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Apuntes sobre socialismo desde abajo y poder popular

El regreso al Neocolonialismo

07 Feb,2019

por Andrés Cañas

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Para Contrahegemonía

En el Siglo XVI el Capital se consolida, comienza su andadura antagónica, polarizadora, injusta. El desarrollo material alcanza alturas no imaginadas, hoy habitantes de este Siglo XXI no alcanzamos a dimensionar el avance científico técnico que conllevan los ordenadores, la genética, los vuelos espaciales. Al extremo que cuando se menciona a la ciencia se habla de las “ciencias duras”, “ciencias exactas”. En un desván territorio de polillas permanecen adormiladas las ciencias sociales.  Hay una correspondencia con la realidad: desarrollo material entroncado en un nivel de fantasía; y un desarrollo social que serpentea por una tierra de pesares.  Son conocidos los datos de la inequidad socio-económica brindados por Oxfam: el 1 % de los habitantes del planeta se apropia del 48% del producto mundial; y 26 magnates tienen un patrimonio semejante a los ingresos del 50% de la población mundial; como correlato aproximadamente mil millones de seres humanos pasan hambre. Es que el Capital sólo da cauce a aquello que posibilite su reproducción, el resto, condenado a la agonía.

En estos 500 años el sistema ha moldeado la subjetividad de los seres humanos. Generando verdades relativas como la enunciada por el filósofo surcoreano Byung-Chul Han: Se ha pasado, en opinión de este pensador, “del deber de hacer” una cosa al “poder hacerla”. “Se vive con la angustia de no hacer siempre todo lo que se puede”, y si no se triunfa, es culpa suya. “Ahora uno se explota a sí mismo figurándose que se está realizando; es la pérfida lógica del neoliberalismo que culmina en el síndrome del trabajador quemado”. Verdades relativas aplicables a los sectores más integrados ideológicamente bajo los imperativos del Capital. En el otro lado de la polarización el sol siempre sale, no hay nube mistificadora que oculte el ser, no hay renuncia a ser, no se despojan de su ropaje humano. Es el turno de los Chalecos Amarillos. "Los Chalecos Amarillos representan el grito del pueblo que clama: existimos. No hemos desaparecido", asegura el sociólogo francés Christopeh Guilluy "Han conseguido que muchos entiendan que el pueblo existe en Francia, de la misma forma que hay un pueblo en Reino Unido, España o Estados Unidos".

Mientras que los sindicatos y partidos de izquierda no lograron frenar las reformas neoliberales de Macron, la marea amarilla sí que obligó al joven dirigente a ceder por primera vez en su mandato.

 No terminan allí las disquisiciones; según Guilluy, "los logros sociales no son lo más importante, sino que hemos comprendido que el pueblo no ha desaparecido y que este ya no vive en las grandes ciudades ni en el mismo lugar que las instituciones. Por primera vez en la historia, las clases populares ya no residen allí donde se crea la riqueza y los puestos de trabajo". En definitiva, los chalecos amarillos son la cristalización de la Francia periférica."Los habitantes de estos territorios (jóvenes, empleados, campesinos, autónomos o pensionistas) quizás no comparten una consciencia de clase, pero sí la misma percepción de

 

los efectos negativos de la globalización", afirma Guilluy.

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 Este sociólogo sostiene que las élites creyeron que el pueblo iba a desaparecer porque había dejado de vivir en las grandes ciudades globalizadas. "Estas metrópolis se han convertido en las nuevas ciudadelas del siglo XXI, cuyos habitantes no ven lo que sucede allí afuera", señala.

"Cuando apareció el movimiento de los chalecos amarillos tuve la impresión de que las élites (económicas, políticas, mediáticas y culturales) estaban descubriendo a una tribu perdida del Amazonas", asegura Guilluy. Destaca la virulencia con que la clase dirigente reaccionó ante la emergencia de este movimiento, tachándolo de racista, homófobo y antidemocrático; según él se debe a la escisión entre las élites y las clases populares. "Año tras año, las lógicas económicas y geográficas permitieron a las élites separarse del pueblo", explica Guillluy, quien cita al historiador estadounidense Christopher Lasch (autor de La rebelión de las Elites y la Traición a la Democracia), que a finales de los setenta ya empezó a alertar ante la revuelta de las élites. Esta secesión no es solo el fruto de haber situado a las clases populares en la periferia económica y geográfica, sino también "cultural e intelectual".

Gérard Noirie es uno de los grandes especialistas en historia de la clase obrera y de la inmigración en Francia, Director de estudios en la prestigiosa École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS) de París.

“Macron es prácticamente una caricatura de las élites francesas. Siempre ha vivido en un mundo burgués. Primero, se formó en la Escuela Nacional de la Administración (ENA) –incubadora de las élites francesas– y luego siempre trabajó en las altas esferas del poder político y económico del Estado. Además, su lenguaje y sus comentarios están centrados en su persona. Solo el 23,5% de los franceses tiene una opinión positiva del presidente, según una media de los siete sondeos de popularidad”, afirma Noirie.

 Sorprende la ola expansiva desatada por los Chalecos “Una de las claves del éxito ha sido el apoyo que las cadenas de información han dado al movimiento. Me sorprendió ver a un periodista de BFM TV –la cadena de información 24 horas con mayor audiencia en Francia, con una línea editorial conservadora y de propiedad privada– ponerse un "chaleco amarillo" en directo antes de la primera manifestación del 17 de noviembre. Se trataba de Éric Brunet, un famoso periodista liberal que creía que se trataba de una movilización en contra de los impuestos. Pero rápidamente el movimiento se les escapó de las manos. Otro aspecto clave fue la simbología del "chaleco amarillo". Este sedujo a mucha gente que se presentaba como apolítica y que ya no creía ni en la derecha ni la izquierda” razona Noirie.

El capital, sus apologetas se han esforzado por trasladar mecánicamente los disvalores del sistema a una inexistente naturaleza humana, somos naturalmente egoístas, insolidarios, competitivos. A pesar de los ventarrones de la historia el ser humano se rescata y muestra a menudo lo mejor de sí. Noirie lo entiende en esa dirección. “Otro aspecto fundamental en los chalecos amarillos y que está presente a lo largo de la historia, es la cuestión de la dignidad. Aquellos que son apartados, los invisibles, aprovechan estos movimientos populares para decir que también existen y tienen una dignidad. Estos reivindican el derecho a la palabra. Pero la gran diferencia ahora es la existencia de Internet… Sí, pienso que el  movimiento se inscribe en lo que llamamos democracia del público. Es decir, una estructura del espacio público menos relacionada con los partidos políticos, pero mucho más con los medios y las redes sociales. Desde el inicio, los chalecos amarillos estaban coordinados a través de Facebook. Pero estoy convencido de que si no hubieran tenido el apoyo de las cadenas de televisión, este movimiento no hubiera tenido un impacto tan grande.”

 Noirie se adentra en la historia. “El concepto de economía moral de Thompson significa que en las clases populares siempre hay una dimensión cultural, de valores morales, relacionados con el impuesto, el gasto o el salario. Según la lógica de la economía moral del siglo XVIII, que también estuvo presente en el  XVII y XIX, las comunidades eran una forma de sociabilidad elemental. La gente se relacionaba a través de vínculos directos, de conocimiento personal. A medida que las comunidades se integraron en los estados nacionales y los engranajes del capitalismo, estos vínculos de solidaridad local se vieron debilitados en beneficio de los vínculos indirectos. Es decir, la organización y la defensa de los intereses de la clase obrera a través del derecho, los sindicatos, los partidos políticos, etc. Esto representó el gran periodo del movimiento obrero hasta la década de los setenta y ochenta. Paradójicamente, tras el debilitamiento de sindicatos y partidos políticos, con el movimiento de los chalecos amarillos hemos visto un retorno de los vínculos directos”.

Lo interesante de los "chalecos amarillos" es que han vuelto a poner lo social en el centro de la agenda.

Un mes después de su emergencia, la movilización parece haber dado un giro a la izquierda. Primero se hablaba del hartazgo ante el aumento de los impuestos, pero ahora se habla de injusticia social, de impulsar un referéndum de iniciativa ciudadana.  La demolición del estado de bienestar (por un lado), y el empobrecimiento de la mayoría social (debido a los altos niveles de desempleo, la precarización del trabajo y la profundización de la crisis) han jugado un papel clave en el surgimiento del movimiento de los chalecos amarillos.  Estamos ante un rechazo contundente, profundo y transversal: algo que va más allá de las tradicionales fracturas de izquierda-derecha, centro-periferia o choques generacionales. Es el fracaso del neoliberalismo en Francia y en la Unión. Una política económica que no consigue satisfacer toda una serie de demandas sociales, apartadas de la arena mediática y política por demasiado tiempo. La violencia y los desórdenes generados por los chalecos amarillos son una respuesta a otro tipo de violencia”.

Si una palabra define el actual tiempo histórico es incertidumbre. El capital bordea sus límites absolutos, desde los  años 70 del siglo pasado lo corroe una crisis permanente, global, universal y que va serpenteando de frontera en frontera. Sin embargo el trabajo no consigue dotarse de una herramienta material emancipadora, persiste en luchar con estructuras defensivas plasmadas en sindicatos y partidos. István Meszáros ha profundizado sobre los percances del sistema. “La época de la transición al socialismo –nuestro inescapable trance histórico– no significa en lo más mínimo que los varios países involucrados en esa transformación muestren todos realmente un determinado grado de aproximación a la meta socialista en una escala lineal. Ni siquiera significa que estemos destinados a llegar allí de seguro, puesto que la alarmante y siempre creciente acumulación de las fuerzas de destrucción –gracias a las inclinaciones suicidas de la “astucia de la historia”– puede precipitarnos en la “barbarie” de Rosa Luxemburgo, en lugar de garantizar el desenlace socialista. Sin embargo, podemos hablar significativamente de la época de transición al socialismo en cuanto: Al capital se le presenta un abanico peligrosamente decreciente de alternativas factibles a la plena activación de su crisis estructural. Así:

– El tamaño cada vez menor del mundo controlado directamente por el capital privado en el siglo XX.

– La evidente magnitud de los recursos requeridos para el desplazamiento de sus contradicciones, dentro de los apremios de una retribución ominosamente decreciente.

– La saturación, en lento surgimiento, del marco global de la producción de capital rentable. Las dificultades crónicas confrontadas y generadas por la creciente recaudación de los impuestos necesarios para mantener en existencia a los sectores parásitos del capital, a expensas de sus partes productivas.

– El notorio debilitamiento de la fuerza ideológica de las instituciones manipuladoras (que originalmente fueron establecidas bajo la circunstancia de la expansión económica de la posguerra y su hermano gemelo: el “estado benefactor”) en tiempos de recesión y creciente “desempleo estructural”.

El geógrafo francés  Christophe Guilluy, que ha teorizado sobre la desaparición de las clases medias en su ensayo La Francia periférica  procura desentrañar algunos de los interrogantes surgidos en torno a la estrategia de los trabajadores. El panorama de la cotidianeidad cubre su espacio con batallas de oprimidos a la lo largo y ancho del globo terráqueo. Guilluy exhibe cierto pesimismo. “Hay que desconfiar de la mitología revolucionaria. Lo que sorprende es que se trata de un movimiento nuevo que no se parece a lo que hemos visto hasta ahora. Son categorías sociales diversas, no controladas por partidos políticos ni sindicatos. Lo que hay es una ruptura, no un proceso revolucionario”.

El agente del cambio ha variado en la consideración de los teóricos acorde con el desarrollo de la dinámica socioeconómica. István Meszáros estima que el trabajo debe ser el eje articulador en la emancipación congregando a las cuestiones especiales: género, medio ambiente, jóvenes, etc. Los chalecos resumen en su constitución una variopinta conformación. “Es gente que pertenece a una clase media debilitada –obreros, empleados, trabajadores independientes- que vive en los territorios donde menos empleo se crea y en un contexto económico difícil. Eso no quiere decir que sean pobres, porque la mayoría trabaja, sino que no tienen sitio en el modelo mundializado. Son las zonas rurales y las ciudades pequeñas y medianas. Macron no es el responsable de una crisis anclada desde hace veinte años en el proceso de desindustrialización y exclusión de categorías sociales cada vez más numerosas. El problema, tanto en Francia como en el resto de Europa o en Estados Unidos, es el fin de la clase media occidental. El ascensor social no funciona para ellos ni para sus hijos.”

Una de las primeras medidas adoptadas por Hugo Chávez al asumir la presidencia de Venezuela fue dotar de documentos a un vasto sector de la ciudadanía que había sido excluido al extremo de no poder atestiguar su identidad, ganaron identidad y dignidad. Ambas se inscriben en la historia de lucha de los oprimidos. “Para empezar los Chalecos alcanzaron un respeto cultural. Decir que existen y que la sociedad francesa no es solamente la de los winners que viajan por el mundo. Llama la atención el símbolo del movimiento. Un chaleco amarillo es para ser visible en la carretera y es eso lo que la gente se pone ahora. En este sentido, tanto si el movimiento se apaga como si se desarrolla, los chalecos amarillos ya han ganado la batalla más importante, la cultural, que es la que precede a la victoria política. Aunque el proceso será largo y la crisis no se resolverá porque el Gobierno retire la subida del precio del gasóleo”, elucubró Christophe Guilluy.

 

Aquel Mayo

El Bogotazo, El Cordobazo, Chiapas, el alzamiento de Hugo Chávez contra el gobierno cipayo de Carlos Andrés Pérez, Praga, Tatlelolco, y tantos otros, hitos en el pasado de lucha de los pueblos que convocan el recuerdo y las comparaciones ¿Francia, Mayo del 68; Francia, Chalecos Amarillo?

“Un punto en común entre los dos es que fueron movilizaciones imprevistas, que nadie había anticipado. En ambos casos, se produjo una cierta espontaneidad, de innovación en los eslóganes, en los símbolos de lucha. Pero Mayo del 68 fue un movimiento infinitamente más masivo. Entonces, se produjo la mayor huelga de la historia de Francia, con siete millones de personas en la calle el 13 de mayo de 1968. Otra diferencia es que en el 68 fueron los estudiantes quienes iniciaron la revuelta y luego les respaldaron los obreros. También contaron con el apoyo de buena parte de los intelectuales. En cambio, ahora ha habido una gran desconfianza por parte de las élites universitarias”, rememora Christophe Guilluy

 El movimiento de 1968 fue precedido en Francia por un periodo –que se había iniciado en la década de los 50– de crecimiento económico, pleno empleo y cierta prosperidad. Se vivía entonces en una sociedad de la abundancia y el consumo. Sin embargo, reinaba un malestar difuso, un vacío existencial, que algunos intelectuales empezaron a captar y que más tarde la juventud empezó a denunciar. Por su parte, numerosos sectores de la clase media se sentían frustrados y exigían mayor participación en la vida pública y mejor distribución de la riqueza y de las responsabilidades. Se sentía el ruido ronco de aguas subterráneas, turbias, intranquilizadoras, el lago plácido en el que se bebió durante toda la postguerra se estaba secando. Las aguas frescas ya no refrescaban los rostros cada más preocupados.

 István Meszáros estima en relación a las nuevas respuestas  “Lo que está sobre el tapete aquí es el inquietante éxito del capital en expandir los límites de su propia utilidad. Y no se trata simplemente de un asunto de las condiciones históricas ´prematuras´ bajo las que estalló una revolución socialista en Rusia, en la secuela de un colapso militar total, en una época en que las fuerzas de la producción social estaban en verdad muy lejos de alcanzar su barrera en el capital mismo”. Más importante es a este respecto la capacidad inherente del capital para responder con "flexibilidad a las crisis, adaptándose a circunstancias que, prima facie, aparecen como hostiles para con su funcionamiento continuado. Lo que sí es necesario destacar en este punto es que sin la confrontación realista y la revaloración constante de los límites dinámicos del capital, toda expansión exitosa de esos límites seguirá siendo aclamada como un clavo más en el ataúd del marxismo por sus adversarios”.

Entre 1957 y 1958 empieza a florecer la crítica radical y resurgen corrientes críticas revolucionarias que durante años habían estado congeladas por el estalinismo reformista imperante; estas corrientes impugnaban los aparatos estatales y todo tipo de poder, sus manipulaciones, sus coacciones y sus violencias; se denunciaba también al estalinismo y al régimen soviético, se sostenía que la enajenación del hombre imperaba en todas las sociedades, ya sean capitalistas o socialistas o del tercer mundo, y que para transformar la sociedad, para liberar al hombre era necesario algo más que la simple colectivización de los medios de producción. El pensamiento radical de la época giraba alrededor del análisis crítico de la sociedad moderna y de la vida cotidiana, crítica que tenía como fin la superación de sus limitaciones alienantes.

“En 1947, Henri Lefebvre publicó La crítica de la vida cotidiana.  Para Lefebvre, la vida cotidiana englobaba tanto la producción como el consumo, las actividades profesionales, las relaciones directas (familiares, sociales), el esparcimiento y la cultura. Lefebvre advertía que el gran progreso científico y técnico que se vivía prefiguraba lo posible, es decir, la posibilidad de la realización de una sociedad más justa. Sin embargo, esto no era así, por el contrario, él denunciaba una separación entre la actividad productiva y la vida privada, esta última cada vez más empobrecida y enajenada, dominada por el conformismo, por el culto de lo nuevo por lo nuevo en un mundo carente de poesía,” sostiene Andrea Revueltas.

Continúa Revueltas: “los situacionistas publicarán durante 12 años La Internacional Situacionista (1958-1969), la revista tuvo 12 números; desde el primero (junio de 1958), Debord enuncia sus tesis sobre la revolución cultural que propone para Francia y para el mundo, estas tesis están construidas teniendo como referencia a Lefebvre, pero a la vez pretenden superar el romanticismo lefebvriano. Por un cierto tiempo los situacionistas y Lefebvre realizan el camino juntos; Lefebvre y Debord, en medio de discusiones, van desarrollando uno y otro sus teorías sobre la modernidad, el arte y la revolución y la crítica de la vida cotidiana. Lefebvre habla de los momentos, Debord, de las situaciones. El momento, dice Lefebvre, como la situación, es al mismo tiempo proclamación de lo absoluto y conciencia de lo pasajero, se encuentra en el camino de lo estructural y de lo coyuntural y el proyecto de una situación construida (como postulan los situacionistas) es un ensayo de estructura dentro de lo coyuntural. Para Debord, el momento es principalmente temporal, mientras la situación tiene una dimensión espacio-temporal. Debord, haciendo uso de una expresión enérgica, dirá que la vida cotidiana está literalmente colonizada y que conduce a la alienación extrema. Más tarde terminan por discrepar y separarse. Para los situacionistas, Lefebvre era reformista y ellos propugnaban la crítica radical, por salir de la teoría y crear una práctica de nuevo tipo.”

La inteligencia que se eleva alto, vierte palabras envueltas en una dialéctica esclarecedora, es la inteligencia de Rosa Luxemburgo que todavía alumbra el presente.

Se ha criticado a los Chalecos amarillos por no estar inspirados, al menos de forma manifiesta, por una teoría. Rosa esclarece el camino. “No veo posible que en un proceso futuro el elemento consciente adquiera un mayor rol. Si lo espontáneo jugó un papel tan destacado en Rusia no es porque allí hay una socialdemocracia joven y débil, sino porque en el proceso inciden tantos factores que ninguno de ellos puede definirse ni calcularse como ejemplo aritmético.”

Posteriormente agregaría: “Tomar la iniciativa y la dirección no consiste, aquí tampoco, en dar órdenes arbitrariamente, sino en adaptarse lo más hábilmente posible a la situación, y el mantener el más estrecho contacto moral con las masas.”

La fe inalterable de Rosa se ve diáfana en cada momento de su vida y conceptos. “Si el elemento espontáneo desempeñó un papel tan importante en las huelgas de masas en Rusia, no es porque el proletariado ruso ‘carezca de suficiente preparación’ es porque las revoluciones no se aprenden en la escuela. Podría decirse que en este, como en otros procesos las luchas no obedecen a un plan previo, los llamamientos de los partidos seguían difícilmente los levantamientos espontáneos de masas; los dirigentes apenas tenían tiempo para formular consignas para la masa proletaria lanzada al asalto.”

Volver al pasado

La tendencia universalizadora del capital ha sido una fuerza irresistible por largo tiempo en la historia, tarea histórica de la burguesía ha sido/es la configuración del mercado mundial.  El capital, considerado en sí mismo, no es ni malo ni bueno, sino “indeterminado” con respecto a los valores humanos. No obstante, su “indeterminación” en abstracto, que lo hace compatible con el avance positivo bajo circunstancias históricas favorables, se convierte en la más devastadora destructividad cuando las condiciones objetivas, vinculadas a las aspiraciones humanas, comienzan a resistirse a su inexorable tendencia auto expansionista. En su andar superando los límites una y otra vez arrasa a la naturaleza y destruye a los seres humanos de diferentes formas.

 La tendencia real del desarrollo es hacia una mayor –y no menor– concentración y centralización, con perspectivas cada vez más nítidas de una confrontación casi monopolística, totalmente inconsciente de las peligrosas consecuencias para el futuro. Las dentelladas en la competencia monopólica generan palabras poco esperanzadoras en las personificaciones del capital al sostener que “definitivamente quedará un puñado de jugadores globales y el resto o bien ya no estará allí o estará pasando dificultades”. El destino de las especies animales extinguidas cobra actualidad en la mente de temerosos monopolistas cuando refiriéndose a sus pares afirman, “es mucho más realista visualizarlos como dinosaurios del tamaño de una montaña atrapados en luchas “de vida o muerte” siempre renovadas hasta que todos perezcan, que imaginarlos sentados armoniosamente alrededor de una mesa de la sala de reuniones compartiendo con espíritu de camaradería el botín que pueden, a perpetuidad, arrancarle a una fuerza laboral enteramente sumisa en todo el mundo”.

Meszáros es exhaustivo al respecto. “Por la naturaleza misma de las empresas –que entran en competencia y resultan mutuamente excluyentes– que tienden al establecimiento del monopolio abarcante, mientras mayor sea la escala de operaciones mayor es la intensidad de las confrontaciones. La diferencia históricamente experimentada entre las guerras locales y las Guerras Mundiales ilustra bien la naturaleza de estas determinaciones en escalada. Así, la lógica última de los desarrollos monopolísticos globales exigiría la posibilidad de que ni siquiera fuese un mero puñado de monopolios, sino de que un solo monopolio lo controlara todo, en todas partes, en la ausencia de un factible marco institucional armonioso “de monopolismo dividido por consenso” (una absurdidad en sí misma), o, vista la imposibilidad de hacer realidad esto último, un poder controlador compensatorio ejercido por la fuerza abierta –y al final mutuamente destructiva– sobre la requerida escala global. Sin ignorar el hecho de que un monopolismo global que funcione exitosamente tendría también que inventar una fuerza laboral totalmente sumisa, en el sentido de que acepte con felicidad ser dominada en todas partes”.

En tiempos en que el capital ha dado pasos gigantes hacia sus límites absolutos, aquellos que no pueden superarse mediante la autoexpansión, encuentra una de sus contradicciones mayores en la puja entre el estado nacional y el capital monopólico transnacional. Es que el estado nación lleva en su seno toda la historia de lucha de los trabajadores, historia que se ha traducido en derechos y conquistas sociales. La disputa con los estados nacionales, con su “individualidad” insuperable, no puede más que presagiar la agudización de los antagonismos y la necesidad de confrontaciones mayores, en completo contraste con las anticipaciones ilusorias de incluso los sectores del capital más favorecidos.

Para el capital no existe la calidad, solo la cantidad, más de lo mismo; tampoco existe el futuro, nada puede ser diferente del presente, es el carácter transhistórico del capital. Dado el desacoplamiento estructural entre las estructuras materiales reproductivas del capital y su formación de estado, se requeriría de un milagro que conmueva al mundo para lograr la salida prevista, ya sea que recurran a líneas keynesianas de financiamiento del déficit expansionista, o estén a favor de la “creación de condiciones favorables para los negocios” a través de la restricción monetaria y la reducción del gasto público,  sobre estas opciones ha echado adelante el sistema, en un círculo de pequeños avances y retrocesos ambos caminos se encuentran  en un  común denominador: en la aceptación explícita o implícita de que sin la “apropiada” intervención del estado las estructuras reproductivas materiales del sistema establecido no pueden producir. La contradicción entre la tendencia fundamental del desarrollo económico transnacional expansionista y las restricciones impuestas en él por los estados nacionales creados históricamente representó un problema muy difícil para los pensadores del sistema que acudieron presurosos a las ciencias sociales. Y como para el capital no hay calidad ni futuro buscaron la salida en el pasado, fueron al colonialismo.

La sempiterna hipocresía capitalista: desde Washington se escuchó a Donald Trump emitir un discurso “antiglobalizador”, en realidad las empresas estadounidenses habían resultado magulladas en el escenario de la competencia monopólica, entonces el remedio es el neocolonialismo, marchar hacia un estado neocolonial, saquear a los pueblos asentados en territorios controlados por el imperio. Sumir en la decadencia a los países subdesarrollados mediante el oficio de gobiernos cipayos. Volver hacia atrás la rueda de la historia en horas en que los trabajadores todavía no encuentran el camino de la emancipación, pero el descontento transita las calles del mundo.

Vuelve a ponerse sobre el tapete, quizás con carácter de transición para los pueblos, la cuestión nacional, así lo considera el prestigioso historiador filipino Renato Constantino: “El nacionalismo sigue siendo hoy un imperativo para los pueblos del Sur. Es una protección, ya que permite hacer valer nuestros derechos soberanos, y es un marco para defenderse contra las prácticas de dominación del Norte. El nacionalismo no significa encerrarse en sí mismo: tiene que ser abierto; pero para eso debe presuponer un nuevo orden mundial que –en contraste con lo que vemos hoy– no consista en la hegemonía de una superpotencia y sus aliados”.

Juan Carlos Tealdi escribe de manera extensa y profunda los cambios introducidos por el gobierno de Mauricio Macri en la involución colonial orquesta por el poder imperial.

“Esa República, reclamada y promovida por la gestión asociada de los integrantes políticos de la coalición Cambiemos, no es la que ordena el espíritu y la letra de nuestra norma fundacional. Esta nueva República, dicha autoritaria, demagógica, totalitaria, fascista, aristocrática, u oligarca, aunque admita otros adjetivos y cada uno de ellos con una pincelada o retazo de color prestado para su traje de arlequín, no es la República de la Constitución Nacional. Se trata, en cambio, del ordenamiento ilegítimo de una legalidad formal que en lo sustantivo se sostiene con la manipulación sectaria de los poderes del Estado a través de un prevaricato que promueve el negacionismo  y reemplazo de los valores fundamentales de la democracia. En ese reclamo originado en el reacomodamiento político de los poderes fácticos extranjeros y nacionales, libertad, igualdad y fraternidad han pasado a ser parte de una lengua muerta. Y así en una nueva lengua franca, el Poder Ejecutivo se caracteriza por su simbiosis con las fuerzas de seguridad (Argentina) y/o las fuerzas militares (Brasil); el Poder Legislativo por su simbiosis con los legisladores del dominio corporativo de lo normativo, ejercido a través de funcionarios que convierten el bien común y lo público en intereses financieros y comerciales privados; y el Poder Judicial por su simbiosis con el poder mediático que sube de categoría. Esta nueva República, que puja por introducir el neoliberalismo globalizado, no pretende sumarse a los movimientos políticos que a lo largo de la historia han tratado de superar dialécticamente la secular tensión entre el amo y el esclavo.”

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