X

Buscar en Contrahegemonía web

X

Mantengámonos en contacto

[email protected]

Apuntes sobre socialismo desde abajo y poder popular

El golpe en Bolivia desde Argentina: la izquierda, la intelectualidad y la (auto) crítica

22 Nov,2019

por Mauro Berengan

Desde el inicio de la crisis en Bolivia, que derivó el domingo 10 de noviembre en golpe de Estado, una discusión solapada pareció atravesar a la izquierda, la militancia y la intelectualidad argentina. Si bien la denuncia al golpe fue unánime, los peros -al principio o al final de la denuncia- respecto de la gestión y con ella de la responsabilidad del propio Evo y el MAS en llegar a este punto, produjeron interesantes y a veces enconados intercambios en los ámbitos militantes y académicos. Creemos entonces que si desandamos la punta del ovillo podemos quizás encontrar debates de larga data sobre la crítica, la militancia, el Estado, la revolución, la intelectualidad y tantos aspectos más que apelamos aquí aunque sea a enunciar. La ciencia social no puede experimentar, no puede generar en el laboratorio las condiciones exactas de un fenómeno como lo puede hacer la química, por ello es en los tiempos convulsionados donde tenemos la obligación de afilar la mirada y extraer las conclusiones más acabadas posibles. La historia viva es nuestro laboratorio y Latinoamérica está más viva que nunca.    

Las posiciones, los debates

Sin ánimo de personalizar, pero sin posibilidad de eludirlo, repasemos algunas posiciones esquemáticas respecto del golpe de Estado y, a partir de ellas, las discusiones que podrían derivarse.

Una primera mirada a atender es la del troskismo argentino, en este caso centralizada en el “solanismo”, solo por hacer un recorte. El Twitter de Gabriel Solano fue muy activo respecto del golpe y, claro está, su enfática condena. Pero su posición parece partir de un “deber ser” permanente donde es el propio Solano el que indica qué deben hacer Evo, el MAS, los trabajadores y trabajadoras y el pueblo indígena. Citamos un “trino” del 12 de noviembre: “Los diputados del MAS no deben dar quórum en la Asamblea Legislativa, porque eso equivaldría a convalidar el golpe. Lo que hay que hacer es ganar la calle, y derrotar y expulsar a los golpistas”.    

La mirada sobre la gestión del MAS es evidentemente muy crítica, de oposición, pero interesa señalar aquí que hay, como decíamos, un doble “deber ser”: el de la teoría, al que volveremos en breve, y el de la posición esgrimida por su partido o por él mismo desde una lectura no ya teórica si no netamente política, de ubicación en el espectro político, de construir y acumular siempre y por sobre cualquier realidad desde la crítica “a la izquierda” de lo que sea que se analice, un paso más allá. Una forma de acumulación que ciertamente suele tener algunos réditos, más allá de si llega a sonrojar el señalar el camino a un movimiento masivo en el poder durante 13 años desde cierta posición de cúspide política ¿Irían a dar quórum los legisladores del MAS si Solano no les avisaba? Una segunda cuestión a señalar de esta posición, común al troskismo, es la “disputa interburguesa”. En la totalidad de los procesos de cambio, de disputa ante la derecha neoliberal que se da en el continente, esta posición tiende sí a destacar el carácter de clase de la lucha, pero a esencializarlo a punto tal de que todo conflicto es en el fondo una disputa entre unos capitalistas y otros capitalistas de la que los trabajadores y trabajadoras no deben formar parte. “Por una salida independiente de los trabajadores” es casi un eslogan esgrimido ante cada coyuntura, sin importar las fuerzas que se enfrenten, los clivajes que las separen, la composición del movimiento social, etc., etc. Esto, al humilde entender de tantas otras fuerzas políticas, parece colocar un techo muy bajo a la posibilidad de expansión y disputa de sentidos de estas corrientes de la izquierda, además de menguar riqueza a los análisis sociales desde sus intelectuales más representativos. Finalmente un último punto interesa señalar aquí: Evo (o cualquier movimiento que se analice) cedió ante la oposición, negoció, traicionó. Desde esta mirada la oposición debe ser vencida, en algún punto aniquilada, pues se niega la posibilidad de negociar. Varios debates se derivan entonces de aquí: la cuestión de clase frente a otros clivajes en el análisis y la dinámica social, la forma de militancia y acumulación política,  la posibilidad de dar la batalla cultural más allá de los propios y convencidos, y la cuestión fundamental de qué se hace con la oposición ¿Puede liquidarse al adversario? ¿Cómo? ¿Exiliarlo en su totalidad? ¿Todas las batallas deben ser llevadas hasta el final? ¿Se tiene la certeza de vencer? ¿Sirven los logros parciales? El propio Linera habla de doblegar políticamente, habla de irradiar, de expandir el poder-núcleo de una clase hacia otras, de construir hegemonía, lo que implica negociación no mero aniquilamiento. Quizás como muchos señalan Linera hace y luego teoriza en consecuencia, adapta lo segundo a lo primero para justificarse, pero quizás también, como el lúcido intelectual que es, arroje algunas respuestas.

Una segunda posición en juego en el debate sobre Bolivia es la de la “izquierda intelectual antiestractivista, republicana y neutral”, por colocar rótulos incómodos largos e injustos que ya circulan en el campo. Sin duda dos de sus exponentes más importantes son Maristella Svampa y Pablo Stefanoni, ambos con fértiles estudios sobre Bolivia desde hace ya mucho tiempo. Aquí el esfuerzo intelectual está puesto en la solapada (o no tanta) culpabilidad del propio Evo en su caída. Esto respondería a dos causas fundamentales, empecemos por la cuestión republicana. Con énfasis en la dinámica política, los escritos de Stefanoni dan a entender que es en esa esfera donde radican las causas del golpe: El MAS no produjo recambios que generen nuevos liderazgos, Evo intentó eternizarse en el poder alterando las instituciones que en algunos casos el mismo había creado (asamblea constituyente mediante), realizó un pésimo cálculo respecto del socavamiento de su poder implementando un referéndum que lo habilite a un nuevo mandato, lo perdió, participó igual de las elecciones, y este autoritarismo, verticalismo, personalismo, llevó a un levantamiento de tinte popular que fue aprovechado por la derecha más recalcitrante. Mucho para pensar se desprende de aquí. En primer lugar, en el detalle, se omite que dicho referéndum fue alterado por una feroz campaña mediática que inventó un hijo a Evo Morales con un fuerte impacto, desmentido pocas semanas después (y, de hecho, que el MAS obtuvo casi la mitad de los votos en la última elección). Es decir ¿hay un juego democrático justo en la configuración de los Estados Nacionales (aun con los cambios de la plurinacionalidad) y sus estructuras institucionales  con la manipulación mediática permanente, la intervención externa y el juego de poder de casi dos siglos de un Estado clasista?  ¿Puede esencializarse el juego político como factor explicativo? ¿Es válido desde la izquierda, desde quienes pretendemos cambios profundos, ampararse en un juego republicano maniatado? ¿Todo el poder recae en quien maneja el Estado? Esta posición tiende a omitir en buena medida al adversario: primero porque si se cae es porque algo se hizo mal, se infiere de la derrota un error en el origen cual si los otros jugadores no tuvieran también posibilidad de vencer más allá de nuestras acciones. Y segundo porque se ignora la intervención externa: aquí casi no hay imperialismo, intereses estadounidenses, USAID, embajada, CIA, OEA, geopolítica, es la dinámica interna la que debe analizarse. Negando la absolutización del imperialismo como factor explicativo, parce anclarse al otro lado de la orilla: su casi intrascendencia. Remitimos para profundizar este aspecto a la nota de Miguel Mazzeo en ContrahegemoníaWeb “El golpe de Estado y los escenarios de impotencia crítico-práctica”.

Respecto de la crítica al estractivismo, más centrada en Maristella Svampa, pero también en otros sectores del troskismo y la izquierda más basista, parecen esencializarse los movimientos sectoriales-particulares que luchan contra dichos “emprendimientos”, quienes –forzando aquí un paso más- serían el sujeto protagónico de la revolución, y despreciarse a movimientos que aun masivos no producirían cambios sustanciales si no atacan esta cuestión. Y si hablamos de esencialismo es porque hay aquí un deber ser de la teoría y la posición, el “se debió hacer a, b, c, no se hizo y ahí está el resultado: Evo cayó”. Aquí la teoría y la posición tienen valor en sí mismo, independientemente de las condiciones. La teoría y el programa parecen no cotejarse con su posibilidad de aplicación. ¿Podía Bolivia, el país más pobre, desindustrializado y con menos infraestructura de todo tipo en Sudamérica resignar el uso sus recursos naturales? La nacionalización de los recursos fue el puntal del enorme desempeño social y económico de Bolivia por todos conocido ¿Es repudiable su explotación? ¿Es lo mismo que hizo Bolsonaro? ¿Es variable del desenlace? Por otro lado ¿juzgamos los movimientos solo por su programa y cuánto este se adapta al nuestro? ¿Qué sucede con la posibilidad de expansión  y triunfo? Las tesis de Pulcayato eran probablemente el programa más acorde a la izquierda más crítica, pero ¿se coteja con la disputa de poder o solo se aprecia el programa más pulido? De fondo hay una crítica sagaz al desarrollismo que muchos de la izquierda compartimos en tanto representan estructuras que permanecen más allá de los vaivenes políticos y cuyos impactos son muy sustanciales, pero nuevamente creemos que no puede escindirse de las condiciones concretas de su aplicación, así como no diferenciarse los beneficiarios de dichos recursos. Parecen contradicciones insalvables, pero sobre ellas, al decir nuevamente de García Linera, hay que cabalgar... Valga señalar, para finalizar esta posición, que aquí parece enaltecerse a la academia y la neutralidad, a la “equidistancia”; la crítica y distancia nos volvería rigurosos, y el tomar partido nos privaría de esa seriedad; pero allí está Gramsci tan de moda que sale de abajo de las piedras.

Te puede interesar

Aspiramos a ser una Nación que sepa resolver sus conflictos

Una tercera posición crítica centrada en la llamada “izquierda independiente” pone el énfasis en la relación entre el Estado y el movimiento social. Quizás el gran tema de los procesos de cambio, de los procesos revolucionaros, sea el cómo articular la fuerza social, sectorial, de base, con la disputa política, estatal, universalizada. En la Argentina pos 2001 conocemos muy bien este debate. El MAS emergió como fuerza social acumulada en las disputas de calle, en el sindicalismo, en el movimiento cocalero, en el movimiento indígena (o en sectores de él) pero dio “el salto” hacia lo político, hacia el movimiento electoral que permitió la disputa del Estado, que ciertamente no es todo el poder. Conjugó, de otra manera pero como ya lo había hecho el MNR medio siglo atrás, al movimiento social con el movimiento político y logró así mayoría, hegemonía. Pero, como también se advertía en nuestro país en los debates de esta izquierda, la lógica política, la lógica estatal, “te come” lo social. El propio Linera reconoció que uno de los factores de debilidad de su gobierno fue el traspaso de cuadros y sentires de la lucha social al Estado, vaciando la primera, debilitándose en la correlación de fuerzas. Si vamos a Venezuela, a modo ilustrativo, encontramos muy avanzada esta problemática: la apuesta a lo social traducida tras un largo proceso de comités bolivarianos, misiones sociales, consejos y estructuras de todo tipo, en las comunas actuales, enfrenta a la militancia social bolivariana en muchos casos con el propio estado chavista. Basta ver como el PSUV le negó el gobierno obtenido por las urnas del municipio Simón Planas al comunero Ángel Prado, miembro de la comuna El Maizal. El poder constituyente, comunal, chavista, fue negado por el poder constituido, estatal, chavista. El poder del Estado busca subordinar al “chavismo salvaje” como lo llama Reinaldo Iturriza. En el movimiento sindical sucede otro tanto: ante un Estado dirigido por una fuerza digamos compañera ¿debe mantenerse la autonomía obrera o debe actuarse como brazo de poder social frente a las amenazas políticas que recibe el gobierno del Estado? Nuevamente parece una contradicción irresoluble, una contradicción sobre la que hay que cabalgar. Pero, sin dudas, los 13 años del gobierno del MAS, a la vez que significaron avances inéditos tanto materiales como culturales para los sectores explotados del país, fueron también de debilitamiento de la fuerza social, de pérdidas de apoyo, de cooptación y acomodamiento. Valga aclarar sí que no se trata del simplismo de “fuerzas políticas cooptadoras” y “fuerzas sociales cooptadas” si no también de decisiones y proyectos permeables a ambos “polos”. Por ejemplo, según la misma nota de Stefanoni y Molina en revista Anfibia, se dio en esta última asonada una alianza impensable: la de Potosí y Santa Cruz, léase la de líderes mineros y Camacho ¿Cabe entonces, así como se responsabiliza al MAS en su caída, preguntarnos por la responsabilidad de las acciones de sectores del movimiento social en ella? Y, por otro lado, ¿Cómo se vive un proceso de revolución permanente? ¿Qué sucede cuando la lucha social decae, o se institucionaliza? ¿Es posible la movilización sin tiempo? Mantener la autonomía de clase nos parece fundamental, pero hay aquí también cuestiones de larga data en la teorización sobre la revolución que hoy nos emergen y explotan en las manos.

Finalmente debe atenderse a una cuarta posición. Podría leerse hasta aquí que la crítica en un momento como este es directamente cuestionable, nada más lejos de nuestra intención, pues justamente, sin laboratorios, es en estos momentos en que deben extraerse lecturas necesarias para este proceso y los que vendrán; eso sí, desde la responsabilidad necesaria ante una masacre en curso. En la posición de la denostación de la crítica, del pragmatismo y la realpolitik, parece ubicarse en los últimos años un intelectual de larga trayectoria y reconocimiento en las luchas latinoamericanas: Atilio Borón. Borón ha realizado ingentes esfuerzos en apoyar en muchos casos acríticamente todo proceso de cambio progresista en la región, menguando matices que el mismo establecía en obras pasadas como su libro “Socialismo del Siglo XXI” en torno al desarrollismo. Respecto de lo que tratamos, si en posturas antes revisadas se esencializaba la política interna por sobre factores externos, por sobre el imperialismo siempre presente, en Borón parece esencializarse su opuesto: es la mano imperialista la que explica los retrocesos en cada región. Pero interesa ver también cómo la labor crítica de la intelectualidad parece confundirse con la de la batalla cultural mediática. Telesur, un portal-canal sin dudas necesario, imprescindible, viene a reemplazar la voz crítica, a ocultar los errores o limitaciones propias de los actores de gobierno (aquí, críticamente o no, desarrolladas). El rol del “intelectual orgánico”, agreguemos “gramsciano”, que rompe con la idea de “equidistancia”, que piensa al intelectual en sentido amplio como todo protagonista de la batalla política y social más allá de su labor, que abarca a militantes, sindicalistas, periodistas y demás, que forma parte de la disputa, no significa en absoluto la postura acrítica que lleva en muchos casos a mantener indemnes estructuras de opresión y concesiones derrotistas al adversario, reproduciendo ciclos y vaivenes que parecen jamás agotarse. Debemos, en esta hora convulsionada, cuestionar, pero también cuestionarnos.

De discusiones y atajadas  

El rol de la crítica y la intelectualidad, la labor militante, la relación entre la teoría y la praxis, entre mis verdades y sus posibilidades de error, entre mi programa y sus posibilidades de aplicación, entre la acumulación política y la acumulación social, la relación y articulación de ambas esferas, la tensión entre los momentos de disputa social y sus canales de institucionalización, la posibilidad de revolución permanente, las disputas interburguesas y el papel de la clase trabajadora, los límites del desarrollismo, el peso del imperialismo como factor externo y las dinámicas propias de cada región, la relación entre las transformaciones materiales y las discursivas, entre estructura y superestructura, la valoración de la formación política y sus reglas frente a las posibilidades de transformarlas aun rompiéndolas, el pragmatismo como vector de la actuación política y su relación con el estatus quo, las responsabilidades compartidas, los aciertos y juegos victoriosos del oponente, la viabilidad de llevar las luchas hasta el final, la claudicación de retroceder ante el primer logro… Los aspectos que se desprenden de este duro presente latinoamericano y del intercambio producido, aquí recortados a nuestro país (valdría explorar también los desprendimientos del Grupo Comuna boliviano) son enormes y creemos imprescindibles. No otra pretensión tiene esta nota.

Y si se repite en el texto la palabra “esencializar” es porque un análisis certero debe buscar las variables adecuadas para la explicación de un fenómeno pero también su justa ponderación, en cambio una argumentación para una posición propia tiende a relativizar variables incómodas y endiosar las que más nos convienen. Esta nota, claro está, peca (también) de ello. Valgan entonces las disculpas anticipadas ante los esquematismos a los nombres propios presentados.

 

Comentarios

Todavía no hay comentarios. ¡Iniciá el debate!

Todos los datos son obligatorios, tu dirección de correo no será publicada