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Apuntes sobre socialismo desde abajo y poder popular

Del Caracazo a la comuna. La fragua del “chavismo salvaje”

21 Dec,2019

por Mauro Berengan

Especial para Contrahegemonía

Para el ojo normalizado, el acto revolucionario no sólo es condenable en tanto que pone en peligro el orden de cosas. Además, es moralmente inaceptable, pero sobre todo estéticamente insoportable, en la medida en que remueve aquellos sedimentos sobre los que se sostiene la superficie del mismo orden social. Este sedimento social, esta suerte de “inframundo”, ha salido a la calle el 27F de 1989. Entiéndase, no sólo insurge lo peligroso, sino sobre todo lo horrible (Reinaldo Iturriza, 2016: 47).

Para 1989 ya todo estaba terminado, mas no lo sabían todavía en las terrazas bien puestas del Monte Ávila. “Los cerros están bajando” “son marginales y vienen para acá, nos estamos preparando” “somos gente decente que está defendiendo lo suyo, son chusma, el chusmero desatado” “se vienen para acá, la pobreza como da confianza da asco, menos mal que estamos aquí en el Ávila”. En el documental “El Caracazo” de Mara Caparigua el choque de clases, que es de explotación pero es también de miedos, de historias, de estéticas, ocupa el centro de la escena. Desde los minutos iniciales con bailes afrocaribeños ocupando los cerros, estallados de colores, al gris del refugio del mantunaje, al gris de copas llenas y ropas elegantes 50 minutos después, la sensación es de dos mundos ajenos en uno. Aquel 27 de febrero los árboles genealógicos, siempre separados por la ciudad –viva, la ciudad actor- se mezclaron en selva incontrolable. Y actuaron las leyes de la selva.

Como veremos, esta será la fragua del chavismo, de sus adversarios, y de su horizonte.

La crisis orgánica

Venezuela presenta dos grandes excepciones respecto de la aldea latinoamericana. En primer lugar el descubrimiento de cuantiosos yacimientos de petróleo a comienzos del siglo XX generó un Estado rico con capacidad de distribuir recursos y sortear conflictos con mayor facilidad, así como una burguesía petrolero-rentista a él asociado que desplazó a las oligarquías exportadoras agrarias. “El petróleo desarticuló las relaciones de poder existentes; los sectores tradicionales ligados a la agricultura fueron cediendo paso a los sectores capitalistas, y el Estado adquirió una posición hegemónica en tanto dueño del recurso natural y captador de la renta internacional” (M. Lacabana, 2006: 219). Así, la configuración económica venezolana petrolero-rentista, importadora, con escasa productividad fuera del rubro petrolero, la “Arabia Saudita latinoamericana”, se presentó al mundo como una próspera nación de edificios modernos y autopistas de megalópolis conviviendo solapadamente con el barrio autoconstruido del cerro sin urbanidad. El frágil equilibrio subsistió muchas décadas con el dinero petrolero y un Estado árbitro y represivo que no necesitó dictaduras para amedrentar detractores. Mas ese frágil equilibrio económico-social no resistiría los embates neoliberales.

El segundo aspecto representa el corolario político de su formación económica: el Pacto de Punto Fijo de 1958. Garante de las mediaciones políticas necesarias para mantener el dominio económico de la burguesía rentista, el pacto selló un acuerdo de alternancia en el poder entre los partidos Acción Democrática (AD) y el Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI), ilegalizando entre otros al Partido Comunista. Las Fuerzas Armadas, la iglesia, el sindicalismo organizado en la Confederación de Trabajadores de Venezuela, y Fedecamaras, el principal nucleamiento de organizaciones empresariales, completaron el pacto; siempre con la venia –y la pluma- de Washington. Se configuró entonces un bloque histórico que mantuvo, desde un imaginario inclusivo y policlasista no exento de represión, una dominación de tipo hegemónica durante casi cuatro décadas.

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El 27 de febrero de 1989 el pacto, su pretendida inclusión, estalló por los aires. La crisis económica producto de las ligazones de una nueva burguesía emergente financiera y transnacionalizada que fue hipotecando mediante la deuda la renta petrolera futura (Ruíz Acosta: 2010, 27) y la eliminación del tenue proceso de industrialización por sustitución de importaciones, sumado a la aplicación del plan neoliberal con el abrupto achicamiento del gasto estatal, minaron rápidamente la no muy sólida base inclusiva del pacto. La crisis fue económica pero también, al decir de López Maya (2005:60), moral. Los aparatos de mediación que sostenían el pacto (los partidos AD y COPEI, los sindicatos, las asociaciones, las personalidades) perdieron su imagen positiva en la sociedad, perdieron su efectividad como mediadores en la dominación. Sumatoria que Gramsci (1970: 33) denomina crisis orgánica. Fue el Estado “democrático” el que acribilló, secuestró, torturó a miles de personas aquel 27 de febrero y los días posteriores. Fue el Estado “democrático” el que aplicó por más de una década medidas de ajuste y transferencia de recursos enflaqueciendo a los ya enflaquecidos. Y fue el Estado “democrático” el que cambió su lenguaje pretendidamente totalizante y paternal por uno individualista y meritocrático que se retiraba de sus mínimas funciones de equilibrista ¿Por qué creer en él?

Ambos aspectos implosionaron: el “ejército de reserva” en la noche neoliberal se volvió mayoría social, y ya nada lo contenía. El choque era inevitable.

El pueblo salvaje

Reinaldo Iturriza llama “chavismo salvaje” (2016) a aquel sector del pueblo que habita principalmente los cerros caraqueños, al pueblo despojado, a la ciudad sin urbanidad, autoconsturida, al “inframundo”: buhoneros, bachaqueros, motorizados, madres contorsionistas de la economía, trabajadores a destajo, jóvenes estigmatizados; los siempre olvidados, lo bárbaro, pero también la raíz. Y claro, el mundo rural fértil en sueños comuneros. Dice Ociel López “Los sentidos culturales de la fiesta, el trabajo, la política, el ahorro, la justicia caribe permanecen en los cerros” (2015:46). Es que el chavismo salvaje es la insurrección política del sujeto-salvaje. Sujeto nacido salvaje con la invasión y colonización europea que le da nombre, que lo nomina como un no ser. El sujeto salvaje tiene permanencias étnicas, culturales, sentires de siempre que subyacen a los profundos cambios históricos: lo caribe que resistió y resiste, muchas veces con triunfos parciales y golpes asestados al ser colonial, transformado pero siendo a la vez; lo afro sincrético con lo amerindio, vuelto uno con los esclavos, mestizaje alumbrador; la independencia bolivariana, adjetivo que todo lo adjetiva, recuerdos de triunfos arados en el mar; los llaneros comandados por Zamora, General del Pueblo Soberano, “tempestad de los caminos” que surca con Maisanta, abuelo de Chávez, la Venezuela rebelde y federal; y el petróleo que brota cielos negros de siglo XX y devuelve a la ciudad al caribe, al afro, al soldado, al llanero, a ocupar la Caracas blanca en choque histórico. Todas las memorias habitan los cerros.

El 27 de febrero “la turba”, que es todo aquello junto, la rabia colectiva como tanto dicen los protagonistas del documental, tomará la ciudad, la que era suya y la que no. “Lo que hace la turba no es el número de elementos que la componen, sino la conexión entre los elementos. De esta conexión puede resultar una manada de bestias absolutas o un enjambre de veloces animales de metal, una oceanidad incontrolable o una marejada indetenible. Combinaciones impensables, impredecibles entre elementos: la turba es el producto de estas combinaciones” (Iturriza 2012: 62). Entiéndase, puede o no devenir el sujeto salvaje, es su combinación y acción, en sujeto político-salvaje. Y devino.

En el documental este sujeto salvaje saquea negocios, incendia vehículos, irrumpe en viviendas, discute, transita desorganizado, pelea contra los suyos, lincha colectiveros. La autora se esfuerza en mostrar la rabia y la desorganización, el estallido. Además, en su vivienda, son maleducados, jolgorosos, libres, disonantes: un padre encierra a su hija agarrándola con esposas a la ventana para que no tenga sexo “con ese peo”, en medio de griteríos, mientras su mujer se excita por la situación. Pero si bien tienen voz, culpan a quienes hay que culpar, “saben lo que hacen” como repiten los de arriba, por ejemplo acusando (y demostrando, cultura rentista también hecha pueblo) de acaparadores a los comerciantes que generan desabastecimiento; quienes organizan, quienes se levantan para dar discursos, quienes disponen hacia dónde marchar, quienes analizan la situación conversando en una esquina frente a los saqueos son blancos, bien vestidos, con movilidad. Son uno hijo de sifrinos del Ávila, y el otro un viejo militante de la Liga Socialista, por supuesto blanco. La autoorganización parece estar velada a un sujeto popular en estallido. Un sujeto salvaje necesita ser dirigido, es su definición, pero esta vez están allí donde no debían.

Dice Manuel Scorza en Redoble por Rancas que su libro relata las luchas de “los hombres de algunas aldeas sólo visibles en las cartas militares de los destacamentos que las arrasaron”. El 27 de febrero de 1989 lo invisible tomó toda la imagen, e intentaron arrasarlos.

El líder de los salvajes y un nuevo nacimiento

¿Cuándo y cómo el pueblo salvaje deviene en chavismo salvaje? ¿Cómo se produce la articulación, la identidad política, el sujeto colectivo? La historia en principio es bien conocida: desde los destacamentos militares, desde el MBR200, Hugo Chávez y su grupo irán tejiendo una red de acontecimientos, símbolos, demandas, sentidos que, sobre la alfombra y las puertas abiertas de la crisis orgánica y la caída en desgracia del sistema bipartidista, le permitirá arrasar en las elecciones de 1998, alumbrar el chavismo. Pero algunos claves deben puntualizarse.

El trabajo articulatorio, las cadenas de demandas que lo posibilitan, y el rol del líder, estudiados por Laclau bajo la lógica populista, arrojan luz, a la vez que suponen la escencialización de la ideología, del discurso, de la política en la constitución de un pueblo y de un proceso de transformación. Según esta mirada, operaciones discursivas adecuadas –creación de cadenas de sentidos, configuración de un exterior constitutivo, encarnación de la cadena en el líder y demás operaciones- darán resultados adecuados. Sentidos como el poder constituyente, la democracia directa, la distribución petrolera, el antineoliberalismo, el líder mesiánico, el bolivarianismo, la unión cívico (popular)-militar,  el fin de la IV república, de lo viejo, el nacimiento, el mito colectivo y la esperanza fueron claves en este sentido, junto a fuertes simbolismos como el “por ahora” en la rendición tras el intento insurreccional del 4 de febrero de 1992. Pero la articulación no es obra mágica del accionar discursivo de un líder o un grupo. Sostiene Dianei Raby (2006: 5) “el líder solo puede llevar el movimiento popular a donde está dispuesto a ir; o para ser más exactos, la dinámica del proceso puede llevar tanto al pueblo como al dirigente a situaciones inesperadas, pero esas situaciones estaban implícitas –no como algo inevitable, sino como posibilidades– en la estructura de clases preexistente y en la herencia cultural del movimiento”. De allí el marco explicativo de la crisis orgánica sin la cual no habría líder de los salvajes, de allí la relación entre estructura y superestructura, la determinación (o al menos ajuste) material a las operaciones discursivas.

Pero para que ese líder sea Chávez y no otro o ninguno, debió también ser un salvaje. Es así que Chávez fue, y supo ser, un articulador menguando las mediaciones. Chávez dio a luz, y se dio a luz a sí mismo. Chávez nación en pueblo salvaje: “Chávez es “uno más” del pueblo con su cultura marginada, su grosería, su estética.  Chávez canta Rocío Durcal, insulta a los ricos, latiguea a los cardenales, se burla de los gringos. El chavismo, Chávez incluido, y el sujeto popular que emergió de manera  definitiva el 27 de febrero de 1989 es un sujeto “impresentable” para la izquierda mundial” (Ociel López, 2015: 38).

El sujeto salvaje se volvió chavismo cuando se articuló bajo un liderazgo y bajo una nueva denominación. Si bien viejos militantes y algunas organizaciones partidarias se sumaron a Chávez y al grupo militar para formar el MVR y el Polo Patriótico, dando un giro no exento de difíciles discusiones y rupturas hacia lo electoral; fue el cerro el que le dio la victoria, fue el voto-identidad, el voto inorgánico, el voto a uno de ellos de los millones de desheredados.

El chavismo excede a este sujeto salvaje, el chavismo incluye sectores de la pequeña burguesía, militares, obreros formales de la industria petrolera, militantes disciplinados de formación marxista y mucho más; pero su base de sustentación, la base que lo llevó al poder y que lo trajo de vuelta el 13 de abril del 2002 viene de esta fragua de quinientos años de derrota que decidió parir en los cerros justo cuando nadie lo hacía. La década del 90 casi exactamente calendaria, la década del fin de la historia, del fin de las ideologías, de todos los fines, la década sin intensidad, la década pulcra y pulida, la década más rubia fue el alumbramiento del chavismo salvaje.

Los mantuanos y el sifrinaje: los nominadores

Fatalismo

Ruperta, la muchacha que en el llano

fue durante algún tiempo novia mía,

y que a la capital se vino un día

presa de un paludismo soberano,

ya es una girl de tipo americano

que sabe inglés y mecanografía

y que marcharse a Nueva York ansía

porque detesta lo venezolano.

Como esos que en el cine gritan: -¡Juupi!,

tiene un novio Ruperta, y éste en <>

le transformó su nombre de llanera…

Y es que en mi patria -raro fatalismo-

lo que destruir no pudo el paludismo

lo corrompió la plaga petrolera.

Aquiles Nazoa.

Claro está, nadie se autodenomina salvaje, bárbaro, horrible, inframundo. Si existe el chavismo salvaje es porque existen quienes le temen, quienes de ellos se privilegian, quienes los aborrecen, quienes los nominan, ajenos a su esteticidad. Uno existe por el otro. Y, como vimos, su árbol genealógico cultural se enraiza en los conquistadores, en los mantuanos coloniales. Hoy llamados despectivamente “sifrinos”, son los ganadores del sistema rentista, con epicentro en la oligarquía importadora; antaño europeos, hoy estadounidenses aspiracionales; porque son los que eran, y también los que quieren serlo.

“Tú eres otro, tirando hacia los monos, hacia los negros, hacia los cerros con esa noviecita que es una india adonde la pongas”. Vaso de Whisky en mano, la madre del protagonista del documental-ficción de Capiragua ve con ira incontenible como su hijo apoya lo que él llama rebelión popular el día del caracazo; se ha contagiado de una enfermedad que ya no podrán detener. Porque el chavismo que irá naciendo será nominado también como una patología.

La penetración cultural estadounidense en la Latinoamérica, desde el sueño americano y el éxito imparable de Hollywood en la creación de sentidos, es bien conocida; pero el caso venezolano es quizás donde más se extrema su concreción. El vínculo entre el modo Miami de la vida y el sifrinaje del este de Caracas es muy profundo, carnal. En el documental “Mayami nuestro” de Carlos Oteiza puede verse el derroche petrolero cotidiano de las clases altas venezolanas en las playas del champagne mundial “Hay demasiados, creo que casi materialmente Caracas se traslada a Miami en estos momentos y sobre todo en navidad” dice sin tapujos, y con claridad de lo que Caracas “es” para ellos, una de las entrevistadas en el documental de 1981. Faltaban 9 años para el estallido, para el choque de las dos ciudades.

En otro breve documental “Caracas ciudad de despedidas” (de 2011, previo a la crisis) se ve a un grupo de jóvenes “sifrinos” que sienten ajena a su ciudad, que sienten que son de allí pero no, que desean irse, que no pueden con quienes han tomado el mundo y lo han enfermado, aunque el suyo siga allí. “Lo importante para ser jóvenes es pertenecer, y yo no pertenezco aquí” “no soy caraqueño, soy del este del este” “es un amor odio con Caracas, estamos enamorados, pero no podemos vivir juntos” “vacío de vivir mi ciudad, siento que no he vivido mi ciudad” “por nuestro estatus económico y la paranoia de mi mamá de no ir a ciertos lugares siempre he vivido de este lado, no sabría cómo vivir del otro lado”. Este documental trajo mucho debate, burlas, reacciones. En una parodia realizada al detalle por un grupo llamado “ElvisFilm”, con cada una de las escenas recreadas, se puede escuchar a una de las jóvenes -que aquí porta un brazalete nazi- decir “me iría de Venezuela porque aquí hay muchos venezolanos, por eso me iría”. La amenaza del otro que se empeña en ser justo aquí, donde estamos nosotros.

Luís Duno (2013) habla de imaginarios fóbicos para describir esta situación, y rescata una poesía de Yolanda Pantin sobre los motorizados, actores fundamentales en la caótica Caracas, “turba sobre ruedas” como allí les llama.

Nada me hacía pensar

en la felicidad, ni en

los ángeles,

viendo pasar a los

motorizados.

Sentí extrañeza

de ser huérfana

de mi propia sangre

de haber sido expulsada

del paraíso (…)

Perdido el poder, o al menos el gobierno, la superioridad, vencidos, la percepción es que el chavismo los dejó así: huérfanos en su Caracas. Fueron privados de lo que por herencia mantuana era suyo: la ciudad y sus aparatos de control. Que la estética mandante sea la de la otredad salvaje es simplemente insoportable.

El Estado chavista y los salvajes

Finalmente, entendemos que al hablar de chavismo salvaje nos referimos no solo a una oposición frente al sifrinaje histórico, sino también a otros sectores que conforman el movimiento chavista en el control del Estado ampliado.

En primer lugar es insoslayable contar en el chavismo “de la ciudad blanca”  una capa social de empresarios beneficiados y allegados a la economía estatal y su vínculo con el comercio exterior. La enorme brecha entre el cambio oficial y el (o los) dólares paralelos, sumado a la base histórica de un sistema petrolero rentista, llevaron a que el control de la economía se mantenga en una burguesía fundamentalmente importadora que obtiene ganancias extraordinarias en las transacciones externas -apoyadas por un dólar barato estatal- con escasa producción local. Si bien las familias históricas vinculadas a esta actividad pertenecen a la oposición,  como señalan Modesto Guerrero  y Fernando Azcurra (2016: 11) “muchos funcionarios civiles y militares del gobierno se convierten en socios comerciales ocultos del gran negocio de la importación fraudulenta”, base del desabastecimiento  y la “guerra económica” actual. Así, el término “boliburguesía” se ha vuelto común en los análisis sobre la revolución venezolana.

Pero así como en el documental sobre el Caracazo aquí visitado encontramos apoyando la revuelta popular a un hijo del Ávila, están también los militantes de izquierda más tradicionales bien representados por un miembro de la Liga Socialista (organización de la que por cierto proviene Nicolás Maduro). En lo que al chavismo respecta, este sector se forma mayoritariamente en las nuevas universidades bolivarianas, milita en el PSUV o en grupos estructurados, construye un imaginario de vanguardia, de partido, de socialismo internacional, evidenciando su orientación política y su adhesión al chavismo más por aspectos ideológicos y programáticos que por demandas materiales insatisfechas o identificaciones étnico-culturales ya analizadas. Las tareas del “Estado ampliado”, universitarios, periodistas, sindicalistas, dirigentes de distintas instituciones se nutren de un chavismo que en sus culturas militantes, en sus formas de organización e incluso en su estética producen disputas que deslizan las confrontaciones a veces al interior del propio movimiento. Esto no supone una crítica, ni supone que las bondades y falencias del movimiento estén repartidas según se pertenezca a tal o cual sector, pero si es de notar que el acceso a lugares de poder para el “chavismo salvaje” representa así muchas veces un doble esfuerzo militante.

En el gran aparato estatal debe distinguirse e incluirse también a los militares. De absoluta mayoría chavista tras el golpe de 2002, la rebautizada Fuerza Armada Nacional Bolivariana no solo cumple la crucial función de mantener la correlación de fuerzas represivas favorables al chavismo, si no que se ha constituido en un verdadero sector empresario-estatal y social, al que se integra la milicia bolivariana, reserva civil creada en 2007. Los militares dirigen ministerios y secretarías pero también comandan empresas estatales, integrando la mencionada “boliburguesía”. Junto a los civiles, constituyen la burocracia estatal, cuya envergadura, autonomía, y voracidad económica gestada durante décadas por el Estado petrolero no parece haberse revolucionado del todo.

¿Cómo articular entonces la dirigencia, el aparato estatal, el partido, los movimientos sociales, las comunas, las barriadas?

Buscando el horizonte: la autoorganización de los salvajes

Al llegar Chávez al poder y jurar “sobre esta moribunda constitución”, en marcada intención de transformarlo todo, de enterrar lo viejo que no terminaba de morir, se encontró con un enorme desafío para mantenerse allí: organizar su base de apoyo, aquellos cerros que le dieron su voto masivamente sin estructura, sin institucionalidad, sin orden, sin negociación.

El proceso es largo, los intentos heterogéneos y coloridos. Sin duda las elecciones son un instrumento politizador y organizador, y realizar cinco elecciones en menos de tres años coadyuvó en una profundización del proceso de subjetivación política. Pero la dirigencia chavista impulsó formas más sólidas e identitarias, estructuras de funcionamiento con nombre y apellido que organicen los disperso, con mayores o menores resultados. Pasados los círculos bolivarianos, creados ya antes de la llegada al poder, y los comités de tierras urbanas y rurales entre otros instrumentos, fueron las misiones sociales las que lograron mayores éxitos entre los sectores populares: alimentación, alfabetización, salud y tantos otros aspectos fueron atendidos con protagonismo salvaje, más allá de su instrumentación desde arriba, realizando un “bypass” de recursos a la burocracia estatal heredada.

Pero son los consejos comunales, que derivaron a partir del año 2009 en las comunas, con leyes y estructuras diseñadas al detalle, los que representan el bastión organizativo del chavismo salvaje. Ungidas como prioridad fundamental durante la última campaña de Hugo Chávez[1], las comunas son espacios autorganizativos rurales y urbanos que poseen una estructura de funcionamiento dictaminada en la Ley Orgánica de las Comunas, con un parlamento compuesto por los voceros y voceras comunales, y representados en el Estado por el Ministerio del Poder Popular Para las Comunas y Movimientos Sociales. En base a las relaciones comunales y territoriales previas, se busca organizar a la sociedad en torno a asambleas y delegados surgidos desde la misma comuna, en vías de autosustentarse a partir de las llamadas Empresas de Propiedad Social, y de agregarse y expandirse en la proyección de las “ciudades comunales”[2]. Sin dudas, aun en las noches más oscuras de los cerros, el horizonte es ambicioso.

Pero como vimos la autoorganización y autosustentación comunal no solo se enfrenta en ciertos ámbitos, principalmente rurales, con los poseedores capitalistas escasamente productivos de la IV república, a quienes las leyes de expropiación de tierras ociosas les han hecho perder parte de su propiedad en pos de la explotación comunera. La autoorganización antagoniza también con el Estado chavista: con los intereses de poseedores “boliburgueses”, pero también con estructuras más verticales y de una cultura militante distinta como el PSUV en tanto pretensión de partido único de la revolución. Un caso muy resonante, pero no único, fue el de Ángel Prado, vocero de la comuna El Maizal y constituyente nacional, que impulsado por la comuna se presentó para alcalde del municipio Simón Planas, ganó la elección por amplio margen al propio PSUV que le negó la candidatura del espacio, y finalmente no fue autorizado por el Estado a asumir el cargo.[3] Las contradicciones son muchas, van desde la propia configuración comunal como un espacio autoorganizado pero a la vez dependiente de las leyes del Estado (y en buena medida de su financiamiento), a diferencias en los proyectos políticos, en las formas de transición, en las estructuras organizativas, en el rol del movimiento social respecto de la política, en la capacidad de consumo, en la cultura, en la estética.

El desafío del sujeto popular en su configuración de siglos de explotación y, parte de él, el desafío del chavismo salvaje en su fragua pos caracazo, es enorme. De la autoorganización del sujeto salvaje dependa quizás no solo la sustentación del poder en momentos claves de arremetida restauradora, como ocurrió en el año 2002 y tantas veces más, sino también la posibilidad de una transformación real y definitiva que hoy, a la distancia y en la acuciante situación actual, parece una tarea titánica. Mas el desafío fundamental, parece, debe colocarse ahí: es el horizonte popular y no las alianzas partidarias la que permitió el fenómeno chavista.

El sujeto salvaje, el inframundo, ese sujeto peligroso que insurge el 27de febrero de 1989, que deviene en una nueva identidad política, el chavismo salvaje, tenga quizás en sus bailes, en sus colores, en sus raíces, en sus mestizajes, en su ruralidad urbana, en su auotorganización, en sus nuevas formas también,  en sus tambores y vestidos con el que empieza el documental de Capiragua, en su estética construida por todas las memorias, la llave del desempate catastrófico, la simiente de un nuevo mundo; porque lo salvaje, como indica su nombre, como incluso deben admitir las cumbres civilizadas, es también lo incomprensiblemente hermoso.

Bibliografía citada

  • Duno, Luis, (2013), “Malas conductas. Nuevos sujetos de la política popular venezolana”, En Cuaderno Venezolano de Sociología Vol. 22 N° 2. Maracaibo.
  • Gramsci, Antonio (1970): Antología. Ed. Siglo XXI. México.
  • Guerrero, Modesto y Azcurra, Fernando (2016): “Venezuela: revolución o derrota”. Edición digital disponible en file:///C:/Users/123/Downloads/venezuela-revolucion-o-derrota.pdf
  • Iturriza López, Reinaldo (2016). “El chavismo salvaje”. Guarenas, Venezuela: Ed. Trinchera
  • Iturriza López, Reinaldo (2012): “27 de febrero de 1989: interpretaciones y estrategias”. Caracas. Fundación imprenta de la cultura.
  • Lacabana, Miguel (2006): “Petróleo y hegemonía en Venezuela. La construcción de un proyecto nacional democrático-popular en el siglo XXI”, en ARCEO, Enrique y Basualdo, Eduardo (Comp.): Neoliberalesmo y sectores dominantes. Tendencias globales y experiencias nacionales.  CLACSO. Bs.As.
  • López Maya, Margarita, (2009), “Venezuela, el gobierno de Hugo Chávez y sus fuerzas bolivarianas”. México DF, Ed. del Instituto Nacional Electoral.
  • López Maya, Margarita (2005): “Del viernes negro al referendo revocatorio”. Alfadil Ediciones. Caracas.
  • López, Ociel, (2015), Dale más gasolina: chavismo, sifrinismo y burocracia. Caracas: Fundación Andrés Bello.
  • Raby, Dieane (2006), El liderazgo carismático en los movimientos populares y revolucionarios. Artículo S/d.
  • Ruíz Acosta, Miguel, (2010), Venezuela: crisis estatal y lucha de clases. En Cuadernos de Trabajo. Veracruz: Ed. de la Universidad Veracruzana.

Documentales audiovisuales citados:

[1] Ver el documento electoral “Plan de la Patria 2013-2019” http://gobiernoenlinea.gob.ve/home/archivos/PLAN-DE-LA-PATRIA-2013-2019.pdf y el famoso discurso de Hugo Chávez en reunión de gabinete conocido como “Golpe de Timón”.

[2] Entre otros materiales, además de la lectura del aquí citado Reinaldo Iturriza quien fuera ministro de comuna y ha producido una gran cantidad de artículos y recopilaciones al respecto, recomendamos para un seguimiento del proceso comunal la página web http://www.comunalizarelpoder.com.ve

[3] En el trabajo, aun en prensa, “el proceso de subjetivación política en la comuna El Maizal” analizamos este caso y el proceso de conformación de esta comuna.

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