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Apuntes sobre socialismo desde abajo y poder popular

A propósito del libro El niño resentido, de César González

La voz de César González es brutal, su mirada es implacable. No son usuales los textos de un realismo tan crudo y tan austero. El niño resentido es literatura que, prácticamente, prescinde de toda literaturalización. Este libro contradice a Michel de Certau: su acercamiento a lo popular (incluyendo lo popular “lumpenizado”) desde una posición “intelectual” no presupone ningún gesto represivo que lo suprime al tiempo que intenta conocerlo. El autor no abusa de la traducción, la edición, la interpolación. Trata de no ejercer ninguna violencia letrada a la hora de narrar universos subalternos.

Por momentos, el autor parece sacar ventaja de la circunstancia de no haber habitado una piel burguesa. Sin dudas, no descarta esa argucia; por cierto, hay algo de eso, pero hay mucho más. Está presente, sobre todo, la autenticidad que surge del rechazo a habitar el lugar de la “metaposición”. El autor no quiere convertirse en espectador de sí mismo. Todo indica que posee la capacidad de vivir sin puntos de fuga hacia otra personalidad. Pero no es solo la autenticidad la que lo exime del desatino de “retorizar” la marginalidad, de rozar estereotipos, de abusar de los sociolectos. Hay oficio, recursos, minuciosidad.  

El libro es autobiográfico, pero contradice las reglas del género. En lugar de construir un “yo” bien robusto, el autor opta por diluirlo muy sutilmente en un “otro” compuesto por infinidad de pibas y pibes con historias de vidas similares, vidas precarias, vidas lúmpenes, invariablemente expuestas a todas las formas de sometimiento arraigadas en nuestra sociedad. Vidas al borde de todas las violencias: institucionales, policiales, familiares, etcétera.

El libro describe paisajes desolados, con autos, objetos y cuerpos desguazados; realidades enjutas y ruines; situaciones terribles, dantescas. Aún así, está lejos de contarnos un descenso a los infiernos: una catábasis. Tampoco asoma nada parecido a la fatalidad telúrica, al naturalismo minimalista o al miserabilismo.  

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El libro habla de la miseria que asola los barrios marginales y destruye los lazos sociales, pero al mismo identifica una potencia y una sensualidad subyacente y da cuenta de un microcosmos invisible de reconstrucción de los lazos sociales (lazos de comprensión y hermandad) pero “por otros medios”, un microcosmos repleto de rituales que buscan contrarrestar la objetivación. De alguna manera, el autor ratifica las representaciones que las clases medias suelen hacerse sobre los barrios marginales a partir del consumo de noticias policiales: allí la vida es insoportable y peligrosa, pero es más intensa.

Entonces, en esos barrios donde se vive mal y se muere fácil, existe una resistencia espontánea, artesanal y permanente a los artefactos que buscan disciplinar la potencia popular. En esos barrios, deducimos, hay un sustrato a la espera de agenciamientos colectivos y saberes emancipatorios. Aunque la carencia es el signo más distintivo del universo subalterno que narra el autor, el énfasis no está puesto en la falta sino en el exceso. Ese es su gran mérito.  

El libro expone de manera descarnada la licitud del deseo que alimenta el delito. Nos habla de la exigencia básica de dignidad como uno de los contenidos fundamentales del delito, en especial el que cometen niñes y adolescentes pobres y marginales.

El autor nos presenta al delito en dos grandes facetas, contradictorias pero articuladas en una mezcolanza baladí, repleta de zonas grises. Por un lado, el delito como una adaptación de los ideales descolectivizantes y de los valores inhumanos de las clases dominantes a la realidad de los sectores más marginados del precariado: competencia, mercado libre, meritocracia, consumismo, emprendedurismo, etc. El delito como forma de sobrevivir en el mundo del dominador y, sobre todo, con los valores impuestos por el dominador. El delito como “mimesis” y como subproducto de un sistema que ha inoculado mucha inhumanidad para ganar cómplices, un sistema que está deshecho y agotado pero que perdura. Por el otro, el delito se presenta como una expresión despolitizada, desesperanzada y desesperada de la lucha de clases, como un cuestionamiento (anómalo) a la normalidad burguesa, un cuestionamiento que no alcanza para deslegitimar la condición subalterna y oprimida. Claro está, para llegar a ese plano hace falta iniciar una lucha por la emancipación, instituir otra dialéctica entre el cuerpo explotado y sometido y el mundo. Esto no lo dice el autor, porque se saldría de su registro, pero de algún modo lo insinúa o, por los menos, nos da el pié para pensarlo. Este es un libro Político; así, con mayúsculas. 

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El niño resentido es un relato lúcido que nunca tropieza con las palabras. El autor entiende todo. Todo lo que hay que entender. Quién tiene el poder y las distintas formas en que se ejerce. Quién gana. Quién pierde.

Este libro puede leerse como una refutación de la crueldad argentina. Es un cross a la mandíbula de las y los que creen que la pobreza es materia de gestión, una “problemática” a resolver con “políticas públicas”. Es un reguero de ácido en la jeta de las energúmenas y los energúmenos que exhiben su impiedad como un blasón, que aspiran a guiar a una buena parte de la sociedad argentina a un abismo de crueldad, que claman por dos cosas que el autor padeció en carne propia: cárcel y bala.

Dado que el autor salió literalmente de una cloaca para “elevarse” al plano de la literatura siempre está la tentación de hablar de “un caso de auto-superación”. Eso bien podrían pensar y decir las lectoras y los lectores “bien pensantes”, “progresistas”, un poco iluministas. Consideramos que la condición de auto-superado no le queda bien al autor. Lo vemos más como un sujeto con la tenacidad de un náufrago. Al no proponernos la historia de un triunfo, también viola otra regla del genero autobiográfico.

Aunque no se enuncie en forma directa en ningún párrafo, se sobreentiende: no puede haber triunfo individual mientras las condiciones históricas sigan reproduciendo masivamente niñes resentides.

La capacidad de desarrollar alguna estrategia de supervivencia mental, convirtieron al autor en un caso excepcional. ¿Habrá sido gracias al goce del cine en la infancia? ¿Habrán contribuido los resabios motivadores de la escuela pública? ¿Cuánto influyeron los contactos con personas cercanas con algún grado de politización en sentido radical? Lo evidente es que esta circunstancia, junto al hecho cuasi azaroso de evitar la muerte prematura u otros destinos aún más oscuros, le generaron al autor una responsabilidad que ejerce a través de la escritura, ente otros medios expresivos a su alcance.

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Mientras leía El niño resentido, no pude evitar que Frantz Fanon y Los condenados de la tierra me impusieran una clave de lectura. ¿Acaso las y los pobres de las grandes urbes no están sometidos a procesos de deshumanización sistémica y a formas de colonialismo interno?  Fanon, precisamente, afirmaba que “una sociedad que lleva a sus miembros a soluciones de desesperación es una sociedad no viable, una sociedad que debe ser reemplazada”. Tengo la impresión de que El niño resentido de César González nos está diciendo lo mismo.   

Lanús Oeste, 11 de enero de 2024.

Por: Miguel Mazzeo

Escritor, docente de la UBA y la UNLa y militante popular.

X: @mazzeo_miguel. Instagram: mazzeo_amauta

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