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El origen de la “solución de los dos Estados” en Palestina y por qué es colonial, injusta e inviable

Hay que cambiar el diccionario: estamos ante un capítulo más –el más terrible– de una historia de colonización y descolonización

Todavía sigue eludiéndose en numerosos ámbitos. Cabe insistir en que hay que cambiar el diccionario. La clave para entender y abordar el actual genocidio israelí en Palestina es que se trata de un capítulo más –el más terrible– de una historia de colonización y descolonización. Una historia de colonización de asentamiento sionista-israelí que no representa al judaísmo ni a las comunidades judías y que pretende dominar el máximo territorio posible con el mínimo de población nativa palestina posible.

Este proyecto colonial sionista logró un gran triunfo en 1948 con la creación del Estado de Israel y la limpieza étnica de Palestina –la Nakba–, pero no terminó ese año. La colonización, la limpieza étnica y el apartheid prosiguen 76 años después. Como estamos viendo con el vigente episodio de genocidio, el mejor documentado audiovisualmente por sus víctimas y victimarios, la Nakba continúa. Y también los intentos del pueblo palestino de descolonizar su tierra. Y a pesar de todo el dolor, sacrificio y sufrimiento imaginable e inimaginable por parte del pueblo palestino, el proyecto colonial sionista-israelí, basado en proporcionar seguridad y estabilidad a sus colonos y a sus inversiones capitalistas, es cada día más inseguro, inestable e insostenible.

Para colonizar y cometer un genocidio hay que intentar deshumanizar al pueblo colonizado desde el principio hasta el final

Desde sus inicios a finales del siglo XIX hasta la actualidad, los líderes del movimiento sionista y del Estado de Israel, como proyecto vigente de colonialismo de asentamiento, emplearon y emplean el lenguaje racista común a otras expresiones coloniales europeas. Este suele presentar a las personas blancas como portadoras de la civilización y a las personas no blancas como representantes de la barbarie.

El padre del movimiento sionista, Theodor Herzl, escribió en 1896 que el futuro Estado sionista sería: “Una parte del muro defensivo europeo en Asia, un lugar avanzado de la civilización contra la barbarie”. Varios años más tarde, Herzl quiso legitimar su proyecto colonial pintando una parte de Palestina de esta manera: “Los campos parecían estar quemados y los habitantes de las negruzcas aldeas árabes parecían bandidos”. En 1914, el destacado sionista autodenominado “socialista” Moshe Smilansky manifestó: “Estamos tratando con gente semisalvaje que tiene conceptos sumamente primitivos. Y esta es su naturaleza. […] Entre los árabes se han desarrollado valores de base […] [tales como] mentir y engañar”.

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Asimismo, el que tres décadas más tarde sería el primer presidente del Estado de Israel, Chaim Weizmann, respondió ante la pregunta de qué pensaba hacer con la población palestina: “Los británicos nos dijeron que allí hay algunos cientos de miles de ‘kushim’ [‘negros’], y que ellos no tienen ningún valor”. Weizmann también comentó que “el árabe es primitivo y se cree lo que le dicen”. En este marco, aunque fue acuñado con anterioridad, se difundió el eslogan asociado al sionismo de “un pueblo sin tierra para una tierra sin pueblo”. 

En el penúltimo año de la Primera Guerra Mundial y tras haberse repartido en secreto con Francia gran parte de los dominios otomanos entre Persia y el Mediterráneo (Acuerdo Sykes-Picot de 1916), el Reino Unido incorporó la Palestina otomana al Imperio Británico y mostró su connivencia con el movimiento sionista, aunque de manera ambigua, en la Declaración Balfour de 1917. El poder imperial británico brindó un apoyo estructural fundamental a la colonización de asentamiento sionista y a la segregación (apartheid) de la población colona blanca respecto a la nativa palestina en el marco del Mandato Británico, que se prolongó hasta 1948. La causa sionista había quedado conectada con el imperialismo noratlántico, que, primero dirigido por el Reino Unido y después de la Segunda Guerra Mundial por Estados Unidos, utilizarían el territorio entre el río Jordán y el Mediterráneo como plataforma para su dominio y expansión en una región clave, encrucijada entre África, Asia y Europa. 

En la actualidad, hasta el histórico pronunciamiento del Tribunal Internacional de Justicia de la ONU del 26 de enero de 2024 que aceptó la solicitud sudafricana, se declaró competente para investigar y exigió medidas concretas al Estado de Israel para evitar el genocidio, ha mencionado los discursos racistas de deshumanización que han utilizado autoridades israelíes. Como ha ocurrido en otros episodios históricos, la difusión de la deshumanización racista ha constituido un elemento imprescindible, tanto previamente como de manera coetánea, a la práctica genocida.

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Entre otras innumerables afirmaciones similares, el 9 de octubre de 2023, el ministro israelí de Defensa, Yoav Gallant, ordenó cometer crímenes de guerra en Gaza y afirmó que “estamos luchando contra animales humanos”. Semanas después, el ministro de Patrimonio y Asuntos de Jerusalén, Amihai Eliyahu, defendió la limpieza étnica de la población palestina de Gaza afirmando que “los monstruos de Gaza pueden ir a Irlanda o a los desiertos”, y sostuvo que el uso israelí de armas nucleares en Gaza era “una de las posibilidades”, algo que reiteró en enero de 2024.  

El origen de la “solución de los dos Estados”: colonial, injusta y cortina de humo para ocultar el máximo objetivo sionista-israelí de expansión territorial y expulsión de la población nativa

Fue en el contexto del Mandato Británico de Palestina entre 1917/1923 y 1948 cuando las resistencias palestinas se multiplicaron y se planteó por primera vez oficialmente lo que ahora se denomina la “solución de los dos Estados”. Las primeras protestas anticoloniales palestinas se retrotraen a la década de 1880 y ya contaron con presencia femenina. Algunas de las primeras organizaciones sociales palestinas desde el inicio de la colonización fueron no mixtas de mujeres, como la Sociedad Ortodoxa de Ayuda, reunida en 1903 en Acre por primera vez.

En 1929, la creación de la Asociación de Mujeres Árabes supuso el establecimiento de un movimiento nacional, consolidado y estable de mujeres palestinas. Fue de la mano, en la década de 1930, de una gran efervescencia política palestina, que incluyó la formación de partidos de masas como Istiqlal e incontables protestas contra el colonialismo sionista y el británico. La movilización anticolonial y nacional alcanzó su cenit con la Gran Insurrección palestina de entre 1936 y 1939.

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Este histórico episodio de resistencia palestina se vio precedido por la lucha guerrillera de la organización al-Kaff al-Aswad, liderada por Izz ad-Din al-Qassam, cuya muerte a manos británicas dio lugar al primer gran mártir de la resistencia palestina y más de medio siglo después inspiró el nombre del brazo armado de Hamás. La Gran Insurrección palestina, coordinada por el Comité Superior Árabe, se inició en la primavera de 1936 con una huelga general que se prolongó durante seis meses, llegándose a convertir en la huelga general más larga hasta ese momento en un territorio colonial. El objetivo palestino era que el Mandato Británico parase la colonización sionista y que se convocasen elecciones democráticas para la formación de un gobierno nacional que condujese a la independencia del país. Casi noventa años después, sigue negándose el derecho de autodeterminación del pueblo palestino

Fue en este contexto, en el que las autoridades del Mandato Británico de Palestina no sólo rechazaron todas las reivindicaciones palestinas, sino que colaboraron con las organizaciones paramilitares sionistas para reprimir la Gran Insurrección, cuando el Reino Unido nombró una comisión que formuló oficialmente lo que después se denominaría la “solución de los dos Estados” o “partición” de Palestina. Como había ocurrido con la Declaración Balfour, no se contó con la opinión del pueblo directamente afectado. La Comisión Peel recomendó en 1937 dividir Palestina entre un Estado denominado “judío” y otro Estado “árabe”, este último conectado a Transjordania, otra colonia británica cuya máxima autoridad era un títere del Reino Unido, el emir Abdalá.

También aconsejó que los británicos permaneciesen en varios lugares estratégicos y mencionó la posibilidad de un “intercambio de población”, es decir, de expulsar a población palestina. A pesar de que no se puso en práctica, su propuesta de partición, también denominada posteriormente de los dos Estados, pasó a ocupar un lugar de primer orden en el ámbito internacional en el abanico de posibles soluciones a la colonización de Palestina. 

Entonces, hábilmente, David Green (líder del movimiento sionista nacido en la ciudad polaca de Plonsk y que había cambiado su nombre por el de “David Ben Gurion2” para “hebraizarlo”), aceptó discursivamente la partición/dos Estados como una estrategia del primer paso que nunca aceptaría en la práctica. Green/Ben Gurion manifestó que si aceptaba la partición era para conseguir legitimar un Estado a partir del cual, según sus palabras: “Cancelaremos la partición del país y nos expandiremos a través de la Tierra de Israel”. Igualmente, en 1937, escribió: “Tenemos que expulsar a los árabes y ocupar su lugar […] y si hay que usar la fuerza […] contamos con la fuerza necesaria”.

Para Vladimir Yevgenyevich Zhabotinsky (que también “hebraizó” su nombre para pasar a ser conocido como Ze’ev –”lobo”– Jabotinsky y lideró el sionismo revisionista –derechista-ultraderechista, la cultura política de la que procede el Likud de Benjamin Netanyahu–): “El alma islámica debe ser barrida de Eretz Israel. [Los árabes y los musulmanes] son una horda vociferante vestida con sucios harapos”. El movimiento sionista se preparó para el momento clave, que llegaría con la intervención de la ONU a su favor en 1947 y con el fin del Mandato Británico en 1948. 

Así pues, en 1947 el Reino Unido traspasó el problema de la colonización de Palestina a la recién creada ONU. El movimiento sionista había conseguido crear un pre-Estado o Estado paralelo colonial al del Mandato Británico y, a pesar del apoyo recibido, había atacado desde 1944 a tropas e infraestructuras del Reino Unido para que abandonasen Palestina. La partición/dos Estados seguía siendo la propuesta estratégica del sionismo autodenominado “socialista” dirigido por Green/Ben Gurion, mayoritario dentro del movimiento sionista.  En 1947, la ONU tenía menos de dos años de vida y el escenario colonial en Palestina fue el primer gran problema internacional que afrontaba en toda su amplitud.

Detrás de la retórica internacionalista de libertad y de derechos de la organización, se escondía una alianza de los grandes poderes para perpetuar su dominio imperial, todo ello de una manera renovada y con una nueva retórica. Como sintetizó el intelectual afroamericano William E. B. Du Bois al marchar de la Conferencia de San Francisco en la que se fundó la ONU: “Hemos conquistado Alemania […] pero no sus ideas […] todavía creemos en la supremacía blanca, manteniendo a los negros ‘donde deben estar’ y mintiendo sobre la democracia cuando nos referimos al control imperial de 750.000.000 de personas en las colonias”. La nueva institución internacional podía ser el mecanismo perfecto para adaptar el dominio mundial blanco. Había que reforzar la alianza entre las potencias del Atlántico Norte y prolongar el imperio transmutándolo a través de la “cooperación internacional”. 

En este contexto y con estos objetivos encubiertos, desde la primavera de 1947, la ONU acogió distintos desequilibrios que favorecieron al movimiento colonial sionista. Después de formar un comité (el UNSCOP) algunos de cuyos miembros “sabían muy poco sobre Palestina”, como uno de ellos reconoció, se aprobó la partición de Palestina en dos Estados el 29 de noviembre de 1947 en la Resolución 181. Pero esta resolución quebrantó distintos elementos de la Carta de la ONU y vulneró la igualdad entre las partes implicadas. Al no consultarse ni tener en cuenta la voluntad de la población afectada, otra vez, se violó el principio de la libre determinación de los pueblos, contenido en el primer artículo del tratado constitutivo de las Naciones Unidas.

Además, esta resolución contenía numerosos elementos que beneficiaban a la comunidad colonizadora (a pesar de que constituía 1/3 de la población y poseía entre un 6-11% de la propiedad de la tierra, el plan de partición recomendó que el Estado denominado judío se crease en un 55% del territorio). Por otro lado, la mayoría necesaria para aprobar el plan de partición se consiguió mediante amenazas estadounidenses a Liberia, Haití y Filipinas.

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Por último, las resoluciones de la Asamblea General de las Naciones Unidas de esta índole tienen el carácter de recomendaciones sin valor jurídico vinculante. No obstante, la Resolución 181 no se adoptó como una sugerencia o como base para una negociación, sino como un hecho consumado vinculante. Por tanto, la partición/dos Estados de la ONU de 1947 fue injusta, quebrantó la Carta de las Naciones Unidas, vulneró el principio de igualdad entre las partes y se aprobó mediante coacciones.  

La aprobación del plan de partición fue celebrada como una victoria por la mayoría del movimiento sionista, que era lo que esperaba, y fue rechazada por el pueblo palestino. A los pocos días, se multiplicaron los episodios violentos en Palestina y este fue el contexto que las organizaciones paramilitares sionistas estaban esperando para conseguir el máximo territorio posible con el mínimo de población palestina. Es decir, la expulsión masiva de la población no judía, lo que el pueblo palestino conocería como la Nakba (la “catástrofe”). Obviamente, de los dos Estados proyectados sólo se creó uno en mayo de 1948, Israel. Y fue en medio de una limpieza étnica que supuso que unas 750.000 personas palestinas se convirtieran en refugiadas, que entre 418 y 615 localidades fuesen destruidas o desalojadas por las tropas sionistas-israelíes y que se desmembrase Palestina, abortando por todo ello cualquier posibilidad de un Estado palestino. 

El nuevo Estado colonial israelí se construyó sobre el 78% de la Palestina histórica e instituyó un régimen de apartheid que privilegiaba jurídicamente a las personas judías e impedía regresar a las personas palestinas no judías, a pesar de ser un derecho reconocido hasta por la Asamblea General de la ONU en su Resolución 194. Al-Quds-Jerusalén Este y Cisjordania fueron anexionadas por Jordania, mientras que la Franja de Gaza, cuyos límites se crearon en este momento histórico mientras estaba atestada de personas refugiadas, quedó administrada por Egipto.

Y a su vez, la “solución de los dos Estados” continuó sólo en el papel. La Guerra de Junio o de los Seis Días de 1967, que supuso la ocupación militar sine die y la endocolonización israelí de ese 22% restante de Palestina (Al-Quds-Jerusalén Este, Cisjordania y la Franja de Gaza), volvió a mostrar, a pesar de la Resolución 242 del Consejo de Seguridad de la ONU que exigía la retirada israelí, que la “solución de los dos Estados” era una invención, una fábula, a través de la que el apartheid israelí podía continuar avanzando en su proyecto de colonialismo de asentamiento impunemente mientras parecía que se hacían “esfuerzos” hacia ningún lugar. 

En definitiva, la “solución de los dos Estados” se utilizó y se utiliza por los líderes sionistas y sus cómplices noratlánticos como cortina de humo para ocultar el máximo objetivo sionista-israelí de expansión territorial y expulsión de la población nativa. Este es el quid más determinante del movimiento sionista y de su creación hace 76 años, el Estado de Israel. El origen de la solución de los dos Estados era y es colonial e injusta. Además, desde Green/Ben Gurion hasta Netanyahu, la inmensa mayoría de los mandatarios israelíes se han negado a que pueda ser posible, y de hecho han intentado y han conseguido que sea una quimera. Asimismo, cualquier pueblo colonizado se negó y se niega a acatar que gran parte de sus tierras y sus hogares se asigne desde el poder imperial a un proyecto colonial que anhela expulsarlo y que no acepta que se escuchen sus voces. Y esto fue así en 1917 con la Declaración Balfour, en 1937 con la Comisión Peel, en 1947 con el Plan de Partición de la ONU y posteriormente… y sigue siendo así en 2024. 

Esto ya lo hemos visto muchas veces y ha fracasado. Y, además, es inviable

El 13 de septiembre de 1993 tuvo lugar una pomposa ceremonia en la Casa Blanca de Washington. Auspiciada por el presidente estadounidense Bill Clinton, el protagonismo corrió a cargo de Yasir Arafat, presidente de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) desde 1969, e Isaac Rabin, primer ministro israelí por segunda vez desde 1992. Un histórico apretón de manos representó la firma de la Declaración de principios sobre las disposiciones relacionadas con un gobierno autónomo provisional, conocida como Acuerdo de Oslo I. Hasta 1995 (Acuerdo de Oslo II) se firmaron otros tres acuerdos específicos más. El optimismo se extendió sobre algunos sectores, que pensaban que iba llegar, por fin, una nueva etapa de convivencia y de paz que incluía la solución de los dos Estados

Sin embargo, como los mismos títulos de los documentos acordados demostraban, Oslo I e II eran solo “declaraciones de principios sobre disposiciones” o preparatorios. En otras palabras, se dejaban para el futuro, en el mejor de los casos, las negociaciones importantes y definitivas. Esto se traducía en que las problemáticas más relevantes –el estatus de Al-Quds-Jerusalén, las colonias, las fronteras y el derecho al retorno de las personas palestinas refugiadas– se dejaron de lado. Los Acuerdos de Oslo ni siquiera reconocieron el derecho a la autodeterminación del pueblo palestino.

Tampoco mencionaron la retirada israelí de todos los territorios ocupados en 1967. Se creaba un nuevo organismo interino de cinco años que teóricamente tenía que ser el germen de un futuro Estado palestino: la Autoridad Palestina (AP). Sin embargo, esta nueva institución fue impuesta por el tándem israelo-estadounidense como un proyecto cipayo carente de competencias. Década tras década, su prestigio y legitimidad entre el pueblo palestino ha ido cayendo en picado.

Además, con Oslo II Cisjordania quedó dividida en tres áreas: A, B y C, y únicamente la A estaría administrada completamente por la AP. Al contrario de lo que establecía el derecho internacional, con las zonas A, B y C, el Estado de Israel conseguía controlar la mayor parte de Cisjordania, que al mismo tiempo suponía en torno a un 20% de la Palestina del Mandato Británico. Esto implicaba que los signatarios palestinos habían aceptado que el régimen de apartheid israelí controlase en torno al 90% Palestina histórica no solo de facto, como ya ocurría como consecuencia de la conquista militar de 1967, sino esta vez con sus firmas. Varias organizaciones palestinas, como el FDLP, FPLP, Yihad Islámica, Hamás y figuras como Mahmoud Darwish y Edward Said, criticaron con contundencia la manera y el contenido de lo que Arafat había firmado. Según Said, estos acuerdos fueron un Versalles palestino

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A pesar de que, teóricamente, se tenía que llegar a una solución definitiva en un periodo de cinco años (1994-1999), en diferentes sectores israelíes tenían claro que esto no sólo no era deseable, sino que de ninguna manera iba a ocurrir. Seguían aspirando al máximo territorio posible con el mínimo de población palestina y lucharían contra todas sus fuerzas contra la idea de un Estado palestino, aunque fuese en un territorio de poco más de un 10% de la Palestina histórica y sin ni siquiera continuidad territorial.

Entre estos estaba Benjamin Netanyahu, que llegó al poder por primera vez en 1996, siete meses después del asesinato de Isaac Rabin a manos de un sionista israelí contrario a las negociaciones. Así pues, la solución de los dos Estados no sólo fracasó en 1937 y en los años clave de 1947-1948, sino también con los Acuerdos de Oslo y en los últimos tres decenios. Y no sólo por su contexto o formulación concreta, sino por su propia idiosincrasia colonial e injusta.  

En la actualidad, hay aproximadamente 700.000 colonos israelíes en Cisjordania y 2023 fue el año que más ataques protagonizaron contra palestinas y palestinos. El 26 de febrero de 2023 llegaron a perpetrar –en palabras del general israelí Yehuda Fox– un pogromo en la localidad palestina de Huwara. Para Bezalel Smotrich, ministro israelí de Finanzas que el mes anterior se había definido públicamente como un fascista homófoboHuwara debía ser “borrada del mapa”.

¿Qué van a hacer con todos estos colonos y ministros? En 2005 la sociedad judía israelí experimentó un gran enfrentamiento interno y un trauma nacional porque unos 8.000 colonos fueron reubicados –algunos por la fuerza durante días sucesivos– de colonias de Gaza a otras de Cisjordania. Así, el régimen de apartheid israelí podía mostrar que ya había cedido todo lo que podía ceder, podía declarar Gaza un ente hostil y podía bloquearlo y bombardearlo masivamente como efectivamente ocurrió en 2008-2009, 2012, 2014, 2018, 2021… Y como sucede ahora, con el genocidio en directo más escandaloso y con mayor complicidad de quienes más enarbolan la bandera de la democracia y de los Derechos Humanos.

Si en 2005 con 8.000 colonos (que, por cierto, recibieron unos 200.000 dólares de media por familia como compensación) sucedió lo que se ha mencionado, ahora ninguna autoridad israelí se plantea ni ideológicamente acepta reubicar a casi tres cuartos de millón de colonos de Cisjordania. Por tanto, ante esa realidad sobre el terreno, un “Estado palestino” es absolutamente inviable

Asimismo, es absurdo imponer desde fuera la solución de los dos Estados, como ha argumentado Borrell, mientras se es cómplice tanto de quienes destruyen cualquier posibilidad de llevarla a cabo sobre el terreno como de sus políticas genocidas en curso. El 18 de enero de 2024, Netanyahu dejó claro nuevamente que nunca aceptará un Estado palestino” y que Israel tiene que controlar todo el territorio desde el río hasta el mar. Diez días más tarde, miles de israelíes, incluyendo a ministros, incitaron abiertamente a la limpieza étnica de la Franja Gaza y celebraron su pretensión de una recolonización de asentamiento de este territorio palestino. Así pues, además de colonial e injusta, los dos Estados es una solución inviable, por lo que no es una solución. Y no se pueden derrochar energías ni tiempo en algo así. 

De igual modo, propuestas como los 12 puntos del plan de Borrell ya las hemos visto muchas veces. Y han fracasado. Y no se aprende o no se quiere aprender del fiasco (y a su vez trampa neocolonial israelo-estadounidense) de Oslo. Sigue sin mencionar los aspectos clave: ¿Con qué fronteras? ¿Con las migajas de las migajas de Oslo? ¿Con menos de un 10% de la Palestina histórica y rodeados de colonias, muros, carreteras Israelis-only y secuestros de menores palestinos a diario? ¿Y qué ocurre con al-Quds-Jerusalén? ¿Y con el derecho al retorno de la población palestina refugiada, el más inalienable de sus derechos?

Borrell y el resto de mandatarios del Norte Global, si aún conservan algo de humanidad, saben perfectamente que lo más necesario y urgente es parar el genocidio israelí en Palestina. Y eso se consigue presionando a Israel a través del fin de la compraventa de armas, de todas las relaciones académicas, culturales, diplomáticas, económicas, institucionales y de seguridad, incluyendo el Acuerdo de Asociación UE-Israel, expulsando a Israel de Eurovisión como hicieron con Rusia en tan sólo un día, y apoyando la denuncia sudafricana por genocidio en el Tribunal Internacional de Justicia de la ONU. Medidas similares fueron claves, junto a la resistencia interna, para conseguir el fin del apartheid sudafricano –con el que, por cierto, el apartheid israelí colaboró–.

Después, que se cumplan los tres puntos mínimos presentes en el derecho internacional y que reclama la campaña BDS: fin de la ocupación y desmantelamiento del muro, fin del apartheid y derecho al retorno de la población palestina refugiada. Y después, de una vez por todas, que se tenga en cuenta la opinión del pueblo colonizado palestino. Y que se entienda que el futuro debería pasar por una vía de descolonización que podría ser similar a la sudafricana. 

El armario de la esperanza del pueblo palestino está lleno de discursos, palabras y resoluciones, pero vacío de hechos. Es ahora más que nunca. Como escribió el poeta palestino Mahmoud Darwish, no hay tiempo para el mañana. No hay tiempo para el tiempo. 

Fuente: Diario Público

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