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Editar libros, destruir libros: la trastornada maquinaria editorial

18 Feb,2020

por Isabel Garin

El libro impreso tiene en la cultura un papel preponderante.  No lo ha perdido a pesar de la tecnología y los entornos digitales, y en países como Argentina, donde esos entornos son desiguales o pobres, el libro sigue establecido en un eje central también para la educación.   Leer libros retiene toda la potencia de la destreza  intelectual que implica y el prestigio como transmisor  privilegiado de la cultura, aunque no sea exclusivo. Ese carácter tan bien observado en épocas autoritarias en cualquier país fue claro en el nuestro,  cuando la dictadura hacía razzias de libros y los quemaba en hogueras públicas en Córdoba, Rosario, Entre Ríos o Mendoza, como se jactaba de mostrar ante la prensa y público destinatario. Ardieron en la hoguera 1 millón y medio de libros del Centro Editor de América Latina, o los desaparecieron como a personas, tal como a otros miles de la editorial Eudeba, en Buenos Aires.

Pero en estas épocas no los queman las dictaduras sino que los extermina  la propia maquinaria editorial.  Suena contradictorio que quien los publica  los destruya pero desde hace unos años se ha ido conociendo que las grandes editoriales llevan adelante la destrucción de sus stocks en depósito como hábito establecido. Esta destrucción silenciada, de guillotina y trituradora de papel,  ha ido llegando a los medios que con más o menos justificación cuentan sobre ese exterminio de libros al que resulta inevitable  asociar con las prácticas de la dictadura, razón por la cual algunas editoriales se niegan a hablar del asunto. También se va haciendo conocida porque algunos autores, avisados por las editoriales de que sus obras no vendidas serán hechas picadillo, las rescatan para donarlas o regalarlas, o incluso para asociarse entre ellos y armar ferias donde ponerlos nuevamente  en circulación. 

Algunos cálculos y estadísticas de otros países, ya que no sucede solo en Argentina, arrojan cifras de espanto. En España, por ejemplo, con datos de 2013, se publicaron más de 246 millones de libros (ejemplares, no títulos). Pero los editores vendieron solo 153 millones de ejemplares. ¿Adónde fueron a dar, dónde están los 93 millones de libros de diferencia? No están guardados y semejante cantidad no se donó ni fue a parar a las mesas de saldos. Nadie habla, no se cuenta, no se dice. Solo se susurra que pasaron por las picadoras de papel.

Pero, ¿por qué se destruyen libros?

Un destino de trituradora para convertir lo que fue una obra intelectual en maple de huevos o en tetrabrik  no es de antes, no sucede desde siempre.  Hará una década o algo más que está siendo conocido, y en realidad no mucho más que se lleva a cabo porque es una práctica destructiva que acompaña las profundas transformaciones del “mercado del libro” y las dinámicas editoriales de los últimos veinte años.

Desde los 80, y hablando de editoriales de literatura general, se fue operando globalmente una hiperconcentración de sellos que tuvo como resultado la conformación de enormes empresas multinacionales de la edición. En 2013 el conglomerado alemán Bertelsmann y el inglés Pearson  fusionaron sus empresas creando Penguin  Random House, PRH, la empresa editora más grande del mundo (actualmente Bertelsmann es dueña del 100% de la empresa), a la cual pertenecen unas 250 editoriales en los cinco continentes. PRH Grupo Editorial, la división en idioma español, absorbió sellos desde la A, empezando por Aguilar y Alfaguara, hasta finales del alfabeto con Vergara, pasando por emblemáticas editoriales como Grijalbo, Lumen y Sudamericana entre muchas más, constituyéndose en un polo en castellano superconcentrado. La absorción continuó sumando al Grupo Santillana y todavía no ha finalizado los movimientos.

El otro polo lo constituye Planeta. Este grupo español, editorial y de medios,  absorbió desde los años 80  a 64 sellos, entre los más conocidos a Seix Barral, Paidós y Emecé y a la histórica Espasa.  Y así quedaron conformados los dos enormes grupos como los únicos que pueden competir entre sí en Latinoamérica y en España y Portugal, muy lejos de otras editoriales medianas y pequeñas.

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La constitución de esos grupos multinacionales tiene como consecuencia que acumulan en sus catálogos  a los escritores más renombrados y por supuesto a los best sellers, a los Premios Nobel y a otros premios de relevancia, y controlan la edición de la literatura en castellano.  Según datos del Libro Blanco de la Cámara Argentina de Publicaciones, en 2014 las grandes empresas,  definidas como las que publican más de 100 títulos al año,  eran el 11% del total de las editoriales pero publicaron el 55% de los títulos en el país. Y la  encuesta 2015 de librerías de la Ciudad de Buenos Aires, realizada por el Gobierno de la Ciudad, mostró que de los 30 títulos más vendidos 12 pertenecían al Grupo PRH y 13 al Grupo Planeta.

Otra consecuencia es que las decisiones editoriales se toman en las cúpulas internacionales y responden netamente a planes y lógicas de producción, comercialización y rentabilidad empresarias.  Bajo esas lógicas y dinámicas presentan con sus diferentes sellos  entre 20 y 50 nuevos títulos mensuales que llegan

en aluvión

a las

mesas de las librerías tapando o desplazando a los títulos anteriores.

El imperativo de la “novedad”, que es el que más vende, se impone en las mesas, en los suplementos culturales de diarios y revistas, en la publicidad callejera, en los programas de radio y TV, en las entrevistas pautadas para los autores en unas recorridas frenéticas por los medios que duran lo que dura la “novedad”.

Esta dinámica de una tras otra es simplemente imposible de seguir por los lectores y libreros: estos últimos no alcanzan a ubicar el último título cuando ya les entregaron el siguiente. Se trata de unas tiradas masivas (en promedio desde más de 3000 ejemplares hasta 20.000 o más, y con frecuencia de libros de venta rápida porque siguen ciertas situaciones o a ciertos personajes públicos) que tienen como finalidad ocupar espacios mediáticos y de exhibición, ni más ni menos que como si fueran góndolas de supermercado,  pero a los que hay que desplazar de las mesas y llevar a depósito  en brevísimo tiempo. Esas tiradas no son un error de cálculo  sino que están calculadas con ese efecto,  y todos los ejemplares que sobren, que no se vendan, que no sean saldados, y que llenan los depósitos hasta terminar en la picadora de papel,  se asumen  como “efectos colaterales”. 

¿No hay nada más, aparte de destruirlos,  que se pueda hacer con los libros sobrantes? La industria editorial ni se lo plantea.  “No es rentable donarlos, representaría una gran cantidad de trabajo y de dinero. Es más barato destruirlos”, dice Pere Sureda, quien era el responsable de la colección La Otra Orilla de la editorial Norma. Sureda, ya desvinculado de Norma, calculó que “un millón de libros fueron destruidos el año pasado” (Clarín, 2012).

Llevar libros a la trituradora de papel despierta broncas y angustias justificadas. Los primeros angustiados son los mismos autores que retiran de los depósitos lo que pueden cuando reciben el ominoso aviso de próxima guillotina. También hay que señalar que a veces son los mismos escritores quienes acuerdan la destrucción por contrato si sus libros no se vendieron o si cambian de editorial.  Por otro lado, una iniciativa que despertó debate en el mundo literario fue la del Grupo Alejandría, que elaboró  un proyecto para intermediar entre las editoriales y las bibliotecas/centros culturales/educativos, haciéndose cargo de seleccionar  y disponer los textos del descarte editorial para la donación. 

Pero el escritor y traductor argentino Erich Schierloh discute en una nota contra estas opciones y luego da en el clavo: la  verdadera alternativa es no editar de esa manera, bajo lógicas que arrasan con los espacios y la atención del público, y con el imperativo de la acumulación, el control del mercado y el lucro. “Son como la pesca de arrastre”, dice Schierloh hablando de las tiradas masivas y de su cometido de vender como sea un piso de cierta cantidad sin importar lo que haya que tirar después. También editor artesanal él mismo, llama a no naturalizar la destrucción de libros,  y recuerda que esta es una práctica ausente casi por completo en las editoriales independientes, cuyas lógicas se basan en la edición como oficio, la pequeña tirada,  la difusión y venta próximas al lector y la búsqueda de estrategias para que el libro permanezca en circulación.

Esas pequeñas editoriales independientes, que en su mayoría nacieron y se desarrollaron luego de 2001,  han logrado establecer un sector que parece consolidado y que pudo editar el 11% de todos los títulos publicados en 2016.  Emergentes de una cultura autogestiva crearon las combativas FLIA (Feria del Libro Independiente y Autogestivo) que se extendieron por todo el país, y más recientemente las FED (Feria de Editores) que abren espacios y dan visibilidad  a numerosas editoriales pequeñas. Se asocian, a veces con otras medianas, para compartir los costosos stands en las grandes ferias tradicionales como hacen Los Siete Logos, o comparten difusión, ediciones y librería como La Coop.

Estos son sistemas y ética editorial cercanas a quienes amamos los libros. Para quienes amamos los libros porque leyéndolos descubrimos, gozamos, conocemos y reflexionamos,  tanto como anudamos afectos y horizontes con la lectura, editarlos para luego destruirlos es una perspectiva cruel e innecesaria. Se rebela la memoria que recuerda haberlos escondido, enterrado,  quemado y también intercambiado en acto de resistencia. Y destruirlos cuando innumerables lectores que los necesitan y los desean no pueden comprarlos resulta tan provocador como tirar leche en las rutas.

Pensar y construir alternativas a esa dominancia cultural empieza por no naturalizar la forma de editar de los grandes editoriales comerciales, dejar al descubierto su forma de producir libros, el libro-mercancía como una más de la absurda producción de mercancías del sistema, y buscar y  acompañar otras maneras de ser de los libros.

 

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