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Lo que hacemos mientras tanto

Araraquara, enero de 2024

Debería estar reflexionando sobre la intensificación de la guerra contra los pobres. Sobre el genocidio en Gaza y la militarización en Ecuador Sobre los acuerdos de la Codelco y la SQM para sacar el litio del salar de Antofagasta. Sobre los montajes que hace el gobierno de Boric para allanar comunidades en el Ngulumapu. Sobre la extracción de oro en la frontera entre Brasil, Venezuela y Guyana. Sobre las medidas económicas y la Ley “Ómnibus” en Argentina, que son la guerra contra los pobres por otros medios. Sin embargo, aunque, ojo, aun atentos a todo eso, hay que vivir todos los días.

Entonces, me preparo para ir a comprarle verdura a “seu” Pedro [pseudónimo] para el almuerzo después de la minga. No crean que es cosa rápida. Aunque “seu” Pedro vive a unos 200 metros de acá, hay que tomarse un tiempo. No es llegar, pagarle y llevarse la verdura, como cuando una va al supermercado. Todos sospechamos que él nos vende lo que planta como una excusa para platicar. Hace años que está como casero, cuidando aquel terreno, y los dueños no se meten con lo que él hace. Pero no arrienda ni nada. Son acuerdos de palabra. Todo está prendido con alfileres en este borde del campo, o de la ciudad. Y dura lo que dura. Mientras se demora la presión del negocio inmobiliario para expandirse. Bien, de paso, compramos la verdura y nos llevamos unas manivas para plantar yuca y completar la milpa.

Todo está prosperando en el área en la que mejoramos el suelo. El maíz guaraní, plantado en kurusu (cruz), como nos recomendaron los parientes de la aldea que nos mandó los primeros granos. (Ya van por varias generaciones de maíz guaraní.) Los diferentes zapallos, calabazas y melones. Las diferentes variedades de frijoles: espada, blanco, pero el que nos ayudó a mejorar el suelo fue el guandú, que se cría en arbusto. Cuando empezamos, con las vecinas, el primer trabajo fue sacar los cascotes, los escombros que la gente descartaba en el lugar. Después vimos que la tierra estaba compactada, ácida y llena de hormigas. Parecía un muestrario de especies (nos dijeron que en el mundo hay unas 18 mil especies de hormigas) y variedades. Además, vimos que cada hormiguero tiene grupos especializados: las cortaderas, las transportadoras… Complejas, las hormigas. Al principio queríamos librarnos de ellas a grito pelado, o con recetas que iban desde cáscara de naranja a caldo de hoja de mamona… pero por fin nos convencimos que había que hacer acuerdos. Mejorando el suelo con frijol guandú y maíz, y cuidando que ninguna área esté descubierta, las hormigas digamos que se moderan. Renuncian a esa explosión poblacional. Y, encima, nos dan una tierra buena para hacer plantines, bien nutritiva. Las hormigas son buena gente, pero hay que conversar… mejor dicho, entender lo que quieren y negociar.

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Plantines de mertiolate y frijol blanco con tierra de hormiguero

Esa área mejorada hace que prospere todo lo que plantamos. Pero no fue fácil. Los perros son otros que ayudaron, manteniendo en la raya a los vecinos que querían descartar basura de las obras de construcción sin ser vistos. Los perritos, vigilantes, nos avisaban. Todo prospera, inclusive cuando no llueve durante más de 10 días, como acaba de pasar en plena estación de lluvias. Es que el tiempo está cambiado… esa COP28 es mentira. Como dicen las paredes de Buenos Aires, “emosido engañado”. Pero el suelo sigue siendo generoso, si lo entendemos y cuidamos.

Pared de Buenos Aires

Sin embargo, hay mucho por hacer. No contamos con minas de agua. Sólo el temporal que, cuando viene, viene con todo. Antes, el agua corría más serena para el río, a unos 70 metros de nuestra huerta. Pero el negocio inmobiliario ha bloqueado esos caminos. Y ahora el agua viene con toda violencia, se va juntando en manada y entra en las casas. Sin justicia, el agua toma venganza, que es una especie de justicia. A finales de 2022, la venganza fue terrible. Un enorme cráter debajo de una avenida, por donde pasa el mismo río, a esa altura entubado, se abrió en medio de la lluvia, engullendo un carro con 6 personas, que no sobrevivieron. No tenían la culpa, claro. Son vidas humanas que el agua se cobró por las maldades que hicieron con ella. Queremos hacer acuerdos con el agua, así como hicimos con las hormigas. Hablando, la gente se entiende. Se puede conversar con el agua y con las hormigas, pero con el negocio inmobiliario no.

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Abuelos del maíz guaraní que ahora plantamos

Hay amenazas de hacer un estacionamiento en esa área, que es pública. A veces llegan unos señores con unos aparatos, los teodolitos. Dicen que son agrimensores. Y, cada vez que llegan, está la sospecha de que están midiendo el por ahora fantasmagórico “estacionamiento”. Por eso digo que todo lo que hacemos está prendido con alfileres. Otras amenazas son los tractores de la alcaldía. Cada vez que hay campaña electoral, ellos vienen. Antes venían con desbrozadora… podíamos negociar… pedíamos que no pasasen arriba de los canteros y regalábamos zapallo y papaya… con tractor es más difícil. Parece que cuando la persona tiene una máquina potente, cambia su manera de estar en el mundo, se siente más importante y poderoso, y hay pie para la crueldad. Y no hay manera de negociar: nos pasaron por arriba de frijoles y legumbres. El que aneja el tractor es un trabajador, como nosotros, pero se siente más arriba de la máquina. Es como una guerra en pequeña escala, que peleamos centímetro a centímetro. Los perros se desgañitan para avisar cuando sienten el peligro. Y ahí vamos nosotros.

Tenemos muchos planes. Uno de ellos es recomponer el “recinto de los aromas”. Una mandala protegida por un círculo de arbustos, con condimentos y medicinales. Hay que rehacerla. Las vecinas entran, llenas de protocolos, y es como otra dimensión. No sólo el perfume, se llena de mariposas y de anú-pretos confiados.

Bien, tenemos una minga por delante (preciso reforzar la cuña del azadón)… Al principio era más difícil con la faena bajo el sol. Pero plantamos nativas y fructíferas. Ahora trabajamos a la media sombra. Y, a pesar de todas las adversidades, cada día es un día. Contando con los tres vectores de la vida (el destino, la voluntad y el acaso, que nos sorprende, a veces con un inesperado viento a favor) sabemos que lo que hacemos no detiene la guerra. Pero esperamos que, al leer estas líneas, otras y otros, también tercos y discretos, sepan que no están solos.

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Fuente: Desinformémonos

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