La política del “pase, pase”, una falsa inclusión

Se viene fin de año, momentos de cierres, balances y de evaluaciones. Un momento crítico, tanto para docentes como para estudiantes. Todxs se apuran, llueven trabajos prácticos de aquí y de allá, los de marzo y los de agosto, los del último cuatrimestre y los del primero. Y lxs profes haciendo malabares, tratando de entender y ordenar, de orientar y explicar; de hacer entender a lxs estudiantes que, más allá de que está entregando un trabajo de abril, no puede aprobar la materia, porque el proceso; el transcurso; las faltas; las pruebas y todo lo que ambos –docentes y estudiantes- sabemos que no se hizo. Pero ahí estamos, negociando.

 ¿A qué se debe esta “locura de noviembre”? (ya le podríamos poner nombre de patología), si todxs sabemos quiénes están para aprobar y quiénes no, quiénes han alcanzado los objetivos, si entendemos la evaluación como un proceso –tanto se nos machaca con eso- y no como el resultado de un momento particular? Una respuesta se asoma como posibilidad: la demagogia pedagógica, una mal entendida inclusión educativa que tiene como responsable central a las políticas sistemáticas de los gobiernos de turno orientadas a la acreditación y a que cierren las estadísticas, que se lleva puesto no sólo el trabajo cotidiano de la docencia, sino a la posibilidad de pensar una educación que represente un salto cualitativo en la vida de lxs estudiantes y que propone, para la escuela pública a la que acceden lxs hijxs de la clase trabajadora, un objetivo contenedor y no educador.

          La última jornada docente mostró de manera cabal la orientación de la política educativa, que se resume en una palabra clave:

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flexibilización. Se busca flexibilizar el ingreso a la escuela (como si fuera lo mismo llegar tarde que a horario), el esquema de faltas (como si fuera lo mismo estar que no estar) y la orientación de la evaluación (como si fuera lo mismo saber que no saber), todo disfrazado con eufemismos que pretenden hacer de la excepción, la regla. Como docentes, sabemos que hay casos en que nuestrxs estudiantes no pueden llegar a tiempo porque trabajan, porque cuidan a los hermanxs, porque muchas veces no tienen para cargar la sube y otras cuestiones que la escuela toma en consideración a la hora de evaluar la trayectoria. Eso queda fuera de discusión. La escuela es la primera línea del Estado (y diría que la única) que toma contacto con las realidades cotidianas de las familias y las comprende. Pero entender los casos particulares, no puede ser la coartada que sirva de orientación de una política educativa que apunta a flexibilizar el sistema educativo, en pos de generar una “escolaridad de baja intensidad”, que no forme a niñxs y jóvenes como ciudadanos críticos y preparados para afrontar las dificultades de la vida adulta, sino que simplemente los contenga en ese paréntesis al que apuestan que sea la niñez y la adolescencia.

Pase, pase…una falsa inclusión

         “Lxs estudiantes desaprueban porque el problema son lxs evaluadorxs y sus formas” dicen, con otros eufemismos, lxs documentos de la DGCyE, evadiendo toda responsabilidad y descontextualizando la tarea docente y a la escuela como institución. “Lxs estudiantes desaprueban o pasan de año sin saber porque la política educativa persigue el acceso, permanencia y egreso, sin preocuparse por si lxs niñxs y jóvenes aprenden o no”, decimos lxs docentes. La docencia está preocupada, porque vemos que, a partir de las políticas gubernamentales de flexibilización, se está acostumbrando a las generaciones a que da todo lo mismo. “Yo vine todos los días, entregué todo y Juanito no vino nunca, entregó un tp final y aprobó”, es la queja constante que se escucha en voz de lxs estudiantes. Más allá que no es ideal las comparaciones individuales, lo que muestra la queja es que da todo lo mismo. Y lxs estudiantxs lo ven.

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La política educativa demagógica pone la consecuencia como causa y evade la responsabilidad que le compete en términos de orientación marco de una pedagogía que, desde los 90’s hacia acá, ha degradado sistemáticamente el sistema, bajando la vara en las expectativas a partir del recorte de contenidos (con la política de arealización, que junta materias borrando la especificidad disciplinar) y de presupuesto para educación, pauperizando las condiciones de infraestructura escolar, como así también las condiciones materiales de vida de lxs docentxs, que tenemos que cargarnos de horas para poder llegar a fin de mes. El corolario de este descalabro, es una educación pobre para lxs sectores pobrxs de la sociedad.

La política educativa apunta a formar un futuro trabajador precarizado, adaptado al mundo botón y con pocos conocimientos de cómo funciona el sistema (en lo económico social, en lo tecnológico, en lo físico y en lo artístico). Además tiene una mirada burócrata de la educación, de llenar estadísticas para fundamentar sus propias mentiras y fracasos. Es una política opuesta a entender a lxs estudiantes como “sujetos de derechos”, porque les niegan desde una vida digna garantizando la alimentación, la salud, la vivienda, la educación hasta el propio futuro. La “inserción” de la que nos hablan es a ese mundo precarizado, marginal de las condiciones básicas del buen vivir. Por eso entienden que “insertar” es llenar una planilla donde todxs estén aprobados, no importa si terminó la primaria y no sabe leer… Está incluído en la planilla y es suficiente para toda la burocracia del sistema educativo.

Una política de la amorosidad es una política que exige, que pone límites, que obliga al otrx a superarse, no que le dice todo que sí. El pase, pase es una política del abandono. Abandono de lxs futuros egresadxs a su suerte, que nos des-compromete con nuestro rol adulto de mostrarles a las nuevas generaciones el mundo en el que están desarrollando su vida. El paso por la escuela tiene que ser transformador, no puede ser reproductor. Y como docentes comprometidxs en la transformación de las condiciones materiales e intelectuales de nuestrxs alumnxs, no podemos dejar que se siga avanzando por este camino.

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 Entendemos que tal situación no puede ser desvinculada de la estructura socioeconómica de nuestro país: una educación precarizada y vaciada de contenidos para un modelo de país basado en un desarrollo dependiente dirigido por el capital concentrado y transnacional donde las variantes polìticas, ni siquiera las progresistas, no intentan transformar. Ante un capitalismo que expulsa materialmente a millones de personas la respuesta no tiene que ser la precarización del sistema educativo. Es imprescindible avanzar en debates más profundos que vinculen lo político, lo educativo y lo económico para comprender que una verdadera escuela inclusiva se construye con un proyecto político de país que garantice oportunidades materiales y simbólicas para todes. 

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