China y EE. UU.: juegos de guerra en un mundo crispado

La visita a Taiwán de Nancy Pelosi, presidente de la Cámara de Representantes de EE. UU., produjo un nuevo salto en las tensiones con China. La respuesta de Pekín fue poner en marcha ejercicios militares en las narices de Taiwán. Juegos de guerra al filo de la navaja.

El martes último, la presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, Nancy Pelosi, aterrizó en Taiwán. Este territorio insular es reclamado por China como propio, motivo por el cual la visita de la política estadounidense fue tomada como una agresión. Apenas trascendió que la funcionaria podría hacer una escala en Taipéi (capital de Taiwán) como parte de su gira por países asiáticos, los representantes de la República Popular advirtieron sobre las duras consecuencias que podría tener esta visita si se concretara. Dos días después de que esta tuviera lugar, China inició unos extensos ejercicios militares en el estrecho de Taiwán. La armada China dejó virtualmente bloqueado el tránsito marítimo. Al menos nueve misiles arrojados en estos ejercicios sobrevolaron Taiwán, y varios de ellos cayeron en la zona económica exclusiva de Japón, según denuncias realizadas por autoridades de este último país.

La situación creó una escalada sin precedentes en décadas, en un momento particularmente cargado de tensión en las relaciones interestatales, dominado por la guerra en Ucrania con uno de los principales aliados de Pekín. Si bien ni China ni EE. UU. –ni mucho menos Taiwán– parecen tener intenciones, por distintos motivos, de seguir incrementando el nivel de agresión, las posibilidades de cruzar el Rubicón y terminar en una conflagración no buscada están al límite.

Taiwán y el imperialismo

En la historia reciente de China, Taiwán se conformó como un Estado separado cuando el partido nacionalista Kuomitang, derrotado por la revolución dirigida por el Partido Comunista de Mao Zedong en 1949, hizo base en el estrecho y conformó allí un régimen hostil a la República Popular. Desde entonces hasta 1971 Taiwán usurpó la representación de China en la Organización de Naciones Unidas (ONU), con apoyo de EE. UU. y sus aliados. En octubre de 1971 la Resolución 2758 de la ONU reconoció a la República Popular de China (RPC) como “el único representante legítimo de China ante las Naciones Unidas” y expulsó “a los representantes de Chiang Kai-shek del puesto que ocupan legalmente en las Naciones Unidas”.

Cuando Richard Nixon se acercó a China como parte de una política para aislar a la Unión Soviética, y viajó en 1972 a Pekín para tener una cumbre histórica con Mao Zedong, se abrió un nuevo período respecto de la política imperialista hacia China y Taiwán. Es lo que se llamó la “ambigüedad estratégica”. ¿En qué consistía esta? Se trataba, básicamente, de no otorgarle un reconocimiento formal a Taiwán –que perdió reconocimiento como Estado en la ONU–, pero sí manifestar preocupaciones contra cualquier amenaza de avasallamiento por parte de Pekín. Todo esto, sin clarificar si saldría en ayuda de Taipéi en caso de una invasión, aunque esto nunca le impidió brindarle múltiples apoyos económicos y de diversos recursos.

Deng Xiaoping propuso la doctrina de “un país, dos sistemas” en el contexto de este acercamiento con EE. UU. durante el final de la Guerra Fría, y cuando daba los primeros pasos en las transformaciones que abrirían el camino de la restauración capitalista en China. La propuesta estaba dirigida a crear un marco para la restitución de los territorios dominados con Gran Bretaña y Portugal, Hong Kong y Macao, pero también apuntaba hacia Taiwán. Desde Taiwán siempre se rechazó este planteo. Líderes como el expresidente Lee Teng-hui le contrapusieron una teoría de “dos Estados”, obviamente rechazada por Pekín.

Con la creciente hostilidad que viene caracterizando la relación entre China y EE. UU. ya desde que Obama anunciara hace 11 años el “pivot al Pacífico”, lo que implicó mayores esfuerzos para que EE.. UU. siguiera siendo un protagonista en Asia, alineando países en su favor de cada a mayores disputas con Pekín, Taiwán se convirtió en un foco de atención cada vez mayor. Por el lado de China, desde que asumió Xi Jinping la cuestión de la reunificación de China y Taiwán, siempre presente en la política del PCCh, adquirió mayor relieve como parte de un nacionalismo más enfático que viene caracterizando al régimen.

La situación se hizo más ríspida desde 2016, con el arribo a la presidencia de Taiwán de Tsai Ing-wen, perteneciente al independentista Partido Progresista Democrático, poco antes de que Donald Trump se instalara en la Casa Blanca. El magnate rompió como presidente de EE. UU. una tradición vigente desde Nixon, al aceptar una conversación bilateral con la mandataria de Taiwán, otorgándole un rango de jefa de Estado. A partir de ahí, Trump realizó múltiples gestos que empezaron a dar por tierra con esta “ambigüedad estratégica”, pero nunca explicitó su abandono.

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El giro respecto de Taiwán fue parte de una política más ofensiva de conjunto. La disputa global, relativamente larvada, para mantener o ganar influencia y por cimentar alianzas, con foco en Asia pero extendidas a todo el planeta, dejaron lugar en el último lustro a roces más abiertos. Las “guerras comerciales” iniciadas por Trump, cuyo énfasis más allá del título estaba no tanto en el enfrentamiento comercial como en la disputa por la primacía en tecnologías fundamentales, y posteriormente la disputa por el 5G que continúa, generaron un enrarecimiento en las relaciones entre ambos países que no se desvaneció con la llegada de Joe Biden. EE. UU., que todavía mantiene el liderazgo en la tecnología e innovación por varios cuerpos –aunque observa con preocupación las iniciativas exitosas de China para cerrar la brecha o incluso liderar en terrenos como la inteligencia artificial– no desperdicia oportunidad para tratar de bloquear el acceso de Pekín a eslabones críticos para el desarrollo tecnológico. Al mismo tiempo, intenta concentrar recursos estatales, en colaboración con las grandes firmas privadas, para recuperar la iniciativa en terrenos donde ha sido superado, como el de los microchips. Curiosamente, es Taiwán, y no China, el país que se alzó hace años con el liderazgo en este terreno; su firma TSMC, sobrepasó ampliamente durante la última década a empresas históricamente líderes como Intel, que fueron incapaces de sostener, de manera rentable, el ritmo de inversiones exigido para mantenerse en carrera. Pero China también acecha con sus propias innovaciones en este terreno estratégico. La administración de Biden se propone recuperar protagonismo en la rama, aunque los últimos anuncios, de un fondo de USD 200.000 millones, parecen magros para los esfuerzos que se proponen.

Aunque la invasión de Rusia a Ucrania abrió otro frente que atender, Biden no desvió su atención de China. Por el contrario, la revitalización de la OTAN gracias a esta guerra dio nuevos bríos a los estrategas yanquis. Biden, igual que su antecesor, continuó con gestos que dejan atrás la “ambigüedad estratégica” respecto de Taiwán. En mayo de este año le advirtió a China, desde Tokio, contra cualquier intento de tomar a Taiwán por la fuerza. La idea de una invasión, afirmó Biden entonces, “no es apropiada. Dislocaría toda la región y sería un acto similar a lo que ha ocurrido en Ucrania”, haciendo un claro paralelismo con la agresión rusa, que habilitó como respuesta las duras sanciones por parte de EE. UU. y sus aliados de la OTAN.

No sorprende que una eventual disputa por Taiwán que pueda derivar en guerra directa entre EE. UU. y China se ubique entre las principales hipótesis de conflicto que trazan los estrategas de ambos países, resultados de estos ejercicios, en el caso del imperialismo norteamericano, no suelen terminar con resultados tranquilizadores.

Motivos para no escalar

Pero aunque el conflicto por Taiwán ocupa hace rato la atención de los gabinetes militares, la escala de Pelosi en Taipéi parece haber forzado tiempos y disparado acciones que no estaban en los cálculos. La última vez que tuvo lugar una visita de rango equivalente fue en 1997, cuando recaló allí Newt Gingrich, entonces también presidente de la cámara baja. Pero, como observa Claudia Cinatti,·el contexto no puede ser más distinto·. En el plano interno, “mientras que Pelosi y Biden son del mismo partido, Gingrich era un opositor cerril de la administración demócrata de Bill Clinton. Y el consenso del establishment imperialista era integrar a China al ‘orden neoliberal’”, impulsando su entrada en la Organización Mundial del Comercio.

La decisión de la representante, inconsulta, otorga una muestra de las divisiones que imperan en el bipartidismo estadounidense y de la debilidad del actual gobierno, que salvo el logro –probablemente efímero– de resucitar el compromiso atlantista de los socios europeos gracias a la guerra en Ucrania, no tiene muchos éxitos que mostrar y podría sufrir una dura derrota en las elecciones de medio término. Biden hizo saber que desaconsejaba el aterrizaje de Pelosi en Taiwán. Las agencias de inteligencia y usinas diplomáticas también la desaconsejaban. Aunque la rivalidad con China está en el centro de toda la articulación estratégica estadounidense, este no aparece como el mejor momento para estimular un choque abierto entre China y Taiwán. Pero el presidente nunca le solicitó formalmente a la jefa de la cámara de representantes que no realizara la visita. El temor a ofrecer un nuevo flanco de ataque a los republicanos en el medio de las elecciones se impuso a cualquier otra consideración. También buscó evitar grietas en las filas demócratas, permitiendo que los halcones del partido se impongan a las consideraciones del jefe de Estado (lo que también puede ser en algunos momentos una ventajosa división de tareas, aunque esta coyuntura se vuelve muy peligrosa). El experto en temas internacionales Ian Bremmer observaba, con algo de ironía que “Biden intentó impedir la visita de Pelosi a Taiwán… pero no lo suficiente para comenzar una pelea con ella. En vez de eso, se arriesga a una guerra con China”. Esta dificultad para marcar los tiempos por parte del jefe de Estado en la disputa más estratégica, condicionado por la disputa electoral pero también por su propia interna, es otra muestra palmaria de los límites que encuentra la todavía principal potencia imperialista para mostrar una intervención coherente. El conflicto de fondo en el establishment político norteamericano es sobre el curso a seguir para intentar dar vuelta las tendencias que, paulatina pero firmemente, muestran una declinación de su poder y un cambio en el centro de gravedad de la economía mundial capitalista, orientada hacia China.

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Provocar a China en este momento puede tener, como observa el columnista Thomas Friedman, del New York Times, derivaciones peligrosas en la guerra de Ucrania, en la cual Rusia está logrando hacer pie en el Donbass, pero con un costo mucho mayor que el previsto inicialmente por Putin. Si bien China, como muchos otros países, no acompañó las sanciones económicas impulsadas por la OTAN, sí parece haber tomado nota de las advertencias realizadas por EE. UU. sobre cualquier asistencia a Rusia. Friedman recoge de fuentes oficiales que Biden “le dijo personalmente al presidente Xi Jinping que si China entraba en la guerra en Ucrania del lado de Rusia, Beijing estaría arriesgando el acceso a sus dos mercados de exportación más importantes: Estados Unidos y la Unión Europea”. China, continúa Friedman, “ha respondido no brindando ayuda militar a Putin, en un momento en que EE. UU. y la OTAN han estado brindando apoyo de inteligencia y una cantidad significativa de armas avanzadas a Ucrania”. El riesgo no es solamente un choque con China en el estrecho de Taiwán, sino que Xi de un giro en su política y disponga una colaboración más activa con su aliado que pueda producir un resultado en Ucrania todavía más adverso del que se está dibujando en este momento, con Rusia controlando 20 por ciento del país. Para EE. UU. no resulta inconveniente una guerra que se prolongue en el tiempo y exija de Rusia grandes esfuerzos, con el consiguiente desgaste. Si China interviene más activamente ayudando a recomponer los pertrechos del ejército ruso y sosteniendo su economía, los esfuerzos bélicos pueden volverse más manejables y Putin puede volver a aumentar sus ambiciones yendo más allá de lo conquistado hasta ahora.

Para China, la visita de Pelosi dio una oportunidad para realizar un impactante despliegue militar. En plenos preparativos de Xi Jinping para asumir un nuevo mandato, y ser el primer líder después de Deng Xiaoping en gobernar más de 10 años, buscando una eventual extensión indefinida de su presidencia, el roce con EE. UU. le permite dar rienda a la inflamación nacionalista.

Sin embargo, el momento también resulta riesgoso para iniciar una escalada. La economía va rumbo a mostrar el segundo año de peor crecimiento en la última década, solo superado por el 2020 cuando emergió la pandemia. Las dificultades para controlar los nuevos brotes en estos meses, que fueron respondidas por Pekín con la política de “covid cero” que llevó al cierre de muchas ciudades durante semanas. En el segundo trimestre de este año la economía creció solo 0,4 % respecto de igual período de 2021, y retrocedió 2,6 % respecto del primer trimestre de este año, mostrando el impacto de las restricciones sanitarias. La previsión es que este año el PBI no crecerá más de 4 %, cifra que podría ser envidiable fuera de China, pero que es mucho menor al desempeño habitual en este país y se ubica por debajo de lo previsto hasta hace poco tiempo.

La economía no padece solamente los estragos de la política de “covid cero”. El desinfle de la burbuja inmobiliaria, en buena medida empujado por el gobierno del PCCh cuando forzó a las firmas del sector a bajar los niveles de apalancamiento con deuda, y que llevó a firmas como Evergrande al borde de la bancarrota, continúa extendiéndose. El retraso de las obras, por dificultad de financiamiento en el marco de las restricciones impuestas por el gobierno para endeudarse, condujo a muchos compradores de casas a dejar de pagar sus créditos hipotecarios. Las casas en China se pagan por adelantado, y las constructoras vienen dependiendo cada vez más de estos fondos para edificar. El “boicot de las hipotecas” amenaza con paralizar la construcción todavía más por falta de fondos, y dejar a más compradores enojados.

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La posibilidad de responder a los contratiempos económicos volviendo a estimular el crecimiento en base a deuda, un recurso al que el gobierno del PCCh apeló en numerosas oportunidades, se vuelve más complejo cuando los bancos centrales de todo el mundo, y sobre todo el de EE. UU., suben las tasas para hacer frente a la inflación y se convierten en “aspiradoras” de activos que buscan rendimientos elevados, pero también confiables. Hacer política expansiva en estas condiciones puede estimular la salida de capitales, a pesar de los controles que la limitan. El recuerdo del episodio atravesado en 2015, cuando la fuga de activos se aceleró abruptamente, está muy presente en las autoridades Chinas.

Las tensiones internas suelen ser un acicate de la agresividad internacional, como hemos visto en numerosas oportunidades. Pero la coyuntura encuentra a Xi Jinping con varios frentes abiertos como para acelerar ahora los tiempos de esta guerra para la que todos los actores se vienen preparando hace tiempo.

Otro salto sin vuelta atrás

La lógica de los acontecimientos, una vez iniciados, no necesariamente se ciñe a las motivaciones que puedan tener los principales actores de este drama para no seguir tensando la cuerda. Los próximos días o semanas veremos si las provocaciones cruzadas son respondidas solo con reproches diplomáticos cruzados, como está ocurriendo en estos días, o se va un paso más allá. Por lo pronto, el gobierno de China ya avisó que suspende el diálogo con EE. UU. por el cambio climático, lo que puede tener graves derivaciones.

Pero aunque la cosa no pase todavía a mayores en términos bélicos, la rivalidad que se viene exacerbando queda irremediablemente un escalón más arriba. De ambos lados, la puesta en escena de estos días ha sido una especie de ensayo general, o primer acto, de una conflagración hacia la que siguen avanzando y de cara a la cual seguirá produciendo acciones al filo de la navaja.

Mirando el panorama más de conjunto, se sigue agravando el peso de las disputas geopolíticas sobre una economía capitalista mundial que conoció en las últimas décadas una internacionalización productiva sin precedentes, cuyos beneficios fueron cuantiosos para las principales multinacionales que dominan el comercio mundial, la mayoría de ellas radicadas en EE. UU. y la Unión Europea, aunque cada vez más China cuele las suyas en los rankings de firmas líderes. La renuencia a renunciar a estos beneficios por parte del gran capital se choca con la agresividad creciente de los Estados, cuyas sanciones económicas, choques militares todavía localizados y preparativos para conflictos más globales torpedean la integración económica o como mínimo fuerzan a disciplinarla bajo nuevas estrategias, privilegiando a la hora de invertir los países más afines y no necesariamente más baratos en términos de costos. Algo que no se lleva muy bien con las necesidades de abaratar la producción para imponerse en la competencia global.

En este clima enrarecido, así como no hubo vuelta atrás de las “guerras económicas” de Trump, tampoco la habrá del affaire Pelosi y los juegos de guerra de Xi Jinping. El conflicto es cada vez menos una hipótesis y cada vez más una perspectiva palpable, imponiendo una lógica de carrera de velocidad para asegurar aliados y pertrecharse, sin descuidar en ningún momento los frentes de la economía y de la innovación, que resultan determinantes en cualquier conflicto de gran envergadura como este que, más allá de que pueda tener el disparador inmediato en Taiwán, apunta a rediscutir cómo se ordena y quién domina el capitalismo mundial.

Cuando estalló la guerra en Ucrania, evaluábamos que “la tendencia al desorden mundial da un salto cualitativo con esta guerra […] nos acercamos un paso más hacia los enfrentamientos para los cuales se viene preparando largamente el imperialismo norteamericano con la ascendente potencia oriental”. Los juegos de guerra en el estrecho del Taiwán vienen a confirmar que este es el signo de los tiempos.

Fuente: Ideas de Izquierda

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