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Carta abierta a nuestros pares de la colectividad judía en Argentina y el mundo

Escribimos esta carta con la esperanza de que, pese a las tensiones, los dolores y las diferentes trayectorias, sea todavía posible establecer un diálogo fructífero entre los miembros de nuestra comunidad. Un debate genuino, sostenido en una visión integral y en la voluntad y el deseo colectivo de un mundo más humano.

En el último mes y medio, el poder político y mediático desarrolla una campaña gigantesca en favor del accionar que el Estado de Israel lleva adelante sobre la población palestina. Tanto en Argentina como en la mayoría del mundo occidental, se lo presenta como respuesta necesaria al ataque de Hamas del 7 de octubre, en nombre de la colectividad judía y de su seguridad.

Con la complicidad de las direcciones de las instituciones judías tradicionales de nuestro país, cualquier crítica al Estado de Israel es catalogada de antisemita, censurada y perseguida. Como judíos y judías, queremos dejar en claro nuestro rechazo a este accionar político y a lo que consideramos una gran manipulación. Al momento de escribir esta carta, los muertos palestinos alcanzan los 12 mil (40% de ellos, menores de edad), los heridos se cuentan de a decenas de miles y un millón y medio de desterrados se ven obligados a deambular por una Franja de Gaza continuamente bombardeada. ¿Es posible descartar cualquier reprobación a esta política con el mote de antisemita? ¿No es de mínima una enorme banalización del antisemitismo, que vacía al término de sentido?

El rechazo nuestro es mayor cuando vemos que, para respaldar la acción del Estado de Israel y acallar a sus críticos, se evocan las persecuciones y el holocausto sufrido por nuestro pueblo. ¿Podemos aceptar que la memoria de nuestros antepasados, confinados en los guetos, vejados y aniquilados en los pogroms y las cámaras de gas, sea utilizada para respaldar los bombardeos a hospitales y el sometimiento de más de dos millones de personas al terror y el hacinamiento, a intentar sobrevivir sin agua, luz ni comida y a enterrar todos los días a sus padres, hijos y hermanos?

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Para allanar el camino a esta masacre, desde el Estado de Israel se echa mano nada más ni nada menos que del racismo, contra el que tanto hemos combatido como pueblo, aplicándolo ahora sobre los árabes. Funcionarios y miembros del Ejército han llegado a calificar a los palestinos de “animales humanos”, como en el pasado los nazis nos calificaban de ratas, cerdos y cucarachas. Hoy, como ayer, la propaganda racial erige las condiciones para un genocidio, un término que no usamos en vano sino en vistas de una política dirigida contra la existencia misma del pueblo palestino, que incluye no solo las matanzas sino el destierro masivo, la prohibición de izar su bandera y la liquidación sistemática de su infraestructura. Numerosos especialistas en la materia se han expresado en este sentido, entre ellos el israelí Raz Segal, quien no dudó en calificar la actual masacre como “un caso de manual de genocidio”.

Las 1.200 víctimas del 7 de octubre han dejado, como no podía ser de otra manera, un reguero de dolor. Lo conocemos de cerca, ya que tenemos familiares y amigos que viven allí. Pero queremos advertir que el arrasamiento sobre Gaza no es una respuesta ni necesaria ni lógica, como lo han señalado muchos de los sobrevivientes y de los familiares de rehenes israelíes, que demandan desesperadamente un alto al fuego por parte del gobierno de Benjamin Netanyahu. Y que al igual que otros disidentes, han tenido que soportar la censura de un Estado que se proclama como “única democracia de Oriente Próximo”.

Cada vez son más las voces allí, en Argentina y en el mundo, que rechazan estos discursos belicistas y que colocan el origen de la violencia en una política colonial, apoyada históricamente por el imperialismo norteamericano y europeo y ahora nuevamente presentada como “autodefensa”. Como miembros de la colectividad, desde la infancia nos han dicho que un Estado de estas características es la única garantía de supervivencia de nuestro pueblo. En las versiones más extremas, pero cada vez más frecuentes, se presenta como imposible la convivencia con los palestinos, haciendo abstracción de la violencia que Israel comete contra ellos, de manera sistemática y creciente. No dejaremos de recordar, una y otra vez, todo el tiempo que convivimos armoniosamente con los árabes antes de la intromisión del imperialismo en Medio Oriente. Ni lo mucho que luchamos por el derecho de nuestro pueblo a vivir armoniosamente con el resto de los pueblos, solo para que quienes se proclaman nuestros dirigentes apoyen sobre nuestros hombros el bastón colonial.

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No dejaremos de recordar, sobre todo, la profunda tradición humanista del pueblo judío de la que formamos parte, la que dio lugar a enormes pensadores y pensadoras, mujeres y hombres de acción que luchaban por una vida más justa. La vena resistente de los que se levantaron en Varsovia. La de quienes expusieron ante el mundo el flagelo del racismo y señalaron -gran enseñanza para el presente- que este solo alimenta a los opresores. Cuando, ante nuestras críticas a una política genocida, se nos imputa que no somos judíos, respondemos: ¿Quién se arroga el derecho de expulsarnos? ¿Quién dice cuál es la forma de ser judío hoy? Porque somos judíos y porque reivindicamos la historia y la lucha de un pueblo que es mucho más antiguo y profundo que el sionismo y el Estado de Israel, es que escribimos esta carta. Y por eso también es que trabajaremos para que cada vez seamos más los judíos y judías que rechacemos la censura, que nos levantemos contra la utilización de nuestros traumas colectivos para avalar el asesinato de civiles, que empecemos a reconstruir una forma de ser judíos acorde a nuestra propia historia y nuestros sueños políticos.

Queremos, desde estas líneas, convocar a los judíos y las judías a rechazar estas y otras manipulaciones. 

Advertimos, en ese sentido, que tanto las expresiones efectivamente antisemitas (que hemos denunciado), como aquellas tildadas de tales solo por oponerse al discurso oficial del sionismo, son utilizadas para desplegar una campaña de miedo al interior de la colectividad. Las heridas abiertas de nuestras familias, incluidas las de los infames y aún impunes atentados a la AMIA y la Embajada de Israel, son usadas para abroquelar a la colectividad detrás de un discurso único y censurar expresiones disidentes. Estamos convencidos de que no queremos eso. La historia no deja de enseñarnos que la manipulación del miedo obstruye el debate y la escucha y avala la persecución, el amedrentamiento y la sensación de que todo el que propone un disenso es un enemigo. De hecho, quienes nos expresamos contra los ataques al pueblo palestino hemos sufrido amenazas privadas y públicas, despidos y hasta persecuciones judiciales.

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A su vez, observamos con especial malestar a ciertos abanderados. En estos días, se publicó un manifiesto fundacional del “Foro contra el antisemitismo”, que replica de forma exacerbada todas las maniobras argumentativas que venimos señalando. Uno de sus firmantes es Claudio Avruj, quien como funcionario de gobierno denostara a las organizaciones de Derechos Humanos y a las movilizaciones por el 24 de marzo y defendiera la liberación de los genocidas de la dictadura, entre cuyas víctimas se encuentran más de 1.900 judíos y judías desaparecidos. 

Finalmente, queremos decirles que sabemos, porque muchos lo vivimos en carne propia, lo difícil que es alzar una voz crítica no solo en el interior de la colectividad, sino de nuestras propias familias. Que conocemos la complejidad de muchas historias y de muchos contextos. Pero, como dijo una vez el historiador Howard Zinn, “no se puede ser neutral en un tren en movimiento”. La perpetuación de un genocidio nos invoca a repensar lo aprendido, a mirar la verdad de frente y a decir, a viva voz, “No en nuestro nombre”.

Judíes por Palestina

Para contactarnos: https://forms.gle/xUn8yeHK6UVxKHwK9 

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