Italia: Los negativos efectos de aliarse con el Partido Democrático de Letta

Con las elecciones ya próximas, una nueva formación política no puede venir de otro sitio que no sea una crítica sin rebozo de la política del PD y del centro-izquierda de las últimas décadas. En la Segunda República italiana, las reformas que han golpeado duramente a los estratos sociales más bajos no vinieron sólo del centro-derecha, sino también del centro-izquierda, y el PD se creó precisamente con el objetivo de orillar a la izquierda anclada en los movimientos sociales y a las culturas críticas con los procesos globales del neocapitalismo.
El actual nivel de apoyo electoral a las derechas neonacionalistas, en Europa y en los Estados Unidos, es también una reacción contra los partidos de izquierda que se rindieron a las políticas neoliberales, que han empujado a las clases trabajadoras -ahora sin un sistema de producción que las aglutine y sin dirección política- al abstencionismo, o incluso a los brazos de la derecha, dejando al centro-izquierda con un papel muy destacado sólo entre las capas altas de la sociedad.
Continuar con las políticas neoliberales del centro-izquierda significa favorecer el populismo de derechas. Ello se debe también a que el aumento de la desigualdad y el abandono de las clases menos pudientes hasta que les resulta difícil incluso sobrevivir no sólo bloquea su pleno disfrute de los derechos políticos y civiles, sino que también fomenta el crecimiento de sentimientos generalizados de intolerancia, xenofobia y egoísmo, que se extienden siempre que se desvanece la posibilidad de cultivar valores postmateriales. A través del énfasis regresivo en la pertenencia, los derechistas son capaces de agitar una “revolución” pasiva, ersatz, de identitarismo y soberanismo. La erosión de los derechos sociales se traduce asimismo en una crisis de facto de los derechos civiles y políticos.
En consecuencia, creo que vale la pena arriesgarse a perder el caudal de votos que garantiza el PD, ya que la gente que ha sufrido sus políticas antipopulares y las ha visto revestidas de retórica y simbolismo democráticos va a captar incluso un indicio de cercanía entre la izquierda y este partido (creo que esta es la razón por la que formaciones como Sinistra Italiana y Artícolo Uno nunca han despegado en las urnas, a pesar del valor de sus programas).
También es el caso de la reciente implicación en la guerra, que ha puesto en cuestión incluso el único deber del Leviatán hobbesiano para con sus súbditos, es decir, la protección de la vida, sembrando la angustia económica entre los trabajadores, los parados y los jubilados, y la desesperación en las pequeñas y medianas empresas.
Si nos separamos de un falso “constitucionalismo” centrista (falso porque el neoliberalismo no está de acuerdo con la Constitución) y evitamos el tropo de definirnos contra los “duros”, podemos esperar de veras volver a dirigirnos a los que ya no votan, e incluso a aquellos privados de derechos que votaron a los derechistas creyendo que eran quienes estaban de su lado.
Por el contrario, si seguimos buscando una unidad imaginaria y desalentadora en el “antifascismo”, expurgando el carácter popular originario de éste, seguiremos hablando sólo a una élite enrarecida, alejada de la realidad, que está convencida -a diferencia de la base social- de que Mario Draghi es un santo y un héroe, y que la guerra actual se hace en defensa de la democracia.
Eso significaría perpetuar el error de la clase media reflexiva anti-Berlusconi, que rechazó la grosería y el hedonismo, pero no rechazó la desigualdad y la explotación.
Syriza, Podemos y, especialmente, la France Insoumise nunca habrían crecido hasta convertirse en actores importantes en sus respectivos países sin una fuerte crítica de las medidas políticas anteriores del centro-izquierda. Del mismo modo, en contextos con diferentes tradiciones políticas, sin esa crítica Corbyn no habría alcanzado el liderazgo de su partido, ni Sanders habría sido capaz de forjar la legitimidad de los valores del socialismo en los Estados Unidos.
El diálogo con el PD sólo puede concebirse desde la posición de un partido alternativo de izquierdas que haya ganado autonomía real y acumulado fuerza política y profundas raíces sociales. ¿Y el argumento de que poner el listón tan alto supone el riesgo de facilitar la victoria de los neonacionalistas?
Lo cierto es que el apoyo a coaliciones neoliberales-progresistas, inevitablemente forzadas a políticas antipopulares por los intereses que las dominan, no hace más que sentar las bases para una futura consolidación definitiva de un ala reaccionaria cada vez más autoritaria y conservadora (Trump no habría podido surgir sin Clinton y Obama). El verdadero problema es otro: ¿existe hoy una praxis social que sea alternativa al mundo de los banqueros, las finanzas y la empresa postfordista, y que pueda llegar a ser paradigmática y atractiva? Antes que nada, eso es lo que tenemos que iniciar de nuevo.

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