.

[16] Donald C. Hodges, Argentina 1943-1976. The national revolution and resistance, University of New Mexico Press, 1976.

[17] Reyes, Hernán Reyes, “Abraham Guillén: teórico de la lucha armada”, en Lucha Armada, n.° 4, septiembre-noviembre de 2005, pp. 55-56.

[18] Donald C. Hodges, Argentina 1943-1976. The national revolution and resistance, ob. cit., p. 192.

[19] Abraham Guillén, Plan Guerrilero Cooke-Guillén contra el golpe de estado de 1955, Manuscrito mecanografiado con anotaciones de Guillén aparecido entre la documentación donada por éste a la Fundación Anselmo Lorenzo, (s.f.).

[20] Ibidem, pp. 2-7.

[21] Ibidem, pp. 7-8.

[22] Ibidem, pp. 9-10.


 [DR1]Marcado así en el doc recibido

 [DR2]Comentario de estilo: queda un poco descolgada la frase suelta, tal vez incorporarla al párrafo anterior que habla de su primer libro?
Desestimar este comentario si no es pertinente.

 [AR3]No abusaría de la palabra “régimen”, salvo que uses lo mismo para los gobiernos “democrático burgueses”. El peronismo era uno de estos. Te pasa por leer tanto a Zanatta 😊

 [AR4]Párrafo modificado

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