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Apuntes sobre socialismo desde abajo y poder popular

De paquetazos y resistencias. No son medidas, es un modelo

13 Oct,2019

por Napoleón Saltos Galarza

…lo que cuenta es la diferencia del presente y lo actual. Lo nuevo, lo interesante es lo actual. Lo actual no es lo que somos, sino más bien lo que devenimos, lo que estamos deviniendo, es decir el Otro, nuestro devenir-otro. El presente, por el contrario, es lo que somos y, por ello mismo, lo que estamos ya dejando de ser.

(Deleuze 1993, 113-114)

 

La metamorfosis: la seducción de los emprendedores y la mafiación de la política

El 1° de octubre, el Presidente Lenin Moreno anunció un paquete de medidas ante la crisis. No se trata de medidas económicas, sino de un modelo global, de una versión local del neoliberalismo; es el cumplimiento de la ruta anunciada en los compromisos del gobierno con el Fondo Monetario Internacional.

El neoliberalismo es una maquinaria integral, organiza la visión del mundo en el capitalismo tardío. Una vez que se acepta sus premisas y su lógica, no hay posibilidad de crítica y alternativa.

Ha ido construyéndose en diversas etapas, desde su doble emergencia doctrinaria en la Escuela de Friburgo y los escritos de Friedrich Hayek, y en la Escuela de Chicago y los escritos de Milton Friedman; su primera aplicación brutal en el Chile de Pinochet, en los setenta; y su expansión planetaria, en los ochenta, con Reagan en Estados Unidos y Margaret Tatcher en Gran Bretaña.

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Ha pasado de su primera versión dura, economicista, en torno a una concepción monetarista de libre mercado y de reducción del Estado, a versiones revisadas, complementadas con aditamentos neokeynesianos y el rostro humano de la atención a los grupos vulnerables, en torno al Estado subsidiario; hasta llegar en el momento actual a su versión extrema, centrada en el capital humano del emprendimiento y en el imperio de la inteligencia artificial. El rostro del neoliberalismo ha mutado hacia una articulación de la vieja ética de la austeridad (ahorro y trabajo) y la moderna utopía del progreso, con la seducción del emprendedor, “el empresario de sí mismo” (Foucault 2007, 249-275)

Se ha producido una inversión de la visión del liberalismo clásico, del marxismo y el keynesianismo sobre el trabajo como una actividad que obtiene un salario en la relación de venta de la fuerza de trabajo al capital, a una visión del salario como un ingreso, como una renta por el rendimiento de un capital propio. “¿Cuál es el capital cuya renta es el salario? Se trata, sin duda, de un capital muy particular, (…) es “el conjunto de los factores físicos, psicológicos, que otorgan a alguien la capacidad de ganar tal o cual salario, […] es decir, una aptitud, una idoneidad” (Foucault 2007, 262), y como tal, este capital es un capital humano, indistinguible de su poseedor, sujeto viviente humano. En ese marco, el trabajador, es alguien que debe invertir en su propio capital humano, en sus idoneidades “de manera que es el propio trabajador quien aparece como si fuera una especie de empresa para sí mismo” (Foucault 2007, 264). El trabajador ahora es alguien que invierte en su capital, sus capacidades y competencias, para obtener una renta y es el único responsable de su éxito o fracaso.” (Sacchi 2016, 150)

La modificación se asienta en el disciplinamiento y control de los cuerpos. “No tenemos al Homo economicus entendido como socio del intercambio, como en el liberalismo clásico, sino a un sujeto que se comporta como máquina empresarial. El sujeto como singularidad maquínica que produce los medios para su propia satisfacción. Por eso, todas las acciones de este sujeto (en términos de asegurar su salud, su educación, su bienestar, etc.) son vistas como inversiones que buscan el aumento del propio capital humano.” (Castro-Gómez 2010, 205. Citado en Sacchi 2016)

No se trata de un cambio parcial, sino de una modificación del propio capitalismo. “Es una evolución tecnológica pero, más profundamente aún, una mutación del capitalismo” en la que “la fábrica [y los lugares de encierro] han cedido su lugar a la forma empresa” y en la que el “hombre de las disciplinas, productor discontinuo de energía”, ha cedido el lugar al “hombre del control […] más bien ondulatorio” (Deleuze 1999, 118-119. Citado en Sacchi 2016). Es decir, en el que el trabajador-máquina energética ha cedido su lugar al empresario-máquina que va a ser pensado y gobernado cada vez más como una máquina cibernética.” (Sacchi 2016, 155).

Esta modificación ontológica sustenta una modificación epistemológica y un cambio de la subjetividad. El trabajador, al no moverse ya en la contradicción capital-trabajo, sino en el proceso de la renta-ingreso del capital humano, se desarticula de la pertenencia a la “clase obrera” frente a la “clase capitalista”, y se articula a la nueva totalidad del sistema-capital, en la que ya no es el “trabajador libre” que “no tiene más que su fuerza de trabajo” y que es el “sepulturero del capitalismo”, porque “no tiene nada que perder, más que sus cadenas”; sino que se convierte en el propietario, gestor y administrador de su propio capital “humano”, de su cuerpo, de sus capacidades; el individuo responsable de su propio destino, “invictus”, apoyado en la escala de la meritocracia para el éxito personal.

Se opera una metamorfosis epistemológica, ya no es el paso al monstruoso insecto burocrático de Kafka encerrado en un cuarto-oficina-fábrica, sino la mentepsicosis a una máquina autónoma, un ciborg orgánico, articulado a la gran máquina universal: “Piezas componentes intrínsecas, ‘entradas’ y ‘salidas’, feed-back o recurrencias, que pertenecen a la máquina y ya no a la manera de producirla o de utilizarla. En la esclavitud maquínica solo hay transformaciones o intercambios de informaciones, de los que unos son mecánicos y otros humanos.” (Deleuze y Guatarri, Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia 2002, 463. Citado Sacchi 2016) Y en un grado superior, la “sujeción social”, con el cumplimiento de los roles asignados para el éxito, el autocontrol; la seducción del biopoder que “implica técnicas de gobierno que se dirigen a la dimensión molar, lingüística y social del individuo, a sus funciones, sus roles, sus representaciones, que lo constituyen como sujeto. Al producirnos como sujetos individuados, la sujeción social nos asigna una identidad, un sexo, una nacionalidad, una profesión. Compone, de esa forma, una “máquina de rostridad” que tiene al hombre, macho, blanco, rico, exitoso en el centro y luego todas sus desviaciones.” (Sacchi 2016, 158)

Estamos ante “una fábula que no es ya la del utilitarismo y el naturalismo del laissez faire, sino una que, a partir del primado de la información, supone a los comportamientos físicos, biológicos, sociales como programables, reprogramables, modulables en función de una carrera por la estabilidad en un mundo en crisis permanente. (…) Ya no se trata de la máquina que produce mercancías gastando una cantidad de energía térmica en la transformación de una materia, sino una máquina que produce flujos de renta, autogobernando su propio capital compuesto por fragmentos de memoria, de percepción, afectivos, lingüísticos, corporales, etc. que son recompuestos en la megamáquina de la servidumbre contemporánea.” (Sacchi 2016, 162-163)

Con ello, el trabajador pierde su referencia al sindicato o al partido de los trabajadores, para devenir emprendedor, funcionario y ciudadano, articulado como individuo a la nueva solución del emprendimiento. El problema se profundiza cuando el sindicato y el partido de los trabajadores sigue respondiendo con las antiguas armas de lucha ante el vetero-neoliberalismo, cuando éste ha mutado para penetrar en los cuerpos de sus propios actores.

 

La versión local

El neoliberalismo adopta diversas formas en los diferentes países, en la construcción de una hegemonía que debe tomar en cuenta también algunas demandas de los de abajo, para obtener el consenso activo de la población.

En nuestro país, la puerta de entrada fue la crisis de la deuda en 1982, que dio paso a la firma de sucesivas Cartas de Intención de los gobiernos con el FMI. Todavía en este período la fuerza de los trabajadores detuvo las formas extremas del Consenso de Washington, sobre todo en los intentos privatizadores de las áreas estratégicas. El discurso de la defensa de la soberanía y de los derechos de los trabajadores congregó la movilización social. Se instauró una especie de neoliberalismo oligárquico, encabezado por Febres Cordero y el Partido Socialcristiano, que buscaba articular las disposiciones fondomonetaristas con los intereses de los grupos económicos locales, sobre todo los agroexportadores y la banca vinculada, y con la anuencia a algunas demandas sociales impuestas desde la lucha.

En los 90 se produce el enfrentamiento entre la versión oligárquica del socialcristianismo y la versión globalista del neoliberalismo, encabezada por Sixto-Dahik, que busca una salida en la alianza DP-PSC, bajo la presidencia de Mahuad. El tanque de pensamiento del sistema se desplazó del FMI al Banco Mundial, que superpuso a las medidas económicas, un plan de reformas del Estado y una política social asistencialista.

La resistencia partió de la alianza entre los pueblos indígenas, organizados en la CONAIE (Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador), y la fuerza del sindicalismo público y los movimientos sociales urbanos, organizados en la CMS (Coordinadora de Movimientos Sociales). La resistencia al neoliberalismo articuló dos relatos: uno que venía desde los movimientos sociales urbanos, centrado en la defensa de la soberanía, de los recursos estratégicos, los derechos de los trabajadores y las libertades democráticas; y un nuevo discurso, proveniente de una visión civilizatoria alternativa de los pueblos originarios en torno al Estado plurinacional y la defensa de la vida, en armonía con la Pacha-mama. El fracaso del neoliberalismo globalista en la confluencia de la crisis bancaria y la crisis política, abrió las condiciones para el paso desde la resistencia al neoliberalismo y el derrocamiento de los gobiernos sumisos, a la exigencia “que se vayan todos” y la construcción de un imaginario constituyente.

Pero allí se producen dos modificaciones claves. El intento de un poder autónomo con la Insurrección del 21 de enero del 2000 es derrotado; lo que significa el cierre de una etapa larga de lucha popular centrada en el objetivo del poder de Estado. Se divide el movimiento social, con lo que se crea un vacío de poder abajo. Al mismo tiempo, arriba se agotan las salidas antiguas, entra en crisis el sistema de representación de los partidos y el funcionamiento de la democracia, con lo que se crea una crisis política arriba: la pugna entre globalistas y oligárquicos no puede ser resuelta desde adentro, también las Fuerzas Armadas pierden su papel dirimente. Este doble vacío permite el acceso de un gobierno bonapartista-populista-autoritario, liderado por Rafael Correa, que puede cumplir la modernización globalizadora en un período de abundancia económica, y desmontar la fuerza social organizada.

La metamorfosis ciudadana y meritocrática de los trabajadores crea las condiciones para el paso a un modelo que actúa a partir de la atomización individualista y de la competencia como norma de regulación de roles; el paso a un neoliberalismo cibernético (o cuántico, para utilizar la caricatura morenista). Este paso se operó mediante diversas estrategias de destrucción de los lazos de relación colectiva: estrategias políticas, como la división, cooptación, paralelaje y criminalización de los movimientos y organizaciones sociales; estrategias culturales, como el emprendedurismo, la blanquitud y la segregación étnica, sexual, por edad.

La Revolución Ciudadana logró el objetivo sistémico-estratégico, la modernización para conseguir las condiciones ya no sólo el libre mercado, sino el libre capital global, con un alto costo y una herencia pesada para el país. Aunque fracasó en el intento táctico de constituir un nuevo bloque económico-político sobre la base del poder de la tecnocracia, pues el campo dominante está copado arriba, no sólo por los grupos económicos y de poder locales, sino, sobre todo por el poder de las transnacionales: la economía ecuatoriana tiene un alto nivel transnacionalización y monopolización, con un índice de Gini, en las veinte ramas principales, que se ubica en torno al 0,97; y tiene un alto nivel de vulnerabilidad a la penetración del capital especulativo e incluso criminal global. Los problemas de la corrupción son un signo de este fracaso, pues ésta se quedó a medio camino, la acumulación por desposesión, como bróker de los grandes capitales globales, sin poder pasar a la fase de legitimación y legalización, logradas por otros grupos dominantes en su respectivo tiempo.

El Ecuador se sintonizó con el paso “de un régimen en el que el trabajador era un individuo, un cuerpo que prestaba su tiempo al capital para que este pudiera extraerle todo el valor posible y una persona jurídica portadora de derechos políticos y sindicales, a uno donde ya no hay más que un mosaico infinito de fragmentos moleculares que funcionan no operando sobre una cadena de montaje, sino conectados a una megamáquina recombinante.” (Berardi 2007) El docente, el médico del sector público o del sector privado, el funcionario, el ciudadano, funciona conectado a la Matrix virtual, bajo el control de las evaluaciones, los formularios, las video-cámaras del ECU 911, las vigilancias de los organismos de “inteligencia. El paso al funcionamiento del sistema sin sujeto, de la política sin disensiones en una relación amigo-enemigo, de las relaciones personales vaciadas del eros. Un mundo de seducciones sometido al espectáculo y al consumo, el paso a la subsunción de la vida al capital.

 

Continuidades y descontinuidades

Hay un juego propagandístico que oculta este proceso, la supuesta oposición entre un neoliberalismo, entendido en su versión inicial como mercado libre y reducción del Estado, frente a variantes de keynesianismo, centrado en la intervención del Estado. De modo que Lenin Moreno sería el “traidor” a un modelo revolucionario que debe retornar. Las bases estructurales del modelo se construyeron en los diez años de mandato correista, bajo un discurso expropiado a la “izquierda”. Con ello, la transustanciación queda disuelta en la variación de formas y en el sonido (significantes) de las consignas. Tomemos un ejemplo: la demanda social del Banco del Afiliado del IESS, que implicaba el paso del poder de decisión sobre los ahorros sociales y la mejora de servicios para los afiliados, se transformó en la constitución del BIESS como banco de segundo piso, subsidiario de las operaciones privadas, mientras un alto porcentaje del ahorro de los afiliados iba a solventar los déficits fiscales. Un proceso similar se opera sobre la demanda de una Ley de Empresas Públicas. El caso emblemático es el ardid entre el Plan A y el Plan B del ITT-Yasuní, que jugó con la propaganda ecologista a nivel mundial y local, mientras el régimen continuaba con la exploración de los hidrocarburos, hasta llegar al momento del viraje público en agosto de 2013, en coherencia con el patrón extractivista de acumulación que jamás fue cuestionado.

Hay varias líneas de continuidad entre el correismo y el morenismo, sobre todo en los pilares estructurales del patrón extractivista, y en la dependencia-ligazón con los polos del capital transnacional, aunque con variaciones de orden de prelación, con el eje Este-Oeste, liderado por China-Rusia, en el período de Correa; y con el retorno de las relaciones con el Eje Norte-Sur, liderado por Estados Unidos, en el período presente.

En las discontinuidades no sólo hay un cambio de forma, sino el desplazamiento a una variante más agresiva de neoliberalismo en el régimen actual: los compromisos explícitos con el FMI, el retorno de la subordinación militar, la reentrada de transnacionales norteamericanas, implican un viraje geoeconómico y geopolítico.

De modo que nuestro país se encuentra atenazado entre dos proyectos fracasados: el modelo “progresista”, asentado en un Estado subsidiario, que desembocó en una crisis de iliquidez fiscal y de crecimiento de la deuda; y el plan de austeridad de inspiración fondomonetarista, que ha mostrado históricamente su ineficacia para solucionar las crisis de los países periféricos.

El Presidente Lenin Moreno anunció un paquete de medidas centradas en tres líneas: eliminación del subsidio y liberación de los precios de la gasolina extra y el diésel, de acuerdo al mercado internacional, para aliviar la iliquidez fiscal y sostener la dolarización; precarización laboral, con nuevas formas de flexibilización del contrato de trabajo, despido masivo (el gobierno reconoce que se han despedido 27 mil trabajadores en este año y anuncia el despido de 10 mil más hasta fin de año) y reducción del 20% de los ingresos de los trabajadores públicos por contrato, para mejorar la competitividad productiva e incentivar la inversión empresarial; y algunas medidas de compensación, sobre todo para sectores empresariales y comerciales.

La clave estructural está en la contrarreforma laboral que fortalece la acumulación de capital mediante el refuerzo de la sobreexplotación de la fuerza de trabajo y de la ganancia rentista extraordinaria. No se trata de la creación de nuevas fuentes de trabajo, dentro de la lógica de un patrón productivo, sino de la segmentación de un puesto formal en dos o más puestos precarios; y de la utilización de la necesidad de formas diferenciadas de contratación colectiva en casos especiales, como la producción artesanal o el pequeño emprendimiento, o de áreas de nuevas tecnologías, para convertirlas en una ley general que favorecerá la violación del derecho a la estabilidad laboral.

Aunque el secreto decisivo está en las medidas que no se anuncian, sino que están en ejecución políticas de facto, la privatización de empresas públicas, la invasión de tierras y territorios comunales, la escalada del endeudamiento externo. Y el problema está en las secuelas derivadas: el alza del precio de los combustibles acarrea el alza de pasajes, la subida de la inflación (el incremento puede llegar al 2% anual) y el encarecimiento de la canasta básica (el incremento puede llegar al 5%); el despido de trabajadores implica la agudización de la pobreza. El gobierno busca la aprobación del capital internacional y de los organismos económicos multilaterales mediante la articulación funcional al nuevo patrón de la acumulación neo-imperialista por desposesión de bienes públicos, bienes comunales y bienes comunes de la naturaleza y la humanidad.

El discurso del régimen se ha movido en torno a tres relatos convergentes: el llamado a la austeridad, al sacrificio y a la comprensión de la población, para salir de una crisis que fue heredada del anterior régimen; el fantasma de la crisis venezolana; y la “valentía” del régimen para tomar medidas de reformas estructurales necesarias.

El camino está trazado. El paquetazo actual implica el paso del gradualismo a la estrategia de shock, del discurso vacío del diálogo a la política represiva abierta. Ante la movilización social, la respuesta ha sido la declaratoria del Estado de excepción y la represión contra las organizaciones sociales. El proyecto consta en la Carta firmada con el FMI, bajo el argumento de obtener créditos de los organismos multilaterales y recuperar la confianza del capital internacional; está en las “recomendaciones” de las Comisiones evaluadoras. De modo que el discurso “ahora no se ha subido el IVA”, o el hecho de que no se afecta todavía al marco de la seguridad social, es apenas un escalón de cálculo político. El régimen ha tratado de mostrar una imagen fuerte y de encubrir las divisiones internas, pero es la confesión de su debilidad y la delegación del proyecto al funcionamiento del capital global y a la calificación del FMI.

Enfrentamos un modelo bajo tutela del capital internacional; no se trata de una lucha corta, sino de una lucha popular prolongada, que requiere nuevos imaginarios, estrategias y formas de organización. El paso inicial es reconstituir la autonomía de la movilización y de la propuesta de los movimientos sociales ante los diversos intentos de instrumentalización desde intereses extraños a la vida de la sociedad.

 

Resistencias y alineamientos

La respuesta social ha sido el enfrentamiento a las medidas desde los intereses sectoriales, sin la posibilidad todavía de la constitución de una fuerza confluyente que enfrente al modelo en su conjunto y presente una alternativa estratégica.

Los transportistas, bajo una conducción empresarial, se han movilizado contra el alza de combustibles, para negociar con el gobierno, el alza de pasajes y tarifas. Por ello, planteado su objetivo, suspendieron el paro del transporte. Esta decisión puede ser más bien favorable a un cauce autónomo de la movilización popular.

Los sindicatos han repetido el discurso de la defensa de las conquistas laborales y han denunciado el sometimiento al Fondo Monetario Internacional, pero no han logrado representar los intereses de los subempleados y desempleados. Los pueblos indígenas rechazan sobre todo los efectos del alza de combustibles, con referencias formales al tema laboral. Hay todavía debilidades para una conducción política autónoma e integradora.

La disputa está en la orientación hacia dónde va la protesta. El vacío trata de ser capitalizado por intereses políticos externos a la dinámica social, orientados a la próxima contienda electoral.

De un lado, están las fuerzas que aprueban las medidas y respaldan al gobierno, especialmente el Partido CREO de Lasso, los banqueros y las cámaras empresariales, que representan el neoliberalismo globalizador. El Partido Socialcristiano tiene un juego doble, concentra su crítica al alza de combustibles, para buscar una distancia respecto al desgaste que puede afectar al régimen, mientras silencia y aprueba implícitamente las contra-reformas laborales.

Una de las fuerzas más activas en la movilización es el correismo, que tiene una estrategia de derrocamiento del gobierno y de adelanto de las elecciones, para ganar tiempo ante el riesgo de las condenas judiciales a Correa, que le impedirían intervenir como posible candidato vicepresidencial, en la reproducción esperanzada de la estrategia del retorno kirchnerista en Argentina. El relato del traidor y del ausente buscan agigantar el fantasma del expresidente.

Las visiones dominantes tratan a la sociedad como su sierva, el instrumento para sus objetivos. En su forma extrema, el patrón financiero-rentista se articula a prácticas del capital criminal y de mafiación de la política. En medio de las protestas, sobre todo en Guayaquil, resurgieron operativos semiespontáneos de vandalismo y saqueo; el cauce lumpenesco de la presencia de la masa, una violencia desarticuladora de los vínculos sociales. Ya no se trata de la seducción del emprendedor, sino de la prepotencia del capo y sus lugartenientes; no como un hecho extraño, sino como la proyección de la presencia de una lumpenburguesía articulada a la penetración creciente de carteles del capital criminal global. La biopolítica se complementa con la thanatopolítica.

 

La otra historia

Surgen voces autónomas, como el movimiento de mujeres que busca ligar la lucha contra las medidas neoliberales a otros temas que siguen pendientes, como la descriminalización del aborto en caso de violación (en estos días se cumple el plazo para el veto presidencial)

El cauce del retorno a la comunidad y la defensa de la vida en armonía con la Pacha-mama pueden contribuir a una visión que vaya más allá de la respuesta coyuntural y sectorial. El regreso de los pueblos indígenas desde la movilización en territorio presenta algunos elementos de la construcción de un poder paralelo. La declaración del “Estado de excepción” en territorios indígenas es un símbolo de una soberanía diferenciada, fundamento del Estado plurinacional. Todavía hay posiciones parciales y locales, pero puede empezar a reconstruirse la autonomía de los movimientos sociales, con una propuesta propia.

Esa es la cuestión. Ante todo, al enfrentar un proyecto integral, hay que ver los diversos elementos: el paquetazo actual forma parte de una totalidad, el Plan de austeridad, que incluye las privatizaciones, el endeudamiento externo, el alineamiento con la Alianza del Pacífico, la entrega del Aeropuerto de San Cristóbal a la vigilancia norteamericana, las posteriores medidas de ajustes, empezando por alza de pasajes, elevación del IVA, afectación al IESS. Por tanto, se requiere una propuesta contrahegemónica, que puede partir del Acuerdo en torno a un patrón de acumulación productivo, la construcción del Estado plurinacional y una política soberana internacional. Y se requiere una estrategia que una el momento actual con un plan de lucha popular prolongada, un nuevo proceso de acumulación de fuerzas para cambiar la correlación actual. Puede irse creando condiciones para un estado de conciencia que exija QUE SE VAYAN TODOS.

Las tácticas insurreccionales de movilización, que pueden llegar a una huelga y levantamiento nacionales, debieran articularse a una estrategia de poder autónomo, para no terminar siendo absorbidos por intereses extraños, de la derecha socialcristiana, o del arribismo correista, o de intereses sectoriales de los transportistas, o de los recambios de presidente. ¿Cómo asegurar una diferenciación en las luchas con los objetivos de sectores extraños, que hoy quieren nuevamente enancarse en el descontento de nuestros pueblos?

El cimiento es la acción desde la sociedad, desde los anhelos y sueños de los de abajo, desde la confianza en nuestras propias fuerzas. Nos angustiamos porque no vemos un horizonte definido, pero tenemos semillas, cimientos desde los cuales partir: la comunidad es la fuente no sólo en el campo, sino también en la ciudad, la acción desde los territorios, las experiencias de fisuras postcapitalistas y postpatriarcalistas a nivel local y mundial. Podemos juntar nuestras luchas. Es posible iniciar un proceso de reconcentración ideológica y programática en caliente, en medio de la movilización.

Tal vez vuelve a ser posible regresar al sentido original del Pachakutik, el tiempo en espiral, el caracol, la caracola, traer el pasado al presente para caminar juntos al futuro: “…lo que cuenta es la diferencia del presente y lo actual. Lo nuevo, lo interesante es lo actual. Lo actual no es lo que somos, sino más bien lo que devenimos, lo que estamos deviniendo, es decir el Otro, nuestro devenir-otro. El presente, por el contrario, es lo que somos y, por ello mismo, lo que estamos ya dejando de ser.” (Deleuze 1993, 113-114)

Tal vez tenemos nuevamente la oportunidad de caminar en el sentido de la comunidad, y el grito del Estado plurinacional pase a ser una experiencia compartida, como lo fue en el Levantamiento del 90, desde los territorios hacia la toma de Quito; como fue, por un momento, la experiencia de los Parlamentos de los Pueblos en la insurrección del 21 de enero del 2000, la “efímera Comuna de Quito”, como dijo Alejandro Moreano. La movilización social parte nuevamente de los territorios, se levantan los Guarangas, Puruhaes, Cayambis, Panzaleos, Otavalos, Saraguros, Salasacas, Quichuas de la Sierra y la Amazonía, Shuaras, Cañaris, Caranquis, Coltas; y junto a ellos nuevos movimientos, sobre todo las organizaciones y colectivos de mujeres, los estudiantes, los restos de los sindicatos. Nuevamente se siente el poder comunitario que declara el Estado de excepción; los indios señalan la posibilidad de una salida alternativa a la crisis del capital. Tal vez sea por un momento, hasta crear las condiciones de la permanencia; un momento para que las semillas puedan empezar a crecer.

Tal vez podamos volver a escuchar la palabra de los pueblos originarios: “Estamos convencidos que a través de nuestra propuesta de vida y nuestras luchas por la autodeterminación y gobierno de nuestro territorio, nos hermanamos, compartimos y contribuimos a ser parte de todas las manifestaciones y luchas por la vida en toda la Amazonía, en todo el Ecuador, en toda Latinoamérica y en todo el planeta. Si nuestra lucha por la vida es parte de la lucha del mundo por su sobrevivencia, igualmente, la lucha del mundo nos pertenece.” (Sarayaku 2003) Y escuchamos las voces de “las mujeres que resistimos – en las calles, en nuestros territorios, desde nuestros territorios, desde nuestros espacios y comunidades – nosotras las compañeras feministas nuestroamericanas, las que ponemos el cuerpo y sostenemos la vida, “¡Nosotras seguiremos juntas hasta que la dignidad se haga costumbre!” (Mujeres 2019)

Ahora la lucha continúa, el llamado es al paro y al levantamiento general.

 

Referencias

Berardi, F. Generación Post-Alfa: patologías e imaginarios en el semiocapitalismo. Buenos Aires: Tinta Limón, 2007.

Castro-Gómez, S. Historia de la gubernamentalidad. Razón de Estado, liberalismo y neoliberalismo en M. Foucault. Bogotá: Siglo del Hombre, 2010.

Deleuze, Gilles. ¿Qué es la filosofía? España: Anagrama, 1993.

Deleuze, Gilles. «Posdata sobre las sociedades de control.» En El lenguaje libertario. Antología del pensamiento anarquista contemporáneo, de Ch. (compilador) Ferrer. Buenos Aires: Altamira, 1999.

Deleuze, Gilles, y Félix Guatarri. Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia . Valencia: Pre-textos, 2002.

Foucault, Michel. Nacimiento de la biopolítica. Curso en el Collége de France (1978 – 1979) . Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2007.

Mujeres. «Comunicado.» Octubre 2019.

Sacchi, Emiliano. «Neoliberalismo y servidumbre maquínica. Gubernamentalidad cibernética.» SoftPower IV, nº 2 (Julio – Diciembre 2016): 145-163.

Sarayaku. El libro de la vida de Sarayaku para defender nuestro futuro. 2003.

 

Fuente

ecuadortoday

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