La bala que no salió y el negocio del odio

Por: Sebastián Sayago

Afortunadamente, el arma que apuntó a la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner falló y Fernando Andrés Sabag Montiel no pudo llevar a cabo el asesinato.
Tras el necesario repudio a este hecho violento, queda la tarea de analizar la serie de procesos que hacen posible algo así, que un hombre (se verá si solo o en un contexto grupal) tome una pistola e intente matar a quien responsabiliza de los mayores males del país y acaso también de su propia vida.


CFK, el blanco preferido
En Argentina, como en gran parte de Occidente, hay discursos neoliberales-fascistoides que afirman que el país está en un estado lamentable y que la culpa de esto es un sector de la sociedad a la que habría que eliminar. Lo primero, que el país esté en una situación caótica, es una simplificación grosera. No es así. Nunca fue así. Las crisis económicas perjudican a la mayoría de los trabajadores pero benefician a grupos que concentran las riquezas y siempre obtienen ganancias. Por ejemplo, las grandes empresas alimenticias (Arcor, Mastellone Hermanos y Molinos Ríos de la Plata) obtuvieron una ganancia bruta de alrededor del 112% en el bienio 2020-2021, mientras la pobreza trepó al 40% y, sin las ayudas sociales (que hoy Massa está recortando), estaría cerca del 50%. Los productores agrícolas lograron una liquidación récord en agosto y las empresas mineras, que cuentan con muchos beneficios impositivos, están a punto de recibir incluso más ventajas. Aun con la mitad del país hundido en la pobreza, los grandes capitalistas ganan cada vez más. Decir que “el país está mal” es meter en la misma bolsa situaciones muy diferentes entre sí.


Argentina no está mal, el pueblo está mal.
El otro cliché de la derecha es que hay que eliminar al que se opone a este régimen de ganancias sectoriales, presentado como el único desarrollo posible. El excluido, el desocupado, la madre con hijos, los chicos con dificultades para ir a la escuela, las personas con discapacidad, los mapuche que reclaman para que sus demandas sean atendidas, los trabajadores que se oponen al ajuste y aspiran a un sueldo digno, los colectivos que defienden los derechos a la igualdad de géneros, los movimientos socioambientales, los empleados estatales, la gente que participa en partidos que otorgan un rol activo al Estado, etc., son considerados enemigos de esa patria capitalista, blanca, empresarial y exitosa que se propone. Como si la exclusión y la explotación no fueran parte inherente del capitalismo. Como si fuera posible una sociedad en la que todos sean empresarios ricos.
Y este discurso de derecha tiene su blanco preferido en el kirchnerismo, porque es el movimiento político más importante en la vida institucional argentina en los últimos veinte años, porque ha reivindicado el rol de Estado en la regulación de la actividad económica y en la ampliación de derechos y porque, además,
está vinculado a hechos de corrupción. Por todo esto, los sectores políticos y mediáticos que están a la derecha del kirchnerismo han construido a CFK como el símbolo de todos los males, como el principal chivo expiatorio, como el blanco preferido de todas las críticas. Por eso, la persecución judicial también. Si no para meterla presa, al menos para seguir denigrándola públicamente y tratar de minar su apoyo popular.

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El desprecio del otro
El odio a la vicepresidenta es parte de un proceso más amplio y diverso, en el que se elabora un odio a los grupos que se oponen al modelo de país de quienes se creen superiores al resto, sea por linaje, por características étnicas, por posesión de capital o simplemente por autoconvencimiento. Desde su perspectiva, los otros son parásitos, ladrones, seres carentes de dignidad, menos que personas.
Hace un par de días, el líder de La Libertad Avanza Javier Milei, en una entrevista por LN+, celebró que la policía usara tanques de agua para reprimir a los manifestantes que rodeaban la residencia de CFK: “Yo entiendo que para un zurdo o para un K recibir agua debe ser algo tremendo. ¿Te imaginás un zurdo y la experiencia de bañarse? Debe ser algo realmente complicado”. Milei, que tiempo atrás, ante una extasiada Viviana Canosa, había vociferado: “Odio a los zurdos de mierda”. Agustín Laje, referente antiabortista, sobre los militantes kirchneristas reprimidos en Recoleta, declaró en Twitter: “Hay que cortar todo vínculo con estas ratas”. Hace pocos meses, José Luis Espert, otro referente “libertario”, pidió “cárcel o bala” para los mapuche. Nunca sentarse a dialogar para escuchar con seriedad sus demandas. Simplemente, deben resignar sus reclamos o desaparecer.

El discurso del odio implica la deshumanización del que piensa diferente o del que está en una situación de vulnerabilidad. Prospera en las situaciones de crisis porque ofrece un responsable, un cuerpo a quien culpar del malestar que se padece. Se basa en la ilusión de que es posible la extinción del otro y de que esa extinción conlleva la solución de todos los problemas. Se fortalece con la combinación de ignorancia e indignación moral.
Los medios que alientan el neoliberalismo celebran entre sonrisas cómplices la emisión de juicios de odio. No las cuestionan ni siquiera como acto de habla poco feliz, como una exceso retórico del político invitado. Simplemente, se callan y ese silencio da un aval a lo que se dice. “Hay que exterminar al otro”.

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Grieta, odio, frustración
Desde hace tiempo, la clase política y los medios más importantes explotan la idea de la grieta para separar buenos de malos. Es un modo de acentuar las diferencias y de justificar millones de palabras diarias, en portales de noticias y en televisión. Lo cierto es que, muchas veces, las diferencias no son tan grandes y responden más a una cuestión de estilo que a una de fondo. Por ejemplo, ahora el gobierno kirchnerista está realizando un ajuste que no está muy lejos de lo que haría el macrismo si estuviera en el
poder. Y esto es parte de un programa monitoreado por el FMI, adoptado como consecuencia de una deuda contraída por Macri.
La grieta ha servido electoralmente porque alienta la elección del mal menor: “Hay que votarnos a nosotros, porque los otros son peores”. Y, para que resulte, hay que insistir en que los otros son así. “Los otros son tan malos que todos nuestros errores son perdonables”.
El negocio político-mediático de la grieta también contribuye a la proliferación de los discursos de odio porque simplifica el análisis de la realidad social y reduce todo a la oposición Nosotros/Ellos,
Buenos/Malos. Y eso conduce necesariamente a la frustración, porque el cambio de gobierno no resuelve nada. Argentina sigue mal. Mejor dicho, el pueblo sigue mal.
Entonces, aparece un tipo con una pistola, apuntando contra una figura pública demonizada por los medios dominantes. Pronto sabremos qué tenía en la cabeza. Odio, seguro. El desafío para nosotros, para quienes aspiramos a una sociedad más justa y solidaria, es desmontar esos discursos cargados de odio, desmitificar esos relatos simplificadores y marketineros y racionalizar tanto como sea posible el análisis de los que nos pasa. El centro de la discusión no debe ser quién roba más, quién miente más, sino qué causas y consecuencias tiene un sistema basado en la explotación, en la generación de riquezas para unos pocos y en la degradación del ambiente.

3 thoughts on “La bala que no salió y el negocio del odio

  1. Excelente nota. Ayudaría restablecer la ley de medios y regular redes sociales, por ejemplo. Hoy las corporaciones son accionistas absolutos de los medios y rrss, es una pelea desigual.

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