X

Buscar en Contrahegemonía web

X

Mantengámonos en contacto

[email protected]

Apuntes sobre socialismo desde abajo y poder popular

Qué se perdió entre Let It Bleed y el trap

26 Dec,2019

por Bernardo Dimán Menéndez

A 50 años del disco stone, Bernardo Diman Menendez compara el paradigma cultural del grupo británico con el ethos del trap.

 

 

Let It Bleed, el disco de los Rolling Stones que este mes cumplió 50 años, es un viaje de ida hacia el fin de la inocencia de los años '60 y define el arribo definitivo de la generación hippie al caos y la conmoción que signaron los '70. El legado del álbum –construido a partir de la magia de su productor Jimmy Miller, que incluso tocó la batería en You Can't Always Get You Want– está en la capacidad y el talento de los Stones para captar y traducir en canciones algunas experiencias colectivas que cambiaron para siempre los hábitos y las costumbres de toda la sociedad, al mismo tiempo que reposicionaban la música como una expresión artística que denuncia las injusticias del mundo y que despierta y hace evolucionar el imaginario social de la juventud.

Como millonarios que eran ya por entonces, los Stones pregonaban en sus canciones las vivencias universales como leitmotiv de su arte, antes que los bienes materiales. Eso los fue acercando al oyente promedio de la clase trabajadora blanca primero, y luego al respeto y la atención de una parte de la clase trabajadora negra. Esta última se encontró con músicos que no solo hablaban de la influencia de numerosos artistas afroamericanos sino que además la adaptaban, especialmente a partir del desarrollo artístico que la banda comenzó a tener con Satisfaction.

 

 

Te puede interesar

"La piedra en el agua": documental revela a la tortura como una práctica habitual en Chile

En el último disco con Brian Jones, quien falleció en medio de las grabaciones de Let It Bleed, los británicos notaron como la expansión de la conciencia y la libertad que presagió Timothy Leary, con el fomentado uso del LSD, no tuvo en cuenta que el poder del Sistema lo seguían manejando las mismas personas y empresas desde la Segunda Guerra. La lucha política y los cambios de paradigma que habían explotado con el Mayo Francés del '68 comenzaban a tambalear, ya que muchos de los jóvenes psicodélicos habían mutado en yonquis violentos debido a la proliferación de la heroína y de otras drogas duras.

Eso sintetizan en la apocalíptica Gimme Shelter: el comienzo del desaliento de los jóvenes que habían lanzados las molotov en las calles de París, Praga y Kent, y que derrotados por el Sistema se sentían angustiados, solos y a “solo un disparo de distancia” de ser eliminados. A un disparo o a algunas puñaladas, como llegaron a saber los Stones un día después de la salida de Let It Bleed, cuando tocaron en el trístemente célebre festival de Altamont.

Esta tristeza y decepción transformaron a algunos de esos jóvenes bondadosos en meros residuos sociales, que simplemente degenerarían en white trash (basura blanca). La metamorfosis de los hippies del amor en misántropos solitarios también la percibieron los Stones, que sin perder la vara entre lo que diferencia ser un artista comercial de uno contracultural retrataron en estas nueve canciones el fin de una época que los adoptó como emblemas mundiales de la cultura joven. Ellos podían ser millonarios, ricos y exitosos, pero su compromiso con su música y su manera de transitar la vida a través de ella no era nogociable. No había artificio sino convicción en la búsqueda del arte como herramienta superadora, sin necesidad de que la industria de la música los aprobara.

 

Una cuestión de contextos

Comparando aquel marco social, cultural y político con el presente, uno siente que el mundo y particularmente Latinoamérica se encuentran en una situación de caos debido justamente a la intensificación de las políticas neoliberales iniciadas a fines de los '70. Para los jóvenes de hoy, el presente económico y la perspectiva de ascenso social, más allá de las nuevas posibilidades de visibilidad y voz que dan las redes sociales, son complicados.

Las experiencias colectivas actuales se construyen de manera individual y de forma virtual, a diferencia de hippies, punks y otros movimientos juveniles anteriores que tenían una visible presencia en los espacios públicos, desde el primer minuto en que se constituyeron como tribus urbanas. Hoy esa falta de conexión con la realidad, que en parte pareciera llevarlos a tener menor compromiso social y apuntar solo al hedonismo, redunda en la fatiga intelectual y la sobredosis de ego que proponen las multinacionales de la industria de la música.

 

 

El trap, como propuesta artística, ha empobrecido profundamente las raíces contraculturales de la juventud ligadas con la música, y pareciera “hacerle el juego a la derecha neoliberal”, en el sentido de aceptar y ostentar los beneficios económicos que promete el Sistema (obvio, solo si la fama te llega). La cultura joven reemplazo el LSD y el éxtasis por la codeína (un opiáceo que se usa para paliar la tos ); mientras que la sensualidad, la fantasía, el imaginario y la furia contracultural fueron sustituidos por una “hiper-masculinidad” que pregona la misoginia y la codicia. Bad Bunny, Arcangel u Ozuna son ejemplos de esto, y esa influencia se traslada a muchas de las actuales figuras del trap del emergente mercado argentino.

En la cultura del trap es notoria la falta de groove: no existe una sensación ininterrumpida o fluida de baile como ocurría en los primeros años del funk, el reggae, la música disco, la electrónica o el rap, que tiempo después se complementarían con el rock. El trap es un corte rotundo y por ahora no positivo a la mejor tradición de la cultura rock, a la que diversas nuevas estéticas o estilos musicales se fueron acoplando tarde o temprano, a partir de su sentido del “swing” y el baile rítmico. El famoso slogan neoliberal “salvate vos y hacé la tuya” está presente en la narrativa de estos artistas y simbólicamente en sus cadenas y dentaduras enchapadas en oro, que lejos están de ofrecer un discurso de interés colectivo.

 

Sueños colectivos, sueños rotos y falta de sueño

Las dos principales revoluciones culturales que se dieron en estos últimos 50 años fueron la de los hippies, que hablaban de liberar al mundo y dejar atrás los bienes materiales, y la de los punks, que con su declaración de principios como el no future propuso la destrucción total del sistema capitalista (también en la música) y su consecuente muerte joven.

Más allá de su cuestionada musicalidad, el trap se alimenta de la “flores marchitas” que va dejando el sistema neoliberal y que destilan las “políticas culturales“ de los medios masivos de comunicación, que hace décadas influyen intensamente con valores errados en la manera de construir y percibir el mundo, cognitiva y sensorialmente. Incluso más allá de las utopías quebradas de hippies o punks, es menester intentar siempre que el arte sea un fenómeno colectivo que apunte al crecimiento del imaginario social entre todos los habitantes del planeta.

 

 

El trap, por el contrario, parecería hacerle el juego cultural a la derecha, en el sentido de que en su construcción filosófica como movimiento no hay sueño ni tampoco sueño roto, como ocurrió con los “flower children” de los '60 y con los punks de los '70. Lo que hay en sus letras, su estética y su filosofía es una aceptación plena de la disfuncionalidad del sistema neoliberal, con los abusos sociales y económicos que implica. Se sienten dolidos pero incapaces ellos mismos de replantearse sus consumos culturales; y lo que su discurso estético y musical propone cumple con los requisitos estándar de impacto que la industria cultural pregona hoy y que fueron sumergiendo la mística de la música en un simple ejercicio de mercadotecnia.

El trap comercial evita inmiscuirse en el contexto de producción: carece de sensibilidad a la hora de querer representar su marco real, ya que la mayoría de los artistas del género parecen seguir el mismo falso sueño americano de la mansión y los autos importados como respuesta a la marginalidad a los cual los condena el sistema. La vibra del trap comecial latino, a través de sus letras, su estética y su música, termina siendo oscura porque no propone el encuentro y la solidaridad sino una ostentación a la que ven como algo natural. No hay testamento generacional, no hay groove ni himnos musicales universales. Pero sí hay, en cambio, una artificialidad serializada a través del excesivo uso del autotune.

 

No lo dejes sangrando

A 50 años de su publicación, Let It Bleed aún es el testamento sonoro de una generación cuya inocencia fue corrompida por la decepción, la violencia, el exceso y las drogas. Si bien narra los despojos de la felicidad pasada, hay mucha nostalgia por el amor, la contracultura y la revolución artística que ocurrieron en los '60. Sus letras narran decepciones pero de experiencias colectivas, fuera de cualquier interés personal o material. Y por sobre todas las cosas posee himnos generacionales en canciones como Gimme Shelter o You Can't Always Get What You Want. 

A diferencia de lo que pasa con muchas historias de hoy en día en las expresiones del trap, aquel disco de los Stones sirvió de legado para que las futuras generaciones intentaran explorar y comprender la importancia de que lo que a uno le pase o lo que uno intente transmitir represente una realidad por fuera del status que el poder económico le da. Más simple aún: que el discurso o la narrativa quede tatuado bien dentro, de manera invisible, como legado positivo para los que vendrán después. No hay tatuajes en la cara; el tatuaje se lleva en el corazón, y ése es quizá el punto de partida para reflexionar y buscar nuevos desafíos artísticos para las generaciones jóvenes del presente y las que vendrán.

 

 

 

 

* Runrún es una serie de artículos en la que el NO convida a participantes de las industrias culturales argentinas a desplegar sus reflexiones sobre la coyuntura de las culturas juveniles. Las opiniones vertidas en estos artículos son responsabilidad exclusiva de sus autores.

** Bernardo Diman Menendez es un comunicador social, mánager y productor cultural que como director de Triple RRR Discos publicó más de 150 discos de artistas jóvenes de todo el país en los últimos diez años. Trabajó directamente con Los Reyes del Falsete, Viva Elástico, Valentín y los Volcanes y Yataians. Y actualmente está abocado a los medios de comunicación y las energías renovables. 

 

Fuente: pagina12

Comentarios

Todavía no hay comentarios. ¡Iniciá el debate!

Todos los datos son obligatorios, tu dirección de correo no será publicada