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Apuntes sobre socialismo desde abajo y poder popular

2023: del año de los mil rostros sólo uno es electoral. Realismo capitalista, ajuste “estabilizador” y dominación colonial

Pese a la agudización de la crisis y de los padecimientos populares, o justamente por eso mismo, toda la agenda del arco político y los medios de comunicación pasa por el tamiz de las elecciones, mientras se disputan el sillón de Rivadavia como trofeo.

Nunca como ahora las luchas de los trabajadores y otros sectores populares fueron invisibilizadas de tal manera -ya casi no se registran siquiera como “caos en el tránsito”-, para no entorpecer el camino hacia las urnas. El drama del hambre sólo interesa por su correlación con los guarismos electorales. La renuncia de Alberto Fernández a postularse no devino en incentivo para un debate serio sobre la crisis nacional, sino para especular sobre candidaturas que esa renuncia habilita.

Incluso el discurso de Cristina Fernández en la inauguración de la Escuela Justicialista Néstor Kirchner fue pasado por el tamiz electoral y el único interrogante que pareció importar es si se postularía, cuando esbozó caracterizaciones y rumbos que convendría debatir.

La amplificación de lo puesto en juego en las próximas elecciones contrasta y disimula una realidad en la que, los que verdaderamente mandan y operan política y económicamente, no serán sometidos al escrutinio popular. Miembros vitalicios de sus directorios, no debaten en el Congreso sino en los coloquios de Idea, toman examen en los salones del hotel Llao-Llao, viajan a Davos y al Council of the Américas cada año, esperan órdenes en la embajada y actúan en sintonía con la dirección del FMI, todas las cuales constituyen las verdaderas instituciones gobernantes de nuestra “democracia”. Agrandados por mayores conquistas de espacios de poder, intentan delinear el país a su imagen y semejanza.

 Por arriba los protagonistas de lo electoral prometen y sobreactúan, por abajo reinan el desaliento, la apatía o la bronca. Una bronca que a veces se expresa en luchas populares, o en otras alienta “contundentes” repudios, como el que tuvo como destinatario a Sergio Berni y evocó ecos de los “escraches” del 2002. Muy probablemente, el descreimiento en la “clase política” provoque un salto en el ausentismo electoral, que ya se expresó en gran parte de dónde ya se votó, como en Río Negro o circunscripciones de Mendoza, donde concurrió a las urnas apenas un poco más que el 60%. Ya en el 2021 ambas coaliciones mayoritarias sufrieron un descenso importante de sus votos, de más de un millón en el caso de la oposición cambiemita, de más de cuatro millones en el oficialismo, que fueron en gran parte a la abstención. Es muy probable también que aumente el “voto castigo”, como el que se orienta hacia personajes siniestros como el gritón Cavallo con peluca (incentivado adrede por medios y otras yerbas), mientras una parte menor podría elegir a la izquierda, a la que le cuesta constituirse en una alternativa real por complejidades de la situación global que no viene a cuento debatir aquí, pero también por errores propios que no conviene disimular.

Diversas voces alientan optar por lo “menos malo” para frenar a las expresiones políticas más reaccionarias y antipopulares. Aunque lo menos malo se parezca demasiado a lo malo. Esta modalidad de voto que viene definiendo elecciones hace unos cuantos años resultó un chasco, con tremendas consecuencias para el pueblo que confió en un gobierno que prometió revertir la herencia recibida pero, por el contrario la profundizó.

Hay quienes califican el rumbo asumido como producto de una “traición”, enmendable votando a quien se suponga “leal”. Reduciendo de esta manera a acciones individuales cuando en realidad se trata de un proyecto político alineado con los intereses de un mundo capitalista de lo más salvaje. Quien no transgreda los límites impuestos por este capitalismo dependiente y los márgenes estrechos de la “democracia” representativa liberal, no tiene otra opción -más allá de la voluble buena voluntad de mejorar algo- que prenderle una vela a “San Derrame”, para que el empresariado, que es un eslabón de las cadenas de valor globales cuya lógica se impone en el capitalismo actual, responda alguna vez con el corazón y no con el bolsillo.

Sin dudas el resultado electoral tendrá consecuencias y no da todo lo mismo. Quien esto escribe, aún con disconformidades fundadas, votará convencidamente al FITu.

Hay quienes suponen que la alternativa sería una milagrosa “vuelta” de Cristina, sin considerar que ya es parte del gobierno y su silencio respecto a propuestas programáticas concretas. Silencio que resuena más fuerte en medio de tantas palabras. Pero de su propio discurso podemos deducir claves de lo que es dable esperar de ella.

Realismo capitalista y clase “magistral” de Cristina

Mark Fisher, en su libro “Realismo capitalista” señala que al capitalismo ya no se lo defiende por sus virtudes, sino por la inexistencia de alternativas a los horrores que produce, que sus defensores ya no ocultan sino, por el contrario, describen al detalle, mientras se cuidan de proponer alternativas o señalar sujetos de transformación, induciendo a los pueblos a ser meros espectadores. El discurso de Cristina cabe de punta a punta en tal descripción.

Desde su “no podemos elegir entre bueno o malo, tendremos que elegir lo menos malo”, pasando por su defensa del capitalismo como “único sistema eficiente”- aunque haya descripto, minuciosamente y con una oratoria brillante algunas de las formas de su dominio-, hasta su aclaración, sobre “renegociar el acuerdo con el FMI”, de que “no es para no pagar”. 

Algunos comunicadores oficialistas conciben como sensata la defensa que hizo del capitalismo cómo única forma de organización social posible y acusan a las izquierdas de “maximalistas alejadas de la realidad”. Podría señalarse que quienes se alejan de la realidad son quienes se atreven a tildar de “eficiente” al capitalismo, en un mundo con hambre, desempleo, guerras, pandemias y una catástrofe ambiental a la vuelta de la esquina. Y que el anticapitalismo no sólo consiste en la voluntad de construir una sociedad futura libre de explotación y opresión, sino resulta una guía para la acción cotidiana.

Si el capitalismo aún perdura es por la intervención consciente de quienes actúan de acuerdo a sus lógicas, como el actual gobierno. Intervención consciente que se expresó, por ejemplo, en la decisión de no expropiar Vicentín -empresa paradigmática de la “eficiencia” capitalista- para no molestar al empresariado al que se intenta seducir, perdiendo así la posibilidad de intervenir en el comercio exterior y en la producción y precio de los alimentos. Por el contrario, cuando sectores populares transgredieron las reglas impuestas por el capital, como en Guernica, y miles de familias ocuparon terrenos vacíos empujadas por la falta de un techo para vivir, el gobierno no dudó y recompuso el orden del capital con una salvaje represión que comandó Sergio Berni.

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Todo el discurso de Cristina estuvo cruzado por la fantasía de un mundo sin antagonismos, en el que los resultados se obtienen en una mesa de negociaciones. Donde el FMI dialoga y renuncia a imponer sus directivas por la mera firmeza personal de sus interlocutores. Donde los grupos económicos respetan acuerdos y no colocan sus intereses por sobre los del país. Una persona con la experiencia política de Cristina no ignora que tal mundo del revés solo puede hacerse realidad en una canción de María Elena Walsh. Y sabe también que enfrentar al poder económico requiere de la movilización y organización popular, algo que ella nunca promovió ni hará, salvo que sea controlada y en su propio interés.

Por último, Cristina enfatizó el rol del Estado en la distribución de la riqueza y su prescindencia en cuanto a la producción, terreno que deja a los grupos económicos. No resulta nada novedoso para quien se ocupó de que la recuperación parcial de YPF sea bajo la forma de Sociedad Anónima y en una alianza con Chevrón. El problema es que sin intervenir en lo que se produce, cualquier recuperación del ingreso dura lo que dure algún ocasional viento de cola, que es lo que sucedió en la Argentina. Por otra parte, restringe el rol del pueblo a la espera de un aumento del consumo, individual y aislado, lo que abre una gran ventana por la que recuperan terreno las derechas desembozadas.

Como dedujo el periodista Alejandro Bercovich, muy posiblemente, con su discurso, Cristina se postuló -frente al establishment que la odia y a quienes aseguró que la deuda hay que pagarla y que el capitalismo es eficiente- como una alternativa confiable para salir de la crisis.

Un aspecto del discurso que no puedo eludir fue la amargura que sentí de ver jóvenes aplaudiendo cuando se planteaba que no hay alternativa al capitalismo. ¿Cuándo perdieron esos jóvenes la rebeldía, el pensamiento crítico y la capacidad de soñar con otro mundo posible? ¿No constituyen esas pérdidas otra derrota más a inscribir en el debe del progresismo?

Sergio Massa, gradualidad hacia un shock estructural contra el pueblo

Todas las mañanas, Sergio Massa lee su agenda de tareas diarias, elaborada en alguno de sus numerosos viajes a los Estados Unidos. En el 5to o 6to lugar encuentra bajar la inflación. Pero debe cumplir antes con el resto de los puntos: conseguir dólares tentando a los exportadores del agro, aunque incida fuerte en el precio de los alimentos, que subieron en marzo un 9,3%; aumentar el precio de los bienes regulados por el Estado, como el agua, la electricidad o los combustibles, que tuvieron un alza en el mismo mes de un 8,3% y ahora pegarán un salto mucho mayor; ajustar el precio del transporte, de la medicina prepaga y de los alquileres. Se consuela con que, en su lista de tareas, no tiene prohibido bajar el “gasto” de sueldos, planes sociales y jubilaciones. Y concluye que, aunque le gustaría bajar la inflación -en cuyo caso Alberto no hubiera tenido que renunciar a la reelección o mejor aún, él mismo hubiera podido postularse con posibilidades-, debe decidir entre aplicar el acuerdo inflacionario con el FMI o bajar la inflación. Opta claramente por el FMI, con la confianza de que cuenta con el aval del conjunto del Frente de Todos, aunque algunos pataleen desde el sofá de su casa.

Massa sabe que una inflación alta nunca se frenó aplicando un parche allí y otro allá. Que sólo se la puede frenar con una política de shock, una batería de medidas implementadas al mismo tiempo, que consisten, básicamente, en una fuerte devaluación que cierre la brecha entre el dólar oficial y el blue, un aumento de tarifas que cargue sobre las espaldas de la población los incentivos a las empresas energéticas, así como un impulso al extractivismo como modelo global de país que atraiga inversiones extranjeras y de los grupos económicos locales. Al mismo tiempo, una cirugía mayor en el Estado y avances profundos en las reformas laboral, previsional y tributaria, para garantizar lo que denominan “estabilidad macroeconómica” (la estabilización de ellos crece proporcionalmente a la pérdida de estabilidad del pueblo). Y junto con esto, un congelamiento de precios y salarios, para lo cual Massa ya convocó a una mesa con empresarios, dirigentes de la CGT y de movimientos sociales oficialistas. Se puede sospechar, sin temor a error, cual de ambos será el verdaderamente congelado.

Los efectos sobre el pueblo que tendría tal plan de “estabilización” los expresó con claridad Wendy Sherman, número dos del Departamento de Estado yanqui -con la prepotencia de quien se sabe emisaria del imperio y la certeza que no habrá quien se ofenda o contradiga en el gobierno ni en la oposición-, quien sostuvo que “la Argentina tiene una posibilidad de salir adelante si los ciudadanos soportan el dolor a corto plazo para poner a la Argentina sobre una base económica sólida”.

Si Massa no aplica este shock no es porque le desagrade sino porque no goza de las condiciones que necesita para hacerlo.

En primer lugar, no tiene los dólares necesarios para evitar que una devaluación derive en una corrida que la torne incontrolable. Habiendo dilapidado la ocasión de repudiar la deuda con el FMI que dejó el macrismo y de rechazar la potestad de los tribunales extranjeros donde litigaron los fondos buitres, sólo le queda rogarle al FMI que adelante desembolsos, mientras hipoteca a la Argentina tomando nueva deuda con el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo o el Saudi Development Fund.

En segundo lugar, todo plan “estabilizador” requiere mostrarse atractivo para convocar capitales transnacionales y locales. Washington ya señaló que lo que le interesa son los “recursos” naturales de la Argentina, los minerales, el agua, el litio, el petróleo. El gobierno se muestra dispuesto a consumar la entrega, al igual que los gobiernos que lo precedieron desde la década del ’90, pero no logra consenso social. Los pueblos y comunidades se movilizan y resisten en todo el país al saqueo y la contaminación, adquiriendo en algunas provincias una masividad que ha logrado poner un freno al extractivismo, como en Mendoza y Chubut.

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En tercer lugar, nunca se logró aplicar un plan de “estabilización” sin previas y duras derrotas populares. Los memoriosos recordarán el fallido “Rodrigazo”, durante el gobierno de Isabel Perón, que el pueblo trabajador tiró abajo en unos días. Por el contrario, el plan de Convertibilidad menemista pudo implementarse sólo tras una hiperinflación -que produjo en el pueblo la sensación que cualquier cosa sería mejor que eso-, y las derrotas de largas luchas de los trabajadores, como la de los telefónicos o los ferroviarios, que dejaron un tendal de miles de despedidos.

En la actualidad el pueblo no ha sufrido derrotas de ese calibre, se encuentra desorientado, bajoneado, con bronca, pero no derrotado. Y lo demuestra apenas puede. La desorientación que provocó el gobierno peronista, del que se esperaba sensibilidad hacia los intereses populares, no es menor. La complicidad de las direcciones sindicales y de los movimientos sociales aliados al gobierno aumentan la dificultad para resistir. Por ahora parece primar el desaliento, pero se sabe, el clima en la Argentina suele cambiar de un momento a otro.

Demás está decir que habría otras formas de controlar la inflación, privilegiando los intereses populares. Comenzando por suspender los pagos de la deuda y realizar una auditoría de la misma, para independizarnos del FMI; así como recuperar el control de los puertos, la hidrovía Paraná y el comercio exterior, dirigir la producción al servicio de las necesidades populares e impulsar la integración latinoamericana, entre otras medidas de un plan integral que tenga como motor el bienestar y el protagonismo popular y la reconstrucción de la diversidad y los ciclos de la naturaleza.

Así como Massa sabe que no tiene las condiciones para aplicar un shock al servicio de las clases dominantes, pero trabaja para construirlas, tampoco existen las condiciones para un shock estabilizador a favor del pueblo (en esta encerrona consiste gran parte de la crisis argentina). Pero también podemos ir trabajando para construir sus condiciones. Las luchas, hoy fragmentadas, pueden a través de su articulación ir creando los pilares necesarios, comenzando por impedir se continúe sometidos al FMI, degradando las condiciones de vida del pueblo trabajador, asolando la tierra y contaminando el agua.

La deuda no es un asunto contable sino una relación de servidumbre imperialista

Se asegura que Macri tomó la deuda para financiar la fuga de divisas. Es posible, pero se trataría de una cuestión coyuntural que oculta que el saqueo que sufrimos es estructural y permanente. ¿Dónde están sino los 48 mil millones de dólares que tuvo de superávit comercial la Argentina desde el 2019, evaporado al igual que el préstamo al macrismo?

Más inverosímil es suponer que Estados Unidos lo otorgó para que Macri fuera reelecto, como si el dominio yanqui sobre nuestro país se jugara en cada elección o la independencia pudiera lograrse a través del sencillo trámite de colocar un papel en una urna.

Otro malentendido es el de quienes sostienen que “las deudas hay que pagarlas”, como si el endeudamiento con el FMI fuera similar al que podemos tener con el almacenero del barrio, a quien nadie dudaría de saldar lo fiado.

Pero al FMI, a diferencia del almacenero, no le interesa que le paguemos, sino disciplinar a quien fuera que gobierne, de forma potenciada en tiempos en que disputa con China el control mundial, quien también pretende obtener los recursos de la Argentina. Un control que exige se cumpla con lo prometido por Massa en el Departamento de Estado de “aumentar la producción de energía y proteínas para contribuir a la agenda mundial de seguridad alimentaria y de combustible”. Es decir, garantizar a los Estados Unidos los recursos que requiere, aún al costo de condenar a millones de nuestro pueblo al hambre y la marginalidad.

La deuda no constituye entonces una cuestión contable -tanto entró, tanto hay que pagar-, sino una herramienta de sometimiento a los Estados Unidos y al empresariado local (gran parte transnacional) que multiplica sus ganancias asociado a la dominación. La pregunta no es entonces si las deudas se pagan, sino como nos liberamos.

De la democracia representativa a la democracia represiva

Se vienen dando pasos materiales y subjetivos hacia el despliegue de un aparato represivo que garantice el disciplinamiento popular. No se trata sólo de declaraciones cada vez más violentas y agresivas de quienes se postulan para gobernar. “Cárcel o bala”, “dinamitar”, devienen vocablos comunes en sus bocas. Horacio Rodríguez Larreta, que posa de paloma y evita esos términos, defendió a un automovilista cebado que atravesó un piquete con su auto y sancionó a los policías que lo detuvieron. Desde el peronismo también se prefiere el disimulo, y Cristina asegura que “el peronismo nunca en su historia reprimió”. Pero la única verdad, también en esto, es la realidad.

La amenaza del narcotráfico en Rosario devino en excusa para naturalizar la presencia de uniformes militares en los barrios pobres. El asesinato aún impune del chofer de la línea 620, Daniel Barrientos, para incorporar al paisaje requisas policiales y de gendarmería, que desde la dictadura no se veían. El gobernador de Buenos Aires, Axel Kicillof propone que la gendarmería combata la inseguridad en la provincia, como si no supiera que la misma, en los barrios del sur de la ciudad de Buenos Aires, cometió decenas de detenciones ilegales y aplicación de torturas, sin que por ello disminuyan los índices de delitos, cuya prevención ameritaría políticas integrales. Por entonces, Página 12 denunciaba lo actuado por la gendarmería, pues se cometían en la órbita de un gobierno del PRO. Son todas señales de cómo prevén imponer el ajuste y las reformas.

Más desapercibidas pasaron las declaraciones del teniente general Juan Martín Paleo, jefe del Estado Mayor Conjunto -tras una de las asiduas visitas de la generala del Comando Sur de los Estados Unidos, Laura Richardson-, sobre los lineamientos del nuevo Planeamiento Estratégico Militar: «Hemos desarrollado un planeamiento que dispone de ocho planes de campaña. Este año vamos a poner en práctica tres: uno en la zona del Comahue, donde se encuentra Vaca Muerta; otro en la zona de Buenos Aires, fundamentalmente la zona de Bahía Blanca y ese complejo nodal de comunicaciones; y otro en el Atlántico. Vamos a poner en práctica nuestra capacidad de desplazar medios militares para disuadir y, en el caso necesario, defender nuestros objetivos de valor estratégico».

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No casualmente, los citados son todos nudos neurálgicos del extractivismo en la Argentina, que el imperio exige controlar, contra China y contra el propio pueblo, contra las comunidades, los movimientos socioambientales y el pueblo mapuche, que resisten el saqueo y la destrucción ambiental extractivista. La profundización de la ofensiva yanqui por poner bajo su órbita a toda América Latina tiene en Argentina un capítulo fundamental y adquiere ribetes militares.

A tono con la militarización mundial, en Argentina, las pocas garantías y libertades de las que podemos gozar en las mal llamadas “democracias”, también corren peligro. Será necesario defenderlas en la mayor unidad posible, sin que ello nos induzca a defender un sistema político al que necesitamos transformar de raíz hacia una real democracia.

Recreando utopías hacia otro mundo posible

Las elecciones serán apenas un escenario más entre otros, donde se jugarán la vida y la sociedad que queremos. Será más importante lo que hagamos en comunidad, con otrxs, que lo que hagamos en soledad en el cuarto oscuro, pero todo cuenta. El panorama no es agradable, pero no sería la primera vez que nuestro pueblo ha tirado a la basura planes de las clases dominantes. Tampoco sería la primera vez en que estos han logrado imponerlos. Tenemos demasiados profetas que convocan a adorar al dios de la “relación de fuerzas”, generando profecías autocumplidas, artífices de derrotas populares. Pero por fortuna nuestro pueblo también ha sabido, muchas veces, dejar en ridículo a tales profetas. La aceptación de lo posible, lo menos malo, como horizonte, sólo acelera la rápida carrera hacia el cercano abismo.

La importante fragmentación objetiva y subjetiva del pueblo trabajador resulta una grave dificultad para la resistencia popular. La interseccionalidad, la solidaridad, la construcción de lo común, la consciencia de clase, necesitan estar en el centro de nuestras prácticas, para enfrentar al capital con mayores grados de unidad o articulación.

Desde arriba temen esa articulación, e intenta impedirla convenciendo que todos los males se deben a los desposeídos cuando se defienden, y que los ricos -que lo son porque se apropian de los frutos de lo producido por el trabajo social y la expoliación de la naturaleza- serían quienes podrían salvarnos si les permitiéramos enriquecerse más aún.

El movimiento socioambiental, el movimiento feminista y de las disidencias, sectores de trabajadores, vienen dando pelea y resistiendo. La lucha democrática y por los derechos humanos resulta una fuerza que nunca han podido derrotar. También los movimientos territoriales no oficialistas redoblan masivas luchas, lo que puede ser un grave peligro para los planes de ajuste “estabilizador”, si supera las tentaciones corporativas e incorpora con fuerza reclamos que interpelen otras necesidades populares, más allá de quienes ya conforman los movimientos. Podrían devenir en eje aglutinador y convocante de otros sectores populares, desarmando la campaña de desprestigio y la criminalización por parte de los gobiernos de diferente signo.

Como suele ocurrir, fue Cristina una de las que vislumbró el peligro que representan los movimientos territoriales para las clases dominantes y lanzó una ofensiva contra los mismos, señalando hace más de un año que “la aplicación de las políticas sociales no puede seguir tercerizada”. Consecuentemente con esto, se eligió como ejecutora de este cruel ajuste, desde la cartera de Desarrollo Social, a Victoria Tolosa Paz, cuyo único mérito para el cargo es su insensibilidad y crueldad, a quien desde su casa de country se le hace incomprensible el sufrimiento y desamparo que le produce a miles de compañeros y compañeras que viven en situaciones críticas.

Desde las izquierdas podemos aportar a que las luchas no se agoten en sí mismas y prefiguren otros mundos posibles, en una coyuntura en el que el capitalismo deviene salvaje y depredador en su decadencia y desde las derechas se levanta un falso y reaccionario imaginario de libertad y progreso, mientras los profesionales de la política son cada vez más repudiados.

La izquierda no puede competir en el terreno mediático con otras fuerzas. Pero tiene la oportunidad de recrear otros mundos posibles al del capital desde las luchas populares, desde dónde impulsar la formación, abrir debates, aportar a la autoorganización, escuchar y aprender, abriéndose a la riqueza que ha construido nuestro pueblo en sus resistencias y más allá de los partidos, así como aportar la experiencia y tradición de las izquierdas, a condición de bajarse del púlpito en el que muchas veces se encarama. Las dificultades que demuestra la izquierda para mantenerse articulada tras las elecciones y para levantar en éstas una fórmula en común, resulta un mal ejemplo y pronóstico para la tarea de articular al fragmentado pueblo trabajador. Mucho más para intentar una imprescindible articulación entre Partidos y movimientos, para construir -democráticamente y en términos de igualdad- una fuerte alianza político-social que vaya más allá de las elecciones en la transformación social.

No viene resultando útil permanecer en el restringido terreno de los llamados a resistir los ajustes, sin horizonte alternativo al del capital, ni alcanzan las convocatorias a meter luchadores o izquierda en el Congreso, cuando va creciendo la bronca popular contra esa institucionalidad que como izquierdas aspiramos a transformar radicalmente o suplantar por otras, realmente democráticas. Nadie lucha sin vislumbrar otro mundo deseable posible.

La disyuntiva y el debate para el pueblo -en el que se inscriben las cercanas elecciones- no es quien las ganará o si la izquierda logrará meter algunos legisladores más, sino si vamos a ser una estrella más en la bandera yanqui, vía FMI y la clase dominante local, o nuestro destino está ligado a la emancipación nacional y social, junto a los pueblos hermanos de América Latina.

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