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Apuntes sobre socialismo desde abajo y poder popular

Uno, dos, tres, muchos Villazos

02 Aug,2019

por Agustín Santella

Comentario crítico de Octavio Crivaro, Villazo. La gran gesta obrera en Villa Constitución. Lecciones de una lucha clasista y antiburocrática en el sur de Santa Fe, IPS, Buenos Aires, 2018, 131 pp.

 

 

Este libro retoma un hecho caro a la historia del movimiento obrero y la izquierda argentina. Se trata del “Villazo”. En febrero de 1974 los operarios metalúrgicos de Villa Constitución ocuparon las plantas de esa pequeña ciudad, entre ellas una de las más importantes del país (Acindar). Los demás trabajadores y trabajadoras les acompañaron en huelgas generales locales y movilizaciones populares (estudiantes, pequeños comerciantes, vecinos). Las mujeres de los obreros se organizaron en una Comisión de Mujeres. Esta lucha fue victoriosa. Los operarios consiguieron sus demandas: reincorporación de los delegados combativos expulsados por la UOM nacional, luego despedidos por Acindar, y la celebración de las elecciones libres en la seccional sindical. Las elecciones fueron ganadas por los combativos hacia fin de 1974, pero poco después el gobierno nacional, movido por la UOM, despliega una represión feroz (cientos de detenidos, con asesinatos deliberados) sobre Villa. Los obreros respondieron con una huelga de 2 meses. Esta vez perdieron por agotamiento y aislamiento político. Se enfrentaron a la mayoría de los poderes estatales y el fuerte apoyo que éste tenía del movimiento obrero organizado (UOM y CGT). La coyuntura era más represiva, ya que con Villa se había desatado la lucha contra la “subversión industrial”.

            El libro de Crivaro realiza una reconstrucción narrativa de los eventos a partir de la bibliografía y algunas nuevas fuentes orales. En el anexo se transcriben entrevistas que aportan nuevos elementos. El enfoque del estudio es de historia militante, tal como lo expone el autor. No haré una objeción a la investigación militante, aunque sí al tipo de historia “contrafáctica” que se propone. Este tipo de argumento contrafactual consiste en plantear que hubiese pasado si hubiese ocurrido cierta política (ver Jon Elster, “Lógica y sociedad”, 2006). Este enfoque pretende saber lo que habría sucedido como resultado de la acción o el acaecer de hechos que no sucedieron.

            Crivaro argumenta que si Villa fue derrotada en 1975 se debió por la negativa de la dirección combativa a construir una Coordinadora, cuando se planteó en el plenario de Abril de 1974. Este evento fue convocado por las comisiones internas de las metalúrgicas de Villa hacia los militantes y organizaciones sindicales combativas del país. Asistieron Tosco, Salamanca y Ferraresi, por mencionar destacados dirigentes, además de Piccinini y los villenses. Todos ellos consideraron que no había condiciones para constituirse en Coordinadora nacional, tal como mocionaron los representantes del PST (Partido Socialista de los Trabajadores). Con la derrota de Villa se habría jugado el futuro de la posibilidad revolucionaria de la clase obrera.

            “El juego de la historia contrafáctica, por supuesto, se demostró por la negativa en 1975, donde si bien surgen las Coordinadoras, el peso preponderante lo tiene en primer lugar la JTP y luego el PRT, no los sectores clasistas. Todas las organizaciones intervinientes, las políticas y las corrientes sindicales dirigentes entre los metalúrgicos de Villa, por la visión estratégica que tuvieron, no veían este rol articulador que objetivamente podría haber tenido el Villazo de haber existido la estrategia de ponerlo conscientemente al frente de los sectores avanzados de la clase trabajadora” (p. 91).

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            Esta crítica se complementa con otra, presentada en otro libro del PTS (Partido de los Trabajadores Socialistas, en el que milita el autor), el de Werner y Aguirre, “La insurgencia obrera” (2007). Según éste, la situación revolucionaria en la Argentina fue desaprovechada por los partidos de izquierda debido a la ausencia de  una estrategia de poder. Este planteo debió encarar las tareas  propias de la guerra civil incipiente y la dualidad de poder. En aquel libro amplían el estudio de las estrategias guerrilleras con el argumento de que, si bien plantearon el problema del poder, lo hicieron por fuera de las masas obreras y sus formas de organización. Esta línea de interpretación general constituye la tesis para el estudio de caso de Villa. Cabe mencionar que el libro de Werner y Aguirre constituye un valioso aporte para reabrir la investigación crítica sobre el período sobre datos empíricos. Así, en particular, el registro de las Coordinadoras (1975) a nivel que nacional que realizaron puede tomarse para analizarlo desde otros puntos de vista.

            De allí podemos agrupar datos sobre la composición política de los establecimientos representados en las Coordinadoras. Werner y Aguirre construyen una muestra de 100 establecimientos donde tenían presencia las mismas (La Plata Ensenada, Sur, Oeste, La Matanza, Norte). De conjunto estaban representados 130.000 trabajadores. La Juventud Trabajadora Peronista tenía presencia en 53 lugares de trabajo, el Partido Socialista de los Trabajadores en 48, el Partido Revolucionario de los Trabajadores en 24, el Peronismo de Base en 21, Política Obrera en 18, y el Partido Comunista en 11. Mayormente, la inserción de las corrientes en cada establecimiento es conjunta, esto es, compartían su inserción (en 50 casos de establecimientos), mientras que su presencia aislada de otras corrientes era menor. Así la JTP tenía militantes en los mismos establecimientos con las otras corrientes en 30 lugares, mientras que en 20 actuaba sola. Lo mismo con el PST (48/18). Esto indica la influencia mutua en la participación fabril, y el hecho básico de que la acción de las corrientes se daba de manera conjunta, antes que separada. No debemos olvidar el sesgo de esta base de datos ya que su fuente principal es el órgano de prensa de este partido (PST). No obstante, en relación a la cuestión de la hegemonía política de las corrientes en el seno de las Coordinadoras, aquí se presenta una fuerza considerable del PST, si tomamos la presencia de cada fuerza por separado. El indicador de “copresencia” de las corrientes en los espacios fábricas (“en las estructuras”, en la jerga morenista) es importante porque indica el carácter relacional del desarrollo de las corrientes, no cada una por separado sino en sus mutuas relaciones. Dicho de otro modo: que la izquierda se desarrolla cuando existían otras corrientes combativas, seguramente en contraposición a éstas mismas (antes que su aparición autónoma en contra de la patronal o la burocracia sindical). Por otro lado, el análisis debe indicar la relación hegemónica de cada corriente dentro de cada espacio.

            De esta base podemos estimar que las corrientes anti-burocráticas representaban una décima parte de los trabajadores de base del país. Y que estas mostraban una composición mayormente peronista revolucionaria. La importancia se eleva si tenemos en cuenta que estas corrientes pesaban más en establecimientos estratégicos en la economía. Pero se disminuye si recordamos que solo una parte de los trabajadores participaron de conflictos laborales, y que precisamente aún éstos se trataron de conflictos laborales y no acciones de masas directamente políticas. En este sentido, Izaguirre (en “Lucha de clases, guerra civil y genocidio en la Argentina 1973-1983”, 2009) registró las demandas tal cual fueron expresadas por los actores en los conflictos entre 1973-1976. Allí se distinguen las acciones colectivas obreras según sean protagonizadas por bases, delegados o dirigentes. La mayoría de las demandas expresadas por trabajadores de base eran de “lucha económica” (59%). Un 10% fueron contra las direcciones sindicales, 10% contra el Gobierno y 8% contra los atentados de las bandas paramilitares. Las demandas expresadas por los delegados fueron más políticas (26% de lucha  económica, 19% contra direcciones sindicales, el resto igual).

            Hay otros indicadores de radicalización política obrera en el período. En otro lugar, a partir de diversas bases de datos, hemos podido comprobar que las ocupaciones de establecimientos económicos por sus trabajadores muestran una pendiente descendiente si tomamos el ciclo 1969-1976, y en particular la fase 1973-1976 de este ciclo de protestas. Tenemos la ola de ocupaciones de 1973, pero en seguida se retraen. Particularmente en 1974 y, más aún en 1975, no se avizoran ocupaciones. En este sentido, las ocupaciones de Villa tanto de 1974 como de 1975 no son parte de la tendencia vigente, sino los últimos vestigios de la radicalización del momento anterior.

            Respecto del segundo tema de crítica (la cuestión del poder), Crivaro omite que la organización de la violencia revolucionaria, en estrecho contacto con las masas -tal como se rescata del análisis de Trotsky sobre la situación francesa- sí fue llevada a cabo en aquel momento por la organización Poder Obrero, con su planteo estratégico de los Piquetes Obreros Armados. Esta organización tuvo influencia en el Villazo, por lo que la indagación esta pendiente (cfr. Costilla, “Insurrección y autodefensa armada”, Izquierdas, no. 41, 2018).

            En este sentido, Crivaro mantiene la narrativa de la tradición morenista partidaria. Las entrevistas provistas en el anexo documental son realizadas solamente a miembros de aquel partido. Por un lado, entonces, este libro reafirma la táctica del PST (coordinadora desde 1974), y por otro, no realiza una real autocrítica respecto de la ausencia de una estrategia de poder revolucionario de este partido. Desde el punto de vista de la investigación militante, la autocrítica debería haber iluminado la búsqueda de nuevos documentos por fuera de la selección de la memoria partidaria a la que pertenece. De otro modo, solo se repite e intenta confirmar la validez de la acción de su partido. Pero, además, una autocrítica, si es real, afecta a la misma teoría (o hipótesis) que se tenía, que viene a revisarse. 

            El ensayo de Crivaro se dirige fundamentalmente contra nuestros estudios (realizados junto con Andrea Andujar, “El Perón de la fábrica éramos nosotros”, 2007). Se señala que hemos recreado una interpretación que legitima la posición “objetivamente burocrática” de la dirigencia sindical de Alberto Piccinini y la Lista Marrón que ganó la conducción de la seccional, en la cual militaban la mayoría de las organizaciones revolucionarias de la época (Poder Obrero, PRT y la JTP).  La vanguardia revolucionaria compartía que las condiciones objetivas de la situación revolucionaria estaban dadas y que restaba las condiciones subjetivas. De la pluralidad de esta vanguardia, Poder Obrero fue consecuente en la búsqueda de una síntesis entre vanguardia y masas en la lucha por el poder. No obstante, también podía compartir un error de apreciación de la situación histórica al considerar que la situación revolucionaria se había abierto. La investigación histórica en el presente podría mostrar, si se formula el problema, que la categoría misma de este tipo de situación era un presupuesto más que el resultado del análisis científico (ver nuestro “Labor conflict and capitalist hegemony”, 2017, pp. 157-176).

            Las diversas agrupaciones realizaron sus aportes, y un balance debería recorrer un camino crítico a la vez que vindicador. Tomar en cuenta los diferentes actos y testimonios del pasado, contraponerlos entre sí, desde una perspectiva que necesariamente debe ser distinta ya que se sitúa en el presente. Dar lecciones hacia el pasado no tiene sentido ni científico...ni práctico. Por supuesto, tiene valor para lo que se haga ahora en más, como cuando Crivaro escribe que “discutir las lecciones del Villazo es para extraer conclusiones estratégicas” (p. 85).  Por último, según Crivaro también habríamos legitimado el peronismo, impidiendo así el desarrollo de la estrategia revolucionaria autónoma. En“El Perón de la fábrica...” habíamos sugerido una hipótesis todavía muy borrosa. Esta diría que los trabajadores expresaron el sentido combativo de su lucha con un lenguaje que tomaba palabras del discurso hegemónico pero para cambiarle el significado. El discurso de combate de la clase trabajadora se fue formando en un diálogo crítico con la hegemonía burguesa. En tanto diálogo, se retomaron trazos y símbolos de la clase dominante pero para darlos vuelta, usándolos para combatir su misma hegemonía. La frase “el Perón de la fábrica éramos nosotros” (¡los delegados clasistas!) presentaba una paradoja del discurso que merecía destacarse para ser analizada.

            La cuestión del peronismo ha tenido respuestas enfrentadas por parte de las izquierdas desde el mismo momento en que éste apareció. Recordemos la primera reacción de los socialistas, comunistas y anarquistas frente al 17 de octubre y su evolución posterior. Desde el mismo trotskismo hubo respuestas alternativas. Sea de denuncia como movimiento nacionalista burgués autoritario (primer Moreno), de comprensión crítica (Posadas) o en el sentido de comprender la cuestión nacional y sumarse al nacionalismo popular (Ramos). Léase el apasionado relato de aquellas polémicas de aquellos días en la autobiografía de Guillermo Almeyra (“Militante crítico”, 2013, en particular un encuentro que tuvo con Moreno en una casa de obreros, p. 100). 

            “El hecho maldito del país burgués” tiene, por tanto, una propia historia intelectual y política. La indagación de los sentidos populares en la movilización que el peronismo realizó de las masas ha sido un rompecabezas para las apuestas políticas y científicas. La actual historiografía de la clase trabajadora se transformó, hacia los 90, con el libro de Daniel James, Peronismo e integración (1990). James venía del trotskismo (de la tradición inglesa heterodoxa) y su contribución es hoy el punto de partida de cualquier historia laboral del período peronista. Su narrativa empática con la “estructura de sentimientos” de los obreros le llevó a presentar las luchas obreras en el seno de una dinámica contradictoria con la identidad peronista, así como con la burocracia sindical. Esta dinámica de la acción del sujeto es contradictoria en tanto es constituida (por la identidad peronista) pero se contrapone respecto de los límites de esta identidad. Omar Acha ha intervenido en esta vieja cuestión con un enfoque muy distinto (“Crónica sentimental de la Argentina peronista”, 2014). Con la metodología del psicoanálisis histórico, Acha busca entrar en el inconsciente colectivo de las trabajadoras en el peronismo.

            Por nuestra parte, estamos intentando entender teóricamente esta dinámica contradictoria de la conciencia por fuera del marco que tanto Daniel James o Ernesto Laclau tomaron para analizar la conciencia de clase. Este marco fue provisto por el giro lingüístico con la tesis de que el sujeto se define por el discurso. Este enfoque reduce el proceso social a la gramática. Esta tesis se ha expandido en las ciencias sociales actualmente. Señalemos, con justicia para James, que tratándose de un estudio de historial social, él no quiso proponer una teoría sino dar cuenta de la resistencia obrera. Así hizo uso de enfoques contradictorios. Por un lado, el peronismo de los obreros fue “formado discursivamente por Perón”, pero por otro lado, la “estructura de sentimientos” de los obreros sobrepasaron este discurso.

            Algunos enfoques han buscado, con fundamentación teórica, orientar una metodología que no suponga esta ontología gramatical, si se nos permite esta expresión (Marc W. Steinberg, “Fighting words”, 1999). Así, es posible pensar que la actividad de significación es una actividad práctica material ella misma, pero que es parte del proceso de la acción en el mundo, que es más abarcador, dentro de la cual ambas acciones tienen sentido, tanto para quien la realiza, como para quien la interpreta. Resta en esta “teoría” una concepción específica del discurso. Podemos pensar que el ejercicio del lenguaje es una acción material (“práctica”) y su significado ambiguo se encuentra en las luchas de las que participa en el mundo social, que podemos entender como de relaciones sociales de producción y reproducción. Este enfoque nos permite darle lugar a las palabras de los obreros y las obreras, e intentar interpretarlas en su sentido práctico. Más allá de nuestras críticas, el libro de Crivaro es una invitación a leer desde el presente la experiencia combativa. Esta lectura es tanto más importante por cuanto la lucha continúa.

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