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Apuntes sobre socialismo desde abajo y poder popular

“Se criminaliza y encarcela a las personas de sectores populares porque es la lógica de la guerra en Ecuador”

Mujeres de Frente, que nació en 2004 de un grupo de mujeres presas y otras externas, sostiene y acompaña en el actual marco que vive el país y que “lleva ya décadas organizándose bajo la égida del Gobierno norteamericano”.

Mujeres de Frente es “una comunidad de cooperación y cuidado entre mujeres, diversas y desiguales, indígenas, mestizas, afrodescendientes, cholas, y sexualmente diversas, así como una comunidad de reflexión y acción política”, en sus palabras. Una comunidad de mujeres diversas cuyas acciones se extienden también al interior de los muros de las prisiones, en donde son red y sostén de mujeres encarceladas. Está conformada por alrededor de 60 mujeres junto con sus hijas e hijos, y organizadas de manera asamblearia. Gestionan un espacio de encuentro en el centro de Quito llamado Casa de las Mujeres, donde tienen dos emprendimientos colectivos, un espacio para las criaturas y un aula grande para la Escuela de Formación Política Feminista y Popular, que cuenta su correlato al interior de la prisión de mujeres Regional Cotopaxi, en Latacunga.

Hemos visto en los últimos días las imágenes de una violencia desatada en Ecuador y nos hemos llevado con sorpresa y horror las manos a la cabeza. Sin embargo, esta violencia no es nueva en Ecuador. Es parte de una estrategia de guerra que ya hemos visto en otros países de América Latina, como Colombia y México, en donde el Estado le declara la guerra a un enemigo difuso pero encarnado en “el narco”; es lo que llamamos “guerra contra las drogas”, que no es otra cosa más que, en palabras de Mujeres de Frente, una estrategia racista y patriarcal que beneficia al capital. “El resultado de la guerra contra las drogas, como ya hemos visto en México y en Colombia, es la construcción de una situación de guerra que ubica a las poblaciones racializadas y más empobrecidas bajo fuegos cruzados”, cuentan en conversación online. “Todas las políticas sobre drogas fueron creadas por varones cis blancos”, dijo en una entrevista en Pikara Magazine la antropóloga brasileña antropóloga brasileña Luana Malheiro.

En este marco de guerra, el presidente Daniel Noboa decretó el 9 de enero un “conflicto armado interno” complementario al “estado de excepción”, con una duración de 60 días y que incluye la total libertad de acción de las Fuerzas Armadas, la suspensión del derecho de libertad de reunión y del derecho a la inviolabilidad del domicilio, y toque de queda diario entre las 23 y las cinco horas. Mientras, Mujeres de Frente hace lo que lleva haciendo desde hace ya dos décadas: sostener y acompañar.

La periodista ecuatoriana Soraya Constante explica en El Salto que las detenciones y encarcelamientos de narcotraficantes que operaban en la costa que parecían esporádicas tienen mucho que ver en cómo está el país hoy. “Ecuador es territorio del narco aunque no lo hayamos visto venir, se ha perdido el gobierno de las cárceles. Por eso preocupa que la guerra declarada contra las drogas sea más bien contra los eslabones más débiles de la cadena”, escribe la reportera. Mujeres de Frente también mencionan la reforma penitenciaria de 2014 como un punto de inflexión que ha supuesto “un proceso de deshumanización de las personas encarceladas”. Cuentan que esa reforma de hace una década “ha hecho posible las masacres en las cárceles”.

¿Para Mujeres de Frente qué es lo que está sucediendo actualmente en Ecuador?

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El criterio de Mujeres de Frente, como una organización popular, feminista, antirracista, integrada por mujeres actualmente presas, excarceladas, familiares de personas en prisión, comerciantes autónomas de las calles, trabajadoras a destajo del hogar, del sexo, estudiantes, profesoras, desde la diversidad, desde abajo, pensamos que lo que estamos viviendo estos días en Ecuador es una intensificación de una estrategia de Gobierno que lleva ya décadas organizándose bajo la égida del Gobierno estadounidense, es la llamada guerra contra las drogas: la idea de un enemigo difuso, dedicado a los negocios ilegales de las drogas y otros afines, que aparece como un enemigo de origen popular y difuso, en los barrios, en los pueblos, agazapado entre las personas más empobrecidas y racializadas del país. Esa guerra implica la militarización como respuesta estatal, lo que termina siendo una respuesta bélica en contra de barrios, pueblos y sectores populares. El resultado de la guerra contra las drogas, como ya hemos visto en México y en Colombia, es la construcción de una situación de guerra que ubica a las poblaciones racializadas y más empobrecidas bajo fuegos cruzados. Estamos viviendo una intensificación de esta estrategia, y el efecto claramente no es la paz, ni la reducción del negocio del narcotráfico y afines, sino la organización de territorios en guerra en los cuales la confusión destruye los tejidos sociales y la organizativos, incrementando el racismo y generando incluso formas de paramilitarización en un país que tiene libre porte de armas. Esta estrategia beneficia directamente al capital, al capital que se acumula entre lo legal y lo ilegal. Es innegable que funcionarios de Estado, militares, policiales y civiles están directamente vinculados con lo que llamamos estructuras del crimen organizado y está claro que quienes fueron también parte de las Fuerzas Armadas pertenecen a grupos del crimen organizado. Esto es una estrategia patriarcal, la guerra es patriarcal; la idea de la violencia contra los cuerpos, la crueldad contra las personas dentro y fuera de las prisiones es el lenguaje del patriarcado, según el cual las formas de diálogo, autoorganización, de paz y de vínculo social son ingenuas y por tanto no son funcionales para la disciplina social y racista. Es una guerra que criminaliza de manera generalizada y coloca en estado de sitio a las poblaciones de raigambre indígena, montubia y muy especialmente africana.

¿Qué implica en su día a día lo que está sucediendo?

Esta guerra nos está obligando no solamente a querer buscar otras alternativas para sostener la vida, otras alternativas de trabajo, sino también implica que nos están enviando a las personas de sectores populares a delinquir, porque si a nosotras, que trabajamos en la calle, que buscamos la comida para nuestras familias, no se nos permite trabajar, ni se nos dan alternativas para la subsistencia y por el contrario se nos criminaliza y encarcela, sin siquiera haber cometido ningún delito simplemente porque es la lógica de la guerra, está claro que lo que sucede es que no podemos subsistir. Hace pocos días se aprobó el decreto 111, que le da carta blanca al Gobierno para acusar de terrorismo a cualquier persona que sea “sospechosa”, así, la policía saca informes de que en 24 horas y “supereficientemente” atrapa a 200 personas acusadas de terrorismo. En realidad, lo que sucede es que se detiene a personas de sectores populares y se las acusa de terrorismo. Esto aterroriza a la población y permite aprobar una serie de medidas neoliberales, securitarias, que de otra forma habría enfrentado más oposición popular. Lleva años gestándose, desde el 2007 con [el entonces presidente Rafael] Correa, y hoy día se está materializando, porque nunca hemos vivido este estado de pánico generalizado en el que festejamos que las Fuerzas Armadas nos están “cuidando”.

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Mujeres de Frente nació en 2004 en la cárcel El Inca, entre mujeres de adentro y de fuera de la cárcel. En 2008, hubo un indulto masivo a personas sentenciadas o en proceso de sentencia por microtráfico de drogas, así muchas de las mujeres que formaron la organización al interior de la prisión salieron y comenzaron a construir ahora desde afuera, para llegar a ser lo que es hoy Mujeres de Frente. Son una comunidad de apoyo y de cooperación, hay mujeres universitarias y también mujeres con muchísimos saberes situados, hay trabajadoras informales, vendedoras ambulantes, asalariadas, jornaleras. Con la reforma a las prisiones en 2014, las cárceles se trasladan de la ciudad hacia las regiones, y comienzan los niveles altísimos de hacinamiento. Esta lejanía supuso un bloqueo para las organizaciones que trabajaban dentro de las cárceles.

Ustedes mencionan siempre la reforma penitenciaria de 2014 como un punto de inflexión, ¿por qué?

Antes de la construcción de las megacárceles, nosotras podíamos visitar a las personas presas, llevarles comida, abrazarlos, tocarlos, llevar a las criaturas; eso les provocaba una sensación de acompañamiento y protección, porque tenían la seguridad de que la familia iba a estar en las visitas, no solo una persona, como es ahora, sino la familia al completo. Entrábamos con la pena y el dolor de tener una persona encarcelada, pero era un aliento, nuestra presencia paliaba un poco todas las violencias que sufrían al interior de la prisión. La reforma penitenciaria nos ha quitado todo eso, ya no podemos entrar a la cárcel más que de dos en dos, tenemos solo dos horas de visita y las criaturas ya solo pueden entrar en momentos especiales. Esto ha sido un proceso de deshumanización de las personas encarceladas. A nuestro entender es esta reforma la que ha hecho posible las masacres en las cárceles. Este sistema es mucho más violento que el anterior; a pesar de que es el Gobierno el que se hace cargo materialmente de estas megaprisiones industriales, las y los presos todavía necesitan conseguir fondos para sostener su vida ahí dentro. Desde la reforma y sobre todo a partir de 2019, el número de presos comienza a crecer, se hacen juicios rápidos para meter a más personas presas y es también ese momento en que la policía comienza a manejar directamente la cárcel, en lugar del Ministerio de Justicia y de Derechos Humanos; así que lo que por lo menos en el nombre tenía un sentido de respeto a los derechos humanos pasa a pertenecer a una Administración que tiene que demostrar trabajo, y la forma de hacerlo es a partir de la encarcelación de personas.

¿Qué implica para las mujeres estar tanto dentro como fuera de la cárcel sosteniendo a personas encarceladas?

La cárcel implica muchas cosas difíciles tanto para quienes lo viven en primera persona como para quienes acompañamos los procesos de encarcelamiento. Es un lugar horrible, en donde todo el tiempo estás sobreviviendo; te arrebata la dignidad cada vez que entras, cuando acercas tu cuerpo al de la policía para revistarte. La cárcel como espacio físico te aleja de la gente porque los trayectos que recorremos hasta la prisión suelen ser dos horas de viaje de ida y vuelta. Es contradictorio, porque por un lado es un estigma, pero por el otro lado es un espacio en donde se ha podido construir mucho. Mirar cómo las compañeras adentro se mantienen en la Escuela [de Formación Política Feminista y Popular] porque encuentran ahí un lugar bonito en el que sentirse acompañadas y lo construyen es esperanzador. Hay mucha creatividad política al interior de las prisiones. La cárcel como institución está hecha para deshumanizarnos, pero para nosotras es importante remarcar que incluso en esas condiciones se puede construir algo ahí dentro.

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¿Las mujeres encarceladas sufren abandono familiar?

Las mujeres son las que sostienen la vida y cuando son ellas quienes caen presas no hay nadie que las sostenga a ellas. Cuando las relaciones familiares se cortan, las mujeres que están dentro sin un tejido que las sostenga y nadie que pueda sostenerlas económicamente tienen que hacer lo que sea para poder sobrevivir: tráfico de drogas, prostitución, entre otras muchas cosas. La prostitución está de cierta forma institucionalizada dentro de las prisiones, porque es el sistema penitenciario quien de manera informal negocia con ellas al interior de las prisiones; las mujeres y las armas son la moneda de cambio entre los funcionarios y las redes mafiosas de presos con armas y poder.

¿Qué papel desempeña Mujeres de Frente, en la situación vital de las mujeres presas?

Sostenerlas. Tratamos de ser un apoyo emocional y económico en la medida de nuestras posibilidades, con recaudación de fondos. Buscamos crear las condiciones materiales para las compañeras, y que, al salir de prisión, tengan una posibilidad real de tener recursos para sobrevivir. Es importante que las mujeres al salir de la cárcel también sientan que tienen un espacio afectivo seguro que las acompañe, que pueden venir cuando quieran, sin ser juzgadas, ni criminalizadas. Nosotras queremos hacerles ver que pueden integrarse de nuevo a la sociedad, que tenemos dolores comunes, pero que ellas vienen de un lugar de mucha violencia y queremos ser un lugar de sostenimiento. Lo mismo queremos ser para personas LGTBIQ+ que no puedan salir del clóset, o que no tengan un lugar seguro para ser quienes son. Tenemos emprendimientos productivos colectivos en donde los medios de producción se ponen en común. Son proyectos que están pensados para que cada uno de ellos sea gestionado por unas 10 compañeras. También tenemos un taller de costura que funciona de la misma forma, queremos en un futuro sacar ropa a la venta para las compañeras de la organización a bajos precios. Estamos pensando también en construir una biblioteca y conectarla con la Escuela de Formación Política Feminista y Popular. Estamos constantemente pensando en sacar proyectos adelante y hay que remarcar que es el esfuerzo militante el que hace que, en contextos de falta de recursos, la organización se sostenga.

En Mujeres de Frente, cuentan, todas acompañan y son acompañadas: “Entendemos que hay momentos críticos en la vida de muchas mujeres y para nosotras lo importante es ser un espacio seguro. También, o más bien, sobre todo, en este marco de guerra”.

Fuente: Pikara Magazine

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