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Guerras e imperialismo en las Américas: una crítica feminista a los 200 años de la Doctrina Monroe

En el documento de la Marcha Mundial de las Mujeres y ALBA Movimientos se discute el imperialismo y su rol en los conflictos armados en la región.

El pasado 24 de abril de 2023, en el marco del Día de la Solidaridad y Acción Feminista contra las Empresas Transnacionales, la Marcha Mundial de Mujeres de las Américas y ALBA Movimientos publicaron un documento sobre cómo se relacionan las grandes corporaciones y los conflictos armados en el continente. En “Una mirada feminista a la guerra permanente a los pueblos: colonialismo, imperialismo y el conflicto en la cotidianidad de las mujeres”, la MMM Américas y el ALBA recuperan los impactos históricos de la Doctrina Monroe como marco de la política imperialista estadounidense.

El texto se propone a “analizar cómo esta doctrina impactó la dependencia latinoamericana y caribeña a los Estados Unidos, y cómo sus consecuencias siguen presentes en los tiempos actuales, impactando en nuestras vidas, en la militarización, la explotación de los bienes comunes y el despojo que hacen las transnacionales de los territorios del Abya Yala, de Nuestramérica”.

200 años después del establecimiento de esa política, es notorio el rol destructivo de Estados Unidos en los países de América Latina y el Caribe, que resisten al extractivismo, a las ocupaciones y bloqueos militares, a la explotación del trabajo y de la naturaleza.

Para analizar las coyunturas geopolíticas no podemos partir de la nada o quedarnos solo en el ahora. Nuestro continente está en la disputa imperialista desde el mismo momento que hombres europeos pisaron nuestra Pacha. Estas presiones sobre territorios y cuerpos americanos no cesaron con los triunfos de las gestas independentistas del siglo XIX.

A continuación publicamos un fragmento del texto, disponible íntegramente en portuguésespañolinglés e francés.

(…) En los tiempos no bélicos, no podemos decir que disfrutamos de la paz. Esto se debe a que la visión de la paz, construida por la sociedad liberal como la ausencia de guerra, intenta ocultar, bajo intereses económicos, diversos conflictos, disputas y violencias que sufren los pueblos en sus territorios. Además, la mera existencia y mantenimiento de ejércitos militares como defensores de la soberanía y el orden imputan la inminencia de la guerra y el conflicto en la vida cotidiana de las personas. Es precisamente esta comprensión de la “paz” la que es objeto de críticas por parte de las feministas. Se impone una “no paz”, es decir, momentos cuando no hay enfrentamientos armados, pero vivimos bajo amenaza, en Estados que no garantizan los derechos humanos, que hipotecan nuestro futuro, que venden y explotan nuestros bienes comunes a las corporaciones transnacionales apoyadas por el poder bélico de los Estados Unidos de Norte América.

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Nuestro análisis es que este modelo se organiza intensificando el conflicto entre el capital y la vida, en el que sigue utilizando los mismos mecanismos de acumulación desde sus inicios: el control del trabajo, de los cuerpos y de los territorios, utilizando siempre mucha violencia. Por eso, hablamos de una guerra permanente contra los pueblos, a través de los conflictos armados, la militarización de los territorios, el complejo policial, el control de las fronteras, la criminalización de la pobreza, con su fuerte rasgo patriarcal, racista y persecutorio contra los cuerpos disidentes.

 Posicionamos una mirada crítica a la construcción del militarismo como un engranaje para la estructura social capitalista, racista y patriarcal. El militarismo se basa en la disciplina, la jerarquía y el establecimiento de la superioridad masculina, es decir, del uso de la fuerza para el mantenimiento de la propiedad, los intereses elitarios y una pretensa “seguridad”. Para el militarismo, los conflictos sociales se resuelven a través de la confrontación, donde se toma al diferente como un enemigo a combatir y eliminar, como una amenaza a la seguridad, el desarrollo y la cohesión social. En este modelo, los hombres de las fuerzas armadas serían los proveedores de seguridad en caso de amenazas al Estado capitalista o a la propiedad privada, ya sea interna o externa. Con el dominio de las empresas transnacionales sobre la militarización, la política de seguridad se vuelve más y más privada, controlando los territorios a través de los ejércitos, las policías y los paramilitares, que no caminan en lados opuestos, sino que son caras de una misma moneda.

 La disputa del poder y situación de guerra permanente se clava en los cuerpos de las mujeres, la niñez y las identidades disidentes, quienes hemos visto como las violaciones y el feminicidio son practicas frecuentes que funcionan no solo para disciplinar a las mujeres e identidades disidentes, sino también como mensajes aleccionadores para el resto de la población.

(…) Las guerras son organizadas teniendo las ganancias de las empresas como eje central, y utilizando los recursos públicos para su financiación. Estados Unidos es un retrato ejemplar de eso: el país que intenta mantener un dominio imperial sobre el mundo es el que más invierte en presupuesto militar, en una cantidad creciente en los últimos años; mientras eso, su población no tiene acceso a derechos básicos de salud.

Comprender esta conexión entre el aumento del poder de las empresas transnacionales y la expansión de las guerras contra los pueblos es fundamental para organizar nuestra posición. La guerra contra los pueblos se expresa no sólo en conflictos y ocupaciones, sino en la vida cotidiana de un modelo marcado por el conflicto capital-vida. Son las empresas transnacionales las que acumulan más poder y riqueza a través de este conflicto.  La ofensiva del poder corporativo avanza sobre el trabajo, los territorios y los cuerpos de las mujeres utilizando la militarización como herramienta. En este sentido, es fundamental centrar nuestra acción contra el poder de las empresas transnacionales en la agenda anti-guerra. (…)

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La doctrina Monroe, origen del imperialismo estadounidense

En un contexto de reacomodo de la hidra capitalista suscitado luego de los procesos de independencia de las Américas nace la doctrina Monroe en 1823. En un principio, la doctrina pone en papel la necesidad del naciente Estados Unidos de mantener fuera del continente a las potencias colonialistas que pudieran poner en riesgo su propia soberanía y derecho a la autodeterminación. Pero prontamente se volvió la base según la cual los gobiernos de Estados Unidos levantan sus ganas de dominación y explotación sobre el resto del continente.

 Resumida en la frase “América para los americanos”, la doctrina establece como un peligro para la propia integridad de los Estados Unidos de Norteamérica cualquier intención de un país europeo de extender sus intereses sobre el continente y un supuesto compromiso de intervenir para salvaguardar a las Américas del colonialismo. Pronto se definirían quienes eran los “americanos” a los que se refiere la doctrina Monroe. Para ello, los padres de la nación norteamericana hacen uso de una vieja consigna que animó a colonos ingleses y escoceses calvinistas a cruzar el océano e instalarse en Norteamérica: “el destino manifiesto”.

 El destino manifiesto es la idea que expresa que por designios de la providencia hay unos pueblos elegidos que tienen derecho a apropiarse de territorios. Esta ideología establece el derecho y prácticamente la obligación de varones blancos heterosexuales, que se autodenominan escogidos por la gracia divina para poseer territorios, cuerpos y explotarlos para su provecho. El fortalecimiento de la imagen del proveedor masculino, blanco, heterosexual, de las élites en formación como sujeto universal se convierte en el paradigma que orienta la construcción de la sociedad estadounidense.  

(…) Los procesos de colonización vividos en el continente se basaron, en general, en el establecimiento de estructuras militares y productivas capitalistas como forma de dominación del territorio y de las poblaciones originarias. Es con la guerra y la resistencia indígena que América Latina pasa a formar parte del mapa mundial. Y es también a partir de estos conflictos y de esta estructura militar colonial que se organizaron diferentes resistencias por la emancipación, como fueron los movimientos de las élites independentistas. Aunque basadas en la movilización y el apoyo popular a la libertad, estas élites políticas y económicas eran conscientes de que sería mucho más rentable fortalecerse sin la metrópoli como intermediaria. Se establecieron múltiples políticas, que articularon el racismo y el patriarcado como mecanismo de sometimiento de los pueblos originarios y de control, en especial, de las mujeres, a partir de la esterilización forzada, el blanqueo poblacional, la criminalización de la pobreza y la organización social fomentada por los Estados y garantizada por policías y militares.

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 Durante el siglo XIX, la doctrina Monroe sirvió de justificación para más de 28 intervenciones armadas, y otras tantas intervenciones económicas desiguales. Resultó en procesos como la neo colonización de Puerto Rico, la anexión de la mitad del territorio mexicano a Estados Unidos, la intervención de Nueva Granada y la usurpación del canal interoceánico, los 36 años de guerras bananeras que instauraron dictaduras en toda Centroamérica y el Caribe, y cimentó las transnacionales de producción y exportación de frutas tropicales.

(…) Este relato de destrucción, de guerra permanente, también se impone con la misma fuerza sobre la diversidad de pueblos no blancos que hacen vida dentro de las fronteras de los Estados Unidos. Como ejemplo, traemos el doloroso recuerdo del Sendero de las Lágrimas (1830) desalojo forzado de aproximadamente 60 mil nativos americanos, un proceso de limpieza étnica que vemos una y otra vez glorificado en los westerns como la conquista y civilización del oeste. (…) El racismo se basa en los mecanismos coloniales apropiados para la formación de la sociedad capitalista latinoamericana, que siempre ha utilizado las fuerzas policiales y militares para garantizar su dominio político y económico y la ideología militarista para producir una sociedad controlada y disciplinada.

(…) La «paz», la «seguridad» y la «cohesión social» impuestas por el militarismo no reconocen las posibilidades de relación y convivencia entre la diversidad que podemos tener como humanos, y mucho menos respetan las vidas no humanas.

(…) Las mujeres no hemos sido sujetas pasivas en esta guerra permanente contra la vida. Las mujeres actuamos en la resistencia, sostenemos la cotidianidad con redes de solidaridad que garantizan la vida, tanto como nuestra diversidad cultural. Ponemos nuestros cuerpos para proteger territorios y bienes comunes, denunciamos las consecuencias de esta guerra sobre nuestros pueblos y también proponemos formas de reorganizarnos la producción y reproducción de la vida en nuestras comunidades. Construimos colectivamente propuestas para una paz verdadera, pautada por la justicia y la igualdad. (…)

Fuente: Capire

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