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Apuntes sobre socialismo desde abajo y poder popular

Golpeando las puertas del cielo

Reproducimos en esta nota la edición de este lunes del newsletter Del Otro Lado, a propósito de la asunción y el nuevo Gobierno de Javier Milei.

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La fragilidad de los cuerpos

“Pasar de la euforia de la victoria electoral a los problemas de la economía británica fue como pasar del día a la noche”, escribió Margaret Thatcher en sus memorias a las que tituló Los años de Downing Street.

Como es conocido, para estabilizar su gobierno, la “Dama de hierro” debió imponerse a sangre y fuego en algunas batallas que no sólo cambiaron regresivamente a Gran Bretaña, también remodelaron el mundo. Ella misma escribió —a la hora del balance— que su país tenía una nueva confianza en sí mismo “nacida de las batallas económicas dentro del país, puesta a prueba y confirmada a una distancia de 8.000 millas”. Dos guerras: contra los argentinos en Malvinas y contra la “insurrección minera” en su tierra. Para Thatcher las dos cruzadas formaban parte de una y la misma causa. Para sus objetivos, contaba con algunas armas un poco más concretas y efectivas que “las fuerzas del cielo”: una composición política interna con mayor volumen, una vigorosa alianza internacional de Estados y un signo de los tiempos que la favorecía.

Javier Milei pasará del día de la euforia electoral a la noche negra de la economía argentina con todas las ínfulas mesiánicas de Thatcher (y algunas más), y ninguna de sus condiciones.

El flamante presidente encabeza una coalición heterogénea a la medida del ensamble que impuso el resultado del balotaje: sus adhesiones más “genuinas” fueron las efectivizadas en las PASO y en las generales (30%), el resto fue una suma de “malmenorismo”, expresión de un partidismo negativo que votó para que no ganase el otro. Incluso entre sus votantes, muchos (algunos presentes en plaza del domingo) consideran que el ajuste es el otro. No ignoran que el contrato electoral sentencia que es necesario un ajuste, pero consideran que no serán ellos los principales afectados. Los platos rotos los pagaría “la casta” que, llamativamente, estuvo ausente en todo el discurso del nuevo presidente. No eligieron un shock que —como dijo Milei en su alocución— “impactará de modo negativo sobre el nivel de actividad, el empleo, los salarios reales, la cantidad de pobres e indigentes”. Núcleo racional e ideología conviven en la conciencia líquida del sujeto mileísta promedio. Sin embargo, se acerca la hora de la verdad o de la resolución de la contradicción entre las razones de quienes respaldaron al engendro libertariano y la sinrazón del apoyo a un programa que se propone condenarlos a un largo calvario hasta alcanzar en un tiempo indeterminado “la luz al final del túnel”.

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El Gabinete loteado expresa esta heterogeneidad y el comienzo a los tumbos muestra una improvisación pavorosa: hace unos meses, Milei había dicho que si era necesario podía asumir el Gobierno ese mismo día, sin embargo, luego de la asunción real en la que afirmó que recibe una herencia espantosa, suspendió una conferencia de prensa de su ministro de Economía (Luis “Toto” Caputo) programada para el lunes porque todavía no tienen claro las medidas urgentes que van a anunciar.

Además, el nuevo Gobierno se encuentra ante una debilidad parlamentaria inocultable (38 diputados y 7 senadores propios) que es el producto de la disgregación política expresada en una seguidilla de cuatro elecciones (gobernadores, primarias, generales y balotaje) que tuvieron lugar durante este año. Aunque todos están (estamos) impactados por el resultado de la segunda vuelta, la realidad es que los cuatro procesos electorales dieron resultados diferentes y la representación parlamentaria expresa esa gran confusión producto de la crisis.

Milei y su camarilla se propusieron contrapesar toda esta suma de debilidades con el desfile de un potente músculo callejero. Nadie le contaría las costillas en términos de capacidad de movilización si ellos mismos —en la previa y en la puesta en escena— no hubieran colocado este elemento como un factor político operante. La multitud esperada faltó a la cita.

La presencia internacional en el acto de asunción fue pobre y deslucida, nadie relevante con la excepción del inefable Volodímir Zelenski. También dijo presente Luis Lacalle Pou, el presidente uruguayo autopercibido como una estrella de la derecha regional y fue de la partida un Gabriel Boric que le dio la “pata progresista” al espectáculo de la ultraderecha internacional. EEUU, China y Brasil enviaron delegaciones de segunda y terceras líneas.

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En ese contexto de fragilidades múltiples, el nuevo presidente anunció que va por un ataque en regla contra las mayorías populares: ajuste fiscal, devaluación, liberación de precios y congelamiento salarial (por lo menos en el sector público). Para hacer digerible su “Rodrigazo” alerta que si no se aplica su temeraria hoja de ruta sobrevendría otro “Rodrigazo” peor: la sociedad argentina debería elegir entre dos formas de suicidio colectivo. Milei agigantó la crisis con cifras desopilantes (¡15.000 % de inflación anual!) para convencer que “no hay alternativa” (otra frase con sello thatcherista). Necesita aterrorizar con la perspectiva de un apocalipsis a la vuelta de la esquina para imponer un disciplinamiento social aquí y ahora. En un curioso giro “posmoderno” (el lenguaje sería la sustancia, la materia viva a través de la cual cobra sentido la realidad), Milei pretende reemplazar la experiencia vital del terror económico por el discurso inflamado de la crisis terminal.

En la búsqueda de alguna referencia en la historia nacional, Milei rescató el mito de la Argentina potencia bajo el dominio de “la oligarquía con olor a bosta” como la bautizó su admirado Sarmiento. Un país cuya “grandeza” puede estar presente en algún nostálgico editorialista del diario La Nación, pero es ajena a cualquier memoria popular y que, además, es imposible de reeditar después de un siglo de historia en el que cambió la anatomía del país con la entrada en escena de las clases medias con el yrigoyenismo y de la clase obrera bajo el peronismo. Lo que no entiende este liberalismo tardío con 40 grados de fiebre es que el dirigismo estatal impuesto por el surgimiento de la sociedad de masas no fue un “desvío colectivista” del camino hacia un presunto paraíso liberal, sino una más mundana necesidad de las clases dominantes de salvaguardar su régimen social tercerizando la tarea de gobernarse a sí mismas y acolchonando las tensiones que su propio régimen económico generaba. Vale recordar que bajo las distintas variantes de los regímenes oligárquicos, asistimos a un momento de esplendor del movimiento obrero pre-peronista.

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Con un gaseoso (como muchos de los éxitos electorales de estos tiempos) 55 % en su haber y esta suma de inconsistencias, es entendible que Milei esté golpeando las puertas del cielo para encontrar en el más allá lo que no le sobra más acá.

A propósito del inicio de las operaciones bélicas en Malvinas, Thatcher citó a Federico el Grande: “La diplomacia sin armas es como la música sin instrumento”. La música libertariana en versión hardcore comenzó a sonar con fantasías mesiánicas y pretensiones refundacionales, pero a esta orquesta de San Ovidio le sobra griterío rabioso y le faltan unos cuantos instrumentos.

Esta nota es una reproducción del newsletter Del Otro Lado enviado este lunes. En este enlace podés suscribirte a todos los newsletters de La Izquierda Diario y acá asociarte a nuestra Comunidad. Para nosotros es muy importante tu aporte para el sostenimiento del proyecto.

Fuente: la izquierda diario

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