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Apuntes sobre socialismo desde abajo y poder popular

Mujeres campesinas e indígenas, guardianas y defensoras de la vida del abya yala

En los territorios de la región los pueblos vienen rechazando hace años el modelo extractivista, agro minero exportador imperante, que saquea nuestros bienes comunes, contamina agua y aire, nos enferma y mata, desaloja a los pueblos que la habitan. Ante este panorama desolador el discurso de soberanía alimentaria, deslizado por algunos sectores de poder y gobiernos provinciales y nacional se vuelve una declamación vacía y muy lejana a la realidad. Este modelo privatiza las semillas, promueve alimentos transgénicos, facilita la concentración de las tierras en empresas transnacionales, promueve la producción de comoditys más que de alimentos, promueve una forma de producir que atenta contra todas las vidas, genera concentración de la riqueza y expansión de la pobreza.

Estas políticas de extractivismo y muerte afectan a cientos de familias “urbanas” pero también a las familias de la Agricultura Familiar, que vienen perdiendo sus chacras, sus animales, sus plantaciones de fruta, que trabajan y habitan la tierra que no le es propia, que viven en viviendas precarias. 

Si bien las mujeres forman parte del conjunto de la Agricultura Familiar, viven formas particulares de opresión, ellas ocupan posiciones desiguales dentro de la estructura social. Las mujeres campesinas padecen históricamente una asimétrica distribución de la tierra, que las coloca en situaciones de menor autonomía frente a los hombres.

Las mujeres rurales son las principales responsables del trabajo doméstico y del cuidado familiar, sumadas las tareas que se contemplan alrededor de la casa como parte del trabajo reproductivo como la huerta, el cuidado de animales de granja y la lechería. También participan activamente del ámbito productivo marcado por la falta de reconocimiento social, invisibilizando la triple y extenuante jornada laboral, fomentando la desigualdad de género.   

Son las mujeres rurales las que menos acceso tienen a oportunidades educativas y laborales, tienen menos acceso a la educación sexual integral, a la salud sexual y reproductiva, prevaleciendo sobre ellas un fuerte control sobre el cuerpo y la sexualidad, y asignándoles una fuerte identidad centrada en los roles de madres y esposas. 

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Son mujeres que ocupan los índices más altos de pobreza, y pese a ello se encuentran, se juntan en las comunidades y se organizan.

Son las organizaciones populares quienes se movilizan para detener este terrecido y muchas veces las mujeres son las que están al frente de esa resistencia; denunciando que ni sus cuerpos, ni la tierra son territorio de conquista. 

En este sentido, debemos revalorizar la acción organizada, comunitaria de las mujeres, que en su andar deconstruyen y reformulan conceptos como el de economía, producción, progreso o trabajo, tratando de revertir una cultura jerárquica, que considera que unas vidas valen más que otras, y que somete con violencia todo lo que pretenda poner límites a la maximización del beneficio.

Las mujeres campesinas e indígenas, fueron y son guardianas de la semilla, del monte, del agua, son quienes garantizan la soberanía alimentaria, quienes sostienen formas de comercialización directa con las y los consumidores. Son quienes realizan cotidianamente trabajos de cuidados.

Queda mucho camino por recorrer ya que vemos que, según la división tradicional del trabajo por géneros, son la minoría ocupando roles de exposición pública, oral y de valoración de sus conocimientos en relación a los varones.

Es necesario abrir un sendero para el respeto y la revalorización de sus acciones y saberes generalmente olvidados y desestimados; que la memoria y práctica de las mujeres sea capaz de reconstituir el valor de un conocimiento adquirido a través de los siglos, que no es depredador y por el contrario valora y hace recircular la vida. En ellas está la existencia de un modo distinto de relación con la tierra y la naturaleza. Las mujeres que trabajan en vínculo estrecho con la naturaleza son las depositarias principales de estos saberes con un enorme caudal muchas veces subterráneo y negado. 

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Concentración de la riqueza, el estado al servicio de las multinacionales

Las multinacionales en alianza con el estado pretenden patentar las semillas, adueñarse de ese patrimonio de todes, la humanidad tiene una historia de 10.000 años de preservación y mejoramiento de las semillas; cuando dejamos de ser nómades, las mujeres fueron quienes empezaron a cultivar y garantizar así los alimentos para la comunidad.

Las intervenciones que las empresas le hacen a las semillas no hacen más que construir una idea de la semilla como mercancía, en manos de unos pocos, donde todo un sistema científico se pone a disposición de esas multinacionales y los estados favorecen con legislación adecuada a tal fin.

 Bajo un discurso de aumentar la producción de alimentos para la humanidad, se encubre un modelo de concentración de la riqueza, de apropiación y privatización de los bienes comunes, de avasallamientos en los territorios.

Por mencionar solo un ejemplo en Rio Negro compañías extractivas, el Poder Judicial y el gobierno de Río Negro, de un lado. Del otro, comunidades mapuches con posesión territorial centenaria. En julio de 2021 las comunidades mapuches de Río Negro se enteraron por los medios de comunicación que el gobierno provincial, mediante la Secretaría de Minería, había otorgado permisos de exploración sobre más de 50.000 hectáreas a la empresa Ivael Mining Sociedad Anónima. De inmediato, y como sucede a lo largo del país, exigieron que se cumplan los derechos vigentes, entre ellos el establecido en el Convenio 169 de la OIT (que en Argentina tiene rango supralegal, por encima de normativas locales). Intentaron diálogos con el Gobierno, pero no dio respuesta.

Comenzaron un proceso de varios trawn (reuniones de comunidades, que incluye ceremonias y participación de werkenes y lonkos). Decidieron el “cierre de tranqueras a las mineras” y siete comunidades recurrieron al Poder Judicial. Presentaron un amparo donde denunciaban la vulneración de las leyes que protegen los derechos indígenas.

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María Cona Torres es “pillan cushe (mujer mayor con mucha sabiduría)”. Fue una de las voces que se escuchó, micrófono en mano, durante la movilización. Al hablar intercalaba mapuzungun con español. “En pandemia nos decían que nos quedemos en casa, mientras en nuestros territorios avanzaban las mineras y nos robaban la tierra. Pero acá estamos, fuertes, aunque nos traten de ‘indios ignorantes’ por no saber leer o escribir, sabemos que tenemos derechos y sabemos que la minería es daño para el agua, daño para la tierra y daño para nosotros”, afirmó. Denunció que el Gobierno no quiere escuchar: “La gobernadora (Arabela Carreras) nos cierra la puerta en la cara. Que sepa que queremos ser libres para vivir como lo marca nuestra cultura y nuestros derechos”.

El derecho de los pueblos a decidir

Lo que se pone en juego en este modelo, es el derecho de los pueblos a decidir; cómo queremos que se desarrolle nuestro territorio, que queremos producir, de qué manera, cómo accedemos a la tierra, al agua. Si queremos o no la presencia de una multinacional en nuestro territorio. Muchas son las experiencias de los pueblos organizados que dan cuenta de esto: “El agua vale más que el oro”, se gritó en Esquel, en Mendoza, en Famatina, en Andalgalá. “El famatina no se toca”. “Jachal no se toca”. ¡Paren de matarnos No es No! 

Las trabajadoras precarizadas del estado somos parte y nos hermanamos con estas luchas y gritos: Basta de ecocidio- Basta de desmonte- Basta de extractivismo. ¡Soberanía alimentaria ya!

Karina Gutkowski y Eliana Negrete son trabajadoras de la Subsecretaria de Agricultura Familiar Campesina e Indígena, nucleadas en ATE.

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