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Apuntes sobre socialismo desde abajo y poder popular

Planeta Gaza

¿La palabra libertad es un invento del capitalismo o alguna vez fue nuestra? ¿Está vigente la palabra revolución? ¿Es signo de algo tangible la palabra democracia? Buscar estas respuestas puede volverse un saber desestabilizador, igual que preguntarse ¿quién financia el terrorismo en el mundo? Una respuesta científica rompe con la dicotomía de buenos y malos que promueve la propaganda occidental. Y nos hace comprender que hay manipulación mediática en este temita de organizaciones de personas que practican el terror profesional.

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Empecemos por la palabra revolución. De acuerdo con ciertas feministas latinoamericanas, en este momento  hay dos revoluciones vivas en todo el mundo, una es la lucha de los pueblos ante la afrenta de estar perdiendo sus territorios y por el otro lado, la lucha de las mujeres por su emancipación del sistema patriarcal. En la intersección de estas dos trayectorias, pulsa hoy la vida.

Lo cierto es que ahora, que soplan vientos fascistas, la palabra revolución está ya muy gastada. Del latín – revolutio -, que significa “una vuelta”. El paradigma de las revoluciones sociales modernas ha sido eso que llaman, la Revolución Francesa (1789 – 1799), que con muchos matices, capítulos y contradicciones, llevó a cabo la sociedad de aquel país, contra el viejo régimen; la Francesa es un ancla en el calendario del Norte. Representa el fin del feudalismo y el inicio de la edad contemporánea. Sobre todo porque hace posible la democracia moderna y produce la idea de la soberanía popular. Incluso inspiró a un puñado de grandes revoluciones que tuvieron lugar salpicadas por el mundo, durante el siglo XX.

La china (1949) es quizá la más fuerte de todas las revoluciones del siglo pasado y aunque su régimen se configuró como un comunismo de Estado, la herencia revolucionaria ha generado un país poderosísimo, económicamente hablando, al grado de que hoy China es el corazón de otra economía mundial, distinta a la capitalista, que toma forma en un “nuevo orden multipolar” y se expresa en la unión de países llamada BRICS+.

La revolución Bolchevique de 1917, fue acaparada por el ala dura del Ejército Rojo y finalmente se institucionalizó; en 1989 fue desarticulado el poderoso régimen que creó la Revolución Rusa; tras una fase mafiosa seguida a la caída del Muro de Berlín, el Estado ruso logró re hacer su estructura y conservar parte de la fuerza de la destronada URSS. Hoy la Federación de Rusia es la quinta economía del globo, su alianza con China potencia esta capacidad civilizatoria actual y hace de Rusia un líder natural inevitable de las próximas décadas.

Por su parte, la revolución cubana (1959), algún tiempo atrás tan irreverente y luminosa, hoy intenta mantenerse digna y en pie a costa de todo; pero su régimen no logra dejar atrás el “bloqueo interno”, que le impide su soberanía alimentaria. Aparte, la isla enfrenta el bloqueo comercial impuesto por Estados Unidos y eso le trunca el desarrollo. La revolución sandinista de Nicaragua (1979) fue de rápida caducidad, a pesar de su carisma y originalidad, devino un régimen caciquil y familiar, sostenido por sus alianzas internacionales.

De todas las revoluciones del siglo XX, mi preferida es la mexicana (1910-1917), por su modelo campesinista que generó una reforma agraria de alto impacto, así como la revaloración cultural de lo indígena, en el centro de la nueva identidad nacional. La siempre sorprendente Revolución Mexicana, tan asediada desde el inicio, tan limitada y marcada por sus intereses adversos, caducó el año de 1992. El Congreso reformó el icónico artículo constitucional que sintetizaba los triunfos de los campesinos y su lucha por que la tierra sea de quien la trabaja.  El artículo 27 perdió ese año toda vigencia y se hizo posible el cambio en la propiedad de la tierra, las costas, las montañas, el agua, el aire, los mares. Llegaron las privatizaciones de las tierras ejidales y comunales y con ello la resistencia y el movimiento indígena. Hoy México es una exuberante mercancía, que sin embargo, se mueve.

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¡Zapata vive y la lucha sigue!

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En el mundo pos covid se ha vuelto más común cada día, el voto electorero a favor de la ultra derecha. No es un hecho aislado de la Argentina, el “trumpismo” es un acontecimiento universal.  Ya los sociólogos han ensayado explicaciones a este fenómeno de masas que no parece pasar por el filtro del razonamiento pero sí tiene tintes de megalomanía. El voto ultra denota una sociedad poco organizada, individualista y desesperada por asirse a un salvavidas, que bien puede ser un mesías o un patriarca que prometa encontrar la solución a todo. Un factor siempre presente es la agresividad y el manejo eficiente de la emoción básica del miedo por parte del candidato o presidente. Para que sean de éxito las campañas publicitarias de los partidos ultras, parece preciso el tener que inducir, mediante discursos y noticieros, miedo a la diversidad y ofrecer luego una solución que implica el uso y comercio de armas y de sistemas de seguridad.

Por supuesto que no pienso que el ritual electoral es equivalente a “la decisión” de los ciudadanos sobre quién los gobernará. A mi parecer detrás del triunfo de un tirano, por medio de las urnas, hay una maquinaria (de oligarquías locales e intereses internacionales), desarrollada justamente para colocar gerentes en puestos que servirán a intereses geopolíticos (y/o mafiosos), que rebasan por mucho las aspiraciones y capacidades de los colocados. Presidentes que se convierten en una herramienta para aplicar el poder financiero de quién pagó la campaña y para devolver con creces los favores de sus aliados.

Quizá es importante asumir que nos encontramos en un momento histórico que puede ser llamado tentativamente, la pos democracia. Es decir, el instante paradójico en que la ultra derecha llega al poder político, empleando las instituciones democráticas del país, pero al mismo tiempo, erosionando de tal manera la relación democrática, que consigue degradarla y destruirla.

Entonces, las revoluciones vivas no luchan por la democracia. No es en ese campo donde les gustaría ser y expresarse; lo que quieren los pueblos y las mujeres es auto gobernarse, eso es todo. De tal suerte, no pueden delegar, por medio del voto en un candidato a la silla, todas sus responsabilidades para sobrevivir. Deben entonces aprender a trabajar y a defenderse en compañía y crear co-dependencias con otros colectivos. Turnando constantemente a los oficiales del gobierno local, de modo que todos se impliquen en el ejercicio de ser gobernante; sin paga ninguna, porque el auto gobierno es la parte del trabajo que cada persona regala a su pueblo, para que funcione la sociedad.

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Esto es lo que enseñan los pueblos indígenas organizados y en resistencia en México, una forma de relación social que no es capitalista, sino que es indígena y zapatista o indígena que resiste en las fogatas de Cherán, o campesino de Ostula en extinción, o rarámuri corriendo por la Sierra Madre. Una organización social no capitalista, porque no está sustentada en el poder individual y económico que explota recursos, sino en el trabajo y el cuidado comunitario para lograr una vida plena. Aprendemos de los pueblos mayas, pero también de los mapuche, saharauis, kurdos y palestinos y de las mujeres en su revuelta, como las chilenas, como las aimaras de Bolivia, como las mazatecas de Eloxochitlán de Flores Magón, en Oaxaca; aprendemos un sistema inteligente, equilibrado y respetuoso para relacionarse con el mundo. Este legado será necesario y hará posible un futuro para la humanidad. Eso pienso.

El secreto de la comunalidad que practican los indígenas, es la colaboración grupal dentro de estructuras no verticales, el constante trabajo y la mucha responsabilidad que asume la gente, para lograr la autosuficiencia alimentaria y la generación de cultura, educación y salud para toda la población. Y es esta parte la que no queremos asumir las sociedades consumistas. En el modelo de vida individualista, está normalizado delegar las responsabilidades de la vida a los gobernantes, que para hacer su tarea, cobran mucho dinero o bien se asumen ellos mismos como la mercancía.

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Todo comenzó a mediados del siglo XIX, cuando Washington declaró la guerra a México, el 13 de mayo de 1846. El presidente Polk quería apoderarse del puerto de San Francisco en la California mexicana, para lograr un comercio marítimo con Asia. Desde la Casa Blanca lo justificaron con una supuesta agresión cometida por México contra un destacamento americano. Tras ganar la guerra, Estados Unidos se anexó la mitad del territorio perteneciente a México, habitado a la época, no por mexicanos ni por colonos americanos sino por los indios nómadas. Pueblos que se vieron atrapados por la nueva línea fronteriza y finalmente exterminados, encerrados los sobrevivientes en “reservaciones”.

Desde entonces, el gobierno americano se involucra y financia guerras internacionales. Y esta es quizá la única libertad vigente en ese país. La libertad del gobierno para intervenir política y militarmente a diestra y siniestra en el planeta.

Últimamente Estados Unidos ha perdido un poco la discreción y realiza golpes de Estado preventivos sin previo aviso ni ardid. Tal es el caso de Gabón, un país del oeste africano. El pasado 31 de agosto del 2023, altos mandos del ejército de aquel país, llevaron a cabo un derrocamiento del presidente pro occidental. Visto desde la lente geopolítica de cierta periodista rusa, este golpe fue planeado y ejecutado por los Estados Unidos, con la firme intención de prevenir una nueva insurrección contra un presidente pro francés en el área y perder por eso riqueza o influencia.

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No dejemos de lado el hecho de que en el África está ocurriendo una rebelión de las elites locales para romper con el colonialismo francés. Y hay evidencia de las alianzas que se tejen entre varios países de aquel continente con Rusia y China, lo que reconfigura el escenario político y hace perdedor a Occidente. Otro síntoma de la emergencia de una Era multipolar que ha desmontado la hegemonía americana, imperante desde el siglo XIX, hegemonía que hoy se desmorona, con una guerra civil en puertas. No debemos olvidar tampoco, que las más impresionantes manifestaciones populares en contra del racismo y en pro de otra manera de vida, así como contra la masacre que hoy se libra hacia el pueblo palestino, están ocurriendo precisamente en las ciudades de los Estados Unidos. Enormes manifestaciones en medio de un ambiente de oscurantismo, de violencia armada y represión por parte de los gobiernos de ese país.

La libertad que el establishment financiero-militar se otorga para meterse en los destinos del mundo, queda clara en un caso que tenemos frente a nosotros, la “guerra de Rusia contra Ucrania”. Un conflicto bélico cuyo titiritero principal está en Washington. La narrativa pro bélica, habla de una víctima, Ucrania y un agresor, Rusia. La evidencia histórica en la prensa, deja ver que se trata de una guerra contra Rusia, ejecutada a través de la OTAN y desarrollada con fuerza de trabajo ucraniana, en el territorio fronterizo entre Rusia y Ucrania. Una guerra que comienza con una “operación militar especial”, iniciativa de Rusia, para detener el acoso y la provocación que enfrenta desde 2014, pero que se perpetúa porque así conviene al régimen de Kiev en connivencia con el presidente de USA. Una guerra que a casi dos años de haberse detonado, está perdida para Occidente. Sí, leíste bien, la guerra en Ucrania no solo la ha perdido ya el presidente Zelenski, sobre todo, esta guerra la ha perdido EU.

Moscú desplegó un arsenal bélico más inteligente y poderoso que todo el armamento enviado a Ucrania por países como Gran Bretaña, Francia, Alemania y USA por supuesto; las armas rusas demostraron sobre terreno ser superiores y por mucho, a las armas occidentales, de tal suerte, que a nivel armamentista, la OTAN está derrotada por Rusia. Pero antes de que esto sea un hecho aceptado por los perdedores, o de dominio público, los intereses en Estados Unidos buscan incluso ganar en la caída. Es una idea aventurada, pero quizá una de las razones de Washington para apoyar la incursión de la extrema derecha en Oriente Medio contra los civiles palestinos, es intentar ocultar su derrota frente a Rusia. Tremenda cortina de humo, con una trama parecida a la del 9/11, que después no ha podido controlar el ocupante de la sala Oval. Hay muchos interesados en desatar una conflagración mundial, todos profesan la extrema derecha. Quieren imponer un planeta Gaza, antes de reconocer que la otra parte del mundo, está desarrollando ya una economía no necesariamente belicosa.

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