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Apuntes sobre socialismo desde abajo y poder popular

Deseo postcapitalista

Parece un comportamiento natural estar reificado y reificar a los demás, utilizar a la gente como si fueran objetos para conseguir cosas. Todos son medios para un fin, ¿qué fin? El fin del mundo, claramente.

Cualquier persona que sale a la calle a comprar un poco de verdura sabe lo que significa el aceleracionismo. Los precios vuelan por el aire hacia un clímax que parece no tener fin en la escalada. Algunas personas lloran porque no pueden recargar la sube, ya no tienen dinero. Otras porque perdieron trabajos que encima no les gustaban, vivían reprimiendo sus deseos.  

Por un lado tenemos una izquierda melancólica (“Hemos llegado a amar nuestras pasiones y razones de izquierda, nuestros análisis y convicciones de izquierda, más de lo que amamos el mundo existente que supuestamente queremos modificar”, Wendy Brown) que presa de otros mejores tiempos, no puede interpretar el trabajo de actualizarse para los tiempos que corren, que son los del aceleracionismo.  

Imaginemos a un niño monstruoso que crece en pocas semanas. Al principio es un bebé normal, pero a los pocos días está en la pubertad. ¡Tenía algo raro en los ojos cuando nos miraba! 

 Hay una película donde actúa Paul Dano (alguien que algún día por su parecido va a tener que hacer la biopic de Messi). Se llama, en la traducción española, El Poder de los centavos y relata cierto momento histórico que pasó en los Estados Unidos cuando en medio de la pandemia, un inversionista menor compró acciones de una empresa berreta y mediante el streaming donde aconsejaba a sus fans que también las compren y resistan, produjeron un estrangulamiento de corto plazo e hicieron perder un montón de plata a los Garcas de Wall Street. Fue David contra Goliat.  

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Pero la verdad, a pesar de que se busque en la película cierta épica de que esta vez la gente común, los de bajos recursos, esos personajes que abundan en los relatos de Raymond Carver, pudieron hacer temblar a Wall Street, lo que sucede es que siempre unos y otros –los millonarios y los pobres– terminan sujetos a las reglas del capitalismo que parece ser un animal con múltiples formas. Oprimidos y opresores están construídos con el mismo barro. El sistema capitalista no es la realidad, es una enfermedad.  

 Según Lukács el oprimido no puede conseguir construir una conciencia de clase que logre emanciparlo. Todos los deseos del pobre, escribió Lois Ferdinand Celine mientras viajaba hacia el fin de la noche, están condenados con la cárcel. Y los deseos del trabajador están cosificados porque la ideología, se encarne donde se encarne, en vez de estar abierta al devenir, lo que hace es convertirse en algo fijo y permanente. Y en esto es tan perfecta que también logra invisibilizarse: parece un comportamiento natural estar reificado y reificar  a los demás, utilizar a la gente como si fueran objetos para conseguir cosas. Todos son medios para un fin, ¿qué fin? El fin del mundo, claramente.  

Los sujetos que tratan de luchar comprando acciones –ah, esa época romántica en que la gente luchaba en las calles, o en la sierra– tienen en realidad lo que Nietzsche llamaba la moral del esclavo. Es decir que siguiendo la lógica del amo y el esclavo que teorizó Hegel, uno se planta frente a otro no por un sentimiento genuino –voy a romper las reglas porque no sirven para vivir feliz– sino que utiliza las reglas a su favor, encuentra una falla en ese sistema –como la gente que le hace pagar a las aerolíneas un viaje de más o lo obliga a McDonalds a darle otra hamburguesa– y se mueve por resentimiento. Ninguna revolución va a surgir de la moral del esclavo. El resentimiento no lleva a ningún lado. O puede llevar al gobierno, pero los resultados van a ser catastróficos. Acá en Argentina uno puede ser panelista un día y a los pocos meses ser presidente: es una tierra de oportunidades y todo gracias al aceleracionismo.  

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En el último libro publicado de Mark Fisher, Deseo postcapitalista, asistimos a cierto estado de la hauntología, ya que son las últimas clases que dio en la Universidad de Goldsmiths en el periodo académico del 2016-17. Están grabadas y transcriptas. La voz fantasmática de los muertos regresa en la letra impresa. 

Fisher se encontraba trabajando en su último libro, Comunismo ácido, y las clases eran un gabinete de prueba de su pensamiento. Esto es lo primero para destacar de este libro: Fisher no ejerce un supuesto saber, no se pone nunca como el que tiene la verdad, en realidad vemos cómo puede hablar sobre la teoría del aceleracionismo de Nick Land –su ex profeso– o tratar sobre la conciencia de clase en Lukács, el fetichismo en Marx y demás temas complejos y a veces contradictorios. Y Mark siempre los trabaja con una dulzura singular, busca que los alumnos piensen con él y él pueda pensar con ellos. Se permite dudar o no estar seguro del concepto que enuncia. En una oportunidad incluso no sabe llegar al aula donde tiene que dar clase; está perdido, como todos. Da la impresión de que las clases no estaban completamente preparadas, es decir que Mark no repetía como un loro lo que tenía que enseñar, sino que tanteaba a sus alumnos para que estos tomaran la clase por asalto. 

Estas lecciones son significativas pero nunca tenemos que olvidar que suceden en Inglaterra: Fisher pone un ejemplo donde dice que el capitalismo trata de que la gente esté conectada a través del celular y dice que por eso te los regalan. En Argentina los celulares salen carísimos y el capitalismo argentino consiguió que las personas deseen ese artefacto tanto como para ahorrar y pagarlo para que éste aparato los esclavice eliminando su tiempo libre. ¿Qué es lo que el capital siempre debe hacer –se pregunta Fisher– y responde siguiendo a Marcuse: el capital siempre debe impedir que surja entre las personas esa conciencia de que podrían vivir de otra forma y tener más control sobre sus propias vidas. Debe impedir eso.  

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Gilles Deleuze decía que nunca había una última clase, que siempre era la anteúltima. Deseo postcapitalista es la anteúltima clase de Mark Fisher, hasta que logremos entender que el individualismo alienado no es la solución, sino el colectivo emancipado. Habría que abandonar de una buena vez la fábula del elegido. Y tal vez consigamos un mundo para que Mark Fisher se quede. 

Fuente: Diarioar

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